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26 min
Regreso al pasado. ( Primera parte ).
Suspense |
11.01.14
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Sinopsis

Un buen día, José Villamañe, maestro de Primaria, decide regresar a Castropol para recordar los días de su infancia...

Exactamente a las 11 en punto de una mañana esplendorosa del mes de mayo, José Villamañe, maestro de Primaria, descendió de su auto y contempló el colegio de su infancia.
El palacio del Valledor, ubicado en el pintoresco pueblo de Castropol, albergó la Escuela Hogar desde principios de los 60 a mediados de los 80. Nuestro protagonista estuvo interno en el colegio durante siete Cursos, desde segundo hasta octavo de E.G.B. Hasta quinto, asistió a clase en las escuelas viejas de Castropol y los últimos años al nuevo colegio construido a mediados de los años 70.
Recordó la breve reseña de la Wikipedia:
“El palacio del Valledor, perteneciente a la familia del mismo nombre, fue erigido en el S.XVI. Posee una planta en forma de U cuadrada, con sendas torres al final de sus brazos, rodeando un patio interior.  La capilla, con un magnífico retablo barroco, fue adosada en el s. XVIII”.
Una tapia de piedra de más de tres metros de altura y rematada por pequeñas y espaciadas pirámides, rodeaba el viejo caserón y los terrenos adyacentes por tres de los cuatro puntos cardinales. Sobre los muros grises crecían las hiedras y los helechos.
José Villamañe se demoró unos segundos contemplando el escudo heráldico labrado en la fachada, encima del portón de entrada rematado por un arco de medio punto. Al pie del pétreo estandarte aparecía la siguiente leyenda: “Al solar del Valledor, antiguo y de gran valor”. Al recio portalón, cubierto de escamas de pálida pintura verde, se le habían desprendido algunas tablas y otras aparecían rotas. Al profesor  le recordó una extraña y descomunal boca, desdentada y con varios dientes mellados. Una boca que le llamaba, soplándole al rostro el aliento del pasado.
A ambos lados de la puerta de entrada se abrían dos pequeñas ventanas enrejadas, con barrotes de hierro y contraventanas del mismo verde decrépito. Mientras las de la ventana izquierda lucían intactas, las de la derecha habían desaparecido casi por completo.
El vetusto palacio, cual pirata tuerto, le susurraba antiguos secretos compartidos y lo invitaba a desenterrar arcaicos cofres olvidados.
La desvencijada puerta se abrió con un suave chirrido de protesta. En el patio porticado medraba una pequeña selva de zarzas, brotando entre las heridas del cemento. La hiedra también asomaba por doquier y tras husmear por el suelo cuarteado trepaba por el blanco leproso de los muros. Sus largos dedos codiciosos se deslizaban sobre los amplios ventanales y se aferraban a los herrumbrosos canalones buscando la ruinosa techumbre de pizarra. Sobre ésta, aquí y allá, brotaban raquíticos helechos, perpetuamente estremecidos por el azote continuo del viento del nordeste que soplaba desde la cercana ría.
Tratando de ignorar las sordas punzadas de nostalgia, José Villamañe desenvainó su flamante Sony de 20 megas y comenzó a disparar a su alrededor. Las familiares imágenes, tantos años contempladas, fueron cayendo frente a los certeros fogonazos. El reloj de sol, situado bajo el alero de la capilla; La escalera de la entrada con su robusta baranda, labrada con esmero; Las recias pilastras de piedra, que sostenían dos de las tres paredes que cobijaban el patio.
Los recuerdos comenzaron a manar a borbotones. Los partidillos de fútbol en el reducido recinto, con su pronunciada inclinación que desequilibraba la balanza. Las filas para entrar en el comedor, serpenteando a través del pasillo que recorría toda la parte inferior bajo los soportales. Las mañanas de domingo,  cuando limpiaban los zapatos que luego llevarían en misa y el aire se llenaba con los aromas pegajosos del betún, Kanfort y Búfalo, marrón y negro.
