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7 min
SALVAJE: La historia de Carol S.
Drama |
07.12.17
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Sinopsis

3/4

 

III

 

La lluvia caía sobre sus mejillas. Solo ahí y sin señal de cesar. La modelo sentía su soledad más que nunca antes. Exagerada, tal vez. Impaciente, quién sabe. ¿Embarazada?

 

Caminó y en su paseo por las viejas calles del centro pensó en ir por unos tragos de colores. Entrar en los bares de la Plaza San Martín. Donde algún hombre sin vello facial probará suerte. Intentará entablar una conversación, invitarle a bailar. De fondo, el DJ mezclará rock ochentero y noventero con nuevas canciones pop que suenan en las radios locales. También, a un lado o en medio de la pista de baile, universitarios vivirán sus primeras juegas hasta perder la consciencia. Celebrando alrededor de una botella o dos mientras sus cuerpos transpiran alcohol. Uno de cada cinco tipos que se le acerquen serán bien recibidos, aunque a mitad de canción, ella regresará a la barra. Sin hablar, sin mirar. Si hay suerte para ella, se sentará de nuevo a sentirse sola sin que una potencial pareja del momento le trate coger la muñeca o le invite un trago “de cortesía”. De todos modos, mal para él. Carol se sentirá aislada entre tanta gente que vive una noche increíble.

 

Sin asco descarta la idea de encerrarse en alguna de esas mazmorras con universitarios y guapos de barrio porque Ivana puede llamar. Ahí nunca hay señal, pues son sótanos “culturales” a dos o tres metros bajo el suelo. Bien decorados, eso sí. Tiene la sincera esperanza que su amiga comprenda su capricho, le atienda y se disculpe por la tardanza.  Aún lloraba.

 

— No yo. Ella. Tiene toda la culpa y lo sabe— oye en su mente con su voz.

 

No va a pasar. Claro. Llamará. Se confrontarán. Ivana cederá, pero nunca, nunca pedirá perdón. Orgullo propio.

 

Las calles que atravesó Carol eran estrechas. Su destino era caminar hacia ningún lugar. Las veredas se confunden con las pistas. Se funden en una sábana de concreto. Bien cuidado por ser el centro. A donde iba recibía miradas… de chicos, chicas, prostitutas y guachimanes (guardias de seguridad). Las paredes de las casonas son diversas. Algunas mantienen un señorío colonial y las que no, apenas llevan pintura o ladrillos vetustos, que se derriten con el tiempo y bañan de arcilla las veredas. Los autos solo surcan en silencio, hay multa si los conductores no lo hicieran. Los ebrios alzaban sus botellas al verla pasar. Sobre todos y todo recaen las luces naranja de los postes. Sintió la vibración de su celular. El viento la acompañaba a lo largo de esas esquinas y sus lágrimas también. Contestó la llamada, otra vez sin preocuparse por la inseguridad. La iluminación aún es pobre y hay rincones más negruzcos que otros. Es buena la paz, pero que su vida lo sea siempre, no. Piensa eso y desliza el dedo. Ivana del otro lado.

 

—¡¿DÓNDE ESTÁS?! —Camino… por ahí… —¿POR QUÉ TE FUISTE? —Porque demoraste… —¡¿DÓNDE ESTÁS?! RESPONDE, RÁPIDO. —Ven a la plaza. Estoy llorando. —¡¿CUÁL PLAZA?! —San Mar…

 

