cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

30 min
Sangre verde
Fantasía |
08.07.13
  • 4
  • 30
  • 16929
Sinopsis

Haciendo honor a su nombre, Félix Castroviejo era un hombre feliz. Poseía una pequeña fortuna y tenía todo el tiempo del mundo para disfrutarla...

Haciendo honor a su nombre, Félix Castroviejo era un hombre feliz. Sin ataduras familiares, sin obligaciones profesionales, tenía en su poder una pequeña fortuna y todo el tiempo del mundo para derrocharla sin rendir cuentas a nadie.

Ya hacía más de una hora que había traspasado el umbral del “Lobo Gris”, su bar predilecto. Con el gesto serio y ausente, la procesión jubilosa iba por dentro, había evaluado brevemente el recinto y los habituales comensales, fauna de carretera en general, y tras intercambiar los rutinarios saludos y comentarios se sabía sentado discretamente en su mesa favorita, la del rincón más alejado de la entrada y al lado de la ventana con vistas al río y a la masa boscosa que trepaba ladera arriba.

Devoró con ansia, como si llevara varios días sin comer, un generoso plato de fabada y dos descomunales filetes de ternera custodiados por una montaña de patatas fritas. El sorprendente giro vital de los acontecimientos le había abierto el apetito.

Hacía apenas dos semanas, nuestro hombre se enfrentaba a un porvenir oscuro e incierto. Despedido de su trabajo de manera fulminante, echado casi a patadas como los perros, abrumado por las deudas y al borde del desahucio, rumiaba su desgracia, y la amarga hiel del fracaso abrasaba su estómago y ascendía hasta su boca como un vómito brutal preñado de rencor, ciego y silencioso.

Obedeciendo a un impulso repentino, perdido entre las brumas de la desesperanza y armado de falso y etílico valor, Félix Castroviejo había vaciado su escuálida cuenta corriente, la única que aún resistía, cual bastión endeble, el avance implacable de las hordas rojas, terriblemente superiores en armamento y efectivos. Tratábase de una Cuenta de Ahorro Infantil que le había abierto su madre allá por el año 75 y el extrabajador del ramo textil ( vaya traje le habían hecho los cabrones hijos de puta, más de 20 años sobando lujosas telas para terminar enhebrando remiendos; ah, malditos explotadores, quiera Dios que os revienten las costuras y se os desparramen las tripas y el cerebro, que gusto pisotearlas sobre el asfalto caliente…) había sentido un aguijonazo de esperpéntica nostalgia, como un fantasma sembrador esparciendo simientes de dudas y filiales remordimientos. De niño, Félix Castroviejo había aborrecido el ritual de la matanza allá en su aldea perdida, y ese recuerdo, lejano pero afilado, retornó por un instante fugaz para pinchar su conciencia a la hora de romper, simbólicamente claro, el cerdito de sus anhelos infantiles, el cántaro de los sueños quebrándose al topar con la dura realidad y abatiendo los castillos como humo diluyéndose en el aire.

Nuestro héroe invirtió al instante sus añejos ahorros de telúrica solera y caldo gran reserva, arrancados al terruño a golpes sobre el hierro frío, ablandado en sangre, sudor y lágrimas. Caja Rural, dinero del campo para el campo; sí, por las narices. Dinero llama a dinero, hagan juego señores.

El fabuloso tesoro, imaginariamente extraído de las porcinas entrañas, ascendía a la mareante cifra de 120 euros y 75 céntimos. El antaño cotizado experto en texturas de seda y terciopelo, frescas aún en la memoria de las yemas de sus dedos, dedujo, muy atinadamente, que la parte decimal de la cantidad recibida correspondía a los intereses acumulados durante los últimos 38 años. Ríete tú de la Bolsa y los Valores del Tesoro, una Cuenta de Ahorro Infantil, eso es rentabilidad y lo demás son cuentos.

120…120…aquella cifra no podía ser fruto de la casualidad. A Félix Castroviejo le pareció que el cerdito despanzurrado y agonizante hacía un último esfuerzo de suprema y encomiable lealtad hacia su ingrato verdugo matarife y, prendidos en el último aliento de vida, le susurraba secretos al oído sobre las posibles y misteriosas implicaciones y las fantásticas operaciones sugeridas por aquella cifra mágica…120…120…

Enfrente de la Caja Rural hallábase la Administración de Lotería. Félix Castroviejo adquirió 10 décimos, a 12 euros cada uno, para el sorteo del próximo Sábado. Aunque se exponían varios números, no dudó en ningún momento sobre el particular, las indicaciones del cerdito moribundo habían sido extremadamente precisas. Los 75 céntimos de los intereses se los dio a un pobre que pedía a la puerta del Banco. Realmente, el tipo se los merecía aunque sólo fuera por su acertado posicionamiento estratégico. Dinero llama a dinero.

