cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

15 min
Redo y Susi
Ciencia Ficción |
01.04.14
  • 0
  • 0
  • 837
Sinopsis

Redo y Susi son amigos, a pesar de que él es un robot y ella una niña, a pesar de que él es el criado de su familia y de que él puede sentir, aún así, para Susi Redo es mejor que muchas personas.

 

La avalancha de niños surgió en cuanto las dos puertas de la escuela se abrieron, algunos gritaban de alegría, o por la simple excitación de tener un fin de semana sin escuela, entre ellos, una niña pequeña, con un vestido rosa y un lazo en el pelo, caminó con sus pequeñas piernas hasta cruzar el patio del colegio y se detuvo. Curiosa, miró a ambos lados, era extraño que se retrasasen en recogerla, pero no pasó más de dos minutos hasta que por fin vio acercarse a su robot.

Los demás niños eran recogidos también por el robot criado de su familia o por sus padres, en sus coches deslizadores.

El robot se detuvo y la niña le sonrió.

--¿Qué tal el colegio, señorita Susi?—preguntó la máquina.

Susi, no era ni Susana ni cualquier otro nombre, y su robot, con su software de aprendizaje, que le permitía aprender conforme pasaba el tiempo, también había aprendido a llamarla así.

--Muy bien, Redo—dijo la niña cogiendo la metálica mano del criado.

Redo era una variación de R.E.2, la primera en llamarlo así había sido Susi, la cual veía en aquella máquina a un amigo más que un criado, y a sus padres le había parecido gracioso bautizar así al robot, era un nombre más sencillo de pronunciar y recordar que R.E.2, menos técnico y más coloquial.

En cuanto al robot, no le importaba lo más mínimo como le llamasen.

Caminaron despacio hacia casa, cruzándose con otros robots criados y personas, el día era soleado, un día más, salvo porque era viernes y Susi estaba contenta.

Un escaparate llamó su atención desde la acera de enfrente, había visto aquella juguetería muchas veces, pero jamás con aquella oferta.

--¡Mira!—señaló.

Tras el cristal, podía verse la última muñeca, la que gustaba a todas las niñas, tan moderna y avanzada que podía mantener una conversación con su dueña, era cara, pero los padres de Susi no eran precisamente pobres, y aquel robot era un claro ejemplo de aquello.

Todo sucedió muy deprisa, o al menos dio aquella impresión, la que siempre se percibe cuando ocurre algo como eso, un accidente.

Susi se soltó de la mano de Redo, el cual, inmediatamente, la miró, vio a la niña correr por delante de él y dirigirse hacia el centro de la transitada calle sin mirar nada que no fuera el escaparate.

En una milésima de segundo, Redo reaccionó y trazó un plan para proteger a la niña, su software repasó las leyes establecidas en su creación, calculó el tráfico y midió la velocidad a la que Susi corría.

Saltó y aterrizó delante de un levitador, dejando dos huellas en la calzada de sus pies de metal, se agachó y abrazó a Susi con sus brazos, pero sin apretar mucho, para no dañarla, formando un círculo de metal y carbono a su alrededor.

El coche chocó contra la espalda del robot y se elevó en perpendicular, después volvió a su estado original y cayó al suelo, fallándole el motor deslizador.

El espectáculo atrajo a toda clase de curiosos, Redo se incorporó y examinó a Susi con su mirada de rayos x, estaba ilesa, aunque algo asustada.

--¿Cuál es la primera regla cuando volvemos a casa?—preguntó.

--No separarme de ti—dijo Susi algo avergonzada—Lo siento, Redo.

El robot asintió, escuchó una voz tras él y se volvió, los ocupantes del coche, un hombre y una mujer, habían salido desorientados, asustados, él tenía una brecha en la cabeza, pero ambos, Redo lo comprobó, estaban ilesos también.

--¡Maldito montón de chatarra!—gritó el hombre--¡Casi nos matas!

--Siento los inconvenientes que les haya causado—dijo Redo, tal y como estaba programado.

--¿Inconvenientes?—estalló el hombre--¿Tienes idea de lo que me ha costado este coche?