José Villamañe ascendió lentamente los desgastados peldaños y penetró en el interior del solitario caserón. Ante él se abría el largo pasillo que corría tras las fachadas que abrazaban el patio. La poderosa luz del mediodía que penetraba a través de la media docena de ventanales revelaba hasta el más mínimo detalle. El maestro rural aspiró profundamente. La atmósfera enclaustrada ensanchó sus pulmones y serenó su espíritu. El polvo, largamente estancado sobre el suelo y las paredes, se alzó revoloteando y el sol lo acuchilló con tajos rectos y contundentes. Tras la tenue y fantasmal cortina, José Villamañe se reencontró con los cuadros de payasos y paisajes que languidecían, suspendidos entre el techo artesonado y las planchas de madera que revestían el tramo inferior de la pared.
Uno de los cuadros era una fotografía de la Alhambra. El cielo sobre los jardines estaba plagado de diminutas motas negras como un enjambre de estrellas enlutadas. Cerca de éste colgaba un lienzo sin marco. Un Castropol juvenil, con 50 años menos, lucía mohoso y apagado. En la esquina superior izquierda, un edificio compacto, largo y oscuro, destacaba entre sus blancos compañeros como una gigantesca muela cariada. Ya entonces, el Palacio del Valledor era una construcción antigua. Pero estaba sano, pletórico de energía. Su mole gris, sólida e imponente, descollaba como un monolito de cielo encapotado desprendido de la troposfera. A su alrededor, media hectárea de campo, limpio y cuidado, lucía inmaculada. Si la foto se hiciera hoy, desde la misma perspectiva, la antigua Escuela Hogar apenas se vería entre la maraña de zarzas.
José Villamañe se dispuso a tirar más fotos. El visor estaba empañado. Necesitaba el paño especial que venía con la cámara para limpiar la lente. Vaya, pensó, ¿dónde demonios había dejado la funda?...Recordó que la había depositado sobre el antepecho de una de las dos ventanas del patio y salió a buscarla. La encontró colgada del picaporte de la puerta de la capilla. No recordaba haberla colocado allí. Levemente intranquilo, miró a su alrededor. El sol calentaba cada vez con más fuerza. Los grillos y chicharras cantaban entre las zarzas. Varios gorriones discutían acaloradamente sobre el alero de enfrente.
José Villamañe meneó la cabeza y se secó el sudor de la frente, mientras pensaba que la emoción y los nervios a veces provocan que hagamos cosas sin darnos cuenta, y él se había emocionado realmente al pisar de nuevo el patio de su niñez. Descolgó la funda y volvió a entrar.
Se dispuso a inmortalizar el dibujo de un sonriente payaso acompañado del correspondiente poema en prosa, había varios de éstos repartidos por las distintas estancias. Reparó en que el cuadro estaba ligeramente torcido. Lo enderezó parsimoniosamente, se situó a la distancia adecuada para un  mejor encuadre e hizo la foto.
Intentó abrir la puerta de la antigua sala de estudio, pero estaba atrancada y ninguna de las llaves que el cura le había dejado encajaba en la cerradura. El pasillo torcía en ángulo recto hacía el comedor y la cocina. En las paredes, más cuadros de risueños payasos, monumentos e imágenes piadosas.
José Villamañe, colocó la cámara sobre el trípode y situó éste sobre el punto medio de la bisectriz. A continuación, retrocedió hasta la puerta, accionó el REC con el mando y, tras protagonizar una nueva y teatral entrada desde el patio, comenzó a avanzar muy lentamente a lo largo del pasillo, mientras desgranaba el discurso que traía preparado a tal efecto.
Repasó brevemente la historia del histórico edificio como institución de acogida, académica y educativa que, a la sazón, había investigado  en Internet. Con voz pausada, grave y solemne, y levemente temblorosa a ratos, comenzó hablando del Orfanato del Santo Ángel, allí existente desde principios de los años 20 hasta los primeros de la década de los 50. Aquí expuso primero los fríos datos cuantitativos que hablaban de entre 30 y 50 huérfanos de padre y madre, triplicándose el número a partir de la Guerra Civil.
Luego, le echó algo de imaginación literaria al asunto y, con frases emotivas y rotundas, trató de retratar la dramática situación de aquellas inocentes criaturas, sometidas a dura disciplina por parte de los despiadados cuidadores, a merced del hambre, el frío y las enfermedades, y privados del más elemental afecto paterno. Remató su sentida e inspirada plática con una frase que se le había ocurrido durante una larga noche de insomnio y que, una vez revisada y pulida a conciencia, hablaba de la huella indeleble del sufrimiento, soledad, dolor y miedo, infantil, prisionera y latente, para siempre, entre los cansados muros del Palacio del Valledor.
