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24 min
Sabiduría rural
Suspense |
11.08.14
  • 4
  • 8
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Sinopsis

Al llegar a la cima de la colina, encontré al hombre leyendo su libro. Luego, me relató una de las historias más singulares que yo escuchara jamás...

 

Violentas arcadas me hacían estremecer y a través de las gruesas lágrimas que empañaban mis ojos veía, allá abajo, el mercado frente al pueblo y un poco más allá el bar que el narrador de la historia había mencionado.
Unas dos horas antes había ascendido hasta la loma y allí me había encontrado al hombre leyendo su libro en una tranquila tarde de finales de Mayo. Yo le comenté mi intención de bajar hasta el mercado a comprar tomates porque me habían hablado de sus excelencias asegurándome que eran los mejores de toda la comarca.
Y fue en ese momento, al mencionar los tomates, cuando el hombre que leía el libro sentado en la cima de la loma comentó que había una historia curiosa sobre eso, y sin más preámbulos dio comienzo a su relato.


"Ese poblado que ve usted ahí, celebra día de mercado todos los viernes y es uno de los más importantes de la comarca. Estos últimos años el pueblo creció mucho con la gente que vino de fuera, cultivó nuevas tierras y roturó los montes para pastos. Hoy en día, Salvatierra es uno de los más florecientes pueblos agrícolas y ganaderos de la zona. Pero no siempre fue así, antiguamente el panorama era bastante distinto. Hace unos 50 años, ahí abajo vivían una media docena de vecinos y algunos en casas destartaladas, poco más que chabolas.
Dos de esos vecinos son los protagonistas de la sorprendente historia que allí aconteció. Escuche, escuche, y ya me dirá si nunca oyó nada igual.
Raimundo Cisneros y Zacarías Monforte pertenecían a dos familias tradicionalmente enfrentadas por disputas sobre tierras que se remontaban varias décadas atrás y entre ellos dos se llevaban a matar.
Raimundo, alto, enjuto, fibroso y desgarbado, frisaba los 60 años y vivía solo con la única compañía de dos vacas y un cerdo. Su rival, Zacarías, era de corta estatura, pero robusto y recio como un toro. Mal encarado, siempre el gesto adusto en su rostro cetrino y su único ojo mirando con fiera y perpetua hostilidad. El otro se lo había reventado un barreno en las obras de la carretera y desde entonces lucía un aparatoso parche de cuero forrado de algodón. A resultas de ese accidente, Zacarías había perdido también varios dientes y ahora ostentaba dos imponentes caninos de oro, que destellaban siniestros cada vez que regalaba su torcida sonrisa de lobo.
Zacarías vivía con su mujer, la Dorotea, a la que molía a palos y patadas, y con un hijo soltero y varón, de nombre Lucas, otro mal bicho, cortado a imagen y semejanza de su infame progenitor. Su hacienda abarcaba unas cinco hectáreas de terreno, más que suficiente para mantener la docena de cabezas de ganado, contando las vacas roxas, los terneros y el caballo, y sembrar varias fanegas de trigo, otras tantas de maíz y unos cuatro sacos de patatas, cosecha suficiente para engordar tres lustrosos marranos.
Raimundo, por su parte, procedía de una familia más pobre, de hecho siempre había sido la más humilde de la aldea, y poseía únicamente dos hectáreas escasas de tierras, destinadas la mitad a pastos y la otra para patatas, maíz y hortaliza.
Ambos poseían además varios manzanos, entre otros frutales, y un pequeño “souto “, aunque el de Zacarías dos veces y media más grande, de castaños y robles.
Era una época de grandes penurias y estrecheces, mediada la década de los 60, y la gente del campo malvivía e iba arrancando al terruño lo justo para ir tirando a costa de mucho sudor y sacrificio. Pero, como en todas partes, había diferencias, a veces notables, entre unos campesinos y otros, y Salvatierra no era ninguna excepción a esta ley de la desigualdad universal. Los Monforte eran la familia más “rica” de la aldea, dicho sea con varias decenas de comillas, los que poseían más y mejores tierras. Los Cisneros, en cambio, habían sido, desde siempre, la familia pobre. Ambas sostenían una enconada rivalidad desde tiempos inmemoriales y en el momento en que sucede esta historia esta rivalidad había degenerado en franco y encarnizado enfrentamiento, de tal manera que Raimundo andaba a la greña con Zacarías y su hijo Lucas, un día sí y al otro también.
