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5 min
Roma Invicta
Históricos |
13.01.17
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Sinopsis

Y formaron creando un muro de escudos impenetrable, del cual tan solo sobresalían las anchas espadas de los legionarios. El centurión se había internado en el muro, junto a él. Podía oír su fuerte respiración, oler su sudor y sentir su nerviosismo.
A su alrededor las armaduras de los hombres chocaban contra los escudos en un vago intento de ellos por distraerse y no pensar en lo que se avecinaba. Alguien vomitó varias filas atrás, al final de la formación.
Tras ellos, un centenar de auxiliares armados con hondas y jabalinas aguardaban a que se presentara el enemigo. Mientras que la caballería se guarecía a los lados, en el bosque que rodeaba la llanura.
Y entonces fue cuando los vio. Saliendo de la espesura como una aparición espectral. Una leve niebla inundaba el lugar por lo temprano de la mañana y el rocío les mojaba las mejillas, confundiéndose con sus lágrimas de desesperación. Pues en esos momentos tan solo pensaba en volver a Italia, lejos del frío y hostil norte.
¡Ojalá se rindieran!
Se oyó en el momento un grito de guerra atronador, como si fueran los mismísimos dioses paganos quienes tuvieran frente a ellos. Y pronto ciento de voces se sumaron a él. Los superaban en número, emergiendo de la espesura como una marabunta, sin orden ni final.
Sin embargo el bando romano mantuvo el orden. Nadie soltó su escudo y echó a correr, nadie gritó, ni nadie atacó. Todos mantuvieron la posición.
Gritaban para insuflarse coraje. Pero a ellos les bastaba con echar un vistazo a la magnificencia dorada del águila imperial. Quien la llevara debía estar orgulloso de tan significante honor.
Aquella no era una batalla cualquiera. Pues se trataba de Roma quien luchaba en ella. Llevaban el orden y el avance a todos aquellos lugares que conquistaban y sin embargo los germanos se afanaban por afilar sus espadas y tensar sus arcos.
Se trataba de un combate entre la organización y el caos. La civilización contra la barbarie. Pues mientras que ellos bajaban de sus poblados al río a recoger agua, en Roma la traían desde las montañas, construyendo grandes puentes para llevarla desde las grandes cimas hasta las bellas fuentes de las ciudades. Pues sus casas contaban con tuberías que llevaban los desechos a las alcantarillas y nunca tocaban las calles.
Y sin embargo seguían mostrando resistencia pese a la evidente superioridad armamentística, táctica y tecnológica de quienes los aguardaban en el centro de la llanura.
Pero pronto tuvo que dejar de pensar en el sentido de la batalla, pues la acción se acercaba a  pasos agigantados.
Una enorme masa de hombres salía de entre los árboles, y ya sin detenerse corrían hacia ellos. Armados con escudos de madera, garrotes, espadas romas, hachas, lanzas y arcos. No presentaban apenas armaduras salvo de cuero y restos de romanas. Su enemigo era numeroso pero pobre.
Las hondas giraron en el aire y los proyectiles volaron sobre sus cabezas para caer entre las tropas enemigas que a su vez tensaban los arcos. Varias flechas cayeron sobre ellos, abatiendo a algunos, pero la línea se mantuvo. Cuando un hombre caía otro ocupaba su lugar.
Entonces sintió el miedo. El hielo inundar las venas de su cuerpo y congelar la sangre. El sudor dejó de manar de su frente y las piernas dejaron de responderle. Veía como temblaban sin remedio pero no podía hacer nada al respecto.
Vio sus rostros pintados, que como animales hacían horribles muecas en un vano intento por desmoralizarles. Volvió el rostro para ver el águila de Roma y apretó el pomo de su espada.
Cuando llegaron, los escudos les esperaban. Y a pesar de todo se lanzaron sobre ellos, retrocediendo doloridos contra unos escudos que se alejaban de la resistencia de los suyos de madera. Volvieron a intentarlo y fracasaron, pero no retrocedieron. Agarraban el escudo con las manos y tiraban de él para separarle de sus compañeros y la seguridad del grupo. Pero apenas lo tocaban, soltaba una estocada, segándole el vientre y dejándolo fuera de combate.
No vio, ni se dio cuenta de los movimientos del resto de tropas aliadas. Pero cuando tuvo un momento de descanso, tras ser sustituido en la línea por otro compañero, pudo ver a la caballería que había permanecido escondida cargando contra la espalda enemiga. Y aun así la formación se mantuvo, con un ordenado avance que no dejaba manera alguna de penetrar entre los escudos y obligaba a los germanos a retroceder hacia las afiladas lanzas de la caballería.
El suelo se hallaba plagado de cadáveres y hombres retorciéndose de dolor, casi todos sin armadura y con una herida en el vientre o en el costado. Pocos escudos rectangulares caídos pudo ver en el suelo.
No pasó mucho hasta que pudo ver como los tan valientes hombres del norte huían despavoridos a la seguridad de los bosques. El valor y la fuerza nada podían hacer contra la formidable organización romana. Roma invicta una vez más. Podría mantener sus costumbres, con sus cosas buenas y malas. La filosofía y la esclavitud. El comercio y el saqueo. La ciencia y la religión. La tecnología y las armas. Todos conviviendo bajo una misma bandera. Todos hablando un mismo idioma, con unas mismas leyes. Todos amparados por Roma.

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