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31 min
Samantha. Capitulo III. La Plaza Mayor. [Crónicas de una Caída. Acto I. Comienzos.]
Ciencia Ficción |
27.01.19
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Sinopsis

De vuelta al presente, Samantha sigue con su adorado ritual. Arta, intenta evadirse de un mundo que se ha resignado frente a la pérdida de lo más importante para la vida. La libertad. Se trata de un pequeño fragmento de una historia mas larga en la que estoy trabajando. Si te gustan las palabras y los mundos interiores de las pequeñas cosas, creo que esta es tu novela y espero que te guste. Seguiré colgando cosas, avanzando junto a Samantha y su historia. Cualquier critica, comentario, valoración o sugerencia acerca de la historia es bienvenida y seguro de gran ayuda. Espero que disfruten del mundo que estoy creando y lleguen a amar a este personaje por lo menos la mitad de lo que estoy empezando a amarlo yo. Muchas gracias de antemano y sobretodo: disfruten!!!

SAMANTHA

III

Año 2458

16 años

 

La Plaza Mayor

 

Se encontraba en un punto bastante oscuro del recorrido, ya había salido del primer conducto; y tras recorrer algún que otro pasillo y varios tubos de ventilación había llegado ya a la parte abandonada de las instalaciones. Ahora se encontraba de pie frente a un hondo agujero negro que no parecía tener fin, mirando hacia la más profunda oscuridad. Había descubierto ese lugar hacía ya unos meses, durante una de esas muchas noches que pasaba explorando la zona en busca de todo tipo de cosas. Eran sus primeras horas en lo que había resultado ser una zona mucho más amplia de esos laberinticos pasillos, cuando casi se parte la cabeza resbalando por el hueco del ascensor entre dos niveles. Por suerte, la caja metálica se encontraba justo en el piso inferior y la caída no fue demasiado grave. Al recuperarse del susto y colarse por la trampilla de la caja metálica se encontró de pie en una zona completamente en ruinas.

A simple vista solo eran unas instalaciones parecidas a la Comunidad, aunque allí la naturaleza lo había dominado y devorado todo. Por alguna razón muchos conductos se encontraban descolgados; las puertas estaban atascadas, rotas o incluso aveces atrincheradas desde dentro. A veces, tras dedicar horas y horas a mover los obstáculos que no le permitían seguir adelante, movía la última piedra solo para descubrir que detrás de esa puerta solo se escondían otra puerta inaccesible, una estancia completamente enterrada o, en el mejor de los casos: más pasillos aún más oscuros que los anteriores; tan oscuros que a veces ni si quiera Samantha se atrevía a explorarlos. Así pues, en cierta forma, explorar aquel lugar era vagar en un inmenso mar de dudas, donde ni si quiera ella, que posiblemente era la única humana que pisaba aquellos lugares desde hacía siglos, sabía exactamente como de grandes eran aquellas instalaciones.

Aun así, las puertas rotas y las estancias sepultadas bajo toneladas de piedra y roca no eran lo peor. Ni las trincheras de mesas, cacharros antiguos y muebles destrozados. Ni si quiera esos pasillos que parecían acecharla, inexplorados y oscuros. Lo peor era esa sensación que la invadía cada vez que llegaba a ese lugar y contemplaba como la naturaleza seguía su camino en esa pequeña gran Comunidad sumida en el olvido. Las plantas crecían por todas y de todas partes. Como si formaran un gran equipo de limpieza encargado de limpiar los últimos trozos de basura humana que quedaran en el mundo.

Pero pese a la fascinación que producían esas cosas en la chica, de todas las formas que tomaba la naturaleza allí, Samantha sentía especial aversión por una especie de árbol que no había conseguido aun identificar. pese haber recurrido a casi toda la ayuda a la que podía optar en los Archivos. A decir verdad, ni si quiera sabía si se trataba de una especie de árbol o de algún otro tipo de planta, pues ni si quiera había llegado a ver el tronco. Así que, teniendo en cuenta que posiblemente fuera la única persona consciente de la existencia de ese lugar, y con las inquietudes suficientes para querer investigar sobre ello, su única fuente de recursos de investigación se había convertido en los Archivos.

Seguía embobada mirando hacia el profundo vacío del hueco del ascensor cuando algo pareció sacarla de su ensimismamiento. Después, de un salto, se dejó caer. Golpeó con los pies sobre el duro metal del ascensor y al instante se produjo un silencioso eco que se tragó la oscuridad. La niña rebusco a tientas con las manos y encontró la pequeña tubería de metal que tenía allí para poder abrir la trampilla. Empleándola como palanca, la abrió y bajo al nivel inferior para llegar finalmente a las Ruinas de la antigua Comunidad.

