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8 min
REINVENTANDO A MADAME BOVARY
Varios |
27.02.18
  • 4
  • 10
  • 397
Sinopsis

Flaubert y su obra como inspiración

REINVENTANDO A MADAME B0VARY

Laura acababa de dejar el libro sobre la mesa. Era un ejemplar de bolsillo, de pasta blanda y letra impresa casi en miniatura, como huellas de insectos.

—¿Acabaste ya “Madame Bovary”? —le preguntó Carlos, su marido, quien en esos momentos apuraba un vermú cómodamente ancorado sobre su sillón relax.

—Sí, justo ahora.

—Teniendo en cuenta que te lo has terminado en sólo dos mañanas, imagino que te habrá encantado.

—Así es. Me ha parecido fascinante, la mejor novela que he leído en mi vida... Ya la leí hace años, pero esta nueva lectura ha sido especial.

—¿Y eso por qué?

—Digamos que era para mí casi una necesidad.

—¿Necesidad? No te entiendo, Laura. Sólo es un libro.

—Da igual… En todo caso, me dejó un regusto amargo el final.

—Sí, convengo en que es un final triste.

—Yo lo habría escrito de otro modo.

 Carlos enarcó sus pobladas cejas en un gesto de sorpresa.

—¿De otro modo? ¿No me digas que corregirías al propio Flaubert?

—No, no es eso. Literariamente hablando, la novela resulta impecable; lo que he querido en realidad decir es que yo habría actuado de modo distinto a como lo hizo Emma.

—¿Qué quieres decir con que actuarías de modo distinto?

—Pues que, en lugar de suicidarme, habría optado por matar a todos los que me habían sumido en esa situación de infelicidad y desesperación.

—¡Qué radical!

—¿Acaso quitarse la vida no lo es?

—Visto así, sí, claro que lo es.

—Pues eso, que yo me los habría cargado a todos, comenzando por el lechuguino de Rodolfo, siguiendo por el cobarde de León y añadiendo a la lista al miserable de Lhereux, al petulante de Homais y al baboso del notario Guillaumin...

 Carlos silbó sobre su butaca.

—Veo que no dejarías títere con cabeza.

 Laura le miró de soslayo e hizo una mueca de desdén.

—Todos se lo tendrían merecido… Incluso el marido, tu tocayo.

—¿También él? ¡Pero Charles Bovary era un buen hombre!

—Era un hombre débil y sin ambición, el mayor causante en definitiva de la infelicidad de Emma… Manso y estúpido como un buey. Su propio apellido así lo identifica: Bovary, que deriva de bovarium, o sea, buey.

—Vaya, desconocía esa etimología… Aun así, yo sigo viendo a Charles Bovary como un buen hombre y a la postre otra pobre víctima. Vale, admito que le faltaba carácter e iniciativa, pero de ahí a merecer la muerte...

—No supo nunca hacer feliz a Emma, no fue capaz de entenderla, en ningún momento de su vida logró…

La acalorada exposición de Laura fue interrumpida por el chirriante sonido del teléfono. Ambos esposos se miraron sin decir nada durante algunos segundos, sorprendidos por la imprevista irrupción sonora.

—Voy a cogerlo —anunció Laura.

 Pero Carlos, como activado por un resorte, se incorporó de su asiento para anticiparse y atajar la determinación de su esposa.

—No, ya lo hago yo —dijo con evidente nerviosismo, como si a su pensamiento hubiese arribado una posibilidad que de súbito lo inquietara.

 Los ojos de Laura brillaron durante un breve intervalo de tiempo, un brillo que denotaba astucia, pero resultó tan fugaz que Carlos ni siquiera lo notó.

—Está bien —cedió ella—. Yo iré preparando la comida.

……..

—Sí, dígame —dejó caer Carlos sobre el auricular el típico introito de las conversaciones telefónicas, una vez se hubo cerciorado de que Laura entraba en la cocina.

—Hola, Carlos. Soy Emma —se oyó una voz femenina al otro lado de la línea.

“¡Emma!”, repitió Carlos con el pensamiento mientras a su alrededor proyectaba miradas furtivas, miradas que desembocaron finalmente en el libro cuya lectura tan absorbida tuviera a su esposa hasta hacía apenas unos instantes. Curiosa coincidencia de nombres, pensó al asociar a la protagonista de dicho libro con la mujer que desde el otro lado de la línea telefónica acababa de saludarle.

—Aguarda un par de minutos —dijo en voz tan baja que no pasó de ser un mero susurro, para luego, sin aguardar respuesta y apretando con fuerza las manos sobre el micrófono del aparato, añadir en tono mucho más alto: — ¿Cómo? Ah, pues no sé qué decirte, voy ahora mismo a comprobarlo—, dicho lo cual depositó con cuidado el teléfono sobre la mesa auxiliar y se dirigió a la cocina, donde Laura andaba sazonando los filetes de buey que pensaba preparar para la comida.

—¿Quién ha llamado? —preguntó ésta con aparente displicencia.

—Nada, de mi despacho, interesándose por ciertos datos de unos documentos que traje a casa para estudiarlos más a fondo…. Voy al dormitorio, que los tengo allí.

 Segundos después volvía a pasar por la cocina, camino otra vez del salón principal, portando consigo una serie de papeles.

—Ignoraba que guardases en casa documentos importantes del trabajo.