Después de relatar la desventurada historia de los huérfanos, José Villamañe movió la cámara situándola en el otro extremo del pasillo y, ya en un tono más tranquilo y sosegado, mencionó la clausura del Orfanato Santo Ángel, un mes de julio del año 52, y su sustitución por el Colegio San José, regido por las Hermanas de la Caridad, que impartían clases de párvulos y E.G.B. a varias decenas de niños de Castropol y los pueblos de alrededor.
Finalmente, a principios de los años 60, comenzó a funcionar la Escuela Hogar, acogiendo a más de un centenar de niños y niñas, la mayoría del occidente astur, aunque también había algunos del centro y oriente. En el año 73 las monjas fueron sustituidas por educadoras y maestras, la mayoría jóvenes interinas que preparaban allí las oposiciones.
José Villamañe hizo una pausa y, mirando fijamente la cámara, mencionó las fechas de su ingreso y despedida: septiembre del 71, junio del 78. A continuación, expuso un breve resumen de su trayectoria vital en el Centro haciendo especial hincapié en algunos hitos memorables, y terminó señalando el 30 de junio del año 87 como el día del cierre definitivo de la legendaria institución educativa.
Posteriormente, citó a modo de epílogo, había existido un proyecto para ubicar allí los juzgados que había quedado en nada; las infantas, Elena y Cristina, habían pernoctado durante un fin de semana en su periplo por tierras de los Oscos a finales de los 80, y, a principios de los 90, había acogido varias colonias escolares durante el verano.
Pero, en los últimos 20 años, nadie había hecho uso de sus instalaciones. El Palacio del Valledor había sido abandonado de la mano de Dios. Aunque figuraba como propiedad de la Iglesia, sus verdaderos dueños, hoy por hoy, eran la hiedra y las zarzas, los gorriones y las chicharras. 
Aquí finalizó el reportaje introductorio. José Villamañe se despidió con otra frase ingeniosa, largamente reflexionada, saludó y apagó la cámara.
Situado cerca del vértice del ángulo del pasillo, rememoró un lejano día de otro mes como éste. Mes de mayo, mes de María. Así, todos los días del mes florido por excelencia, y en el mismo pasillo en que ahora se encontraba, formaban en fila, antes de desayunar, para entrar en la capilla a rezar el rosario. El centenar largo de niños y niñas internos ocupaban toda la longitud del pasillo. José Villamañe recordó caras de ojos soñolientos, bostezos mal reprimidos y un coro desafinado de tripas rugientes.
Mientras grababa, caminando lentamente, el día radiante a través de los amplios ventanales, se le ocurrió que aquella era una estrategia perfecta para conseguir apasionados devotos del santo rosario para toda la vida. 
En ese momento, comenzó a oírse un suave golpeteo procedente de la cerrada sala de estudio. Dejó de filmar, se acercó a la puerta y escuchó. No, no era un golpeteo, más bien sonaba como un tenue rascar, desgarrar y masticar. Se detenía a intervalos irregulares y volvía a comenzar.
Ratas, pensó José Villamañe,… ¿Qué demonios estarán comiendo?...Claro...Libros… ¿Qué, sino?...
Recordó que allí había un armario empotrado, repleto de libros de texto, novelas de aventuras juveniles, cuentos infantiles y un amplio surtido de comics. Allí había comenzado a desenterrar los valiosos tesoros que se escondían en las páginas de Julio Verne, Los Cinco y Los Siete Secretos de Enid Blyton y, especialmente, Tintín y Astérix, El Jabato y El Capitán Trueno; sin duda, sus lecturas predilectas.
En ese momento, ocurrieron dos cosas, casi al unísono. Cesaron, abruptamente, los ruidos procedentes de la sala de estudio y, simultáneamente, resonó un fuerte golpe a su espalda. J.V. se giró sobresaltado, cruzó el pasillo y se asomó a la ventana. Un gorrión se había estrellado contra el cristal y yacía sobre uno de los dos bancos de hierro situados a ambos lados del patio, con la cabeza torcida  y las convulsas patitas arañando el aire.
