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3 min
Religión de la lengua
Reales |
21.11.20
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Sinopsis

Debo decir que esta historia no es mía, o mejor dicho que no debería ser mía, cosa que el lector considerara deplorable pues ya no me vera como un autor si no como un editor. Pero aclarare que, pese a no ocurrirme a mí, soy el único conocedor de lo que a continuación contare y por lo tanto me considero el heredero legítimo.

Nunca me he considerado un hombre religioso, aunque sea conocedor de varias religiones, algunas disparatadas, otras absurdas y muchas verdaderamente fascinantes. Probablemente la mejor de este último genero sea la que practicaba uno de mis numerosos compañeros de piso.

Religión de la lengua la llamaba. No puedo asegurar que este curioso personaje fuera el único integrante de semejante culto, si bien no he vuelto a conocer persona devota a tales doctrinas. El seguimiento de este culto resulta realmente fácil en apariencia, pues su doctrina mas importante consiste en la suposición de que las letras, palabras, frases, oraciones o párrafos enteros que uno piensa a lo largo del día con la intención de expulsarlo por la boca, siempre deben ser liberados, o si no envenenaran nuestra mente corroyéndola y llevándola hasta la locura. Cualquier practicante debe tener una memoria digna de reconocimiento pues cualquiera que sea la situación en la que estamos hablando y nos corten para tratar otro tema, las palabras que teníamos pensado pronunciar deberemos recordarlas para, posteriormente, pronunciarlas en la intimidad.

Si en este punto el lector aun no considera en la mas absoluta locura a mi pobre compañero, contare como noche tras noche, mientras ambos degustábamos la cena la conversación, o mejor dicho, el monologo consistía en mi estimable compañero pronunciando respuestas a preguntas o explicaciones que le habían pedido a lo largo del día. Explicaciones sobre las cuales yo no podida interesarme pues si no el certamen se alargaba un tanto. Llego el punto en que le oía respuestas a preguntas que claramente le habían formulado en algún anuncio o por radio y televisión.

De todos aquellos personajes que conocí este es sin duda uno de los que más añoro, además de tratarse del que dejo en mi la antisocial costumbre de solo escuchar durante cena y nunca participar en las conversaciones, fuere cual fuere la situación.

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