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4 min
Retrato de primavera (y 3)
Reflexiones |
08.02.19
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Sinopsis

Y hasta aquí lo que dio de si esta historia, espero que os haya gustado. Saludos

.../...

Labiorajao se acerca a los dominios de Felipe, lo saluda y desata a su caniche. No tiene respuesta. El hombre se atusa su larga barba y mira, sin pestañear, el corto horizonte de la pared de enfrente. En la puerta del palacete Caraculo conversa con la polaca.

—¡Joder, tía! ¿Cómo está la niña?

—Ella está bien, le curaron los arañazos, la pincharon…

—¿La pincharon?

—Para el “tétano”, me dijeron.

—Joder, polaca, el Moro ya no dará más por culo, se lo llevaron los del Ayuntamiento.

—¿Y el portugués?

—Ese no muerde.

—¡Ja! Ese tío es un cabrón, Caraculo.

—¡Qué no, polaca! Está enganchao a la birra, pero no muerde.

—Más le vale porque la Tati es capaz de sacarle los ojos.

—Ya lo sé, con lo canija que está y tiene más reaños que todas sus castas.

 —¿Por qué vive con aquel?

—¿Con Labiorajao?

—Si, con ese.

—No tenía donde quedarse y el colgao, ahí donde lo ves, es un cacho de pan.

—¡Un cabrón! Lo malo es que la Tati se lo quiere follar.

—¡Joder, tía!

La llegada de Tati hace que Caraculo se retire al banco de enfrente. Allí aparece el portugués con un vendaje que le cubre media cabeza y la mirada tan perdida como la el propio Felipe.

—¡Hostias portugués! Pareces una canina –le dice Labiorajao.

—Tus muertos, mamón, ¿qué pasa Caraculo? ¿qué te ha contado la rubia?

—Que a lo mejor esta noche mojas ¡jua, jua!

—¡Jo, jo, jo! – Labiorajao se descojona.

—¡GRITAD, GRITAD!, que ya vendrá el día y la hora ¡A LAS TRINCHERAS! legionarios.

—¿De qué te ríes, cabrón? Con la rubia no, pero a lo mejor con la morena…

—Vamos anda, portugués, eso será en tu tierra, aquí cuando te abren la cabeza quiere decir otra cosa ¡dame una calada!

—Ya veremos, compañero, ya veremos.

En su metro cuadrado el dueño del puesto tenía la oreja orientada en dirección a la conversación de los hombres. Sus rechonchos labios esbozaron una sonrisa.

 

Llegó la tarde, Carmelo sacó la manguera y dejó la mitad de la plaza como si hubiese caído un chaparrón de verano, colocó las mesas y echó un pitillo con el dueño del quiosco. El camarero de la esquina opuesta levantó el cierre metálico, encendió los focos y cubrió su parte correspondiente con las sillas y mesas de madera. Las farolas prendieron la luminiscencia amarillenta, el mirlo entonó sus últimos gorgoritos y Felipe:

—¡ME LEVANTO DE MI TRONO! porque ha de venir un hijoputa con la espada afilada ¡YO NUNCA DEJARÉ A LOS MÍOS!, cabrones.

Llegó una pareja, luego una familia, más tarde una avanzadilla de niños, algún perro suelto, más parejas, un trío, una rubia, una señora con el pelo rojo diablo, un señor con bigotes, cuatro jóvenes con ordenador y un camarero, Carmelo, que se multiplicaba y gritaba defendiendo sus dominios:
—Hoy tenemos la rica empanada de la casa, el mero, el choquito plancha, la puntillita, la hueva aliñada, el salpicón, de eso no nos queda señora, al niño podemos traerle una de cuatro estaciones, especialidad de la casa, ¡oiga!, enseguida estoy contigo, machote, también tenemos el frito variado, caracoles no se si me quedan, ¡voy volando!, que me come la bulla.

En el banco más oculto, al que no llega la luz de las farolas, Caraculo y Labiorajao comparten litrona y porro con unos cuantos jóvenes, aspirantes a vivir la vida por su cuenta.

—¿Qué me dices del portugués? – comenta Caraculo.

—Yo que se, tronco, encoñao, ahí está con esa que tiene más peligro que la porra de un madero ¡jo,jo,jo!

Tati, la polaca y el portugués, sentados en el portal de la casa palacio juguetean con la caniche a la que Anastasia trata de quitarle una pelota de tenis deshilachada. Sus risas quedan enmudecidas por la confusión de voces del gentío que ganan altura en la misma proporción que las mesas se llenan de vasos vacíos y platos repletos de servilletas de papel usadas. Felipe es fagocitado por la multitud y al dueño del puesto de prensa se le adhieren unos gramos más de grasa alrededor del ombligo. La presencia de unos cuantos farolillos y banderitas de colores incitan a los componentes de la reunión más numerosa a desempolvar la guitarra y batir palmas por sevillanas.

J.R. Infante

 

 

 

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