El motivo era lo de menos: las piedras tiradas de un muro de cierre, el surco arado de más en tierras ajenas, la vaca que salta el cercado y destroza varias plantas de maíz, la rama que invade la finca colindante…cualquier incidente, por nimio y absurdo que pudiera parecer, bastaba para hacer saltar la chispa y provocar una furibunda pelea de palabra y obra. Todos tenían la sangre caliente y no se andaban con miramientos a la hora dirimir sus disputas; y así, cantazo va, cantazo viene, una azada enarbolada como el martillo de Thor, una hoz que rasga el aire buscando la piel y la carne. Total, que la Guardia Civil había tenido que intervenir varias veces en los últimos años. La última, hacía cosa de unos quince días, había sido especialmente cruenta, hasta tal punto que Raimundo tuvo que ser atendido de varias heridas, sólo superficiales porque Dios así lo quiso, en ambos brazos y piernas, y Zacarías pasó un par de noches en el calabozo. En el momento de los sucesos que a continuación voy a narrarle tenían, pues, un juicio de faltas pendiente que estaba al salir de un día para otro.
Pues sí, amigo mío, tal era el enrevesado estado de las cosas en la aldea de Salvatierra, a fecha del 25 de Abril del año del Señor de 1964, el infausto Día de Autos. Lo que sucedió esa fatídica jornada cambió para siempre la historia de la pequeña aldea.
Muy temprano, a primera hora de la mañana, Lucas y Dorotea bajaron hasta la capital del concejo para vender unos xatos y luego viajaron hasta la ciudad para resolver unos asuntos pendientes que ya no admitían más dilación. Entre unas cosas y otras, impusieron todo el día y no regresaron a Salvatierra hasta bien entrada la noche.
Al entrar en casa, comprobaron extrañados que Zacarías no se encontraba dentro y además no aparecía por ninguna parte. La cuadra del caballo estaba vacía y en el resto de dependencias las vacas mugían, los terneros berreaban y los cerdos gruñían, reclamando los cuidados del amo. El hijo de Zacarías y su madre comprobaron, consternados y con la congoja estrujando sus entrañas, que los animales no habían sido atendidos en todo el día. Al principio pensaron que quizás hubiera bajado al pueblo a lomos del fiel Tarzán pero un lastimero relincho procedente de la parte del “prado grande” mató de raíz esa débil esperanza.
Preguntaron a los vecinos y resultó que a Zacarías sólo lo había visto uno de ellos, hacia las 8 de la mañana, pasar con el caballo del ramal hacia el “prado del roble”. A partir de entonces, nada, nadie había vuelto a verlo ni oírlo, talmente como si se lo hubiera tragado la tierra. Después de unas horas de búsqueda infructuosa, Lucas denunció la desaparición de su padre en el Cuartel de la Guardia Civil. Durante el resto de la noche y todo el día siguiente continuó la búsqueda con nulos resultados, de Zacarías no se halló el más mínimo rastro. En su casa hallaron evidencias de que había desayunado pero no de que hubiera comido al mediodía, lo cual coincidía con el testimonio del último vecino que lo vio con vida. Todo parecía indicar que fuera lo que fuese lo que le hubiera ocurrido, había tenido lugar a primeras horas de la mañana.
Lógicamente, Raimundo fue el primero en ser interrogado como principal sospechoso y aunque la Guardia Civil se empleó a fondo pronto quedó claro que el enemigo declarado de Zacarías tenía una coartada imbatible y varios testigos que la avalaban. Esa jornada el bueno de Raimundo había decidido realizar la matanza del cerdo, labor ésta que lo mantuvo ocupado toda la jornada y muy especialmente atareado a lo a largo de la mañana. Su testimonio quedó plenamente confirmado no sólo por los dos vecinos que tuvo como ayudantes sino también por los estridentes chillidos del marrano que, a eso de media mañana, habían resonado hasta en el último rincón del pequeño valle.