--No señor—respondió el Robot—No puedo saberlo, pero puedo darle una tabla estimada de precios de ese modelo en el mercado actual…

El hombre le entregó una furibunda mirada.

--¿Te estás riendo de mí?—dijo--¡Dime a quien perteneces! ¿Quién es tu dueño?

Redo le dio el nombre del padre de Susi y le dijo donde vivía, pues también estaba programado para aquello, después volvió a casa de Susi, allí, la niña contó lo ocurrido, pero los padres, alegres de que el robot la hubiera protegido, no le dieron mayor importancia, después de todo aquella era la función de Redo, obedecer, servir y proteger.

El día siguiente amaneció soleado, Susi, contenta, salió a jugar al jardín, tenía dos días por delante y pensaba aprovecharlos, mientras se balanceaba en su columpio, vio a su madre estirada en la tumbona, al lado de la piscina mientras leía una revista.

La puerta de cristal automática se abrió y Redo apareció portando una bandeja, caminando despacio y usando su software de equilibrio para no verter ni una sola gota del refresco que llevaba.

--Gracias, Redo—dijo la mujer sin mirarle, cuando le tendió el vaso.

--De nada, señora—respondió el robot—Es mi función.

El padre de Susana salió al jardín con un libro en la mano y sus gafas de leer en la otra.

--Redo—dijo—Ven conmigo.

El tono exhortante de su padre hizo que Susi intuyera que el asunto tenía que ver con lo ocurrido ayer, saltó de su columpio y les siguió.

En la puerta de la casa, el matrimonio que había atropellado a Redo el día anterior esperaba, al ver a la máquina el marido pareció estar en cólera.

--¡Ahí estás!—gritó—Maldita chatarra, has lesionado a mi esposa.

--Un momento—dijo el padre de Susi, y miró a su robot—Redo, ¿Quieres mostrarme lo ocurrido ayer?

Redo, capacitado con una grabadora capaz de captar todos los detalles de su alrededor, proyectó en la pared lo ocurrido, sin duda, había salvado la vida de su hija, a pesar de estropear el coche de aquel hombre.

--Pagaré gustoso la reparación de su vehículo—le dijo al hombre.

--Fue culpa mía—intervino Susi—Redo me salvó.

--No tan rápido-- dijo el hombre.--Mi mujer tiene el cuello lesionado por culpa de su robot.

La mujer dio un paso al frente como si quisiera demostrarlo, sin duda, llevaba un collarín, pero Redo descartó la idea de que tuviera una lesión.

--Eso es incierto—dijo.

--¿Nos estás llamando mentirosos?—preguntó el hombre.

Redo le miró fijamente, examinando la pregunta.

--No comprendo sus palabras—dijo.

El hombre, que no podía permitirse un robot como aquel, ni ningún otro, no entendía que aquella máquina no comprendía el concepto de mentira.

--¿Por qué dices eso?—le preguntó su dueño.

--Ayer examiné a los dos con mi función de rayos x—respondió el robot—Y no tenían lesión alguna, estaban completamente ilesos.

La madre de Susi apareció, curiosa ante la conversación, su esposo miró a la pareja con acusación.

--Puedo examinarlos de nuevo ahora, si quiere—dijo Redo.

--Eso no hará falta—se apresuró a decir el hombre.

--Hazlo—ordenó el padre de Susi.

El hombre se puso tras una mesa, pero los rayos X de Redo le examinaron sin dificultad, a él primero y después a su esposa, ambos estaban perfectamente ilesos.

--Ninguna fractura ni lesión de ningún tipo—dijo el robot.

--Lo que ustedes quieren es sacarnos el dinero—dijo la madre de Susi—Fuera de aquí.

El matrimonio obedeció, comprendieron que su plan había salido mal, después, todos volvieron al jardín, olvidándose del tema.

 

La venganza es un sentimiento de humanos, una máquina, no comprende el concepto de rencor, quizás por eso, Redo, a ojos de Susi, era mejor persona que el hombre del coche deslizador

El lunes, al mediodía, Susi salió cansada de la escuela, miró a ambos lados y se sentó en un banco, sabiendo que su robot aparecería tarde o temprano.