El calor era ahora sofocante. Calculó cerca de 30 grados a la sombra. El coro de grillos y chicharras reanudó el concierto, brevemente interrumpido. Los gorriones, colegas del accidentado, lo secundaron gozosamente. J.V. abrió el resto de las ventanas para evitar más percances desagradables. Fotografió el pájaro agonizante y lo grabó en un primerísimo plano hasta que las patas del gorrión dejaron de agitarse y sus ojos vidriosos se velaron. Luego, movió lentamente el objetivo y fue ascendiendo por las zarzas hasta el tejado, la tapia y el intenso cielo azul, más allá de las copas de los castaños y cipreses de la finca colindante. El alma del pajarillo elevándose hacia las alturas. Un zoom muy ingenioso. J.V. tenía ciertas dotes artísticas y a veces se le ocurrían ideas originales y creativas.
Justo donde el pasillo doblaba en ángulo recto, se abría una puerta que conducía hasta los dormitorios. Desgraciadamente, tampoco le sirvió ninguna de las llaves. Esbozó un gesto de contrariedad. Lamentaba no poder acceder a esa parte del caserón por la fotogenia de los escenarios y las agradables vivencias que le traía a la memoria.
Temiéndose lo peor, se dirigió a la puerta del final del pasillo. Ésta, en cambio, se abrió sin problemas. Cruzó otro pasillo más pequeño. Toda esta parte de la casa tenía el mismo piso de grandes baldosas, color marfil y ladrillo, simulando un gigantesco tablero de ajedrez. Remedando los movimientos del caballo, accedió a la cocina. Las zarzas cubrían las ventanas, sumiéndola en la penumbra. Largos tentáculos espinosos penetraban a través de los cristales rotos y reptaban exploradores sobre el carro con dos baldas de madera y armazón de hierro,  lleno hasta los topes de platos y vasos Duralex, cubiertos a juego y jarras de porcelana. El menaje completo, listo para servir. J.V. entró grabando y desde la puerta tomó un plano largo y fijo de la profusa cubertería emergiendo entre la maleza. Se acordó de la última cena del Titanic y también del “Mary Celeste”, el velero aparecido en alta mar con la sopa humeante sobre la mesa y sin rastro de la tripulación y los pasajeros.
La sensación de desolación y abandono era aquí más fuerte. Sintió pena e indignación. Alguien debería hacer algo. La iglesia, a veces, es como el perro del hortelano y ese día ya le había asestado varias dolorosas dentelladas.
Se acercó al carro y trató de moverlo. Las ruedas estaban bloqueadas. Los cubiertos se estremecieron, desperezándose lentamente con un doloroso y familiar tintineo.
Antes de abandonar la estancia, se dispuso a realizar la foto de rigor. En el preciso instante en que pulsó el botón, un vaso situado cerca del borde resbaló, se desplazó unos centímetros y cayó al suelo haciéndose añicos. El golpe sonó como un disparo entre el silencio cautivo. J.V. respingó alarmado y a punto estuvo de soltar la cámara. Afortunadamente, a sus 50 años, aún conservaba intactos los reflejos y consiguió aferrarla en un rápido quite.
Afuera, había comenzado a soplar el viento y las zarzas se movían, retorciéndose, como si quisieran penetrar aún más a través de la destrozada ventana. J.V. supuso que alguna rama había golpeado el vaso haciéndolo caer. Porque los vasos no acostumbran a suicidarse arrojándose al vacío. Se acordó del gorrión estrellándose contra el cristal. Igual hoy era el día mundial de la autoinmolación y él no se había enterado. A su rostro enjuto asomó una sonrisa irónica teñida de cierto nerviosismo. Respiró hondo. Poco a poco, su corazón recuperaba el ritmo normal. Coño, que uno no gana para sustos, pensó mientras salía caminando lentamente hacia atrás, como un peón arrepentido regresando a posiciones defensivas.
Pasen, señores, pasen y vean. En su recorrido sin guía al Parque Temático de la Añoranza, J.V. visitó la atracción del cuarto de la tele. Allí había pasado algunos de los mejores ratos en aquellos 7 años. El prehistórico aparato de la marca PHILIPS seguía en el mismo sitio, como un mastodonte sepultado y emergido en el deshielo.