Una vez abajó, miró a su alrededor para intentar recordar por dónde ir. Aunque la linterna de Jacob funcionaba bastante bien, cuando llegaba ahí abajo parecía perder toda su fuerza. La oscuridad era palpable. La sentías en el pecho, como si intentara tragarte a ti también. En medio de toda aquella oscuridad, Samantha se sentía como una estrella solitaria en la noche más oscura de la historia.

Se encontraba en un lugar parecido a la zona residencial de su Comunidad. Estaba en la salida del ascensor y, delante de ella, si se asomara por la barandilla que daba a un vacío aparente, y si no existiera esa molesta nube de polvo, podría ver la Plaza Mayor, a unos cientos de metros por debajo de ella, como un pequeño circulito en el fondo de un pozo. Solo que esta vez el pozo era una pequeña ciudad, y el fondo era el espacio abierto más grande de esta.

 La Plaza Mayor era el lugar donde sucedían la mayor parte de actividades que se desarrollaban por parte de la gente que formaba la Comunidad. Allí tenía lugar, o solía tenerlo, por ejemplo, el mercado semanal, donde los ciudadanos vendían o intercambiaban toda clase de cosas entre ellos. Las historias contaban que hubo unos tiempos en los que la Plaza Mayor lucia como un gran patio del recreo, donde todo el mundo iba a pasear, comprar y pasarlo bien, pues ese era el lugar donde podías encontrar todo aquello que buscaras. Se encontraba en el Nivel 0 y era como un gran patio interior rodeado de una infinidad de balcones y puentes que crecían hacia arriba, como si se encontrara justo en medio de un gran agujero de gusano. Era el punto de partida de la Comunidad. O al menos lo era. Ahora los tiempos habían cambiado y las historias ya solo eran eso: historias. Casi leyendas.

Pensar en todo aquello le recordó el lamentable estado en que se encontraban las reservas de comida y agua de la Comunidad. Su Comunidad. Se sintió rabiosa e indefensa. No podía hacer nada. No hasta que cumpliera la mayoría de edad para ingresar en el Cuerpo de Exploración. Y hasta entonces lo único que podía hacer era sentarse a esperar. Pero ella no podía esperar, no mientras otros que podrían ayudar se quedaban sentados viendo como los últimos restos de la humanidad quedaban destruidos delante de sus narices.

- Hipócritas…- murmuro con rabia mientras avanzaba a través del largo pasillo. - << ¿Para eso hicisteis el Juramento? ¿Para mancillarlo y pisarlo como unos cobardes? Todo el mundo depende de vosotros. Y vosotros solo os dignáis a quedaros aquí dentro, disfrutando del poder que os ha brindado el pueblo, consumiendo poco a poco las pocas esperanzas que nos quedan de conseguir llegar un poco más lejos>>- pensó con rabia.

Lo primero en lo que no pudo evitar fijarse cuando inicio su primer paseo por el largo pasillo fueron esas inconfundibles y extrañas raíces. Eran de un verde oscuro, inquietante, casi muerto. Surgían por todas partes, y tenían todo tipo de tamaños. Trepaban por las paredes con una harmonía casi perfecta, sincronizada; como si siempre hubieran estado allí, reptando como serpientes hambrientas buscando una presa que nunca hubiera llegado. Salían desde las paredes rocosas más profundas de la estructura subterránea de la Antigua Comunidad, y se esparcían a lo largo de todas las ruinas. A Samantha siempre le había parecido que tenían una apariencia extraña, percibía una especie de maldad en ellas, como si su único propósito fuera crecer poco a poco alrededor de ese lugar, devorando hasta su último vestigio de humanidad antes de que ella consiguiera descubrir de que se trataba. Y casi lo habían conseguido. ¿Quizás fuera la única que rondaba ese lugar desde hacía cuánto? ¿Siglos? Dedicó horas a intentar explorar el cien por cien de esas ruinas, pero no sabía a ciencia cierta si se había dejado algún rincón. Parecía un espacio mucho más grande de lo que nunca llegaría a ser su actual hogar, no entendía como unas instalaciones como esas estaban abandonadas si se encontraban tan cerca de la Comunidad. Aun así, le era muy difícil dedicar su tiempo a investigar ese sitio, las nubes de polvo que se levantaban en lo más hondo de ese lugar le hacían la tarea imposible, aunque llevara con ella la más luminosa de las linternas. No había ni rastro de nadie excepto el de ella. Era la única allí y por alguna razón sabía que seguiría siendo así hasta el fin de los tiempos.

