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5 min
Sale o sale
Drama |
10.10.17
  • 5
  • 1
  • 69
Sinopsis

Un tipo empieza a tener mucha suerte y se aprovecha de ello

Más o menos hacía como un mes que todo le estaba saliendo bien.  Lo que se proponía lo lograba y ni siquiera se presentaba alguna dificultad.                                                                                                                  

Al principio cuando la cosa empezó, se sentía intrigado e incrédulo acostumbrado como estaba a hacer chambonadas  y rehacer lo que fuera, en pos de corregir los desastres cotidianos, pero al pasar los días se acostumbró a ese por llamarlo de alguna  forma: éxito de entrecasa.

No se le iba el colectivo por un segundo como siempre le pasaba, o cuando iba en el automóvil, los semáforos permanecían en verde hasta que él pasaba. El clima lo tenía a su favor, si planificaba una salida al aire libre el día se presentaba esplendoroso. El asado le salía exquisito y el vino que elegía era insuperable.   

 Le tocó patear un penal en la final del campeonato del barrio y fue con tanta confianza que ni miró al arco cuando pateo; cerró los ojos seguro de que la pelota entraría en el arco y  sonrió satisfecho al escuchar a sus compañeros gritar gol; el gol que los hizo campeones. Con el paso del  tiempo se  acostumbró a sus logros automáticos, pequeños y efímeros; como son los que se circunscriben a lo cotidiano.

Como es muy aburrido que siempre a uno le salgo todo bien, se le ocurrió que tendría que desafiar a la suerte de alguna forma  y así como hizo con el penal, comenzó a hacerlo con cualquier cuestión. El éxito no lo abandonaba.

Decidido a romper con su buena fortuna, Ingresó de contramano en una calle muy transitada, justo en el momento en que de frente un colectivo se le iba encima; el colectivero detuvo el vehículo y le indicó amablemente que circulaba de contramano. Luego hizo a un lado el colectivo para darle lugar, otros autos también se apartaron y le facilitaron el paso. Cuando se acercó un agente de policía, pensó que la buena suerte se le había terminado; pero el hombre le hizo solo una recomendación para que fuera más cuidadoso, además detuvo el tránsito para facilitarle la salida. Un sábado a la noche salió con la idea de finalizar de una vez por todas con el derrotero de la cotidianeidad de bonanzas ininterrumpidas. Iba vestido con el mayor descuido, el cabello revuelto y mal afeitado, calzaba zapatillas muy gastadas y se las veía muy sucias. Así y todo no tuvo problemas para ingresar en el lugar en el cual se concentraban los jóvenes más conspicuos  del último grito de la moda; todos impecables, limpios, prolijos y perfumados. Ni le cobraron la entrada porque le tocó ser  el asistente número cien y le correspondía ese beneficio. Vio dos chichas charlando se acercó e invitó a bailar a la menos agraciada, la chica le dijo amablemente que no, pero la otra, que era hermosísima dijo  – ella no, pero yo sí. Bailaron. En ningún momento le dirigió la palabra e hizo todo lo posible para que se sintiera ignorada. Fracasó rotundamente. La chica seguía a su lado demostrando un interés inusitado. Se excusó para ir al baño y huyó del lugar lo más rápido que pudo. Había adivinado el final y quería torcerlo. No estaba conforme ya que en realidad forzar un fracaso, implicaba la imposición de su voluntad, y no de situaciones fortuitas que se resolvían de forma independiente de una decisión.                                                          

 Deseaba desesperadamente tener una racha de mala suerte, quería sentir la angustia de la incertidumbre, añoraba la ansiedad que se vive al esperar cualquier resultado.                                                             

La seguridad comenzaba a convertirse en malestar. Todos los días desafiaba a la suerte buscando sufrir un revés.

 

Repentinamente cayó en la cuenta de que pasaba los días, pendiente de esas resoluciones y que paulatinamente abandonaba cualquier otra idea, o perdía el deseo de intentar ocuparse de otras cosas; abandonaba una tras otra cualquier actividad, porque solo al pensarlas ya las sabía concretadas.  Perdió el apetito, casi no dormía, se convertía más y más en un  ermitaño, alejado de todo y de todos, perdió amigos y no hablaba con nadie. Dejó de bañarse y de limpiar el departamento, los restos de lo poco que comía se amontonaban en los sucios pisos. La casa fue invadida por moscas y cucarachas. La pérdida de peso era notoria y su aspecto  era el de un hombre enfermo y debilitado.  Comenzó a pasar la mayoría del tiempo acostado en la mugrosa cama, atormentado por su increíble buena suerte, que le impedía tener logros que lo enorgullecerían.                                                                                                                                                                Llegado a este punto lo único que sentía  era un profundo temor generalizado y renegaba de sí mismo, al no poder evitar lo que le sucedía.

Finalmente  un solo pensamiento repicaba en su enfebrecida cabeza: – Es de muy mala suerte tener tan buena suerte.                                               

 

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Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 64 años

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