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7 min
"Relativity"; MC Escher.
Amor |
31.10.13
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  • 4919
Sinopsis

Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

“Ladies and gentlemen, and now the Dexter Gordon’s boisterous piece ‘Hanky Panky’ played by ‘The Contingent Jazz Band’!” (“¡Damas y caballeros, y a continuación la bulliciosa pieza de Dexter-Gordon ‘Hanky Panky’, interpretada por ‘The Contingent Jazz Band’!”), se desgañitaba el animador saltando sobre la plataforma emplazada ante la puerta de acceso al Madison Square Park, frente a la confluencia de Broadway con la Quinta Avenida y la Calle 23. En la mañana soleada y gélida del jueves veintiocho de noviembre de dos mil trece los carritos de perritos calientes encienden el aire de aromas tentadores entre una riada de gente festiva que fluye desde norte de Manhattan inundando de ociosos paseantes las célebres avenidas hoy cerradas al tráfico, después de concluir el multitudinario desfile del Día de Acción de Gracias organizado por Almacenes Macy’s. Los potentes altavoces del escenario logran desplazar los sones del saxo hasta el interior de la parda alcantarilla donde, ajeno a la humanidad, el butronero Dédalo lanzaba la maza al ritmo de han-ky-pan-ky y remataba un butrón en el suelo del sótano del Flatiron Building, en cuya fachada a Broadway destella el escaparate de la joyería “Infinity Diamond”.

Mientras limpiaba de escombros el butrón, Dédalo recordaba el día en que Jonás apareció en el poblado después de salir caminando desde lo profundo de la cloaca Súper Sewer, una gigantesca alcantarilla colectora de paredes mohosas que afloraba frente a la bahía de Long Island, oculta entre el fragoroso robledal de la isla del Cazador, en Bronx; el poblado se estrechaba alrededor de la boca abovedada, detrás de la playa pedregosa y junto a los árboles que lindaban con el océano; algunas de sus casas, construcciones sin terminar o desvencijadas caravanas sin dueño, daban al lugar un irremediable aire casual y se ocupaban y vaciaban por gente de paso; el gigantón moreno de figura espantable vagó por las calles y el bosque aledaño y luego descansó junto al rescoldo de una hoguera mal apagada; algunos vecinos le ofrecieron alimentos que él aceptó agradecido, con lo que su rostro fiero se atemperó; a los pocos días doña Mariángeles se lo llevó a su roulotte y se amancebaron. Del interior de la Súper Sewer, donde cabía un buen barco, fluía un tufillo viciado que impregnaba todo el poblado, corría un riachuelo de agua mansa y arribaban decenas de tuberías arracimadas que se sumergían en las frías y turbias aguas del Atlántico.

Doña Mariángeles, una cubana de Matanzas de armas tomar, mujer agotadora de edad indecible, era santera y adivinaba el pasado y el futuro leyendo los caracoles, decía oraciones a los angelitos, pintaba figuras de vudú, desinflaba vientres, fabricaba un licor muy bueno para pinchar a frígidas y lánguidos que también servía de crece pelo, extraía agua de aroma de enamorados y destilaba un aceite de ceiba rejuvenecedor, y aunque hacía tiempo que no se lo pedían también cosía virgos. Doña Mariángeles recibía a la clientela detrás de una mesita a la puerta de su roulotte, cubierta con unas cortinas azules que preservaban la confidencialidad. Se había juntado con Jonás, un negrazo de músculos interminables con brillo de obsidiana, y no hacía ascos a mujeres, infantes, ancianos, blancos, mulatos o amarillos porque su vitalidad era insaciable.

Doña Mariángeles arregló a Jonás con Dédalo y por un tiempo abrieron juntos algunos butrones; ella administraba la ganancia y atendía los gastos y antes de cada incursión al submundo le entregaba a Jonás un papelito con una oración para el ángel Eleguá y se la recitaba con mucho dramatismo: “Dueño de las cuatro esquinas y portero del camino que abre y cierra las puertas, padre mío Eleguá, llévate lo malo para poder caminar liberado, y que no haya pérdida ni revolución ni muerte, en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo”; ella siempre procuraba la felicidad de todos y sin verlo el negro se beneficiaba a Dédalo, al que le encandilaba el miembro y cometía proezas jamás soñadas, saliendo ufano y reafirmado. 

Jonás jugaba a los dados y la santera le regaló uno mágico con una cara más pesada; Dédalo y los otros de la partida le dejaron jugar con él mientras le desplumaban, y cuando quedó limpio Jonás lo ofreció como prenda, pero los otros estaban muy alterados, le acusaron de tramposo, le apalearon hasta la inconsciencia y le arrojaron al estuario donde pudo morir; Jonás no salió más con Dédalo, que intentó justificarse ante doña Mariángeles, “tenía un dado trucado”, “se lo di yo para favorecerte a ti”, “¿a mí, señora?”, “ven aquí mi guapetón que te voy a enseñar cositas que no sabes.”

Irritado con todo el mundo y sin recoger el papel con la oración de Eleguá, Jonás se fue solitario para abrir un butrón en el Flatiron Building, un bonito rascacielos de Manhattan con forma de flecha, y ya no volvió al poblado ni nadie supo de él; el tiempo pasó, Dédalo se instaló en la roulotte de la santera, hasta que un día presa de los nervios prorrumpió en sollozos exclamando que Jonás se le aparecía caminando bocabajo por el techo de la roulotte con el petate a la espalda. Herida de remordimientos por su suerte rogó a Dédalo que fuera a buscarle al Flatirón donde había quedado atrapado porque Eleguá no le abrió la salida. Dédalo imaginaba que Jonás habría terminado en el océano comido por los peces, pero la santera estaba insoportable y esa torre lucía una bonita joyería.

