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11 min
RUTA DEL NEÓN
Varios |
14.02.12
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Sinopsis

Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro está compuesto por una serie de relatos, reflexiones, rutas y batallas, que el autor ha ido publicando en su web: www.rutasybatallas.net

Las previsiones del tiempo están para equivocarse, si siempre acertasen sería un rollo. Por esa razón el día amaneció descolorido, con ganas de llover y el aire dejándose sentir, aunque sin resultar del todo incomodo. Vestido de hombre forzudo, con algo de ropa impermeable y las alforjas colocadas sobre mi caballo, emprendí ruta camino a ninguna parte. Hoy tocaba improvisar, dejarme llevar sobre mi canoa de cuatro patas y dos ruedas… Las sensaciones no eran malas. Iba rodando a buen ritmo por caminos de falsos llanos, vías pecuarias entre granjas, campos de cereales y cultivos. Con la gran ciudad al fondo, dominando todo el paisaje protegida por las montañas que a duras penas se dejaban ver entre un manto oscuro de contaminación descontrolada. La lluvia prefería esperar, por lo que tuve que abrirme el chubasquero para que entrase un poco de aire por arriba. Aunque el sol estaba resacoso, la temperatura no era fría y el sudor comenzaba a impregnarme de toxinas sedentarias… Pronto fui alejándome de la civilización, atrás iba quedando la masa imparable de ladrillos. La vegetación comenzaba a darle colorido al camino aprovechando la humedad de un arroyo que transcurría paralelo a la pista de tierra. Apenas me cruce con gente, a lo sumo algún corredor de fondo, ciclista de ida y vuelta y perros sacando a pasear a sus amos. Siguiendo las aguas artificiales de un arroyo de consumo humano, pronto desemboqué a un Río turbio de generoso caudal. Junto a este había un viejo puente de madera por donde decidí cruzar y seguir mi aventura dejando de lado el denso olor del agua contaminada. La montaña estaba cada vez más cerca, se podían ver las siluetas de algunos pueblos cercanos rodeados de campo abierto y algunos tramos de espesos pinares. Las nubes no podían sostener tanta carga y comenzó a llover de manera moderada, por lo que me ajusté el impermeable para evitar mojarme sin dejar de dar pedales. No tenía planificado un destino concreto ni una hora de regreso, estaba abierto a cualquier posibilidad que pudiera ofrecerme el camino. Incluso no descartaba la opción de hacer noche en algún paraje entrañable, llevaba todo lo necesario encima: dinero, un poco de ropa limpia en las alforjas y una canoa con ruedas como medio de transporte. Aún era pronto, demasiado pronto para comer, pero lo cierto es que notaba esa sensación de vacío en el estómago. Un pequeño aperitivo en medio de la ruta nunca viene mal, así que realicé una visual rápida de la zona, localicé un pequeño robledal donde refugiarme de la suave lluvia y aparqué mi patinete. No había mucha variedad donde elegir, unas galletas, algo de fruta y agua. Suficiente para reponer fuerzas y engañar al estómago. Pensé en las ruedas de mi canoa, la confianza que da el “tubeless” ante los pinchazos, me había hecho confiarme demasiado y solo llevaba una cámara de repuesto (insuficiente si Murphy está en tú contra y sufres un reventón). También pensé en ella, la imaginé en los brazos de otro y no sentí nada especial. Con el efecto placebo cargándome las pilas, reanudé mi camino sin rumbo fijo pero con varias referencias visuales a lo lejos. Los primeros rastros de civilización comenzaron a aparecer en forma de tractores trabajando las tierras, alguna nave industrial, casas sueltas a los lados del camino, una granja… Estaba entrando en un pueblo llamado “Trochamochos” y no había recibimiento de bienvenida, no había música, ni banderitas de colores, de hecho, no había nadie por las calles, simplemente llovía, cada vez más y aquello no era precisamente “Bienvenido Míster Marshall”. Realicé unas