El guion se desarrolló según los cauces previstos. No podía ser de otra manera. Los cerditos ahorradores nunca mienten y mucho menos hallándose en el lecho de muerte, aunque éste sea tan prosaico como el mostrador de una oficina bancaria, cuando ya no tienen nada que perder.

Una mañana radiante del mes de Mayo, segundo Sábado del mes, Félix Castroviejo ganó un millón de euros, cien mil por décimo. Después de pagar todas las deudas, aún le quedaba una más que sustanciosa renta y muchos meses por delante para disfrutarla sin preocuparse de otra cosa.

Regresamos al bar “El Lobo Gris” y ahí sigue nuestro amigo, saboreando su buena suerte y un whisky de 12 años, el primero de los incontables caprichos que pensaba satisfacer a partir de ahora. La época de las penurias se acabó para siempre, de la noche a la mañana las vacas engordaron una barbaridad. Miró distraídamente hacia la ladera boscosa. Allí afuera todo era luz, armonía y vitalidad. Bullía la savia nueva y latía la sangre de primavera. Ascendía aquella, imparable, insuflando la fuerza y la energía de la Madre Tierra y se desbordaba reventando en una furiosa orgía de fragancia y color. Félix Castroviejo observó fascinado las lujuriosas copas de los castaños, robles y abedules, meciéndose majestuosas al son del cálido viento del Sur. Aún desde la distancia, los oía murmurar, ebrios de dicha, en el lenguaje secreto de los árboles y, aguzando más el oído, podía escuchar claramente el atronador zumbido de la sangre verde fluyendo sin cesar arriba y abajo, desde los niveles más profundos hasta la última hoja, orgullosa y estremecida, que, a más de 20 metros del suelo, coronaba aquellos templos naturales.

Al afortunado ganador de una serie completa de la Lotería Nacional, absolutamente borracho de bienestar, el whisky también ayudaba lo suyo, en un estado cercano al nirvana, se le ocurrió, así de repente, que los árboles eran unos tipos realmente singulares. Intensa e irracionalmente, sintió envidia de sus portentosas dimensiones y, sobre todo, de su fantástica longevidad. Sería la rehostia vivir cientos e incluso miles de años. Autobiografías enciclopédicas, viajes del Inserso más allá del Sistema Solar, jubilaciones prodigiosas y la Seguridad Social a tomar por saco…

      - Perdone, ¿ Félix Castroviejo, verdad…?

El aludido se giró bruscamente, molesto por la interrupción en sus oníricas ensoñaciones y se encontró frente a un hombrecillo pulcro y atildado, vestido con traje negro, pajarita a juego y camisa blanca. Se tocaba el singular personaje con un sombrero pasado de moda de idéntico color que el traje. Las cejas espesas enmarcaban, cual arco poderoso, un rostro de hurón o comadreja con ojillos astutos y vivaces que se movían sin parar, una nariz de judío y una absurda y puntiaguda perilla como remate de la grotesca faz. Portaba un maletín de piel que parecía adquirido en una feria de antigüedades.

Conteniendo a duras penas la risa, Félix Castroviejo le replicó con impaciencia:

        -Sí, yo soy, ¿ Y usted, quién es?.

        -Romeo Robles, para servirle – contestó rápidamente el hombrecillo mientras le tendía la mano.

Tras dudar un momento, Félix correspondió al gesto y al instante lo lamentó. La mano del hombre, que se había presentado como Romeo, trasmitía un tacto frío y viscoso, y al antiguo empleado textil le pareció estrujar un manojo de culebras. Un instintivo sentimiento de repulsión sacudió todo su cuerpo. Mientras estrechaba su mano, el tipo lo escrutaba con inquietante fijeza y Félix pudo comprobar que tenía un ojo de cada color.

        -¿Le importa si me siento?- Era una pregunta retórica. Romeo se sentó sin esperar la respuesta.

        -La verdad es que estaba a punto de irme – Félix comenzaba a incomodarse con el peculiar individuo.

       -No se preocupe, sólo le robaré un minuto.- Romeo depositó el maletín sobre la mesa y procedió a abrirlo.

      -Ni un minuto, ni medio segundo. Supongo que es banquero, así que no le haré perder el tiempo. Tengo mi dinero a buen recaudo – Félix hizo ademán de levantarse.

      -Medio minuto será suficiente. Escuche lo que tengo que decirle y si no le interesa se larga y ya está – los ojos de comadreja lo escrutaron ansiosamente – Sé que usted acaba de ganar una importante cantidad de dinero en la lotería y lo que ahora necesita es una larga vida para disfrutarlo.

