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8 min
Retrato de primavera (2)
Reflexiones |
21.01.19
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Sinopsis

Les dejo la segunda parte de este relato. Espero que guste. Saludos

.../...

Al poco rato,  al abrir el bar de la competencia a Carmelo, Felipe se retira a la puerta del comedor social, a la espera de una silla para sentarse y echarle algo caliente al cuerpo. Tras él se sitúa Labiorajao.

Cuando las farolas se iluminan, el empleado del bar Carmelo coje su escoba y un recogedor y le da un repaso a la mitad de la plaza, luego tira de una larga manguera de goma para dejar el suelo brillante, a base de chorros de agua. Coloca las mesas y sillas de propaganda y se prepara para recibir a la clientela. Al poco, su colega de la acera de enfrente, hace lo mismo, pero con sillas y mesas de madera, tratando de esta forma de aprovechar mejor el espacio. Encienden los focos de la fachada de uno y otro establecimiento y la plaza cobra una nueva dimensión.

—¡Marchando una de calamares! ¡Lo mejor del mar ¿dónde está? En Casa Carmelo, no lo dude amigo, llame al camarero.

—Un vinito para el señor, cerveza para la señora y coca cola para el niño ¿algo de tapa señores?

—¡Oído cocina!, dos de cabrillas, una de lomo y un churrasco.

—¡Juanito, límpiame la cuatro!

—Enseguida estoy con ustedes, el tiempo de soltar la bandeja.

—¡Que me come la bulla! ¡La puerta libre, por favor!

El dueño del quiosco de prensa se toma una cerveza, con un montadito de lomo, dentro del metro cuadrado de espacio que le queda sin ser ocupado por revistas, papeles y de ofertas de lanzamiento. Se rumorea por el barrio que no tiene tronco ni piernas, se trata de un ser amorfo, una criatura evolucionada a raíz de una larva propia de los recintos cerrados y oscuros, aunque la ventanilla funciona, es como una hucha de niño, devoradora de monedas y billetes.

—Tronco, dame un pito que estoy como una mojama – le pide Labiorajao.

—¿Otro? –dice el dueño  del puesto.

—Claro, tronco, es que todavía no me han pagao lo mío.

—¡Anda, toma y vete a acostar que bastante habéis liado ya hoy!

—¡Joé! Esta noche como no me de calor la prima de la Tati lo tengo jodido, tronco, porque al portugués no lo sueltan.

—¿Y la niña? ¿Le ha pasado algo?-pregunta el quiosquero.

—Yo que sé, tronco.

—¿No has visto por ahí a la polaca?

—Sus muertos, tronco, me ha mirado como si yo tuviera culpa de algo ¿tú te crees?

—Suerte que has tenido, Labiorajao, tan culpable eres tú como los otros. Os lleváis todo el día entre canutos y litronas, eso sin nombrar nada más fuerte…

—¡Eeeehhh! ¡Mira, mira! –Labiorajao le enseña los brazos al dueño del negocio.

—A mí que me vas a contar, tío, que tengo ya muy vista esta plaza.

—¡SODOMA!, las ciudades caerán bajo el yugo de los afligidos que están hasta los ¡COJONES! ¡Ay de aquellos que no crean en mí! – Felipe se levanta, empuja sus bártulos apilados en un carrito de supermercado e impulsa sus babuchas deshilachadas  hasta la cercana muralla, donde espera encontrar los cuatro cartones que allí dejó en depósito antes de la hora de la cena. Su lugar pasa a ser ocupado por unos niños que corretean entre las mesas de madera. Sus padres y el camarero de la zona cruzan una mirada de complacencia por el beneficio común que supone la conquista de ese estratégico punto. Felipe tira del carro sin darse cuenta que le sigue a corta distancia la caniche de Tati arrastrando la correa como una condena.

 

En el balcón principal del antiguo palacio figura una pancarta, “Semana de la lucha social”, a la que nadie presta atención, pero está allí, y un poco más abajo, colgada por los extremos entre las ramas de dos olmos, otra pancarta dedicada al alcalde reza: “Tanta gloria lleves, como paz dejes”. Aunque la gente está a lo suyo: lo mismo Carmelo que su colega manejan la libreta de apuntes a la perfección y en la cocina los empleados con el pelo recogido bajo el reglamentario gorro, se mueven con tal soltura que no se le puede sacar más provecho a tan reducido espacio en el que se  mueven. El murmullo de la plaza crece al tiempo que avanzan las manecillas del reloj y los mirlos esconden el dorado de su pico bajo las reconfortantes plumas de sus alas.