--¿Qué haces aquí, Susi?—escuchó una voz.

Levantó la mirada y vio a su profesora de inglés, la cual era de la misma edad que su madre, además de ser las dos muy amigas.

--Espero a Redo—dijo la niña.

--¿Quieres que espere contigo?—le preguntó la mujer, interesada.

Susi asintió sonriente, pero después vio a Redo aparecer caminando por la acera y salto del banco.

--¡Ahí está Redo!—dijo.

--Bien—sonrió la mujer—Entonces me marcho, hasta mañana.

La mujer subió a su coche, que no era deslizador,  ya que el dinero no le llegaba para ello, y se marchó.

--¿Que tal su día, señorita Susi?—le preguntó, como siempre, el robot.

--Bien—dijo ella—Pero estoy tan cansada.

Redo miró hacia la calle y contó los centímetros hasta casa, eran trescientos millones ochenta y tres coma uno en total.

--¿Quiere que la transporte a hombros?—le preguntó.

--¡Sí!—exclamó la niña divertida.

El robot se agachó y Susi subió encima de sus hombros, aquello le gustaba, veía a la gente por encima y se reflejaba en la cabeza brillante de Redo, allí arriba, se sentía importante, querida.

Volvían a casa tranquilos cuando Susi vio al hombre del coche, a pesar de que Redo no le dio importancia, ella tuvo un miedo para nada infundado.

--¡Tú!--dijo el hombre al ver a la máquina—Sabía que estarías aquí.

Redo dejó a Susi en el suelo con rapidez y se puso delante de ella para protegerla.

Miró al hombre y vio que llevaba un bate de beisbol, un arma rústica, pero eficiente si quería dañar a alguien con ella.

--¿Desea algo?—preguntó.

--Deseo que te mueras—dijo el hombre.

--No comprendo sus palabras—dijo el robot, que, por supuesto, no entendía el concepto de morir.

El tipo lanzó un grito de rabia y alzó el bate, golpeó con fuerza el pecho metálico del hombre y retrocedió, no era nada fácil tumbar a un robot como aquel.

Como si fuera ella la robot, Susi sintió la necesidad de proteger a Redo, no porque fuera su criado, su propiedad, sino porque era su amigo, corrió hacia el hombre y le empujó, pero sin fuerza, aquel tipo era para él como un castillo inamovible.

--¡Déjalo en paz!—gritó.

El hombre miró a la niña y sintió un acceso de rabia, esta era causada por ver a aquella niña defender a esa máquina, como si él fuera menos que esa creación de metal que parecía querer imitarle, o quizás superarle.

Con rabia y fuerza, la empujó hacia un lado, inmediatamente después se dio cuenta de que la había empujado directamente hacia la calzada, donde el tráfico, como todos los días, era fluido y voraz.

Redo reaccionó de la misma forma que el día anterior, incluso todavía mejor, pues había aprendido de la experiencia anterior, saltó hacia la calle y extendió las manos entre el vehículo que se aproximaba y Susi.

--¡Pare!—gritó--¡Pare, por favor!

El dueño del coche pisó el freno, pero dada la distancia, no le daba tiempo a parar, por suerte, Redo ya había cogido a la niña y saltó de nuevo hacia la acera.

La puerta del viejo coche, que no era deslizador, se abrió, la profesora de inglés apareció pálida como la cal, la casualidad había hecho que fuera ella la que condujera frente a la niña y su robot.

El aplauso fue general, que un robot salvase así a su dueña, era algo que no solía verse.

--Si es que por eso tenemos robots—dijo alguien.

--Yo tenía dudas—dijo una mujer—Pero al ver esto. ¡Voy a comprarme uno!

--¿Estás bien?—le preguntó la profesora a Susi—¡Menudo susto!

--Si—asintió Susi—Redo me ha salvado de nuevo.

El hombre miró a Redo, el cual no podía sentir enfado por él, y a Susi, que en su regazo le sacó la lengua, un lenguaje de niños, tampoco le odiaba, pues era demasiado buena.