     -¿ Cómo demonios se ha enterado de eso? – Félix cayó en la cuenta de pronto – aparte del director de la sucursal no se lo he contado a nadie más.

     -Oh, vamos, vamos – Romeo abrió los brazos en un gesto de desdeñosa suficiencia – Cangas no es más que un pueblo grande. Aquí no hay secretos.

     -Vale, tío listo – Félix se encaró desafiante. Comenzaba a hartarse de aquel hombrecillo redicho y sabihondo - ¿Y, aparte del premio, qué más sabes de mí?

     - Bueno, veamos – Romeo pareció reflexionar estudiando el boscoso paisaje a través de la ventana y a continuación fijó su atención en el artesonado del techo – Sé que eres hijo único, que te quedaste huérfano a los 10 años, que pasaste media vida en el orfanato de los frailes franciscanos, que estos te colocaron en Manufacturas López S.A., empresa textil en la que trabajaste hasta que te despidieron hace hoy exactamente dos meses. -

El escepticismo inicial de Félix fue mudando hacia la sorpresa, el asombro y la franca estupefacción. Romeo, haciendo caso omiso, continuó implacable desgranando su biografía.

    - Sé que el premio te vino de perlas, o de puta madre, que diría si fuera más bruto, porque tus cuentas estaban en números rojos y el Banco a punto de quedarse con tu casa; en fin, nada de particular, sólo la típica situación de aquellos que se pierden por su mala cabeza y su lamentable previsión del futuro.- Aquí Romeo endureció el gesto y sus ojos de hurón se convirtieron en dos rendijas. Acompañó sus palabras con el gesto de dictar sentencia, el brazo flexionado y el dedo acusador, al tiempo que alzaba la barbilla retadora. La ridícula perilla fue una punta de flecha envenenada que asaeteó a un atribulado Félix haciéndolo encogerse y retroceder tras la robusta mesa de castaño.

   -¿Qué más?...¿Qué más?...- Romeo estudio brevemente a su contrincante, como si el veterano obrero de corte y confección llevara tatuados en su acongojado rostro los avatares de su vida pasada.- Ah, sí, bueno…el asunto sentimental, claro- El extraño hombrecillo compuso un ademán de desprecio, se sacudió una mota imaginaria de su traje de italiano diseño, se tocó el ala del sombrero y se mesó con fruición la enhiesta perilla. El aluvión de gestos frenéticos, casi espasmódicos, desconcertó aún más a un Félix Castroviejo, cada vez más nervioso e inquieto.

   -Bien, a lo que íbamos. – Romeo retomó, por fin, su discurso – Al igual que el resto de su vida, la parte afectiva-sexual tampoco es para tirar cohetes. Apenas media docena de amantes y un par de novias más o menos formales. Me consta que una, al menos, tuvo intención de casarse pero a ti nunca se te pasó tal cosa por la cabeza. Siempre te gustó volar libre como los cuervos, huyes de las jaulas y los compromisos como el demonio del agua bendita. De ahí que las pasaras moradas con el percance de la argentina aquella; sin duda, una situación muy embarazosa para los dos, sí, ya sé, ya sé, disculpa mi lamentable sentido del humor, pero al final todo se arregló satisfactoriamente, un viajecito a Londres y aquí no ha pasado nada, ¿verdad?...

   -Bueno, ya está bien – Félix Castroviejo alzó la voz y pegó un puñetazo en la mesa. Varios parroquianos se giraron a mirarle. -¿Me va a decir de una vez que demonios quiere?.

   -Calma, calma, por favor, no perdamos las formas – Romeo ensayó un gesto conciliador – Veo que vuelves a tratarme de usted. El respeto mutuo está muy bien, pero puedes tutearme. Para mí, ya es como si te conociera de toda la vida.

   -Sí, ya veo que me conoce perfectamente. Se ha tomado muchas molestias hacia mi persona. ¿ Es acaso periodista?. No lo creo con esas pintas. Ah, claro – Félix se palmeó la frente – Por supuesto, inspector de Hacienda, eso es; amigo mío, pierde el tiempo, los malditos piratas ya se han llevado su parte del botín.

   -Don Félix Castroviejo, eres un hombre rico y necesitas tiempo para gozar de tu riqueza. – Romeo habló con acento solemne, como pronunciando una inapelable sentencia, una verdad inmutable y universal. – Pues bien, yo, Romeo Robles, soy el hombre que buscas. Yo vengo a ofrecerte un seguro de vida.

