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19 min
Relatos de muertos con vida (1)
Terror |
22.02.16
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Sinopsis

No voy a poner ninguna Sinopsis, bueno, nunca lo hago. Quiero saber que os parece. Si me dais visto bueno para que siga escribiendo este relato... o preferís mandarme a la mierda .... saludoooos

La mesa estaba preparada. Ovalada y alargada. Seis platos vacíos esperaban ser ocupados por los respectivos manjares. Una fuente en el centro, reinaba con brotes verdes y un arcoíris de diversas verduras y frutas, el manjar de las ensaladas. Cada comensal llevaba sus respectivas copas de beber. Una para el agua, otra para el champán y otra para la bebida principal. Las servilletas bien enrolladas atrapaban los cubiertos en su interior. Dos barras de pan, cortadas a rebanadas iguales, divididas en dos pequeñas cestas de mimbre, se colocaban en los extremos de la mesa; para que todos pudieran hacerse con su respectiva porción.

                Dos candiles iluminaban la mesa. De cada uno de ellos surgían cuatro prolongaciones, como si fueran dedos señalando al cielo, con una vela en cada uno; daba el fulgor necesario a la estancia.

Aquel día era el número doce sin luz. Como si se hubiese viajado en el tiempo al siglo X, el uso del candelabro era de gran utilidad; era la única forma de iluminar las noches. El aceite perduraba en las tiendas, aun barato, pero por poco tiempo. Algunos productos comenzaban a escasear. Entre ellos estaba el agua. Muchos de los principales suministradores estaban contaminados.

                Se hablaba de un grupo de científicos alemanes. Supuestamente estaban trabajando en una forma de producción de agua a partir de gases de CO2. Solo eran ensayos que se quedaban en el laboratorio, y pocas veces se hablaban de ellos en las noticias. Pero desde el apagón, las noticias comenzaban a escasear.

                Los alimentos de procedencia animal se estaban agotando. Apenas se podría mantener la alimentación mundial un par de meses. Las frutas, verduras, legumbres y cereales se plantaban en cantidades descomunales.

El estado, en emergencia, obligó a todo ganadero a cultivar sus tierras con dos tipos de cereales. Se expropiaron tierras y cultivos para el aprovechamiento comunitario. Los pocos manantiales libres de contaminación se redirigieron a grandes cisternas, para la explotación agrícola. Se construyeron enormes desalinizadoras de agua marina, pues la sal y sus bacterias la purifican. Probablemente, el virus, le costaría infectar una cantidad tan mayúsculo de líquido. Aunque, no dejaban de ser conjeturas que no llegaban a ninguna parte.

                La cocina de los Rodríguez desprendía un clásico olor a verdura asada. Por suerte, al vivir en una casa de campo, la cocina estaba prevista de una gran chimenea preparada para cocinar en ella.

En el exterior habían sembrado su propio huerto. Era su principal fuente de alimentación. Un pozo, que descansaba bajo la enorme sombra de un sauce, calmaba la sed de la familia.  Aunque no lo creyeran, tenían suerte de tener agua propia; descontaminada de cualquier virus. Según les decía el padre: <El árbol que vive en el pozo, no está ahí por casualidad; Dios lo ha puesto ahí para protegernos.>

                Tom siempre intentaba dar ánimos a la familia. La situación que estaban pasando había hecho que Nuria, su mujer, hubiese intentado quitarse la vida. Pero Tom llegó a tiempo para deshacer sus intenciones.

Una tarde, Tom regresaba de la ciudad. Había ido a buscar unas pastillas para Katy, la hija menor. Se dirigió a la cochera, para, como hace siempre, guardar su Toyota Land Cruiser. Al levantar el portón de la cochera la imagen fue impactante. Nuria pendía de un tramo de cuerda de tender la ropa. Como la cuerda era tan fina, había pasado tantas veces el cordel de su cuello a la viga, que cortarla le hubiese dejado sin energías. Por suerte, cerca estaba el material con el que prendía los rastrojos del saneamiento del terreno. Frotó el pedernal contra la mecha impregnada de aceite, y una vez encendido, lo acercó al atadero que se aferraba al cuello de Nuria. La cuerda se derritió, escupiendo gotas sobre la piel de ella.  