Parecía claro, pues, que aunque el campesino más pobre de Salvatierra tuviera todas las papeletas de culpable, era completamente inocente y así lo entendieron los agentes del orden. Lucas, en cambio, no estuvo en absoluto de acuerdo con este veredicto. Acusó a Raimundo de asesino y lo amenazó de muerte, amenaza que hizo extensible a los vecinos que testimoniaron a su favor y a los que consideró cómplices en la muerte de su padre. La Guardia Civil lo detuvo y lo dejó dormir una noche en el calabozo para que serenara los ánimos.
Dos días más tarde, Eulogio Raposo, vecino puerta con puerta de Raimundo y que también vivía solo, se presentó en el Cuartel de la Guardia Civil y explicó a los agentes que la noche anterior, a eso de las tres de la madrugada, se había asomado a la ventana y, bajo la cruda luz de la Luna de Abril, había visto con absoluta nitidez a su vecino Raimundo cavando en el huerto. Eulogio consiguió que los agentes lo entendieran a la perfección, lo cual tuvo mucho mérito si tenemos en cuenta que era sordomudo de nacimiento.
Una hora más tarde, Raimundo Cisneros se encontraba de nuevo declarando en el Cuartelillo. Ante el estupor y pasmo de la Benemérita, el hombre confirmó punto por punto el relato de Eulogio, declarando con absoluta naturalidad que, efectivamente, a las 3 de la madrugada de la noche anterior estaba trabajando en el huerto. Cuando el agente le preguntó, también con fingida naturalidad, si esa era la hora más indicada para cavar una tumba, Raimundo compuso un gesto de genuina incredulidad y desconcierto y contestó que desconocía ese extremo porque nunca se había hallado en semejante trance, pero de lo que sí estaba seguro es de que era la mejor hora para plantar los tomates y, por cierto, esa era la labor que lo ocupaba cuando había llamado la atención del sordomudo.
El cabo del puesto y el brigada dudaron entre si se encontraban ante un loco o un cachondo de los cojones y a duras penas se contuvieron para no arrearle un par de hostias bien dadas. Al final, deciden ser prácticos y sin pérdida de tiempo se dirigen al huerto de Raimundo, después de haber avisado a Lucas por razones obvias y al mudo para que los ayudara en la tarea del desentierro, trabajo para el que parecía el hombre idóneo por su tremenda fortaleza física y la conveniencia de guardar silencio sobre el particular.
En un primer momento, Lucas hizo ademán de querer abrirle la cabeza a Raimundo con el pico y luego arrancó con saña las 4 docenas de tomateras, que Raimundo había plantado dispuestas pulcramente en filas, entre los gritos y protestas de éste, al que tuvieron que sujetar los agentes para evitar que, garrote en mano, se abalanzara sobre Lucas. Al filo del mediodía, Lucas y el mudo comenzaron a cavar en el huerto de Raimundo. Al principio, la tierra parecía salir fácilmente, confirmando las sospechas de los cuatro hombres. Una hora más tarde habían abierto una zanja de 2 metros de largo por uno de ancho y uno de profundidad. Agotados y chorreantes de sudor bajo un sol de justicia, los dos obreros y los agentes de la Guardia Civil contemplaban atónitos lo que aquellos habían extraído de la supuesta tumba hortelana: exactamente 2 metros cúbicos de tierra, negra y húmeda, mezclada con restos de abono natural. Nada más. Raimundo, hirviendo de indignación, los increpó duramente y les aseguró que este atropello no iba a quedar así, que los iba a denunciar a todos por calumnia y por haberle destrozado sus magníficas tomateras que tanto le había costado conseguir y para empezar, de momento, ya estaban tapando el agujero y dejando su huerto como estaba.