Tras pasar de largo varios pasillos que cruzaban a través del gran corredor, llegó a un cruce donde se apilaban una gran cantidad de muebles viejos frente a una puerta circular. Al lado, encima de una silla que estaba encima de una mesa, había una rejilla que daba a los conductos de ventilación de la antigua Comunidad. Era entristecedor ver cuánto se parecían ambos sitios y pensar en cómo había acabado ya uno de ellos.

 Lamentándose mientras pensaba otra vez en la situación general de la Comunidad, escaló la montaña de escombros hasta llegar a la mesa situada justo debajo del conducto y, con una facilidad propia de una persona que ha repetido una acción incontables veces se metió de un salto en el pequeño agujero.

En esa parte del camino, los conductos de ventilación habían corrido la misma suerte que todas las viejas paredes de las Ruinas. La naturaleza había llegado también hasta allí, alargando esos escuálidos brazos verdes que se abrían paso por todos lados. Las raíces, junto con todo tipo de plantas, se habían conseguido meter entre las más mínimas aperturas, desmembrando poco a poco los conductos de ventilación; rompiendo las soldaduras y aflojando los tornillos. Poco a poco. Como si pudieran arrancarlos y estrujarlos sin ningún esfuerzo. Lo único que necesitaban era tiempo.

Samantha creía recordar bastante bien el camino. << Izquierda, Izquierda, Derecha; Izquierda, Derecha, Derecha…. ¿o era Derecha e Izquierda? ...>>- pensó, confundida, mientras sacudía la cabeza. No solía perderse. Aun así, decidió confiar en su instinto y siguió varios metros hasta encontrar una desviación a su derecha. Allí, en la parte superior del respiradero, había una gran “C” escrita en un fuerte color rojo.

<<C de Corazón>>pensó, ilusionada, mientras posaba los dedos sobre los trazos que había escrito hacia ahora unos años.

Dejó escapar una sonrisa al recordar cómo consiguió escribirlo. Tuvo que robar a la señorita Grace, su profesora de Historia, y su preferida, por cierto. Necesitaba escribir con algo que fuera verdaderamente duradero, y desde hacía un tiempo que los materiales escaseaban allí. Lo máximo de lo que había dispuesto nunca Samantha eran unas cuantas libretas de papel, unos cuantos lápices y un boli. Y eso era a lo largo de toda su vida. Los demás materiales estaban reservados para usos totalmente imprescindibles, aunque ella se había hecho con algunos materiales extra mediante métodos poco ortodoxos. Sabía que, aunque la señorita Grace era una mujer brillante, era bastante despistada, y nunca guardaba los rotuladores después de clase, confiando en que, al día siguiente, al iniciar la clase, siguieran allí. Nadie quería unos rotuladores. Así que cuando surgió la urgente necesidad de escribir con algo que fuera a perdurar, supo exactamente que tenía que hacer. Aun así, no le hizo ninguna gracia tener que tomarle el pelo justamente a ella, sus clases eran realmente interesantes, pero, aunque no le gustara, era el objetivo más accesible.

Llevaba reptando por ese agujero unos largos minutos, y empezaba a preguntarse si se habría equivocado en alguno de los giros que creía recordar perfectamente cuando de repente, sintió una agradable brisa en la cara que procedía del suelo. Recordó al instante esa parte del camino. Los conductos de ventilación no estaban en muy buen estado y justo delante de ella había un módulo ligeramente suelto por el que parecía colarse algo de aire fresco. No parecía proceder de su destino, pero olía increíblemente bien. Aun así, lo agradeció; cuando llevas un buen rato de rodillas reptando por un espacio tan reducido como ese, algo de aire fresco era lo que uno más deseaba.

Estaba empezando a impacientarse cuando vio una tenue luz a lo lejos, así que apagó la linterna y se dedicó a disfrutar el momento. Llego en cuestión de minutos y de un golpe soltó la rejilla de ventilación que daba a la salida.

Primero, se sentó con los pies colgando por el agujero y luego, con cuidado, se descolgó de la pared sujetándose con los brazos al borde del hueco donde antes se encontraba la rejilla del conducto de ventilación. Una vez en el suelo, sintió el tacto de la piedra a través de los calcetines y la distinguió ligeramente más caliente. Sonrió. Era buena señal. Ya estaba cerca. Lo sentía en la piel, el vapor de agua se levantaba, flotando, desde la superficie del suelo y se le pegaba en la piel en forma de una fina capa transparente.