Estuvo a punto de morir ahogada. Unas finas marcas se alojaron durante meses alrededor del cuello. Aquello hacia recordar a Tom la debilidad de su familia. Él tenía que mantenerla unida. Y siempre rezaba a Dios para que le ayudara en esa dura misión.

                Varias charlas con el párroco de la ciudad remediaron sobre los intentos de suicidio de Nuria. Hablaron de la palabra de señor. <Dios no quiere que sus hijos mueran> <Dios decide cual es la hora> <Hazlo por tus hijos>

Esa fue el principal refuerzo de Nuria, sus hijos.

                Habían tenido dos hijos. Katy y Ethan, doce y trece años respectivamente. Por eso, aunque algo en su interior le pedía acabar con todo, Nuria seguía viva por ellos.

                No habían sufrido apenas las consecuencias del virus. Dos o tres casos a lo largo del tiempo, que fueron solucionados con suma facilidad. Pero las cosas cambiaron, y la esperanza de vida se fue acortando. En la ciudad ya no se estaba seguro, y el campo, dejó de serlo al poco tiempo.

                El reloj que colgaba en una de las paredes del salón, atemorizaba a los minutos, y estos huían corriendo en busca de las horas. Cuando Tom lo miro ya eran más de las ocho. Avisó a Nuria de la hora.

Los invitados hicieron presencia a la hora acordada. Las ocho y media. Abrazos, besos y todo tipo de cordialidades. Todos se dijeron los guapos que estaban, lo bien que le sentaba la ropa elegida y eso, cordialidad y más cordialidad.

                Después de la típica charla de pie, la hora de la cena se acercó. Cada uno ocupó su puesto en la mesa, dejando dos huecos vacíos para los invitados. Nuria repartió pequeños cuencos con aperitivos, dispuso dos botellas de vino, una de ellas abierta, pero ambas en un cuenco con hielo; y sin apenas dejar unos segundos, el plato principal: parrillada de verdura de la huerta familiar. Nuria, de pie, dio las gracias a los invitados por asistir y pidió a Tom que diera gracias al Señor.

  • Antes de empezar a comer, quiero dar gracias al Señor, que es nuestro único Dios. – Dejó un espacio de tiempo, que fue abordado por el silencio. Cogió las manos de Nuria, y todos hicieron lo mismo. – Gracias por ofrecernos estos alimentos. Señor, todo en ti es bondadoso y misericordioso. La humanidad ha pecado, y el castigo ha llegado de tu mano. Nuestra familia acepta la plaga como en su tiempo hicieron nuestros antepasados. Como buenos hermanos, compartimos tus alimentos con esta familia. – Tom miró con felicidad a los invitados. – Nuestro Dios nos da este manjar. Comamos antes de que se enfríe.

Después de un Amen al unísono, las familias se pusieron manos a la obra. Las manos se lanzaban como flechas hacia los platos. Los cumplidos se dispararon a favor de Nuria, que pronto comenzó a sonrojarse. Y la cena transcurrió como transcurriría en un día normal. Se hablaba de antiguos trabajos, de cómo era la ciudad antes del virus y de recuerdos de antaño.

                La comida dio paso a mas charlas. En esta ocasión sentados junto al fuego del salón.

Nuria fregaba los platos en la cocina cuando, de repente, hizo presencia en el salón. Entré las manos la espuma le colgaba y descendía al suelo, dejando una pequeña mancha acuosa. Aunque sus ojos lo decían todo, Tom le pregunto qué ocurría.

  • Nuria, ¿Qué es lo que te ocurre? – Dijo mientras sostenía una copa de licor de manzana con hielo. –
  • Ya han llegado

Todos simplificaron sus gestos en uno, el del terror. Tom se llevó a Nuria a la cocina para tranquilizarla. Abrió la pequeña ventana que había en lo alto del fregadero y sacó medio cuerpo. El silencio reinante se interrumpió por el chocar de latas. Como una pequeña banda sonora lejana, aquel ruido impregnó la noche.

  • Límpiate las manos y reúnete con los invitados en el salón. Ya se aproxima la hora.

Tom cerró el postigo de la ventana. Corrió la fina cortina de encaje y fue a reunirse con todos.

                Estaban sentados juntos. Algunos más temerosos que otros. Tom, como un monologuista ante su público, lideraba la estancia. El fuego alargaba la sombra del padre de familia y le daba un aire de seriedad y de confianza.