El maestro rural evocó las mágicas y deliciosas tardes, especialmente los fines de semana, disfrutando de interminables sesiones de TV, siempre que la bendita lluvia malograra los fastidiosos paseos por las afueras del pueblo. A falta de palomitas, consumían pipas Churruca en cantidades industriales y mascaban chicles Bazooka, fresa y menta, de esos que recordaban minúsculos neumáticos de Fórmula 1. Con un duro compraban dos bolsas y un paquete de chicles. Joder, que tiempos. Ríete tú de la crisis.
Una nutrida pléyade de personajes legendarios y entrañables comenzaron a desfilar. Johnny Quest, el caballo Furia, Los Chiripitifláuticos, Los payasos, Sesión de tarde, La casa de la pradera, La Ley del revólver, Misterio….
Grabó durante varios minutos, tomó fotos desde distintos ángulos y se acercó al aparato. Deslizó su mano titubeante por la leve convexidad de la pantalla, los oscuros apliques de madera y el inmenso tubo catódico. Limpió el cristal y se fotografió reflejado en él. El potente flash automático lo deslumbró, cegándolo momentáneamente. Cuando al fin consiguió recuperarse del inesperado destello, comprobó cómo había quedado la foto.
Lo sacudió un intenso escalofrío. Esta vez la cámara se hubiera caído sin remedio si no estuviera anclada al trípode. Ahogó un grito. Al lado de su rostro sonriente y melancólico, aparecía retratada una cara extraña de mirada fija y alucinada. Desde la cocina, situada tras la pared a su espalda, le llegó un crujido grave seguido de un prolongado chirrido metálico.
El viento seguía arreciando. J.V. sintió como si alguien le soplara en la nuca, una levísima corriente, inmaterial y fugaz, como si una libélula gigante, o tal vez Campanilla, batieran alas en su cogote.
Se giró instintivamente, miró la pared de enfrente y se echó a reír.
¡El Monje Loco!… ¿Cómo coño no lo había visto al entrar?...
La cabeza de un severo padre inquisidor lo mirada acusadoramente desde su marco de guirnaldas verdes y volutas de fantasía. De niños,  le tenían auténtico pánico. Las monjas lo sabían y a menudo los castigaban a permanecer de pie, a solas, delante de la tétrica figura. Su faz, colérica y furibunda, emergiendo de la capucha de verdugo, sentenciaba con el rictus implacable digno del juez de la horca. “Mírame, pequeño bastardo. Has pecado y te vas a ir de cabeza al infierno”.
Durante esos años y aún mucho después, había estado omnipresente en sus peores pesadillas.
Un rayo de sol, liberado por el viento del Sur de su cárcel de algodón, penetró  a través del ventanal que daba al lavadero e iluminó la atemorizante imagen. El ascético rostro del monje pareció arder. Sus ojos despiadados fulguraron como  carbones encendidos.
Involuntariamente, José Villamañe dio un paso atrás. Claro, cuando entró, la habitación se encontraba en penumbra y su atención se había centrado en el viejo televisor. Luego, justo al sacar la foto, se había iluminado el cuadro, igual que ahora. La madre que parió al condenado fraile de los demonios. Qué cabrón, vaya susto que le había dado.
En la sala de la tele, los mayores de 7º y 8º solían celebrar los cumpleaños organizando un festivo guateque. Comían pastas artesanas Reglero y  bebían sidra El Gaitero, compradas en el SPAR del pueblo. La botella de tres cuartos costaba 25 pesetas, una respuesta del Un, Dos, Tres. Cerca del mítico establecimiento, hoy desaparecido, vivía un zapatero remendón que todas las mañanas atravesaba un estrecho callejón y pasaba por delante de la Escuela Hogar para ir a buscar leche a una granja de las afueras. Siempre que se lo encontraban saludaba de la misma forma, “huevos días”, y se reía él solo de su chiste surrealista.
Creyó recordar que durante estos actos verbeneros incluso les habían permitido fumar en alguna ocasión. Hoy, esto le parecía tan inconcebible que dio en pensar que a lo mejor lo había soñado.
José Villamañe se alejó de las sombras y caminó hacia la luz del espacioso comedor, que ocupaba dos amplias estancias contiguas.
