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4 min
Respóndeme maldito
Varios |
27.04.11
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Sinopsis

No se debe preguntar lo que no se puede responder,

1

    Desde aquel día Evaristo, hombre poco quejicoso y de buen humor,  creador incansable de chascarrillos, inventor de palabras extraordinarias…, digo, desde aquel día, Evaristo sintió algo extraño por primera vez en su larga vida llena de vicisitudes, quizás no más que cualquiera: algún día de diversión memorable, algún otro de pasión, pocos, y es posible que alguna aventurilla sin importancia…, pero tras aquel día, repito, estuvo, hasta su muerte tanto tiempo después (por desgracia para él, no por lo de la ‘muerte’ sino por lo de ‘tanto tiempo después’; como no era hombre con vocación suicida, aguantó lo que su cuerpo caprichosamente quiso... ) Digo, por fin, que desde aquel día Evaristo estuvo sólo. La peor soledad imaginable: la soledad en compañía. Como las criaturas en la oscuridad del fondo del mar, donde los rayos irisados del sol se difuminan para jamás reflejar sombras, la soledad en compañía es percibir una presencia superterrenal, antropomórfica, comunicarte contigo mismo ante esa visión como dos payasos haciendo el truco del espejo sin espejo…

 

2

    Cuando Evaristo apoyaba un pie sobre la madera se producía un ruido árido, un ruido viejo, pero él ya no lo percibía. Había una maleta abierta sobre la cama e intentaba recordar cada cosa inútil que debía llevarse. Habría cada cajón y enumeraba mentalmente lo que le haría falta y aunque alguna que otra vez se le iluminaba el rostro porque aún faltaban objetos por introducir, rápidamente observaba que todo estaba en orden y tristemente sentía que él ya no tenía nada que hacer. En la habitación de al lado, toda sombras grises, su mujer limpiaba con calma, como se limpiaría una gran obra de arte. Limpiaba la mitad del día, todos los días, consumiéndose en silencio y pulcritud.

-Ya está bien, ya está bien…- le dijo Evaristo, con poca esperanza de recibir contestación- Podrías subir la persiana, o abrir la ventana…

-No está limpio…todavía no está limpio…¿No lo hueles?

    Evaristo se acercó a ella. El suelo crujía. La besó mientras sostenían juntos el paño que ella sujetaba firmemente, pero no permitió deshacerse de él. En un mueble muy antiguo, casi tan antiguo como ellos, Evaristo observó una foto: un hombre con ropa militar, mirada seria, ojos secos, piel firme, cuello enjuto.

-Maldito- pensó Evaristo sin arrepentirse- maldito…

 

 3

    En la luz que se filtraba por los huecos de panal de la persiana aún flotaban las partículas de polvo que decidieran apropiarse de la estancia el día que el cuerpo de Antonio, todo moratones y arrugado, fue depositado, o más bien acostado, como un gato herido, en el ataúd de madera oscura de nogal con los faldines blancos, aunque por la luz amarilla de la habitación, casi beige, mientras los familiares y vecinos observaban con curiosidad al muerto, sólo un segundo, un instante, para volver a la cocina, dar el pésame a Joaquina, la hermana del fallecido, y salir por donde habían venido muy contentos consigo mismos, con su propio ego, porque después de un gesto así se convencieron definitivamente que eran buenas personas, que podían, por esa noche, dormir tranquilos. Cuando todas aquellas almas muertas dejaron en paz la casa, castigada de olores nauseabundos de tristeza fingida, Joaquina se acercó al ataúd y lo cerró sin romanticismo, sin mirar una última vez el rostro muerto de su hermano. Observó una foto de Antonio con vestimenta de militar: mirada profunda, ojos tiernos, piel pálida…

-¿Por qué, maldito? ¿Por qué…?

    Fue a la cocina, se hizo con un trapo hecho jirones, y comenzó a limpiar.

  

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Por supuesto leer y escribir. Toda clase de deportes y ,como no, viajar, viajar todo lo posible y cuanto más mejor

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