—Bueno, no son tan importantes… Además, así puedo trabajar también en casa.

 Con los documentos en la mano, Carlos se encaminó de nuevo hacia el teléfono, no sin antes haber cerrado del todo tanto la puerta de la cocina como la del propio salón.

—¿Continúas ahí? —preguntó en voz muy baja, aferrando con fuerza el auricular y apretándolo contra su oído derecho.

—Sí, aquí sigo.

—¿Por qué demonios llamas a casa? Ya te dije que no deberías hacerlo nunca.

—Ah, comprendo, debo interpretar mi papel de “la otra”… Supongo que está contigo tu mujercita.

—Pues claro que Laura está aquí. ¿Dónde iba a estar? Esta es su casa tanto como la mía.

—Me prometiste que ibas a dejarla.

—Pues claro que te lo prometí, y lo haré… Pero necesito más tiempo.

—Me estás dando largas, Carlos. Tu postura es muy cómoda: en casa tienes a tu mujercita y fuera de casa me tienes a mí, a tu amante, la otra.

—Bueno, bueno, no saquemos las cosas de quicio… Ya hablaremos esto con calma en un lugar más apropiado. Aquí sabes que no puedo hablar.

—Lo siento, Carlos, pero yo no puedo más, no puedo seguir con esta situación clandestina… He tomado la decisión de dejarte y no volver a verte. Para eso precisamente te llamaba….

—Pero Emma  —le interrumpió Carlos.

—Ni Emma ni nada. He conocido a otro y deseo tener una vida plena con él, una vida sin mentiras, sin ocultaciones, sin tener que esconderme como si fuese una delincuente.

—Emma, Emma…, no creo que hables en serio, piensa en lo nuestro.

—Lo nuestro se acabó, Carlos. Adiós, que te vaya bien —y colgó el teléfono de un modo súbito.

 Los instantes posteriores a este abrupto colofón fueron de total desconcierto para Carlos, quien no acertaba a entender la, a su juicio, desaforada actitud de su amante. ¿A cuento de qué esa pataleta cuando sólo tres días antes gemía de placer entre sus brazos? Enfocó entonces su pensamiento al pasado para evocar los momentos vividos con Emma, el modo en que se conocieron, sus encuentros furtivos, las húmedas noches de estío en hoteles de la periferia… Tuvo que reconocer que Emma había sido para él algo así como el fuego de Prometeo, en cuanto a que, cuando su corazón se deslucía en los eriales de una existencia anodina, ancladas que quedaran desde hacía tiempo sus ilusiones en el mar de los sueños extinguidos, ella lo había devuelto a la vida. Le costaba aceptar que de la noche a la mañana tal fuego pudiera haberse sofocado. No, definitivamente no era posible, aquello tenía que ser tan solo el fruto de una circunstancial sensación de despecho, una rabieta que se le pasaría pronto, él se encargaría de convencerla para que de nuevo las aguas volvieran a su cauce.

 La distante voz de Laura le sacó de estas divagaciones para traerlo de vuelta a la realidad:

—¿Todo bien, cariño?

—Sí, todo bien, cielo —respondió mientras lentamente se dirigía a la cocina—. Estos del despacho, ya sabes, que se ahogan en un vaso de agua. ¡Mira que llegan a ser pesados!

 Desde el dintel de la puerta miró lentamente a su esposa, quien en esos momentos maceraba la carne tras haber esparcido sobre ella el contenido de un frasco azul que viniera lacrado con cera amarilla.

—No te preocupes, Carlos, verás como ya no te vuelven a molestar nunca más.

 El marbete que identificaba los polvos blancos del envase lo había tirado, hecho una bola, a la basura. La palabra arsénico venía escrita en francés.

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  • Me ha encantado este escrito, está excelente logro atrapar mi atención, igual que la novela original del escritor francés Gustave Flaubert la cual leí y me encanto a pesar del suicidio de Emma. Y tu reinventado Madame Bovary también me encantó. Saludos Mario Cavara :-*
    Don Mario, como siempre, es un placer leerte, la soltura, frescura, y al mismo tiempo la intensidad de tus relatos. No escribo ahora, aunque de vez, muy de vez en cuando me paso por aquí para leer algo. Buen trabajo. Saludos.
    Me llamó la atención el titulo porque leí la novela Madame Bovary hace poco y la verdad es que me ha encantado este relato inspirado en ella.
    Muchas gracias a todos por vuestros comentarios. En este relato quise jugar con algunos de los elementos de Madame Bovary: el adulterio, la rutina, el veneno, incluso el famoso frasco azul lacrado con cera amarilla que contenía el arsénico en la novela de Flaubert. Digamos que se trataba de una especie de homenaje a una de las novelas que desde siempre más me han impactado. Celebro que os haya gustado
    Mortal, un cuento mortal como la misma Laura. Muy bueno.
    Me he sumergido totalmente en la lectura, como un espectador en una obra de teatro. .. excelente Mario
    buen texto y por suete descubrio a tiepo lo planeado por la esposa,, excelente dialogos, felicitaciones
    Buen relato. Me gustaron mucho los diálogos
    Me gustó pero hay algo que no entiendo. La amante, la escena, el espacio que cubre, me parece muy fugaz y precipitado. Llego a ver a Emma como una mujer impulsiva, ajetreada histérica e inmadura. Es así? Esa es la verdadera personalidad impuesta?
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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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