Luego cogió la rejilla del suelo y la dejó apoyada en la pared. Todo tenía un orden. Después no tardo ni un segundo en localizar la maraña de tuberías que sobresalían de la pared del fondo de la cueva. Se dirigió hacia allí y, con movimientos concienzudos, buscó la tubería que tenía un pañuelo azul atado a la altura de sus manos y empezó a seguirla.

Estaba concentrada en el tacto del frio acero que seguía con las manos a través de la cueva, cuando de pronto, sin previo aviso, la tubería se dobló y se metió en la pared. Se quedó mirando sus manos, vacías, y levanto la cabeza confundida, para enseguida caer en la cuenta de que ya estaba donde quería estar.

Intento iluminar la estancia con la linterna que le tomaba siempre prestada a su hermano, pero el pequeño haz de luz no alcanzaba la pared del fondo de la sala donde se encontraba. Nunca había visto ese espacio totalmente iluminado, pues las luces de emergencia no llegaban hasta allí. Terminaban en la pequeña cueva que dejaba detrás de ella. Ahora se encontraba fuera de la Comunidad, mucho más lejos de lo que nunca llegarían la mayoría de sus ciudadanos en toda su vida.

Bajó una pequeña cuesta, deslizando los pies en silencio por la cálida roca. Luego llegó al centro del lugar donde se encontraba. Sus pasos producían un largo eco en el espacio y parecía que un montón de Samanthas hubieran llegado al llano a la vez. Iluminó a su alrededor; para admirar, maravillada, un millar de tuberías que reptaban por las paredes. Salían de todas partes. Les recordaban a las raíces de las ruinas, pero ahora eran los humanos quienes lo devoraban todo. Las serpientes metálicas salían por todas partes y hacia todas partes. Perforaban la pared como un cuchillo corta la mantequilla, como si la roca hubiera crecido alrededor de todas ellas. Eran ellas las que siempre habían estado allí. Algunas llegaban desde la pequeña apertura por donde ella había llegado; otras llegaban de otros agujeros iluminados, o no; o simplemente salían de la pared como si nacieran de la mismísima tierra. Llegaban de todas partes, pero todas parecían dirigirse al mismo lugar. Las tuberías se deslizaban por las paredes hasta la cara más grande de la cueva y allí convergían en un caos imposible hacia una pequeña gruta en la roca.

De repente, mientras Samantha se dirigía hacia ahí, entre todo ese acero le llegó un reflejo cristalino que impactó directamente en sus ojos y, durante un instante, se quedó inmovilizada de emoción. Pocas veces llegaba a distinguir el Corazón de esas cuevas tan temprano, pero estaba segura de haberlo visto. Un destello al final del túnel. Era su día de suerte.

Siguió su camino hacia la brecha por la que se filtraba todos aquellos tubos de acero, colocándose de lado para pasar entre las dos primeras tuberías que le impedían el paso. La siguiente que se encontró cruzaba de lado a lado del estrecho cañón, debían de tener una anchura de unos dos metros y medio como máximo. La saltó y luego repto entre un par de ellas que volvían a cruzarse delante de ella dejando un hueco a la altura de su cintura. Posaba las palmas de las manos en el frio acero como si formara parte de ella, y deslizaba los pies con una ligereza propia de un gato callejero. Bailaba entre las infinitas tuberías en dirección a su destino como quien vuelve a casa después de un gran día. Rebosaba alegría.

 

Siguió bailando entre las tuberías hasta que llegó a un espacio en el que la cueva se deformaba para crear un pequeño nido en el lateral derecho. Las tuberías convergían en la pared formando toda clase de formas extrañas que Samantha había tomado como su pequeño hogar. En un rincón tenía una silla vieja, la había traído con mucha paciencia desde las ruinas de la antigua comunidad. Había tenido que romper toda la parte superior para pasarla entre dos tuberías que estaban muy juntas y ahora se había convertido en una silla realmente extraña. Samantha siempre se reía preguntándose si seguía siendo una silla o era un extraño taburete.

Junto a la particular silla, en el suelo, había un pequeño baúl de madera cerrado con un candado dorado. Justo encima, en un hueco que formaban dos tuberías que se juntaban, descansaba el neceser de Samantha, muy bien puesto. Se acercó y lo cogió con una delicadeza excelente para dejarlo abierto encima de la silla y luego se sentó en el suelo. Estaba caliente. Seguidamente rebuscó durante varios segundos en el neceser y sacó siete pequeños frascos de cristal que, expuestos a la tenue luz de la linterna, reflejaban todos unos tonos tan distintos e intensos como el despertar de las flores en primavera.