  • Se y entiendo que tenéis miedo. Pero el día del juicio final ya ha llegado. El Señor resucitará a los muertos, y así lo ha hecho, pero nuestro castigo debe cumplirse. – Se sentó en una mesa cuadrada, donde poder mirar a todos de cerca. – Así me lo ha dicho el señor. Después de la resurrección, que no es más que la muerte, iremos a la vida eterna. – Alzó la voz para dar más confianza. – La vida eterna en su reino.  – Señaló en dirección a la ventana. – Esa es la plaga que nuestro Señor nos ha mandado, para que purguemos nuestra alma. No podemos resistirnos a su deseo. – Miró a los ojos del invitado. – Somos… como Noé. Esta casa es nuestra arca. El señor me dijo que vendrían muchos para limpiarnos, me pidió que no lucháramos contra ellos. – Volviendo a señalar al exterior. – eso de ahí afuera es nuestra salvación. Ahora vamos a cogernos de la mano y vamos a salir afuera.

Los dos niños comenzaron a llorar. No sabían que creer, si su padre se había vuelto loco o si realmente le había hablado el señor. La más pequeña corrió a brazos de su madre, mientras que el mayor corrió a la soledad de su cuarto.

  • ¡Ethan! Ven inmediatamente aquí. Al padre no se le desobedece. – Gritó Tom con energía.
  • Déjalo. Está asustado. ¿Qué crees que le pasará por la cabeza con lo que estas contando? – Nuria sostenía los sollozos de su hija contra el pecho. –

Todos se quedaron en silencio. El gimoteo Katy pasó a un segundo plano. Unos murmullos, como lamentaciones sin energía, se oían desde el exterior; aun lejanas de la casa. Y solapando aquello, el entrechocar de más y más latas.

                Unos días antes, Tom había montado un sistema de alarma alrededor de la parcela. Unos cuantos mástiles de madera entre-atados con cuerda y latas. Si algo pasaba por allí, sonaría y lo oirían.

  • Ahora, vamos a cogernos de la mano y vamos a salir ahí afuera. Vamos a recibir nuestro castigo.

Ambas familias, con la excepción de Ethan salieron al exterior.

                La luna daba tanta claridad que se apreciaba todo el valle completo. Las pequeñas sombras, de lo que se distinguían figuras humanas, comenzaban poco a poco a ser más grandes.

Aquellas personas estaban totalmente atemorizadas, pero Tom agarró la mano de Nuria y pidió que todos hicieran lo mismo. Una cadena repleta de amor a Dios. Sus cuerpos temblaban, la pequeña aun permanecía llorando y los invitados le hubiese gustado salir corriendo.

  • ¡Venid a por nosotros! – Les dijo Tom a las sombras. – Estábamos esperando este momento.               – Gritó. –

Una horda, de unos cuarenta muertos con vida, se aproximaban a la casa. Sus lamentos eran la antesala del infierno. Gemidos que erizaban los pelos de los que esperaban la muerte. El hedor de la putrefacción fue ganando terreno. Pronto se hizo con los pocos olores que quedaban en la casa, entre ellos, recuerdos. El hombre, que no era más que un simple invitado a una cena suicida, le asaltaron nauseas. Apartándose no más de un metro, vomitó parte de la cena. Los quejidos de los muertos con vida se unieron al temor y al horrendo olor a no vivo, e hizo dudar a aquel hombre. Miró a su pareja y comenzó a llorar. Ella se soltó de la mano de Nuria para ir a abrazarlo. Pero entre gritos de <lo siento>, huyó, dejando a su pareja perpleja. Tras un sutil dudar, ella se echó en su persecución.

                Nuria hizo el intento de agarrarla, pero se escurrió entre los dedos. Quiso salir detrás de ella, pero Tom la agarró del vestido.