Pero ni Lucas ni Eulogio estaban muy por la labor o así le pareció entender a Raimundo cuando el enfurecido y frustrado hijo de Zacarías le insinuó sutilmente que la zanja la iba a tapar su puta madre y mientras lo decía señalaba a Raimundo con el mango del pico apuntando a su cabeza. La Guardia Civil se desentendió, harta ya del rocambolesco asunto, y le dijeron a Raimundo que volviera a taparlo si le apetecía y si no que lo dejara abierto y que esto le pasaba por andar tocando los cojones y plantando tomates a las tres de la madrugada, y que había tipos encerrados que estaban mejor que él de la cabeza; así que por su bien, lo mejor era que no reclamara nada y volviera a poner a tierra en su sitio cuando tuviese a bien."

En este punto, mi cronista de sucesos hizo una pausa y me preguntó que me había parecido la historia.
-Absurda y sorprendente – Fue todo lo que se me ocurrió decir. Había estado escuchando con el aliento contenido y, la verdad, el final me había decepcionado un poco.
-Pero, ¿realmente Raimundo estaba plantando tomates a las tres de la madrugada? – Aquello no me cuadraba de ninguna manera – Eso no puede ser, a menos que estuviera algo tocado del ala y por lo que me ha contado no hay ningún indicio anterior de esa supuesta locura… ¿y Zacarías?... ¿no apareció nunca?...
El hombre del libro me sonrió entonces misteriosamente y continuó el relato.

"Ah, es usted un tipo perspicaz, sí señor. Intuye que hubo algo más, ¿eh? Pues no se equivoca, en absoluto, claro que hubo más, mucho más, diría yo. En este punto es cuando entra en escena mi abuelo. Sí, ya ve que de alguna manera soy parte interesada en la historia. Ah, ¿cómo?, ¿no se lo había dicho? Pues, sí, señor. Mi abuelo Mateo vivía en un pueblo cercano, contaba unos 40 años por aquel entonces y siempre había tenido aficiones detectivescas. Leía a Agatha Christie y a Conan Doyle, un tío rico le traía los libros desde la capital, y siempre había soñado con emular a Poirot, Miss Marple y Sherlock Holmes. La extraña desaparición de Zacarías y el aún más extraño comportamiento de Raimundo se le antojaron unos ingredientes formidables para la elaboración de una extraordinaria novela de intriga y suspense y decidió ponerse manos a la obra para desentrañar el misterio.
Así que, mi abuelo Mateo investigó a fondo el caso y logró resolverlo, demostrando buenas cualidades para el trabajo policial. Aunque, todo hay que decirlo, contó con la inestimable colaboración del principal protagonista a cambio de la promesa de su silencio temporal.
Las lecturas de Agatha Christie le sirvieron de mucho, especialmente las historias protagonizadas por Miss Marple. Si usted ha leído alguna novela donde aparece la simpática e infalible abuelita detective, sabrá que ésta vive en un pequeño pueblo, Saint Mary Mead, y que resuelve la mayoría de los casos criminales en los que se ve envuelta buscando parecidos entre los potenciales asesinos con la sicología y el comportamiento de los habitantes de la aldea. Bueno, pues el caso de Salvatierra es también un asunto de comportamiento peculiar, de sicología y, aún diría más, de sabiduría; rural, por supuesto.
El hombre del campo es sabio a su manera, es sabio por naturaleza y por estar en contacto permanente con la Naturaleza. Es sabio y todo lo ha aprendido no en los libros si no a partir de sus propias experiencias, de sus vivencias personales, de la observación paciente de las causas y los efectos, escarmentando en carne propia y ajena, día tras día y generación tras generación. El hombre del campo sabe, aún sin ser plenamente consciente de ello, que su labor tiene mucho de ritual, de tal forma que si quieres conseguir algo, si quieres lograr el fruto apetecido, debes respetar la esencia de los actos encaminados a ese fin, conocer su profunda idiosincrasia y, sobre todo, el orden cronológico y estacional de los mismos.
Los ciclos del mundo rural son sagrados porque aseguran una labor exitosa y fecunda, garantizan su supervivencia y ayudan a perpetuar las tradiciones. Por eso, a ningún campesino en su sano juicio se le ocurre quebrantar las leyes y los principios que rigen esos ciclos vitales."