 

Dedicó unos largos minutos a reflexionar sobre qué frasco era el más adecuado para un día como ese. Todos tenían un tono distinto y particular, sin pensar si quiera en los distintas aromas e ingredientes que había usado para prepararlos. Finalmente, cogió el que había sacado en tercer lugar, era de un color marrón claro, con manchas brillantes que se deslizaban detrás del cristal, como pequeñas balsas de aceite que desprendían rayos de sol. Ese era perfecto. Lo cogió con ímpetu, como decidida, y lo guardo con cuidado en el bolsillo de su camisón antes de adentrarse de nuevo en aquel laberinto de acero, dejando la mochila en su pequeño escondite.

Mientras avanzaba veía desaparecer las incontables tuberías delante de sí y las observaba doblarse y meterse en las paredes, como si fueran hasta las profundidades más inexploradas de aquel lugar. Era un espectáculo visual.

En apenas unos minutos llegó a un espacio circular bastante más grande donde se respiraba un ambiente muy distinto. Miró hacía arriba, y al instante creyó distinguir la tenue luz de las estrellas a través de un enorme agujero que había en el techo. En la parte superior de la cueva, a unos quince metros de altura, había una claraboya natural de unos seis metros de diámetro que dejaba entrar la luz de la noche. La luz se metía hasta al fondo y, casi como un milagro, terminaba reflejada en la superficie del agua de la pequeña balsa que se formaba allí, justo debajo.

De la enorme claraboya que parecía, literalmente, un portal a otro mundo, nacía una enorme raíz de entre las rocas que llegaba desde el exterior. Entrando en la cueva como si surgiera del cielo, rodeaba el perímetro durante varias docenas de metros hasta meterse en el suelo. Samantha no sabía decir si la planta llegaba desde fuera o se metía hacia dentro. Era la misma planta que no había dejado ni un rincón por habitar en las cuevas, pero esta era mucho más grande y estaba en una fase de desarrollo totalmente distinta.

Eso era una de las grandes incógnitas que le había complicado su estudio sobre el tema: la increíble versatilidad y capacidad de adaptación de la especie y la multitud de formas en las que podías encontrarla. En esta forma tan particular de desarrollo, parecía como si varias docenas de raíces se hubieran formado en un patrón en espiral. Era fascinante. El resultado final de ese comportamiento era algo que le recordaba a la familia de las lianas, como docenas de brazos enrollándose entre sí, retorciéndose, imparables, irrompibles. Pero luego no podía evitar observar su espectral aspecto, como consumido, o consumiendo. Decrepito. Y entonces sabía que no se trataba de ningún tipo de liana, ni de enredaderas, ni de árboles. Se trataba de algo más. Y no tenía como estudiarlo. No entendía como una planta podía llegar a desarrollarse de una forma semejante y parecer tan decrepita. Si seguía la lógica, y sus sospechas eran ciertas, esa especie de ser debía ser de unas dimensiones incalculables para tener tantas ramificaciones y seguir teniendo esa capacidad de formación y desarrollo múltiple. O eso, o se trataba de un organismo muy complejo que no tenía realmente un origen y un final, como una tela de araña. A Samantha no le gustaban ninguna de las ideas, absolutamente nada. Sabía de algunos casos.

Recordó en ese instante el intrigante Pando, una especie de álamo que se encontraba en el antiguo estado norteamericano de Utah, mucho antes de la Invasión. Pando, o también conocido como El Gigante Temblón, era conocida como una colonia clonal, o bosque, que surgía a partir de un único álamo temblón masculino. Samantha había leído que a partir de marcadores genéticos y varios estudios pertinentes, en la antigüedad se determinó que toda ella formaba parte de un único organismo viviente que se expandía a través de un sistema masivo de raíces bajo tierra. Se estimó que la planta podía tener un peso aproximado de casi 7000 toneladas, lo que la convirtió, durante un tiempo, en el organismo viviente más pesado del planeta. El sistema radicular de Pando se expandía alrededor de 40 hectáreas y tenía unos 47.000 tallos. Se consideró entonces entre los organismos vivientes más viejos del mundo, con una edad aproximada de 80 000 años para aquel entonces. Aun así, según los registros históricos que se conservaban, en esa época se conocían ya colonias clonales con potenciales mucho mayores que el de Pandó, pero la dificultad para determinar la edad de los tallos y la infinita diversidad de factores que influyen en la aparición de este tipo de colonias no permitía a la tecnología desarrollada para entonces realizar estudios más exactos. Por otro lado, los métodos tradicionales como la cuenta de los anillos en los tallos eran métodos totalmente inservibles según los más expertos, que aseguraban que pese a los estudios realizados, el organismo podía llegar a tener hasta un millón de años aunque fuera imposible probarlo, algo que terminó por dejarle la corona al más veterano del planeta al Gigante Temblón. Por otro lado,  había quienes sostenían que era prácticamente imposible determinar la edad de semejantes organismos debido a su alta capacidad de renovación

