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4 min
Repartiendo espárragos en Kuala Lumpur
Fantasía |
30.01.08
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Sinopsis

      Lo primero que hice al llegar a mi habitación en la ciudad, fue tumbarme para descansar mi maltrecha osamenta después de tantas horas de viaje. Lo segundo fue estrangular con mis propias manos a una mangosta de sesenta centímetros que avanzaba profusa en dirección a mi cogote, arrastrándose silente sobre el espacio libre que quedaba en mi amplia cabecera de matrimonio. Veintitantos siglos de civilización, alcantarillados públicos, desinfección, profilaxis hostelera y servicios de limpieza sucumbiendo ante mis ojos estrepitosamente. La mangosta y yo caímos rendidos sobre el piso y cuando al rato conseguí erguirme, transido por el esfuerzo, no quise mirar a las antenas a mi víctima. Siempre fui un ser excesivamente compasivo y pundonoroso. Poco después, recuperado a medias, fui al cuarto de baño a aclararme un poco la cara, mas no lo conseguí, pues me froté la cara, ensuciándomela de nuevo, con una cucaracha moteada del Ceilán, que fue lo único que salió del grifo en primera instancia. Desistí de mis ansias higienizantes y salí a la habitación para comprobar consternado que el esperado cadáver de mi mangosta elefantiásica no se hallaba en la estancia. “Gajes del oficio”, pensé, “a partir de ahora tendré que arreglármelas para conseguir dormir cómodo tras las mamparas de pvc de la decrépita bañera”.


      Pero estos eran los gajes de mi oficio, y yo soportaba dichas servidumbres de muy buena gana. No todo el mundo puede proclamar henchido que trabaja repartiendo espárragos trigueros y ajoblanco por el mundo en el seno de una ONG tan conocida como “Esparragueros autóctonos sin fronteras”. Me hospedaba en el hotel “Royal Cochambre” de Kuala Lumpur, desde el cual, al día siguiente sería llevado, junto a otros cooperantes por los poblados de la región en misión humanitaria. Decidí acostarme pronto para evitar desfallecer al día siguiente con la dura jornada que me esperaba. Mis ojos se cerraron pronto, acariciados por la duda de la resurrección de las mangostas mal sacrificadas. Unos versos salpicados por la suave música de los parajes perdidos acudieron a mi mente, rayano el inicio de una paulatina vigilia serena:



“Hay una ventana abierta a la noche
Un lejano zumbido que adormece a este silencio
Un enjambre de mosquitos Tigre que no se esconden
Una juerga desatada sobre mi dermis por estas criaturas del averno”.



      A la mañana siguiente, mi avejentado cutis tenía más similitudes con el culo pelado de un babuino presa de hemorroides en racimo que con lo que viene siendo un rostro humano al uso. “Gajes del oficio”, repensé mientras me rascaba las pústulas infectas de la cara. Afortunadamente no topé con la mangosta asesina al abandonar mi habitación. No obstante, he de decir que el reguerillo de sustancia verdosa que encontré sobre mis sandalias y por debajo de la cama dibujando una caprichosa curva zigzagueante, compungió mi alma colmada de incertidumbre un punto más de lo deseable.


      Fuere como fuere, a las diez de la mañana un convoy cargado de soldados vino a recogernos a las puertas del Hotel puntualmente. Los soldados nos escupieron copiosamente al vernos (a nosotros y a nuestros paquetes de espárragos) e hicieron el gesto de cercenarse la yugular con el pulgar, algo que nos inquietó ligeramente, hasta que el guía nos explicó diligentemente que eran deseos de buenaventuranza por parte de nuestros simpáticos amigos milicianos. Después, fuimos acom
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