Allí, hace tres décadas, se sentaban 6 niños en cada mesa. Los mayores servían, recogían y ayudaban a los más pequeños. La comida no era nada del otro mundo. Recordó una especie de manteca rancia y picante que solían arrojar por la ventana a la huerta, hasta que las maestras descubrieron la jugada y se armó una buena. Los domingos a la cena acostumbraban a servir unas sardinas en lata con un sospechoso color verde amarillento. Eso sí, durante los pantagruélicos desayunos se atiborraban de tierno y crujiente pan de barra, untado con Tulipán y mojado en un chocolate espeso y caliente. Un auténtico manjar de dioses.
El día del cumpleaños de la directora, Doña Matilde, se servía un fantástico menú, con tarta incluida. La pena es que sólo ocurriera una vez al año.
Ahora, unas pocas mesas se encontraban agrupadas en el centro y sobre ellas había frascos llenos de pinceles rígidos, cajas de témperas resecas, botes con restos de pintura petrificada y cartulinas con dibujos infantiles. Sobre la pared, aparecían más dibujos clavados en una pizarra de corcho, al lado de muñecos de superhéroes y personajes de cuento, coloreados y recortados; además de un reloj, fabricado en cartón, que marcaba las nueve y media; una fecha al lado, más números recortados, y varias estampas de los distintos meses y estaciones.
A la derecha del corcho colgaba una pizarra magnética conteniendo un amplio surtido de letras mayúsculas y minúsculas, rojas y azules, pulcramente ordenadas en varias hileras superpuestas.
Dedujo, acertadamente, que se encontraba ante los restos de actividades para colonias escolares que hasta hace dos décadas se venían celebrando durante el verano. Por lo visto, los últimos se habían marchado cagando prisas y no se habían molestado en recoger.
La luz penetraba a raudales a través de los amplios ventanales, abiertos desde el suelo hasta cerca del techo, y resaltaba la alegría cromática de la estancia, serenando y animando, de paso, al antiguo alumno, algo alicaído tras las últimas e inquietantes experiencias.
En la pared opuesta a las pizarras colgada la enésima versión del payaso feliz, sosteniendo un racimo de globos, elaborado a base de retales de vivos colores. Empuñó la cámara y registró fielmente cada detalle aprovechando la intensa claridad.
Grabó un primer plano del clown y se subió a una mesa para filmar un contrapicado de los útiles de manualidades. Luego, caminó hacia los ventanales abiertos y grabó la espléndida panorámica sobre la ría, el pueblo aletargado y, más allá, las montañas verdes en lontananza. Se demoró largamente en la playa a la que acudían a menudo, plagada de pulidos guijarros multiformes y conchas de sorprendentes colores. Con nostálgico deleite recorrió el pequeño islote rocoso, que emergía cerca de la orilla,  poblado por matas floridas de espinos silvestres creciendo entre una decena de espigados eucaliptos. Dos cuevas paralelas horadaban su subsuelo invocando sueños de temerarios bucaneros y hazañas de aventureros intrépidos.
El bocinazo de un camión dedicado a un conductor despistado reventó la burbuja y José Villamañe se cayó de su nube de fantasía. Con un suspiro de fastidio y resignación, se retiró del ventanal y volvió a concentrarse en el interior. Tomó planos de cerca de las dos pizarras y fue abriendo lentamente el objetivo.
Constató, con cierta sorpresa y satisfacción, que la pizarra magnética contenía dos dobles alfabetos completos, no se había extraviado una sola letra.
Afuera, el viento arreciaba doblando las ramas. Cerró los ventanales.
La estancia contigua estaba prácticamente vacía, a excepción de un par de armarios de madera carcomida, atestados de cachivaches, y en las paredes un único cuadro de gran tamaño que representaba La Última Cena en bajorrelieve plateado. Siempre le había llamado la atención por el realismo de las figuras y la original técnica de elaboración.
Después de fotografiarlo, se acercó hasta él y pasó el dedo por encima abriendo un brillante surco entre el polvo. Cristo y los Apóstoles lucían opacos. Los frotó con el pañuelo y relucieron con argentinos destellos. El rostro del traidor Judas le recordó al inquietante fraile medieval que tan mal rato le hiciera pasar. Grabó un primer plano de sus rasgos taimados y del gesto mosqueado de Jesús. “¿Seré yo, Maestro?...No me judas, no me judas”…La primera vez no entendió el chiste. Cuando al fin captó el hilarante matiz semántico se estuvo riendo hasta que le dolió el estómago.