 

Con un gesto de molestia, Samantha sacudió la cabeza mientras posaba las manos sobre el frio metal, sacándose al instante todas aquellas ideas de la cabeza. Reparó entonces en que justo al lado del gigantesco tronco en espiral había un tanque de agua que a ojos de Samantha podía llegar a contener docenas de miles de litros. Parecía realmente viejo. Olvidado. De su base salían las dos únicas tuberías que había en esa sala. Cada tubería tenía una válvula y un cartel blanco oxidado encima escrito con letras rojas en relieve. A duras penas se podía leer.

 

 

VALVULA DE SUMINISTRO DE AGUA                  VALVULA DE SUMINISTRO   DE AGUA

                    ZONA A                                                                          ZONA B

                SECTOR 364                                                                 SECTOR 365

 

La primera de las válvulas estaba sellada, cerrada al tope. No pasaba ni una gota de agua. La de la derecha estaba abierta, descubrió hace tiempo que, suministrando agua a la Comunidad en la medida de lo posible, aunque, a decir verdad, el embalse que se suponía que tenía que servir de suministrador de agua, estaba prácticamente seco. Era un completo desastre.

<<Y nadie pretende hacer absolutamente nada.>> pensó.

 El tanque estaba completamente sellado también, aunque se veía que había recibido diversas reparaciones a lo largo de los años, ya lo había comprobado hacía tiempo: ni una sola fuga. Sin embargo, no se podía decir lo mismo de la tubería del Sector 364. Desde el tanque, ascendía por la pared hasta un saliente sobre el que aparentemente se había desprendido una roca hacía ya mucho tiempo, partiendo la tubería con una brecha del tamaño de su cabeza.

Aun así, el desprendimiento había convertido, de alguna forma, el desastre en una maravilla. La inmensa piedra que se había desprendido cayó a orillas de ese pequeño oasis subterráneo, y como si ese hubiera sido siempre su verdadero destino, ahora funcionaba como una especie de embarcadero que le permitía adentrarse hasta el centro del lugar sin necesidad de tocar el agua. No podía evitar recordar la primera vez que estuvo en ese lugar. En su afán de exploración, Samantha descubrió que cuando abría la válvula, el agua brotaba de allí. El líquido brotaba desde la bronceada tubería y luego se desbordaba del saliente y seguía su camino natural por la superficie de la roca hasta salir, disparada, por un pequeño agujero, como si la escupiese la propia pared. No sabía qué clase de formación rocosa daba lugar a semejante paisaje, pero eso no importaba en ese momento. El chorro volaba, congelado en el tiempo, durante varios metros, y finalmente caía y chocaba con la superficie del agua, justo en el centro del hermoso cenote que se había formado a lo largo de años y años en los que el techo abovedado de la cueva había ido soportando su propio peso hasta finalmente colapsar, dejando ese agujero en el cielo que un dia Samantha terminó encontrando. Quizas fuera la única que había llegado a ver la cueva con ese nuevo aspecto. Le gustaba pensar en ello. Con un sonido burbujeante, casi harmónico, el chorro de agua hipnotizaba a Samantha cada vez que lo escuchaba resonar de nuevo cuando abría la válvula del Sector 364.

Tras abrir la válvula, se dirigió al borde del pequeño embalse cristalino y rodeó el perímetro de la cueva hasta llegar al grupo de rocas que antes habían sido una sola y que habían, entre otras cosas, condenado al sector 364 al peor de los destinos. Con movimientos propios de una persona que está haciendo alguna clase de rito, se quitó los calcetines y dejó escapar un suspiro mientras miraba, reflejado en la balsa, el agujero azul oscuro que conformaba el cielo que se extendía por encima de ella. Era una cruel preciosidad. Poder observar aun más de cerca lo que tanto anhelaba era un regalo, pero, en cierta forma, también era el mayor de los castigos. Era lo más cerca que jamás había llegado a ver la superficie y estar allí no podía evitar recordarle lo mucho que le gustaría poder salir ahí fuera en ese mismo instante; para así poder pasearse por la superficie de la Tierra, como sus antepasados, que tuvieron la suerte de poder mirar al cielo en toda su totalidad, y no a través de un agujero en el techo.

Abstraída, Samantha se rebuscó en los bolsillos del camisón hasta que sacó la caja de cerillas de su hermano y la dejó en el suelo. Luego se descargó la mochila de la espalda y la dejo justo al lado. En un instante, se deslizó la goma de la linterna a través del cuero cabelludo y fue entonces cuando empezó a sentirse casi preparada. Luego, con una sonrisa que reflejaba paz en su rostro, la apagó y rebusco en el bolsillo hasta sacar su preciado frasco de champú.

