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4 min
Relato sexual de una noche de otoño. Carpe diem
Amor |
19.02.08
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Sinopsis

Era un noche de otoño, de estas que hielan hasta los huesos y los convierte en máquina mal engrasadas. Caminaba hacia mi casa, aunque siempre daba rodeos inútiles para llegar a ella, ¿Por qué? Pues es algo que todavía no he logrado averiguar, pero tengo algunas teorías: soledad, decepción, aburrimiento, mucho aburrimiento. ¿Sabéis que los profesionales con mayor proporción de suicidios son los profesores de instituto? Sí, detrás van los oficinistas y los abogados… En eso pensaba yo cuando en la nebulosa calle apareció una mujer que caminaba hacia mí; luego, por la mañana, no venía a mis labios su nombre, aunque quizá nunca lo supe, así que llamémosla Venus, o Mesalina, o es posible que María Antonieta, o porqué no Lucilla…, llámenla como la mujer que siempre desearon o como aquella con la que sueñas aunque tengas a tu mujer al lado. Llámenla como llaman a su mascota o al vecino asqueroso de en frente; lo importante no es el nombre, es el hecho ¿Qué hecho? El hecho de que esa mujer, en realidad, existe, y que solo tienes que andar entre la neblina de la calle para encontrarla…Según iba acercándose a mí sabía que ocurriría algo, claro que no sabía el qué ¿me pediría la hora? ¿Un cigarrillo, a lo mejor? Pasó a mi lado sin mirarme, es más, evitándome. Me di la vuelta, tenía que asegurarme que era cierto, que no me dirigiría la palabra ni tan siquiera me miraría a los ojos. Se giró sobre sus tacones, no podía ver sus ojos en la oscuridad, pero a la vez sabía cómo eran, sabía que me miraban y que le gustaba lo que veía. Con un suave ademán me indicó que la acompañara y entramos en un portal. Creo que la pregunté su nombre, sus apellidos y su número de la seguridad social… No sé nada de ella, no conozco exactamente el color de su piel ni de sus pezones, no se si era rubia o castaña. He vuelto a ese portal, lo he vigilado como si yo fuera un espía de la CIA y ahí se escondiera el as de la baraja, y no he encontrado nada parecido a ella, nada que se acercara a ese sueño que un día toqué con mis dedos… Entramos en el ascensor y nos besamos, un beso largo, de reconocimiento, mientras ella me bajaba los pantalones y acariciaba mis pelotas mi pene iba agrandándose. Yo actuaba a mi vez y acariciaba suavemente su clítoris, con cuidado pero con vigor, y sentía cómo iba humedeciéndose todo el asunto, cómo esa sustancia pegajosa se extendía por mi mano. La introduje un dedo y el interior estaba fresco, casi gélido, y el líquido en fricción con mis dedos comenzaba a producir un sonido agradable, de música de cámara;la sinfonía, luego.
El ascensor se detuvo en la última planta, y lo abandonamos como dos cachorros recién salidos de la madriguera. Las puertas de alrededor parecían trasteros o contadores de luz. Le pregunté si allí no nos vería nadie, me respondió un no con la cabeza. ¡No sabéis lo que es conocer a vuestro sueño y no escuchar su voz, no conocer su timbre y su textura, no saber lo que es sentir sus palabras deslizándose en tu oído y decir ‘’Mírame ahora… ya nunca jamás volverás a verme’’! ¿Lo haría como castigo? No lo sé, por no saber nada de ella, no he llegado a conocer la voz de diosa que salía de su interior.
Me desnudó, la tibieza de sus manos hacía que mi bello se erizase, temblaba en la oscuridad de aquel lugar. Empezó a chupármela, despacio y después aceleraba súbitamente, despué
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