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9 min
Rodolfo, y el ángel, antes de tiempo
Drama |
08.08.14
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Sinopsis

Rodolfo intenta defender a un ángel...

Rodolfo tomó la avenida principal, como todos los días —todos, incluso el domingo—, para dirigirse a su trabajo. “¿Cómo podría yo hacerle para amar mi trabajo?” cuestionó, cuando, en cierta ocasión, le dijeron que, en gran parte, para vivir de forma plena era necesario amar el trabajo que hacemos. “¿Cómo es que alguien se atreve a decir que ama completamente las labores que desempeña? El trabajo implica esfuerzo, y el esfuerzo implica, en menor o mayor grado, cierta incomodidad. Entonces: ¿debemos amar la incomodidad? ¿No creen que eso es un poco enfermizo, un poco masoquista?” Las personas a su alrededor rieron, y negaron con la cabeza de forma condescendiente; le dijeron que esa perspectiva suya del trabajo debía hacerlo muy infeliz, por no estar apegada a la realidad. “Yo estoy bastante satisfecho con mi perspectiva; aunque es posible que algún día no lo esté. No habría por qué estar siempre conforme y feliz”. Sus compañeros se exaltaron, y le reprocharon esas palabras que, para ellos, denotaban una terrible y profunda inestabilidad. “Quizá es que alguien nos ha metido en la cabeza ciertas ideas extrañas” dijo Rodolfo, finalmente, sereno y pensativo. Los demás volvieron a reír, pero esta vez con nerviosismo; se miraron unos a otros  e invitaron a Rodolfo a no decir tantas tonterías.

El tráfico en la avenida estaba bastante denso. Algunas personas, desesperadas, tocaban el claxon, como si de alguna especie de conjuro desvanecedor de la materia se tratara; los coches, no obstante, seguían donde mismo. Rodolfo pasó, con su bicicleta, entre aquel rio de vehículos, sin problema alguno. Ya había avanzado varias cuadras cuando logró percatarse de lo que originaba la congestión vial. En medio de la avenida un gran tumulto se hacía presente. Toda la multitud se había detenido a observar algo que los había dejado en profunda perplejidad, para, acto seguido, pasar a la furia. Rodolfo bajó de su bicicleta y se dirigió hacia la muchedumbre. No tardó en quedar perplejo él también.

En el centro de todo aquel círculo de gente, se encontraba un ser descomunal. Era, en su morfología, igual a un ser humano, con las notables excepciones de que poseía unas majestuosas alas negras y su piel era de apariencia semejante al plomo.

—¡Tú no eres un enviado de Dios! —prorrumpieron varios individuos que se encontraban adelantados a la multitud.

—¡Sí! Tú has de ser un demonio —gritaron, enardecidas, otras personas—. ¡Los enviados de Dios no son como tú!

Una botella de vidrio fue a impactarse contra la cabeza de aquel ser extraordinario. Éste sangró.

—¡Mírenlo sangrar! ¿Quién cree que un enviado de Dios sangraría? —exclamaron aquellos que se encontraban más cercanos a la criatura.

—Yo solamente he sido enviado para anunciar que el reino de nuestro señor eterno se acerca —dijo notablemente conmocionado, y con ojos llorosos, el ser divino— ¿Por qué me han lastimado?

Uno de los hombres le dejó ir un puñetazo al rostro. El humanoide cayó de espalda, pero, en breve, se incorporó y extendió sus alas, listo para volar; sin embargo, varias personas se lanzaron sobre él, para impedirlo.

—¡Maldito diablo! —dijo un hombre mientras golpeaba, en el vientre, al ser de piel plomiza.

—¡Sí! ¡Castiguen a Belcebú! —prorrumpió otro ferozmente.

—Sí, sí, Belcebú, ¡Belcebú de los infiernos! —gritaban todos, mientras reían frenéticamente, orgullosos de castigar al que, sin duda para ellos, era un habitante del averno.

—¡Déjenlo! —gritó una persona que recién se había hecho paso entre la gran horda. Era Rodolfo —¡Ni siquiera se está defendiendo!

—¿Y tú qué? ¿Por qué defiendes al demonio? —gruñó el hombre de los puñetazos.

—Pero, ¿por qué dices que es un demonio? Ni siquiera veo que haya lastimado a alguien. ¿Acaso no dijo venir a anunciar el reino de Dios? ¡A mí me parece que es un ángel!

La muchedumbre miró, con asombro e indignación, a aquel hombre que había salido a la defensa del fantástico ser. Enardecieron hasta la locura.

—¡¿Tú crees que no sabríamos distinguir a un ángel si lo viéramos?! —gritó, encolerizado, un anciano tuerto, que apenas podía caminar. ¿Crees que somos tan ingenuos? Cualquiera conoce la apariencia de los ángeles. Y este no es uno. ¡Míralo!

El viejo tuerto señalaba, con su dedo huesudo, al ser oscuro. Éste se encontraba atrapado; varias personas le agarraban las alas con terrible fuerza.

—Pero, ¡¿quién ha visto antes a un ángel?! —gritó Rodolfo— ¿Quién podría saber cómo es un ser divino? Yo, lo que creo, es que alguien nos ha estado vendiendo ideas, como si de verdades incuestionables se tratara, y nosotros, quizá, hemos aceptado muchas de ellas...