Justo después empezó a quitarse el camisón. Rebosaba emoción e impaciencia. Aun así, dedico un largo momento a disfrutar el momento previo a su objetivo final. Sintió como la suave seda del camisón se deslizaba por su piel, erizándola y activando todos sus sentidos. Mientras, Samantha observaba el reflejo del cielo en la superficie del agua con una decisión impropia de alguien de su edad. Luego dobló con cuidado su preciada prenda y la dejo junto a sus cosas. Pensó al instante en la idea de meterse en el agua y le temblaron ligeramente las piernas cuando una brisa de aire le recordó que estaba prácticamente desnuda. La diferencia de temperaturas en la sala era palpable. Sentía la roca bajo sus pies a una temperatura bastante superior a la temperatura ambiente, y, aun así, con ese agujero que daba al exterior, la brisa de aire que recorría ese lugar continuamente era el perfecto contrapunto para la sinfonía. El agua, que caía imparable desde lo alto de la pared, era la guinda del pastel. Samantha se estremeció cuando el primer dedo tocó por primera vez la superficie del agua y fue entonces, finalmente, cuando dio por empezado su ansiado baño.

Bailaba. Se movía con tanta delicadeza que, al principio, prácticamente no salpicaba al caminar. Cuando el nivel del agua ya le llegaba por encima del ombligo decidió que ya había llegado el momento adecuado, y con la mayor delicadeza, se acercó la mano izquierda al rostro mientras desenroscaba la tapa del frasco de su delicadísimo champú, que llevaba tanto tiempo esperando abrir. El olor surgió al instante del interior como el fuego se desata cuando sale del hocico del más grande de los dragones, llenando los pulmones y la nariz de Samantha, como el fuego consume el oxígeno.

No tardó ni un instante en percibir el inconfundible olor de Valentía, que llevaba queriendo salir del frasco desde hacía largos días y largas noches. Más días y noches de los que Samantha había salido a explorar en toda su vida.

Se estremeció entre el calor y la ilusión y luego empezó a volcar el contenido del frasco en su diminuta mano, que, en contraste con el color oscuro del jabón, aun las hacía parecer más blancas. Fuera del recipiente de cristal, el jabón le resultaba aún más precioso y sentía como si todo el ambiente se fuera cargando del fuerte olor que desprendía. Se sentía envuelta en un manto de vapor. Como si fuera un sueño, el vapor de agua la envolvía, acariciándole la piel mientras se enjabonaba. El contraste de temperaturas entre el aire y el agua en el centro del embalse provocaba la lenta evaporación del agua, que ascendía hacia el cielo como si fuera abducida por la luz de la luna. Era sobrecogedor.

Fue en ese instante cuando Samantha cerró los ojos, y tras coger una larga bocanada de aire fresco, se sumergió hasta la cabeza para seguir con su esperado baño en el Corazón de aquellas cuevas.

<<Que delicia>> pensó cuando salió finalmente a la superficie del agua. <<No me cansare nunca de esta parte>>.

 

 ***

 

Aun envuelta en el filo manto de agua que le cubría la piel tras salir del embalse, Samantha se quedó sentada en el borde de la gran piedra que ahora yacía en el centro del cenote durante un buen rato, pensando y soñando historias sobre sus futuras aventuras en el exterior. Su plan siempre había sido de lo más sencillo. Crecer, aprender, prepararse y salir. Cuatro sencillos pasos que le darían su sueño si le dedicaba el tiempo y la energía suficientes. “Los cuatro pequeños grandes pasos hacia la Unidad de Exploración” le decía su hermano.

Se quedo allí hasta que el filo manto de agua se secó por completo, y entonces tuvo la suerte de comprobar que su querido jabón había hecho el trabajo que estaba destinado a hacer. Se sentía limpia, como nueva. Sentía la piel suave, ya desecha de los restos de suciedad que había acumulado durante los días que llevaba sin poder quitársela. Ahora se veía las manos blancas como la luna llena, y allí, de pie en el pequeño monolito de piedra, la niña se sentía de nuevo fuera de lugar, como si algo tan puro como ella no pudiera limitarse solo a vivir, o sobrevivir, en aquella oscura cueva a la que todos se empeñaban en llamar “hogar”.