-Ah, ya entiendo – intervine para dármelas de urbanita listo picado por tanta sabiduría campesina – a ningún agricultor se le ocurriría plantar tomates a las 3 de la madrugada …pero, realmente, parece que eso es lo que Raimundo hacía y usted dice que era sabio, así que no entiendo nada…
- ¿Los tomates? – El hombre del libro me miró con gesto de impaciencia como si estuviera molesto por la interrupción - ¿los tomates, dice? –...Lo repitió y me sonrió desdeñosamente, acompañando el gesto con un expresivo ademán de sus manos.

"-No, claro que no, no estaba pensando en los tomates. Plantar tomates el día 25 de Abril es perfectamente lógico y natural ya que es la época de siembra y cumple perfectamente con los ciclos agrarios que antes le mencioné. Hombre, me dirá usted que hacerlo a las 3 de la mañana no es lo acostumbrado, es francamente extraño, pero no faltará quien diga que mejor a esa hora que no a las 3 del mediodía bajo el calor abrasador. En resumen, sembrar los tomates a finales de Abril es lo que haría cualquier campesino, dependiendo más o menos de la altitud a que se encontraran sus tierras, y la hora al final es lo de menos, y en absoluto se puede considerar las 3 de la madrugada como la peor posible.
No, cuando yo afirmé que a ningún campesino en su sano juicio se le ocurriría hacerlo, me refería al asunto del cerdo. A nadie con dos dedos de frente se le pasaría por la cabeza hacer la matanza a mediados de la primavera, ni tan siquiera hoy en día; imagínese en 1964 cuando los congeladores en las aldeas sonaban a artefactos de ciencia ficción.
Aquella mañana del 25 de Abril, Raimundo Cisneros, en realidad, mató dos cerdos: un cerdo malo y un cerdo bueno.
Según le contó Raimundo a mi abuelo, aquella fatídica mañana, Zacarías Monforte, el cerdo malo, después de llevar el caballo hasta el prado del roble, entró en la bodega donde desayunaba Raimundo, blandiendo una navaja automática con una hoja de dos palmos y trató de apuñalarlo. Forcejearon; Raimundo, ágil y fuerte, repelió el ataque y le asestó un fuerte puñetazo a Zacarías. El agresor cayó noqueado, se golpeó la nuca contra el borde de la bañera de cemento y falleció en el acto.
Raimundo discurrió rápidamente. Al principio pensó en confesarlo todo, pero dudando de que le creyeran temió acabar entre rejas por culpa de aquel demonio encarnado en hombre y decidió camuflar el desgraciado incidente. Así que, ni corto ni perezoso, tan ágil de mente como de cuerpo, improvisó el ritual de la matanza, desmembró los dos cerdos, el bueno y el malo, dispuso las piezas en el barcal de cemento, encajándolas como si fueran las piezas de un macabro tetris y las cubrió con varias capas de sal.
A continuación, realizó la pantomima de la siembra a medianoche, asegurándose de que el mudo lo viera y corriera a contarlo. Su reflexión fue elemental. Imagínese que lleva un cadáver en el maletero, nadie se preocupará por si conduce bebido. Si le pegas fuego al bosque no te van a multar por haber talado unos cuantos árboles. Se trataba de atraer la atención hacia un punto determinado para desviarla del principal y una vez resuelto el dilema a su favor alejar definitivamente las sospechas.
A los vecinos que le ayudaron en la matanza es posible que les contara que el cerdo había enfermado de manera repentina y no estaba dispuesto a perderlo después de haberlo cebado durante meses. En realidad, el gorrino, inocente víctima del sacrificio, estaba sano como un roble y a Raimundo le dolió en el alma aquella matanza extemporánea y contra natura como perversión del tradicional ciclo ancestral.
Con la necesaria dosis de buena suerte, insoslayable en este tipo de casos, al campesino Cisneros le salió la jugada redonda, tan perfecta que incluso el mudo chivato y el hijo del cerdo le ahorraron el trabajo de cavar la tumba de Zacarías, una espaciosa sepultura de dos metros por uno. Porque, al final, y ahí está la gracia del asunto, Raimundo acabó enterrando en el huerto el cuerpo de su enemigo, desmembrado en varias piezas saladas, exactamente las mismas que las del cerdo bueno.