vueltas de reconocimiento por las callejuelas sin ver nada especial que me hiciera bajar de mi caballo, por lo que volví a coger el camino que seguía adelante hasta cruzarse con una estrecha carretera comarcal. Elegí el asfalto mojado de la carretera al barro absorbente del camino y tiré hacía las montañas, cada vez más presentes. La lluvia regaba, ahogaba y se crecía por momentos, algo que comenzaba a preocuparme, allí en medio de la nada, entre campos, montaña y pueblos deshabitados… Demasiado sufrimiento para una jornada de ocio (me dije), y tirando de orgullo extradeportivo conseguí avanzar hasta una especia de área de servicio sin servicios. No necesitaba repostar, aunque tampoco hubiera podido. La gasolinera estaba cerrada, parecía abandonada, igual que el restaurante. Avancé un poco más entre la lluvia, por el lateral de la carretera en constante repecho buscando alguna referencia visual que me invitase al optimismo. A lo lejos parecían encenderse y apagarse unas luces de colores, pero la visibilidad era reducida y el agua deslizándose por mi rostro y ojos no me dejaba enfocar bien. El viento no me lo ponía fácil sobre la bicicleta y lo impermeable ya no funcionaba. Sopesé la opción de bajarme de la barca y seguir a nado, pero todavía no me llegaba el agua al cuello. La lentitud chocaba en mi cabeza con las ganas de llegar a alguna parte, pero si algo bueno tiene la bicicleta, en circunstancias adversas, es la capacidad de resistencia que puedes llegar a sacar en momentos complicados. Así que tirando de ano partido, hice un último esfuerzo que me llevó hasta esas luces de colores que parecían ser el cartel luminoso de un club de carretera. Cuando decidí realizar la etapa esa misma mañana, no me planteé la opción de acabar visitando un club de carretera, pero el futuro no existe, todo es posible y las inclemencias meteorológicas a veces son las que obligan a improvisar y decidir alocadamente. Aparqué la moto en la puerta, cogí las alforjas y subí las escaleras que daban a una especie de porche donde sopesé un poco mirando el infinito sin acabar de decidirme. La puerta parecía cerrada, junto a ella había un timbre que pulsé sin pensarlo. Aguardé con el cuerpo destemplado y empapado, me acerqué a la ventana para intentar ver algo y antes de que recuperase la posición frente a la puerta, esta se abrió mostrándome a un tipo de unos cuarenta años que me informó de que estaba cerrado y que hasta las cinco de la tarde no abrían. Eran las tres, faltaban dos horas y la intensa lluvia mezclada con el fuerte viento no cesaba. Le expliqué la situación, intenté dar toda la pena posible, aunque el “twister” que estaba azotando fuera hacía bastante creíble mi historia. El tipo entendió perfectamente lo que sucedía y me invitó a entrar. Una vez en el interior, tras pasar por una especie de vestíbulo principal, entramos en una amplia sala con una barra de bar en uno de los laterales, sillones con mesas y un escenario con cortinas oscuras al fondo. Olía a resaca, a post-fiesta, incluso a sexo. Allí no parecía haber nadie más, aunque el local tenía otra planta superior. El tipo se llamaba Mc. Bridges (como el whisky de oferta), me preguntó si quería tomar algo, pero lo que más necesitaba era secarme un poco y recuperar la ropa limpia que había en mis alforjas. Pasé a un baño situado junto a la barra y me cambié de ropa, ahora ya no iba vestido de gladiador en tirantes, sino de deportista de bar con chándal y camiseta 100% algodón. Pero al menos la ropa estaba seca. Sintiéndome de nuevo persona, aseado y cómodo, regresé al salón donde Bridges me esperaba con una cerveza bien tirada. Estuvimos charlando un buen rato, le conté mi aventura, que no tenía pensado el destino pero que con la lluvia y el temporal que se había montado me había visto un poco perdido… Las primeras cervezas soltaron las lenguas, después ya nadie podía pararnos. Era la hora de abrir, cuando quise orientarme y