 

<<Ni si quiera deberíamos considerarlo una casa>> pensó Samantha para si << ¿Hogar? ¿Qué demonios es un hogar? Se supone que un hogar es aquel sitio al que puedes volver, y nosotros ni si quiera tenemos a donde ir>>

 

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  • Muchísimas gracias por tus elogios Comander! estoy trabajando en los diálogos y me alegra decir que en los próximos capítulos habrá más acción. Aún así, necesito algunos para introducir la historia y algunas referencias, disculpa si se hace un poco lento!
    Definitivamente cada capítulo mejora; estoy esperando con ansias poder colocar la quinta estrella a la calificación, las descripciones son definitivamente buenas, sin embargo, no debemos abusar de ellas tampoco; unos cuantos diálogos más le darán una increíble fluidez a tu novela y le harán ganar sin dudas más cariño y enganche a la protagonista (Que de momento me encanta); te recomiendo con urgencia trabajar en dejar los capítulos en un final de suspenso, sin dudas el siguiente capítulo seguirá en mejoras, muy buen trabajo.
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    “- ¡Quiero hablar con el comisario! - le dijo la mujer al androide que se encargaba de atender a la gente en la entrada de la comisaria. Ella estaba fuera de sí. - como no me lleves ahora mismo frente a quien sea que este al mando de esta pocilga te juro que te arranco los tornillos uno a uno hasta que sirvas para lo mismo que sirve un clip roto, chatarra.” Un drama de ciencia ficción en formato de relato.

    Cogió la nota que había dejado José en el escritorio. Escrita a mano con boli azul, los rasgos de la letra se mostraban firmes y claros mientras relataban lo que parecían unas últimas palabras. Ángel, impotente, no podía dejar de llorar a la lágrima viva mientras sentía que le ardian los ojos. Sujetaba el teléfono con tanta fuerza que empezo a clavarse las uñas en la palma de la mano.

    Un cuervo llego volando y grazno al posarse en el borde de una cristalera del tejado. Un trozo de cristal roto se desprendió y cayó al vacío, cerca de dos figuras extrañas que se movían. El cuervo no había llegado por casualidad. Venía por alguna razón, ¿quizás el hedor a muerte? Algo le decían sus sentidos, por eso estaba allí, y llegará por casualidad o no ahora sí que podía percibir ese hedor. El inconfundible olor a sufrimiento y sangre.

    SINOPSIS: Año 2058. Una nave industrial se alza en el atardecer de una tarde de Verano. Una figura osura cruza bajo el umbral de una farola que parpadea, intentando revivir. La figura llega dispuesta a afrontar su... ¿distino? No lo sabe. Ya no sabe quien es o quien ha sido o deja de ser. << ¿Donde esta S.42?>> se repite una y otra vez en su cabeza. <<Haz todo lo que sea necesario Axel. Hazlo.>>

    De vuelta al presente, Samantha sigue con su adorado ritual. Arta, intenta evadirse de un mundo que se ha resignado frente a la pérdida de lo más importante para la vida. La libertad. Se trata de un pequeño fragmento de una historia mas larga en la que estoy trabajando. Si te gustan las palabras y los mundos interiores de las pequeñas cosas, creo que esta es tu novela y espero que te guste. Seguiré colgando cosas, avanzando junto a Samantha y su historia. Cualquier critica, comentario, valoración o sugerencia acerca de la historia es bienvenida y seguro de gran ayuda. Espero que disfruten del mundo que estoy creando y lleguen a amar a este personaje por lo menos la mitad de lo que estoy empezando a amarlo yo. Muchas gracias de antemano y sobretodo: disfruten!!!

    Acelera y sonrie.

    Año 2250. Samantha se despierta de nuevo. Hoy es Domingo. Los Domingos son buenos dias. Y hoy Samantha esta ilusionada. Es su octavo cumpleaños. (Capitulo II). Se trata de un relato en desarrollo. Pueden encontrar la primera parte en mi perfil! Muchas gracias de antemano! Cualquier comentario o consejo seria de gran ayuda y estoy abierto a discutir todo tipo de ideas.

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Es la primera vez que me atrevo a compartir con el mundo lo que me llena por dentro. Escribo en prosa, en verso, o incluso una mezcla de las dos. Escribo para desahogarme, escupo sobre todos mis demonios y los de los demás. Mi mayor proyecto es una novela de ciencia ficción , aunque también tengo en el horno una “colección” de relatos cortos. También me encanta el terror, el drama, la historia y todo lo que te anime a pensar y explorar tus propios límites. Aprender, en general, es algo que me fascina. Y hacerlo leyendo me parece vital para cuidar el alma. Si te gustara mi prosa, mi verso, o no, no olvides comentar y calificar, es siempre una buena noticia saber que piensan mis lectores.

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