La llamada continuó. Ivana oía atenta cada sonido, segundo a segundo, jadeo ahogados, gritos de mujer, el forcejeo de un hombre, el instinto de sobrevivencia, la complicidad de las autoridades por su ineficiencia, los insultos que se perdían en la noche, nadie se acercaba, el celular, la integridad de Carol, más palabras dañinas, un alarido de Carol,  un hombre exhalando, el mismo espécimen corriendo y cortando la llamada tras recuperar el aliento. Finalizó la comunicación, retiró el protector. Destapó el celular y extrajo la batería. Rebuscó el chip y apenas lo consiguió, lo arrojó al medio de la pista.  Sentada en un lado de la vereda, Carol lloraba. Veía sus rodillas bajo la luz naranja y cual reacción de niña, las abrazó y todo se oscureció. La nariz se le tupió, el cabello se le deshizo, las ropas se oscurecieron y el frío dominaba su cuerpo. Le dolían los brazos, los hombros y las palmas por el forcejeo. Tiritaba y sus lágrimas caían sin resbalar por sus mejillas. De frente al vacío negro que existía ante sus ojos. Nadie se acercó, pero todos cuchicheaban desde la acera al otro lado de la calle, los puestos de trabajo habituales en cada esquina y los pórticos de ingreso a las quintas que reunían a la familia junto a unas cervezas y un solo vaso. Ella oía nada más. A cada segundo, la pena era más grande. No le dolía perder su celular, ni perder la vergüenza. Toda la noche y desde aquel día en que el fotógrafo la dejó por ir a una fiesta le jodía la soledad. Le hería de muerte ser casi perfecta  ante la mirada de todos y estar sola, no tener a nadie de verdad.

 

Pero Ivana no se contentó con escuchar. Corrió en tacos desde el Centro Cívico por un jirón lleno de vendedores ambulantes. Rato después, cuando la halló, se arrodilló junto a su amiga, lloraron juntas y la abrazó por varios minutos sin decir más. Carol no respiraba, chillaba y al conseguir que un poco de aire lleguen a sus pulmones, rezongaba.

 

Nadie tuvo la valentía de ir en su ayuda, ni de interrumpir el momento. Estuvieron en el suelo. Se permitían este viaje en el tiempo, al sentimiento básico. Al hecho que convierte una amistad pasajera, en una muy sincera: La confianza entre dos personas al atravesar momentos difíciles. Se lo permitían y, años después, lo siguieron permitiendo.

 

Pero volvamos a esa noche, luego de secarse las lágrimas, se miraron a los ojos durante unos segundos. Cuando toda deuda pareció saldada. Carol dijo: Vete, te quiero lejos. Vete, vete, vete. No puedo seguir así y todo es tu culpa, Ivana. Si no fuera por ti, yo estuviera bien y tendría mi maldito celular. Vete, vete y no me jodas más.

 

—¿Quieres que me vaya? Me voy. ¡Te jodes! Tú la jodes siempre y yo tengo la culpa. ¿Qué no he hecho por ti? Nada que valores. Me voy, Carol y dile a tu viejo marido que también puede dejar de joderme.

 

Estas últimas palabras, la hundieron más en la confusión. No sabía qué era real, a dónde iría mañana y qué hacer después para retornar a la Residencial Italia. Bajo la mirada de varios transeúntes y algunas cámaras de seguridad, subió a un taxi y le pidió dar vueltas por toda Lima. El chófer tenía una mirada triste, los cabellos lacios mal peinados y unos hombros caídos. Recibió unos billetes sin ver y los guardó en el bolsillo. El timón giró, el pedal se pisó y las llantas avanzaron por las pistas del Centro.  A eso de las dos, ya en el asiento trasero, podía ver las luces de la ciudad apagadas, los postes destellando y a poca gente camino a sus casas u otros bares, demostrando cierto tambaleo en cada paso. La noche acompañaba a Carol.

 

Al llegar a la Residencial Italia, al caminar entre las penumbras, sosteniendo apenas su cartera, se le cayeron las llaves, el labial y el corazón a pedazos. Ya no aguantaba la tristeza. En el silencio de la noche, todo resonó. Nadie se despertó.

 

Se recostó desnuda, la temperatura de su cuerpo era muy alta como para mantenerlas sobre su piel y debajo de las sábanas. No tuvo ganas de masturbarse, no. La sensación de malestar era insoportable y ni la cantidad más grande de endorfina naturalmente liberada le habría repuesto.  Así que se acurrucó y lloró hasta quedarse dormida.

 

Dormitó durante tres días.  Justo a tiempo para el evento de BEL AMI en Gamarra.

 

 

CAPÍTULOS ANTERIORES:

1/4  http://www.tusrelatos.com/relatos/salvaje-la-historia-de-carol-s

2/4 http://www.tusrelatos.com/relatos/salvaje-la-historia-de-carol-s-1

 

 

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