  • Déjalos. Tu familia está aquí. Tu hija y yo necesitamos que estés presente en este momento tan importante. – Los dedos se apretaron contra el vestido, para afianzarla a él. – Ellos no creen en Dios. Por eso serán castigados como merecen.
  • ¡Te estas volviendo loco! Mira lo que has conseguido. Hemos sobrevivido mucho tiempo, podríamos haber seguido así. – Lagrimas se derramaron entre su piel. - ¿Para qué me salvaste aquel día? ¿Para dejarme morir a tu manera? No te has preocupado ni de Ethan, solo te preocupa tu Dios y tu locura…
  • ¡Calla estúpida! – La palma de la mano impactó contra el rostro de Nuria, que dejó caer un quejido. – No te permitiré que blasfemes. – Agarró el brazo de ella con fuerza. - ¿Quieres terminar como ellos? Muertos – Gritó –

Mientras, aquellos muertos con vida cada vez estaban más cerca. Cincuenta pasos los separaba.

                El hombre, que era invitado, huía de allí por la parte de atrás de la finca. Quizás las lágrimas, o quizás el terror de la situación le hizo no ver la raíz que sobresalía de las entrañas del suelo. Su pie se enredó y trastabilló en un torpe intento de mantener el equilibrio, topando con el pequeño muro que cercaba el pozo; cayendo a sus aguas.

No importaba la altura de la caída, ni si había agua o no; lo importante era la anchura de aquel conducto. Era tan estrecho, que, al caer, quedó sumergido bocabajo y sin poder retomar la verticalidad.  Solo burbujas y el agitar de la superficie.

                Su pareja, que era invitada, vio caer a su pareja. Estaba demasiado lejos para haberlo agarrado.

Aceleró su pulso, y la velocidad. Esperaba poder socorrerlo. En el corto espacio que la separaba del pozo ideó un plan de rescate. Le arrojaría la soga del columpio que la familia tenían amarrado a las ramas del árbol. Probablemente se agarraría, y podría salir de aquella jaula acuática.

Pero no fue así. Cuando ella llegó solo vio borboteos en el agua y movimientos agitados.

                Desde el abismo que era el pozo, se asomó desesperada en una búsqueda agonizante. Gritó el nombre de él desde lo más profundo de sus pulmones. Lo llamó desesperada. Gritó hasta perder la voz. Buscó a su alrededor algo con lo que agitar las aguas. Algo con lo que descender. Se fijó en la cuerda que hacía de columpio, y algo la distrajo.

Los matorrales que la envolvían se agitaban. El viento sopló con algo más de fuerza, no mucha, pero si quizás como para alterar las ramas. Los ruidos no la preocuparon, pero la inquietaron durante un instante. Hasta que detrás del árbol surgió una sombra tambaleante. Se dirigía hacia ella con gritos aterradores, desesperados. Aquel ser no era capaz de moverse en línea recta; le costaba mantener los pasos firmes. El miedo atemorizó aquella mujer, que se dejó caer apoyando la espalda en el muro del pozo. Cerró los ojos, como si al hacerlo todo desapareciera. 

                El ajetreo del agua volvió a recaer sobre ella. Se incorporó rápida, pero una repugnante mano se agarró a su hombro. Los huesos se dejaron ver entre tiras de carne podrida. Algún que otro hueco se vislumbró algo que parecía ser suelo.

Cuando se giró, el rostro que le asechaba era más repulsivo aún.  Se abalanzó sobre ella como un león sobre su presa. Los dientes pasaron cerca de la mejilla, reculó el cuerpo entre forcejeos, cayendo ambos al suelo.

La mujer retrocedió como hacen los cangrejos, pero aquel ser se arrastraba siguiendo sus movimientos, aunque algo más despacio. Se halló de espaldas a otro árbol, cerrándole la escapatoria. El muerto con vida se acercaba torpemente desde el suelo, como un escalador a la cima. Intentó incorporarse a la vez que lo hacia ella. Pero volvió caer de costado, quedando bocarriba.

                Todo el mundo ha visto series y películas de Zombies. Y para matarlos, algo tan fácil como reventar sus cabezas.

                Por lo visto, ella también conocía este tópico. Halló una piedra del tamaño de un puño, se hizo con ella y, mirando a lo que ni por asomo parecía ser un rostro humano, le lanzó con fuerza la piedra.

Pero apenas le hizo algo. La piedra impactó sobre la mandíbula, desmembrándola en tirajos resecos de sangre. Se le descolgó, quedando unida por un trozo de piel de dos dedos de ancho. Pero no lo mató. Continuaba agitándose en un intento de volverse, torpe como una tortuga.