Dédalo asomó la cabeza al otro lado del butrón y se vio en mitad de un aseo de caballeros espacioso y rectangular con la alta techumbre y las cuatro paredes completamente revestidas de espejos; lavabos y urinarios de líneas elegantes se alineaban respectivamente en cada pared larga, y en las dos cortas se abría una entrada vana de la que arrancaba una escalera que subía y bajaba y doblaba según el reflejo que en cada instante cautivara al ojo, porque las escaleras proliferaban por los tabiques espejados, ascendentes, descendentes y reptantes, contrahechas, rotas y grotescamente empalmadas, retorcidas en los rincones; los grandes espejos confrontados multiplicaban entre sí y al infinito su propia lámina y lo que en ellos cayera; las bruñidas cerámicas se mecían flotantes en un laberinto de planos intersecados y se anclaban en lugares inconcebibles; el cuadro, iluminado con la pálida luz lunar de tubos fluorescentes, mostraba un espacio recargado por el juego especular que lo ampliaba y lo constreñía al tiempo; sin embargo, el caos traslucía una rara armonía que cantaba “nadaesloqueparece”.

Dédalo se asustó al descubrir a un hombre cosido a un urinario; pronto comprendió que era Jonás.

-¿Pero qué coño…?

-Jonás, soy yo, Dédalo; joder, me has asustado… -le contemplaba atónito, con las manos olvidadas en la entrepierna. -Doña Mariángeles me manda traerte de vuelta -le miró fosco, se abrochó la bragueta, se echó el petate a la espalda. -A doña Mariángeles y a ti…-se desvió al vano más próximo y encadenó escalones; Dédalo le veía ascender por una escalera, alejarse reptando por otra, desaparecer de súbito, asomar la cabeza en aquella y aproximar los pasos en esotra- …que os folle un pez.  

 

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  • Me sigues sorprendiendo con tus textos, que considero de alta calidad. De este destacaría esa profusa descripción del mundo de los desheredados, de los bajos instintos, de la supervivencia en esa particular selva. Cada vez que pueda seguiré leyéndote porque lo mereces, pero estarás conmigo en que tenemos que dedicarnos intensamente a la escritura, ¿no? Un saludo.
    Me encanta este espacio porque muestra lo distintos que somos todos. En muchos casos podría reconocerlos sin saber el nombre - vos en especial- Lo mejor para vos.
    Hola José Manuel, te agradezco tus comentarios y tu reincidencia en leerme
    Un relato que no se pierde la intensidad hasta el último momento de la historia, también se crea una atmosfera novedosa, con rasgos característico de zonas que describes y el final ironico… Irónico.
    Imaginativo y bien estructurado, pero sé que la estrella que falta te la van a dar unos amigos tuyos que te siguen orgullosos.
    un relato muy divertido, que derrocha imaginación, y muy bien escrito
    En primer lugar gracias por acercarte a mi relato, tienes toda la razón, me vestí de palabras pero creo que me deje los acentos y las comas en otro bolso, algún día espero aprender a puntuar y a escribir. Gracias. Respecto a tu relato, es denso y oscuro, te acerca y te aleja como las perspectivas de Escher . Espero seguir leyendo tus relatos.
    Sería reiterativo hacer el comentario de Pedro, que hago mío, y me ahorra el trabajo de escribirlo. Describes muy bien la obra de Escher y sus falsas perspectivas. Por lo que paso a tu, agradecido, comentario a mi cuento. Obvio la primera parte. porque se refiere contenido, que te puede gustar o nó. Voy a la crítica formal....Coincido con ellas, tengo multiples problemas de puntuación, en algunos casos solo son vicios estílisticos, en otros, simplemente ignorancia. Y desde mi ignorancia, pero respetando tu estilo, si usaras algunas comas no estarían demás. Españoles y Argentinos hablamos castellano pero no lo hacemos de la misma manera. En cuanto a los errores gramaticales, en general, son lapsus. por falta de atención y corrección.
    Del título me quedo con las figuras imposibles y con los originales destruidos de Escher (tuve ocasión de ver su museo en la Haya) y en lo literario con una ambientación espectacular, imaginación a la par y personajes de los que a mi me gustan, de esos que tienen mucho para adjetivarlos pero poco en cuanto a lo personal. Me da un poco de miedo el siguiente comentario porque sé que no nos llevamos muy bien en cuanto a los ritmos y la puntuación (je je) pero reconozco que haces un ejercicio de punto y comas acertado. Me ha gustado mucho. Un abrazo.
    Gracias por tu comentario, tan acertado como extenso. Te explicas a la perfección. Saludos.
  • Aquí el protagonista casi no habla. Este relato guarda concordancias con otro que publiqué en TR, "Las tumbas de Yucucuy", con el que comparte personajes y escenario.

    Muerte de un naturalista.

    Sobre el alargado brazo del criminal.

    Sobre el resurgimiento del conde de Cagliostro.

    Mucho ojo, si vas a señalar a un culpable.

    Un tesoro desgraciado, vale el oxímoron. Lo que sucedió a los cien ladrones del Emperador Carlos.

    El remitente ve la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio.

    El paseante se ve sorprendido por amores antiguos y olvidados.

    Cayo Folías es denunciado, juzgado y condenado por insultar y amenazar a un médico que trataba de limpiarle su nariz rota en un oscuro suceso en una noche de borrachera. Mientras tanto se informa sobre el protagonista.

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