Mi abuelo vio los miembros de ambos, el hombre y el puerco, enterradas en la sal y allí en la bodega húmeda, fresca y sombría, mientras Raimundo se lo confesaba todo aliviando su carga moral, el aprendiz de detective se estremeció vivamente ante la aterradora similitud entre ambos cuerpos, reducidos a varios trozos de carne y rebozados en salmuera.
Incluso, cuando Raimundo extrajo los miembros de Zacarías y los fue depositando cuidadosamente sobre unas tablas cubiertas por plásticos, no había ni rastro de humanidad en ellos. Eso sí, mi abuelo aseguró que, aunque viviera mil años, nunca podría olvidar el momento en que Raimundo hizo emerger de la masa de sal la cabeza de Zacarías asiéndola por la espesa cabellera gris. Durante muchas noches tuvo espantosas pesadillas con la mirada tuerta de aquel pirata decapitado y los relucientes colmillos de oro, totalmente visibles entre los labios grotescamente retraídos. Por lo demás, el ojo sano lucía turbio y vidrioso, exactamente igual que los dos del cerdo bueno.
Una vez pisada y alisada pulcramente la tierra de la original tumba, Raimundo plantó las cuatro nuevas docenas de tomateras, más fuertes y robustas que las anteriores, y, en un último alarde de ingenio macabro y respeto reverencial a los muertos, utilizó treinta y seis tomateras para dibujar los contornos del rectángulo de dos por uno y con las doce restantes trazó una perfecta cruz vegetal dentro del fúnebre polígono.
Cuentan que Raimundo cosechó aquel año los mejores tomates que se vieran nunca por la zona y eso es mucho decir.
Es muy posible que el mudo Eulogio lo viera de nuevo en plena faena pero estaba lo suficientemente escamado por los nefastos resultados de la denuncia como para volver a repetir la jugada.
Mi abuelo, que también tenía alma de campesino viejo, comprendió las razones de Raimundo y pensó que sería injusto que aquel hombre del campo, noble y sabio, se pudriera en la cárcel por culpa de Zacarías, un demonio mal nacido y, a la postre, el principal responsable de su desgraciada muerte. El abuelo Mateo también era un hombre justo y en ese momento tuvo la absoluta certeza y convicción de que aquel era un caso de justicia divina por excelencia y no sería él quién malograra los designios de los dioses."


Y aquí, ahora sí, de verdad, termina la historia. ¿Qué le parece? ¿Alguna vez escuchó algo parecido?
El hombre del libro se levantó y me miró fijamente, sus ojos oscuros brillantes de entusiasmo.
-Es verdad eso de que la realidad supera a la fantasía – dije lo primero que se me ocurrió porque el relato me había dejado sin palabras.- Es una historia tan increíble y alucinante que merecería ser recogida por escrito, como un cuento de terror.
-¿Sabe? Es curioso que diga eso. Pensé que ya se había dado cuenta estas alturas.
-¿Cuenta de qué? ¿De qué está hablando?
Como toda respuesta, se me quedó mirando durante un rato que a mí se me antojó inquietantemente prolongado y luego, con un gesto teatral, me alargó el libro que había estado sosteniendo todo el tiempo. En la portada, sobre una foto de una aldea de los años 60 o más antigua aún, aparecía el título en letras negras.
“UN CAMPESINO SABIO: la increíble y verdadera historia de Raimundo Cisneros y Zacarías Monforte “
Y más abajo, en color dorado y menor tamaño, el nombre del autor: Marcos Fuensanta.
-Mi abuelo me la contó hace tiempo y este verano me decidí a escribirla. Por razones obvias, imprimí sólo dos ejemplares, exclusivamente para mi uso y disfrute, no es una lectura que se pueda mostrar alegremente al público. Al principio pensé en cambiar el nombre de los personajes y publicarla, pero luego me di cuenta de que los sucesos eran tan peculiares que serían fácilmente reconocibles, así que decidí destinarla a consumo propio. Precisamente hoy lo recogí en la imprenta y decidí subir hasta aquí arriba para leerlo y evocar aquellos sucesos frente al lugar de los hechos.