Desde la espadaña de la basílica suenan dos campanadas. Los más rezagados siguen en la barra, con el codo clavado a ella sin fuerzas para levantar el vaso. Los empleados recogen los papeles del suelo, apilan las sillas y mesas, las atan con una larga cadena y le dan un baldeo a la plaza antes de que lleguen los servicios municipales para terminar la faena. Un grupo de jóvenes queda al descubierto, se hallaban en el banco más escondido, al que no llegaba la luz de la farola. Sus cigarros y litronas son apurados y al igual que Felipe tienen que emprender el sendero de vuelta antes de que las luces azules del patrullero aparezcan y comience a pedir documentos de identidad. El dueño del despacho de prensa recoge toda la parafernalia que rodea al negocio, pliega puertas y ventanas, deja a oscuras su guarida, hasta que el conjunto se convierte en una masa compacta sin fisura aparente. Ya no hay nadie que lo vea, ahora no le importa mostrar su redondez y caminar de pato.

 

A la mañana siguiente el mirlo acicala el pico antes que aparezcan los primeros rayos de la luz del día y se dedica a dar saltos por la plaza a la búsqueda de algún resto comestible. El bar de Carmelo huele a café y el puesto de prensa vuelve a tener el aspecto de un almacén de trastos al aire libre. Felipe empuja su carga, restriega las babuchas por los adoquines, aún húmedos, y despierta a algunos vecinos con el chirrido de las ruedas de su carromato. La caniche, atada al carro, camina en silencio olfateando el ambiente.

—¿Tienes churritos, Carmelo?

—¡Buenos días, Felipe! Antes de nada saluda ¿no?

—Me duele el estómago.

—¿Tienes dinero?

—Dos euros.

—Venga, pasa y siéntate ahí que enseguida marchan.

El poco tráfico de la calle, y su estrechez, permite que los peatones crucen de un lado a otro sin prestar demasiada atención a los vehículos. Los niños acompañados de los mayores se van acercando al puesto para adquirir la última golosina de cara a la dura jornada. Medio dormidos aún, se fijan en un malabarista que ha irrumpido en la plaza y en lo alto de un monociclo lanza al aire tres botellas que giran y giran hasta que caen en sus manos. A la puerta del antiguo palacio llega Tati. Algo desaliñada y nerviosa tiene prisa por entrar en su casa. Su perrita la detecta y comienza a ladrar.

—¡GRITAD FUERTE! malditos desertores, la faz de la ¡TIERRA! no se verá libre de vosotros ¡Aaattchisss! La primavera ¿a mí que me cuentas, ¡MAMÓN! ¿Tengo yo la culpa?

—Dame un pito, tronco –pide Labiorajao.

—¿Me lo vas a pagar? –le dice el dueño del puesto.

—¡Claro tío! Tengo pasta ¿cuánto es?

—Lo que tú quieras, coño, si me sales más caro que un hijo tonto ¿ha llegado ya el portugués?

—Ahora llega, vaya manta palos le han dado.

—Eso le pasa por meterse donde no le llaman ¿no sabe cómo es la Tati?

—La culpa es del Moro, tronco.

—Si, claro, la culpa del perro.

—Aquí en mi ¡IMPERIO DOMINARÉ! todas las hadas. ¡MAFIOSOS!, hijos de puta, ¡MAMONES!

—¿Qué hace Felipe con la caniche de Tati?

—¡Yo que se, tronco!

—Más le vale que se la pongas en la puerta de su casa.

—¿Yo?

—¿Qué quieres, que otra vez la tengamos? Anoche les tocó a ellos, pero los maderos no distinguen, en otro momento te puede tocar a ti.

—¡Joder, tronco! ¡No fastidies! Ya vendrá ella a buscarla.

—¡Déjate de hostias, Labiorajao! ¡Venga! Dos pitos.

—Y algo más, no… tronco.

—¡Que coño! Primero el encargo, mamón.

.../...

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