Rodolfo fue interrumpido por una patada que le propinaron por la espalda. Por el frente lo recibieron con un rodillazo en la nariz.

—El único que ha vendido algo, aquí, eres tú. ¡Maldito Judas! Tú, por venderte a este diablo.

—¡Sí! ¡Sí! —chilló el anciano tuerto, que dejaba ver, en su ira, unos escasos y asquerosos dientes podridos —¡Sí! ¡Es un blasfemo que se regodea defendiendo al príncipe de las moscas!

Parte de la turba se lanzó contra Rodolfo; lo aporrearon con crueldad. Varios puntapiés en las costillas, otros más en el cráneo. El llanto de la víctima no los conmovía; sólo era el llanto de un blasfemo. Tirado, con varios huesos fracturados, Rodolfo observaba como, mientras a él lo golpeaban con saña, al ángel comenzaban a arrancarle, con una voracidad atroz, las alas.

—¡Eres un caído! ¡Ser infernal! —rugía la horda contra el ángel.

—No lo maten… —dijo Rodolfo, con voz trémula, y el rostro bañado de lágrimas y sangre —¿Qué daño les hizo?

Lograron arrancar completamente las alas. Aquel ángel negro soltó un bramido del más puro dolor. Uno de los del grupo obtuvo, de quién sabe dónde, una navaja, y con ella asestó una puñalada mortal. El ángel, que no había dejado de ver a Rodolfo, derramó una lágrima y bufó ligeramente, no por enojo, más bien por cansancio, por el agotamiento de la tortura, por la profunda estocada. Tenía la espalda cubierta de sangre, vestigio de la brutalidad con que le habían desmembrado las alas.

—¡Nadie puede venir a engañarnos! Sabemos distinguir a Dios de sus enemigos, y esta criatura es uno de ellos. ¡Esta criatura de piel gris, y alas negras, es uno de ellos! —vociferó uno de los hombres, al mismo tiempo que levantaba sobre su cabeza una de las alas negras arrancadas. La turba, enajenada, gritó al unísono: “amén”, y en aquella avenida sucumbía, frente a todos ellos, un ángel.

El hombre que cargaba sobre sí el ala, volteó hacía Rodolfo.

—Nadie puede hacernos dudar de nuestra fe. Los ángeles existen, pero ese que yace muerto, no es uno. El reino de Dios vendrá, pero, seguramente, no es cuando lo diga un monstruo como ese.

—Así es —comenzó a decir el viejo tuerto, mientras se pasaba la lengua, rápida y asquerosamente, por los dientes y los labios—. Nuestra fe es incuestionable. ¡Amén, Amén!

—¡Amén! ¡Ese no era un ángel! —gritó la horda— ¡Amén!

Rodolfo dijo algo, pero resultaba imperceptible. Uno de los hombres se agachó para poder escucharlo mejor.

—Pero, ¿cómo saben que ese no era un ángel, y uno bueno? —expresó Rodolfo, con gran dificultad.

—¡Sigue cuestionando nuestras decisiones! ¡Decisiones que están basadas en el conocimiento de la verdad absoluta! —comunicó el hombre a la muchedumbre, y ésta rugió.

—Algunos hombres simplemente no componen su camino. Se entregan al vicio, a la corrupción, y de ella no quieren volver —decía el anciano al que le faltaba el ojo, negando condescendientemente con la cabeza, mientras una mosca se le pasaba por el rostro.

La horda se lanzó contra Rodolfo.

***

La noticia dio la vuelta a todo el mundo. Noticieros y periódicos trataban sobre el caso del demonio, y su siervo, Rodolfo Orlan. Los grandes líderes del mundo honraron el gran valor con el que un grupo de personas había hecho frente a semejante amenaza, sin olvidar la solidez moral y la fe en Dios.

—Ah, ese Rodolfo, siempre andaba con sus ideas raras, pero eso de adorar al diablo… Eso sí fue demasiado —dijo Ernesto mientras leía el periódico—. ¡Y mira como terminó! Muerto, peor que perro.

—Pues… yo no sé, Ernesto. Rodolfo era peculiar —explicó Sandra—, siempre hablando sobre lo relativo, y la incertidumbre; sobre el peso de la sociedad en nuestro actuar. Puras estupideces, es cierto, pero eso de adorar al diablo… ¿No crees que era demasiado, incluso para él?

—¡Pues ya ves! —exclamó Ernesto, echando el periódico a un lado. Habían pasado varios  días desde de la muerte del ángel y Rodolfo, pero aún seguía en primeras planas.

—Sí… Pero… ¿Y sí ese no era un demonio? —cuestionó Sandra, más para sí misma que para su interlocutor —. Digo, después de todo, quién ha visto a uno… Y si…

—¡Ah! No te vayas a poner tú también como Rodolfo —reclamó Ernesto, con visible incomodidad.

—Bueno, es que… Sí, tienes razón, no debo dejar que me entren ideas extrañas en la cabeza…

De pronto se hizo silencio absoluto en la habitación. Sandra y Ernesto se miraron el uno al otro fijamente. Un silenció hiriente, casi palpable, lo inundaba todo. Despreciable silencio. Ernesto encendió el televisor y subió el volumen. Ambos tragaron saliva y comenzaron a reír con nerviosismo. Acto seguido, los dos se invitaron a no decir tantas tonterías.

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