Se encontraba nuestro amigo delante de la obra maestra de Leonardo, cuando se levantó una violenta ráfaga de viento. En la habitación contigua, donde había estado unos momentos antes, resonó un gran estruendo. José Villamañe pegó un brinco, este día iba a romperle los nervios, y se acercó cautelosamente para investigar las causas de tamaño alboroto.
El golpe de viento había abierto uno de los ventanales, que él había dejado mal cerrado, y había derribado varias sillas colocadas de cualquier manera encima de una de las mesas. Además había desprendido alguna de las letras de la pizarra magnética. Se acercó a hacer recuento y comprobó que faltaban una docena de consonantes y varias vocales, todas mayúsculas. Las azules eran ahora mayoría.
Lo extraño del caso era que en el suelo no había ninguna letra. Profundamente intrigado, se agachó y miró debajo de las mesas. Se tumbó y buscó bajo los armarios. Nada, sólo polvo y telarañas. De nuevo se aproximó a la pizarra. Los huecos seguían allí, desafiando una explicación lógica. Se dijo que a lo mejor ya faltaban antes y no había reparado en ello. Pero, casi se atrevería a jurar que los 4 alfabetos estaban completos. Pero…un momento…coño, claro…la cámara…
Rebobinó con dedos nerviosos y el corazón acelerado. Otra vez volvía a sudar y no sólo de calor. Cuando localizó el fotograma, su corazón latió aún más de prisa. Allí aparecían los 4 flamantes abecedarios. No había una sola baja en las filas, ningún hueco rompía la armoniosa formación.
Se acercó al abierto ventanal. Aferrado a la baranda de hierro, clavó la vista en el lejano horizonte, sobre la línea nítida de las colinas recortándose contra el intenso azul celeste. Sobre el asfalto de la carretera, poco transitada a esas horas, el sol reverberaba fabricando ilusiones pasajeras. Los grillos y las chicharras seguían atronando. Varias gaviotas sobrevolaban la ría, chillaban y se lanzaban en picado sobre la mar tranquila. Miró a sus pies bajo la ventana y descubrió un caballo pasiego amarrado a un robusto cerezo. A su vera, un chivo de respetable perilla se sofocaba, tumbado entre las zarzas y también prisionero, sin duda expiando alguna culpa inconfesable. A ambos se les marcaban las costillas, medio muertos de hambre y sed y comidos por las moscas.
José Villamañe, hombre del campo, esbozó un gesto de lástima e indignación. Avisaría al cura. Aquellos animales se encontraban en un estado lamentable. Se trataba de un caso de flagrante injusticia, el cabrito amarrado y el cabrón del dueño, suelto.  Se distrajo momentáneamente del misterioso caso de las letras desaparecidas.
Al volverse, descubrió tres de ellas trepando por la pata de una mesa. Supuso que al encontrarse ésta contra la pared quedaban ocultas y por eso no las había descubierto antes. Aunque no estaba muy convencido de su razonamiento, de momento no se le ocurría otra explicación mejor.
Tres letras rojas. Mayúsculas. Arriba del todo, la O; en medio, la L; y abajo, la A…
…………………….O…L…A…………………….

…¡Cuánto tiempo!... ¿Hay alguien ahí?... ¿Estás sola?... ¿Qué tal estás?...
……………….O…L…A………………..
…¿del mar bravío, picoteado por las hambrientas gaviotas…?
¿Había por aquí duendecillos traviesos o alguien le estaba gastando una broma, alguien que tenía ganas de jugar…? Quienquiera que fuese, era endemoniadamente silencioso.
Súbitamente contagiado por un travieso arrebato lúdico, José Villamañe arrancó todas las letras de la pizarra, eligió unas cuantas y las volvió a colocar en el centro.
   
   ¿ Q U I E N E S      S O I S ?

Cómo le faltaban letras, recortó algunas de cartón y las pegó sobre las X y las W.
A continuación, regresó al pasillo de la entrada y lo recorrió con diligencia. Al llegar al vértice de la L, se detuvo y miró intranquilo a su alrededor. Tuvo la impresión de que se había operado un sutil cambio en la amable y festiva sonrisa de los payasos de las paredes. Ahora simulaba más bien una mueca burlesca y maliciosa, como si compartieran un ominoso secreto.

