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4 min
Rivalidad
Reales |
22.12.14
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Sinopsis

No sabía cuándo publicar este cuento, sin embargo el que hace pocas horas haya muerto Joe Cocker me llena de tristeza y quisiera compartirlo con ustedes, a modo último adiós de alguien que a la distancia se sintió uno de sus amigos cuando cantaba “With a Little Help from My Friends” en Woodstock 1969. https://www.youtube.com/watch?v=bRzKUVjHkGk&spfreload=10

Se está por cumplir el horario y antes de subir al auto para participar de nuestra tonta competencia medito acerca de Pedro. En realidad no me preocupa ganar o perder, pero sospecho que los dos pensamos que el competir es lo que  mantiene nuestra amistad. Llevamos tanto tiempo en ello que se ha hecho costumbre; creo que la primera vez fue en la escuela, cuando  ambos levantamos al unísono la mano para responderle a la señorita ¿Rosa?, ¿Margarita? Vaya, mis neuronas van muriendo sin previo aviso y ya ni recuerdo el nombre de mis maestras, aunque estoy seguro que era una flor.

Bastaba que uno quisiera o buscara algo para que el otro pretendiera lo mismo. No había mala intención y quizás las coincidencias se debían a un carácter parecido. No siempre se dio tranquilo o agradable; debimos sortear con paciencia y buen criterio cuando dejó de ser un juego, enconados, batallamos como enemigos por el mismo empleo, el mismo negocio y hasta el mismo amor: Juliana.

No hubo galantería que no igualáramos ni trapisonda que no nos infligiéramos. Creo que ella se cansó de ser el botín de guerra y huyó del campo de batalla con el inesperado Alfredo. Fue tal el shock, que desde entonces nos sabemos amigos.

Hace dos días me pasó a buscar con su automóvil (nos turnamos) para ir juntos al trabajo. Que compitamos por motivos similares, no implica que pensemos igual, es más, diferimos en casi todo. Su manía y afición por cualquier artilugio electrónico choca con mi desprecio más absoluto por hasta el más mísero de los electrones.

Con orgullo infantil me mostró su nuevo yi,pi,ess

—Ahh hippies, ¿te acordás?, qué época aquella: The Beatles, la lisérgica animación de “Yellow Submarine”, la extranjera provocación del amor libre y el culto por la paz de una generación condenada a la guerra en Vietnam. Sin ese destino de horror, desde aquí nos resultaba fácil seguir la moda: el jean, las prendas de Batik, los anchos cinturones, las camisas con estampados búlgaros y, tanto la barba, como los bigotes y los cabellos lo más largo que se pudiera. Se sentía y era una revolución cultural, que, como toda revolución se fagocitó a sí misma. Es increíble, mi propio hijo es más conservador que yo y en el mundo, la economía ha vuelto a disciplinar, opresora, a los jóvenes.

» ¡Woodstock! El festival. Duró tres días y asistieron medio millón de personas; primero conocimos las noticias, luego arribaron las canciones grabadas aun en vinilo y por fin, medio año después, llegaron las imágenes filmadas como documental: ni recuerdo su comienzo del viernes, “los pesados” se hicieron presente el sábado Creedence Clearwater Revival, Janis Joplin y The Who entre otros. El domingo vino lo fuerte, Joe Cocker en pleno día, fumado hasta las cejas y vociferando con su voz aguardentosa “With a Little Help from My Friends” (todavía me uno, en voz baja, a ese coro que se repite y nos une en ese inolvidable in crescendo final), Jimi Hendrix haciendo mágica su guitarra eléctrica comenzó con los acordes del himno nacional americano y le fue sumando e intercalando el tableteo de las balas, las explosiones de las bombas, el rugir de los aviones y los gritos pidiendo ayuda de los heridos. Mostraba desnudo el espanto de esa guerra repudiada y terminaba con ese mismo himno como lamento en un paroxismo de sonidos que transmitían esa locura (me estremeció hasta los huesos, nunca había escuchado ni volví a hacerlo, a una guitarra tan poderosa).

 —No, no entendés nada— interrumpe Pedro— te estoy hablando del aparato para saber dónde estás, el sistema de posicionamiento global, en inglés GPS.

—Ahhh, claro, con tu inglés te entendí perfecto, ¿y para que lo vas a usar?

— ¿Ves?, marco dónde estamos y adónde vamos. Luego el aparato me va indicando el mejor camino para llegar.

— ¿Y yo soy el que no entiende nada? Estas decrépito o marmota, contá el tiempo con tu reloj y te desafío para pasado mañana, en que te toca de nuevo, te guio yo y veremos si cuatro satélites y tu cajita pueden más que mis años y mi memoria de esta ciudad.

 

Carlos Caro

Paraná, 19 de noviembre de 2014

Descargar XPS: http://cort.as/N-NO

 

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Vivo en Paraná, provincia de Entre Ríos en la República Argentina. Satisfecho Ingeniero Químico y hombre de negocios de diversa suerte. Hoy ya jubilado, desfachatado, intento narrar cuentos y transmitir mediante ellos lo que nunca podría “hablar”. Solo puedo esgrimir como antecedente el haber leído todo cuanto cayó en mis manos, he sido un roedor infatigable de librerías. Desde los clásicos hasta los prospectos completos de los remedios, práctica ya un poco abandonada por falta de las dioptrías necesarias. Nunca me hubiera atrevido sin el estímulo y las críticas de profesionales: mi esposa y su compañera de estudios. Todos nos conocimos hace cuarenta años cuando ellas estudiaban el Profesorado Universitario de Lengua y Literatura. Inquieto, me asombro de esta predestinación. Debo también mencionar en mi haber, el estilete afilado que es la mente de mi hija quien me sigue letra a letra y me alerta cuando no escribo lo que quería escribir. Para terminar, aprovecho para pedirles críticas; todas, de cualquier índole. Solo así aprendo. Email: caroflia@yahoo.com.ar

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