Entre avergonzado y furioso, se acercó al robot.

--¡Es culpa tuya!—le dijo.

Redo la miró sin comprender nada.

--No—dijo Susi, ya depositada en el suelo—La culpa es suya, ¡Déjenos en paz!

--¿Crees que tu robot va a rescatarte siempre?—le preguntó el hombre--¡Maldita cría!

Redo cogió a Susi de la mano, eran casi las dos, ya llegaban tarde para comer y en su interior eso era lo único que importaba.

--Vámonos, señorita Susi—dijo cogiéndola de la mano.

Comenzaron a caminar hacia casa, el hombre les miró como atontados, le habían ignorado, algo que no podía permitir.

Corrió hacia el robot y agarró lo primero que vio, él no lo sabía, pero era la placa que ocultaba el centro tecnológico de Redo, tiró de ella y la sacó de sus pernos, el microprocesador de la máquina quedó al descubierto.

Las alarmas saltaron dentro del robot, algo pasaba, un peligro inminente rondaba su existencia.

Soltó a Susi, ella, extrañada, se apartó, el hombre intuyó que había encontrado algo importante, introdujo la mano dentro de la hendidura y agarró el primer manojo de cables que encontró.

Redo comenzó a sentirse mal, que era lo que su sistema interpretaba cuando algo fallaba, miró a Susi y vio el rostro de su madre, la cual había aparecido, acudiendo al ver que llegaban tarde y con la preocupación propia de las madres, después había recordado lo ocurrido el día anterior y una corazonada la había sacado de la casa.

Al ver que Susi estaba protegida, en su programa estaba establecido que los padres de la muchacha estaban por encima de él, se preocupó por el hombre.

--Eso no te gusta. ¿Eh?—le dijo.

El movimiento fue casual, instintivo, su brazo golpeó el estómago del hombre, que salió volando como si hubiese sido lanzado con un tirachinas, lo hizo hacia la calzada, él no tenía un robot que le ayudase, es más, odiaba a aquellas máquinas, antes de tocar el suelo un camión deslizador le golpeó de lleno, Susi gritó y su madre la abrazó cubriéndole la cara para que no viera el accidente.

Después, todo fue caos, el hombre estaba malherido y Redo estaba en el suelo, malherido también, Susi se acercó a él y se arrodilló a su lado.

--¡Redo!—dijo intentando sacudirlo--¡Redo, despierta!

El robot la miró.

--Señorita Susi—dijo--¿Se encuentra bien?

--Si—dijo la niña mientras sus mejillas eran mojadas por sus lágrimas infantiles—Ponte bien, por favor.

Los sistemas de Redo fallaron, fundiéndose por completo.

Susi lloraba desconsoladamente, su madre llamó al servicio técnico y no tardaron en venir a por el robot, que estuvo una semana fuera de su hogar.

Era casi navidad cuando Susi recibió la sorpresa, se levantó un sábado por la mañana y bajó a desayunar, callada, los fines de semana ya no eran lo mismo sin Redo.

Entró en la cocina flotándose los ojos y se detuvo, sus padres estaban delante de ella, callados.

--Buenos días—dijo--¿Qué ocurre?

--Susi, cariño—dijo su madre--¡Mira quien ha vuelto!

Se apartaron y la mirada de la niña se iluminó, después titubeó, ¿Estaba soñando todavía?, no, estaba despierta.

--¡Redo!—exclamó corriendo hacia el robot.

El robot se agachó y la abrazó, había sido reparado y pintado de nuevo, por suerte, sus “lesiones” no habían sido graves, aquel hombre tan solo había dañado su software de equilibrio y algunos chips de la visión, ahora estaba como nuevo.

--Me alegro de verla, señorita Susi—dijo.

--¡Menos mal que estás bien!—exclamó la madre—Por un momento creímos que te habíamos perdido.

Redo la miró, la mujer intuyó que no comprendía aquella expresión, algo normal, pero se equivocaba, el robot comprendía el afecto de la mujer, y sentía a la vez afecto hacia ellos.