                Algo ingenioso se le pasó por la mente. Huir de aquel lugar. Corrió de nuevo al pozo. Saltó por encima del cadáver con vida, el cual alzó lentamente el brazo para agarrarla, quedando en un absurdo movimiento. Cuando volvió a asomarse, las aguas estaban tranquilas, pocas eran las burbujas que brotaban. Los recuerdos le invadieron. Una mala sensación la aturdió. No conocía que sentimientos estaba experimentando, no sabía si era por la muerte de su amado, o por cómo había huido, dejándola atrás.

                Un fuerte dolor le punzó la pierna. Buscó la procedencia, pero no tuvo tiempo, su cuerpo se desplomó. Aquella sensación era la de sus tendones al descubierto. El muerto en vida había mordido el famoso tendón de Aquiles, dejando la pierna y el cuerpo muerto. El desplome vino acompañado de un golpe en la sien, que le nubló la vista. Así no vería su muerte. El no vivo la agarró de la pierna herida, lo hizo con fuerza, clavando sus largas uñas en la carne. Y nuevamente mordió, en esta ocasión en la rodilla. Del mordisco extrajo sangre, piel, musculo y la rótula; que se tragó. La mujer movió en todas las direcciones sus brazos, lanzó unos golpes al ser e intentó zafarse. Peo no lo consiguió. El dolor le impedía reaccionar y el muerto le impedía moverse.

Tuvo suerte. Pocos segundos más, un mordisco en la aorta, termino con su agonía. Unos cuantos espumarajos y unas palabras ininteligibles, dieron por finalizada la noche.

                Mientras todo esto ocurría, la familia Rodríguez veía acercarse sus últimas horas en manos de unos muertos no tan muertos.

Tom permanecía sonriente. Lo prometido a su señor se cumpliría, y eso lo llenaba de orgullo, aunque el orgullo le llevara a la muerte; cosa que no opinaba Nuria y su hija, que aterradas, se abrazaban entre llantos y calmos.

                Los primeros muertos con vida, los más cercanos a la familia, los olieron. Se lanzaron en una patosa carrera. Algunos caían al suelo. Los caídos hacían caer a otros. Los que se intentaban levantar no lo conseguían y tiraban a otros. Pero otros muchos se aproximaban amenazantes. Sus ladridos, llamaban a mas bichos de aquellos.

  • No se os ocurra moveros de ahí. – Señaló sus ubicaciones con un dedo grueso. – Lo hago por vosotras. Si no fuera por mí, estaríais en manos del demonio.

Los brazos de los muertos con vida se alargaron para hacerse con sus presas.

                Entonces, un golpe resonó detrás de la familia. Un leño había impactado sobre el cuello de Tom. El impacto fue tal que le hizo desfallecer. Su cuerpo perdió la fuerza que lo sostenía, e intentando aferrarse a Nuria, sin conseguirlo, cayó contra el suelo. Ambas se quedaron asombradas con la alteración de la situación.

                Ethan se encontraba iluminado por las ascuas que desprendía la hoguera desde el interior. Como un superhéroe salido de un comic, su imagen, proyectada con insignificancia, bailaba al son del fuego.

Alargó su brazo para ayudar a su hermana a levantarse, siempre al resguardo del dintel de la puerta. Con una mano la alzó y con la otra agarrada a la jamba. Gritó con todas sus fuerzas para desvelar a su madre de la pesadez que le aturdía. Ella, agonizaba en un intento de decidir si huir, o auxiliar al que había sido toda su vida su marido.

  • ¡Correeee! – Le apremió Ethan desde la protección de las paredes. –

Nuria puso pies en polvorosa. Una mano se hizo con un volante del vestido, que, con la repentina huida, había levitado en el aire. Aquello la retuvo en un esfuerzo. Pero la imagen de su hijo gritando le proporcionó un tirón de energía en las piernas. El vestido se rasgó, quedándose la parte de arriba en la mano del muerto con vida. Sus pechos surgieron al descubierto, protegidos por un sujetados de encaje negro, que se había manchado de un flujo rojizo.

                La puerta se cerró, dejando la oscura noche fuera.

Golpes aporrearon en la puerta, como millones de carteros intentando hacerse oír. Lamentaciones, rugidos, voces muertas… todas intentando entrar. Y dentro, la tiniebla de una hoguera que arrojaba miedo a los sobrevivientes de una noche de muertos. 

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