........................CONTINUARÁ............................

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  • Sólo a mí se me ocurre leer este texto de noche y cuando todos duermen!! Me engañó el título, imaginaba una nostalgia demoledora y terminé mirando sobre el hombro a cada rato. Ahora no queda otra que seguir. Un abrazo, Paco
    Las descripciones son minuciosas y plantean una continua confrontación entre la inevitable pátina del tiempo que todo lo cubre de polvo, de elementos caídos u oxidados, que alimentan la nostalgia del niño que fue, y la intacta colocación del mobiliario y demás enseres, que parece que el abandono se hubiera producido ayer mismo y no hace veinte años. Con las ventanas abiertas al campo todavía había, tanto tiempo después, libros para roer, y sobre la vajilla no se había posado ningún mirlo glotón, es cosa de misterio, y es el mejor contexto para la trama de sucesos inexplicables que le suceden a un personaje tan razonable y cargado de sentido común como pueda serlo un maestro. Yo también diferencio algunas partes. La primera se aprovecha la actitud nostálgica del visitante para documentar al lector muy cumplidamente sobre la historia del edificio desde que es utilizado como orfanato. Según mis cuentas el protagonista Villamañe nació a principio de los sesenta del siglo pasado, por lo que, si el relato es contemporáneo resulta que se ha jubilado como maestro muy joven, sin haber cumplido los cincuenta, porque yo entiendo que en octavo de egb teníamos entre trece y catorce años. Y según estas mismas cuentas detectaría un error en: "mencionó las fechas de su ingreso y despedida: septiembre del 71, junio del 78"; posiblemente deberían ser 61 y 68 respectivamente, aunque no lo tengo nada claro porque antes se ha afirmado que los cursos quinto a octavo los hizo en un colegio nuevo que se inauguró a mediados de los setenta. Y, bueno, él jura que tiene 60, pero entonces ¿cuánto tardó en terminar la egb? En fin, que tengo algún lío. Esas lecturas de la sala de estudio también fueron las mías, una y otra vez; creo que me los sabía de memoria. La segunda parte corresponde a la introducción de la trama misteriosa por la puerta de atrás, con pequeños sucesos que al protagonista no desiste de intentar aclarar. Saludos.
    Relato que a mi juicio tiene dos vertientes. Por un lado, están las descripciones de ese mundo ya perdido, mágico, nostálgico y de cual me hago patícipe, pues nací a principios de los "60". Por eso me despertaste tantos recuerdos y sólo puedo felicitarte por tan valiosas imágenes. Una par de frases resumen simbólicamente esta primera vertiente descriptiva. " El sol calentaba cada vez con más fuerza. Los grillos y chicharras cantaban entre las zarzas. Varios gorriones discutían acaloradamente sobre el alero de enfrente."..Es el lenguaje mágico de la nostalgia... La segunda vertiente. es la trama, el misterio que lentamente abre sus petálos negros y cautiva al lector, dejándolo al final en las estacada, con la sonria maliciosa de los payasos latiendo en el aire. Bien elaborada y muy literaria el desarrollo de la estructura, respecto al nivel de suspense. Espero pronto la conitnuación...Cordiales saludos, escritor
    Efectiamente, la sensación de misterio y claustrofobia va adueñánose del relato, tan bien escrito como el autor acostumbra, y a estas alturas de la narrración estamos tan enervados como el propio protagonista ¿Conseguirá la continuación colmar las expectativas creadas en el lector? En ascuas estamos. Saludos.
    Pero bueno, me has dejado en lo mejor. Lo que en principio comienza como un ejercicio de nostalgia se va convirtiendo a través de pequeños detalles en otro de suspense. Como siempre, muy cuidadas las descripciones. Esperaremos a la siguiente entrega.
    Impresionante Paco, el relato se desliza desde la aparente normalidad y poco a poco los retazos de misterio se van colando como quien no quiere la cosa y van subiendo el nivel de suspense, las descripciones son de una perfección y un equilibrio absoluto, dibujan la escena en detalle pero no se hacen pesadas y nos meten de lleno en el ambiente y en la historia del edificio y sus antiguos habitantes, habrá que esperar el desenlace, felicidades y un cordial saludo.
  • Las guerras dejan muchas heridas; a veces, las peores son aquellas que no se ven...

    Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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