--Vamos a desayunar—dijo el padre—Después podrás jugar con Redo en el jardín.

La policía investigó el caso, denunciado por el hombre, el cual había salido con una pierna rota y varias costillas fracturadas, había ido afortunado dada la situación. A pesar de que la ley ordenaba que se desactivase a cualquier robot que hiciera daño a una persona, tras observar los archivos de Redo y los testimonios de las personas que estuvieron presentes, desestimaron desactivar a Redo, ya que, estaba claro, la culpa había sido del hombre, le dijeron a los padres de Susi que debían pagar el tratamiento del hombre, a lo que accedieron con la condición de que jamás se acercase a ellos.

Algo que los padres de Susi ni la misma Susi supieron, fue a donde había sido llevado Redo para ser reparado, era un taller grande, con varios trabajadores, cuando el jefe había sacado a Redo de la caja, su mujer había sonreído, ella, profesora de inglés, había visto lo ocurrido y no tardó en contarle a su esposo la historia de ese robot y cuanto lo quería la niña. En, quizás, un alarde de solidaridad y genialidad, el mismo jefe había reparado el robot y, había decidido instalar en él un nuevo invento suyo, algo que todavía no tenía ningún robot del mundo, un chip que convertía a cualquier máquina en una pequeña inteligencia artificial, ese chip estaba diseñado para simular los sentimientos de los humanos, le pareció buena idea probarlo en Redo.

Cuando volvió a casa, Redo era un robot diferente, cumplía con su deber, pero disfrutaba más jugando con Susi o recogiéndola de la escuela, era, en parte, algo humano.

 

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Este relato no tiene valoraciones
  • Aquel día iban a ejecutar a Agustina, acusada de brujería, Felisa estaba contenta, aquel asesinato era una venganza suya, pero ella no sabía que para vengarse se han de cavar dos tumbas, porque Agustina tiene un secreto...

    Dos amantes, casi desconocidos, quedan en un hotel, es la primera vez que van a verse cara a cara, y nada es lo que parece, cada uno espera algo del otro. ¿El que?...

    Un psicópata se encamina a su propia ejecución, no siente remordimientos, pero alguien hará que su muerte no sea como las demás, algo espera para llevarse su alma.

    Redo y Susi son amigos, a pesar de que él es un robot y ella una niña, a pesar de que él es el criado de su familia y de que él puede sentir, aún así, para Susi Redo es mejor que muchas personas.

    Cuando Lorena recibió aquel regalo, no lo valoró, pero pronto Ikuko se convertiría en su muñeca favorita y en su protectora, capaz de hacer muchísimo daño a quien se atreviera a dañar a su dueña.

    Desde que el rostro apareció, todos somos sus siervos, nadie sabe de donde vino, pero todo lo puede. ¿Es un Dios? ¿O un demonio? Quizás ambas cosas.

    Si perderse en alta mar puede resultar peligroso, no es nada comparado con lo que les sucedió a los pescadores del Estrella Polar.

    Cuando acompañes a un extraño a su casa, piensa en los verdaderos motivos de la invitación.

    Cuando Oscar Aguado acudió al manicomio de Santa Águeda a visitar a la paciente XIII, jamás imaginó lo que iba a encontrarse.

    Clara acude al que posiblemente sea el trabajo de su vida, y sin duda lo será, ya que su vida dependerá de él.

  • 14
  • 4.55
  • 210

Miguel Ángel Sánchez de la Guía nació en Toledo en 1983, desde joven se interesó por el mundo de la literatura hasta que quiso traspasar la frontera entre espectador y creador y comenzó a escribir. Es autor de la novela de ciencia ficción Thanatos así como de numerosos relatos, muchos de ellos publicados en su blog personal. Es miembro de la Asociación de Escritores El Común de la Mancha, formando parte de su junta directiva, también ha colaborado con varios programas en Radio Quintanar. http://www.lulu.com/spotlight/sanchezdelaguia

Tienda

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
10.03.20
13.08.19
Encuesta
Rellena nuestra encuesta