Luego, apareció usted, y me brindó una oportunidad extraordinaria para viajar al pasado y yo decidí aprovecharla. Caballero, le estoy muy agradecido por ser el catalizador de una experiencia inolvidable.
-Para mí también lo ha sido, se lo aseguro, la gratitud es mutua.
-Tanto hablar me ha secado la boca – Marcos Fuensanta señaló hacia el pueblo - ¿Ve aquella casa roja? Es un bar. Se llama “Amigo Lobo” en homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente, que por lo visto estuvo por aquí poco antes de su muerte rodando para “El hombre y la Tierra”. El dueño es un pariente lejano de Raimundo. Ahí se puede saborear un portentoso vino tinto de la tierra acompañado por unas tapas absolutamente celestiales.
Y entonces, se me ocurrió preguntar:
- ¿Unas tapas? ¿De qué, exactamente?
- ¿Pues de qué van a ser?- el escritor aficionado esbozó una expresiva mueca – Un homenaje al viejo Raimundo, aunque su pariente, lógicamente, desconoce ese detalle...
...¡¡Callos con tomate!! , por supuesto.
Y fue ahí, justo en ese preciso instante, cuando comencé a vomitar…

                                                          FIN

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  • Uff! Decir que es bueno es quedarse corta. Lo he leído y releído y no sé si me gustó más la primera vez o la segunda. De hecho le voy a dedicar una tercera. Qué regalos nos haces a los que nos gusta leer. ¡Gracias! Saludos.
    Brillante! Una historia muy original que lo tiene todo: buenas descripciones, buena trama, suspense y un gran final con un toque humorístico e irónico (y el detalle macabro de la tapa estrella del "Bar Lobo"... sublime! jaja). Aquí tienes a una fan de Agatha Christie, me ha gustado la referencia a sus novelas. Un saludo Paco!
    Nos regalas otro relato de intriga situado en la España más profunda y arcaica, que reflejas estupendamente, otro ejemplo más de tu buen hacer en estos temas, Paco, un saludo.
    A mi juicio, uno de tus mejores relatos. La técnica narrativa es excelente, una narrador dentro de la narración. Me encantó esos tintes a lo Agatha Cristi, como un intermezzo en la obra, que aumenta aún más el enigma y el interés del lector por el desenlace de este duelo entre Raimundo y Zacarias. La trama muy fluida. El final, algo sangriento, con ese final tan culinario, nos obliga por algún tiempo a olvidarnos de los tomates. Te saludo Paco..
    El suspense en un ambiente rural,descrito con la sabiduría a la que haces referencia en el título, que al final casi se convierte en un relato de terror gore por el macabro asesinato. Si que puedo asegurar que si existe el bar "Amigo lobo",no me verás por allí tapeando. Eres un maestro Paco. Saludos
    Gran relato, con una trama original y elaborada que enlaza diferentes sucesos para crear una historia que atrapa a lector queriendo conocer el desenlace, desde la misteriosa desaparición de uno de los protagonistas hasta el pequeño detalle del hombre del libro y los tomates, que añaden si cabe un punto más de intriga. Aderezada además con ilustrada sabiduría campestre, materia en la cual ya has demostrado sobradamente tus conocimientos en otros cuentos. Un saludo y buen verano.
    Una historia que me evoca mil una historia contadas por mi padre sobre temas del pueblo, desavenencias de viejas rencillas entre vecinos y esa cultura popular que se aprende con los años respetando los ciclos de la naturaleza durante generaciones. Extraordinario relato que me hecho viajar a mi niñez. Un fuerte abrazo.
    Un relato realmente bueno, como pocos diría yo. Desconozco si se trata de una historia que haya sucedido en tu tierra o si es fruto de tu imaginación, Paco; pero es realmente buena. Me ha dejado sin palabras y, en ningún momento he podido cesar de leer. Un saludo, compañero
  • Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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