tomar consciencia, ya estaba el local abierto y un grupo de bellas mujeres colocadas por diferentes zonas del salón: la barra, los sillones, el escenario… Tenía que tomar una decisión, no podía pasarme el día entero allí metido, en chándal, tomando cervezas y charlando con el personal. Salí a la puerta para comprobar la situación. Las oscuras nubes, cargadas de argumentos, apenas dejaban entrar la luz, seguía lloviendo de manera generosa, por la calzada se deslizaba una fina capa de agua y el viento moviendo el decorado. Mi caballo aguardaba en su sitio, amarrado junto a la barandilla de la escalera, con las mismas ganas que yo de emprender el camino. Volví a entrar dentro, ya había algún cliente en la barra tomando algo y observando minuciosamente. Mc. Bridges me preguntó por el tiempo fuera. Yo aproveché para preguntarle por el pueblo más cercano. Me dijo que estaba a unos quince kilómetros, era el mismo pueblo solitario que atravesé antes de dejar el camino. Al parecer no había hostal ni alojamiento por esa zona, y el siguiente se encontraba montaña arriba a unos treinta kilómetros… Pensé sin centrarme en nada concreto, le pedí otra cerveza, me senté en una de las butacas y puse la mirada a merced de las chicas… Poco a poco el alcohol fue calentándome, soltándome… Hablé con unos, con otros, pase a los combinados: un Peterson con cola, un Macarti con hielo, tensador en tubo, suelta lenguas en vaso ancho, dilatador de almas, taco de estimas, chupito de soledad… Cuando quise centrarme ya era demasiado tarde. El día se comió a la noche, aunque dentro todo era diferente, no había relojes ni percepción del tiempo. Visité la planta de arriba, y lo hice en varias ocasiones, y con más de una persona. La barra siempre era el punto de partida, después los recuerdos se difuminaban entre el perfume femenino y olor a sudor de algunos clientes… Lo siguiente que vi fue el techo de una habitación. Tumbado en una cama, solo, sin nadie a quién llorarle encima. Volví a la vida, miré por la ventana para comprobar que aquello no era un sueño, el sol también estaba despierto. Recuperé mi vestuario de domingo en chándal, bajé las escaleras guiándome por el olor a tabaco y alcohol seco que venía de la planta de abajo. Ni rastro de la gente. Nadie, ni siquiera Mc. Bridges estaba allí. Supuse que dormiría en alguna de las habitaciones de arriba. En cualquier caso yo no estaba para despedidas sentimentales. Recuperé mis alforjas con la ropa mojada del día anterior. Localicé un bolígrafo y una hoja tras la barra donde escribí unas líneas de agradecimiento, y dejé el último billete de 20 € que había en mi cartera sobre la barra (pensé que igual debía algo). Fuera hacia un día estupendo, totalmente en desacorde con mi estado físico y mental. Mi caballo me esperaba fiel en el mismo sitio donde le dejé. Ahora tocaba cabalgar, ahí es donde yo no lo veía nada claro, pero bueno, el terreno en sus primeros kilómetros era favorable, casi todo en descenso y llaneando... Así fue como regrese a mi hogar, sin prisas, sin cuerpo, sin ganas de nada, sin saber muy bien qué había sucedido la noche anterior ni hasta donde había tocado fondo…

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    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro está compuesto por una serie de relatos, reflexiones, rutas y batallas, que el autor ha ido publicando en su web: www.rutasybatallas.net

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro reúne una selección de textos publicados en la web: www.rutasybatallas.net

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas" recientemente "Autoeditado" por Javier Pérez Domínguez con (Acuman). Dicho libro reúne una serie de relatos, reflexiones, rutas y batallas que se han ido publicando en la web del autor: www.rutasybatallas.net con la bicicleta, los viajes y las reflexiones como principales protagonistas.

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