   -Acabáramos. - Félix resopló sonoramente y compuso un gesto de genuina incredulidad, teñido, todo hay que decirlo, de un indudable alivio; ya comenzaba a imaginarse cosas muy raras respecto a la naturaleza de todo aquel asunto. – Así que vendedor de seguros, y para eso me ha hecho perder la tarde. Señor Robles, permítame que le diga que no es usted tan listo como se cree. Pero, hombre de Dios, si ya sabe que estoy solo en el mundo, para qué cojones me ofrece un seguro de vida. ¿ Quién iba a cobrarlo?. Joder, claro, para la aseguradora sería un negocio redondo. Bueno, a ver, ¿Qué pasa? – Su voz se cargó de velada amenaza y lo apuñaló con el dedo - ¿Usted es gilipollas o piensa que lo soy yo? – Félix estudió brevemente a su irritante compañero de mesa. – Gilipollas y maleducado. ¿Es que nunca se quita ese ridículo sombrero?...

Romeo no se inmutó lo más mínimo. Permaneció impasible sin concederle siquiera un leve parpadeo. Con toda la parsimonia del mundo abrió el maletín y extrajo una especie de pergamino que parecía muy antiguo. El aire se llenó de olor a viejo. Félix tuvo la impresión momentánea de haber penetrado en una tumba subterránea.

   -No me has entendido – Romeo le habló en el tono que emplearía para regañar a un niño malcriado y rebelde – Yo no quiero tu dinero. Sólo pretendo hacer un trato contigo. Tú tienes que cuidar algo que me pertenece y a cambio yo te garantizo la posibilidad de una larga vida. – Alzó una mano con gesto severo y su voz se hizo cortante y dura como el diamante – No, no me interrumpas. Mi tiempo es demasiado valioso y ya he malgastado más de la cuenta oyendo tus estupideces. – Así que cállate y escucha. Por una  vez en tu  vida, escucha a los demás. – El hombrecillo del traje negro no alzó la voz pero Félix percibió perfectamente la brutal carga de descarnada ira que aquella trasmitía. El arco de las cejas semejó un cuervo malévolo que lo fulminaba con sus ojos terribles, uno de cada color, presto a abalanzarse sobre él y arrancarle los suyos. Notó la boca repentinamente seca y una fila de hormigas de hielo correteando por su columna.

Romeo olió su miedo y sonrió satisfecho, aunque con cierta benevolencia, relamiéndose como el gato ante el ratón atrapado antes de asestarle su zarpazo definitivo.

   -Bueno, basta de charla – concluyó el más extraño vendedor de seguros del mundo. – En marcha, pasemos a la acción. Ahora vas a venir conmigo y sobre el terreno ya te explico el resto de la historia.-

El hombrecillo se levantó y se encaminó hacia la puerta sin mirar atrás. Félix pagó la comida y lo acompañó, sumiso y obediente.

Montaron en su coche, aparcado en la puerta del bar, y Romeo le indicó que se dirigiera a las afueras del pueblo, todo recto hacia el Norte. Al cabo de una media hora alcanzaron la cima de una colina y el hombre de negro le ordenó que se detuviera. Descendieron ambos del vehículo y Romeo señaló el extenso bosque de robles que se extendía a sus pies casi hasta el horizonte.

   -¿Ves esa maravilla?. No hay nada igual por aquí. Todo eso es mío y ahora tú también me vas a ayudar a protegerlo. Verás, se trata de lo siguiente. Ahora vamos a descender hasta el bosque. Una vez allí, tú elegirás un roble de los miles que allí se yerguen. A continuación, colocarás tus manos sobre su corteza y recitarás un conjuro, ¿ Me sigues? .

Romeo lo interpeló sin volverse a mirarlo y Félix murmuró un débil “ sí” después de tragar saliva. Aquel loco peligroso lo tenía completamente aterrorizado, sumido en un estado de indefensión demoledora que no era capaz de explicar. Nunca, ni en sus peores pesadillas, había conocido un miedo de esa naturaleza, un pánico paralizante y demencial, clavado hasta la médula.

   -Bien, muy bien. – el gato seguía jugando con el ratón – porque no me gustaría tener que repetírtelo. Las huellas de tus manos quedarán impresas en la corteza del árbol, su sangre se fusionará con la tuya y desde ese momento seréis un único ser. Todo lo bueno y lo malo que le ocurra al roble a ti también te acontecerá. Vuestras vidas quedarán ligadas para siempre y vuestros corazones latirán al unísono, entrelazados a través del tiempo en una sincronización perfecta e indestructible. Puedes vivir cientos de años o puedes morir mañana mismo. Todo depende de los peligros que acechen al árbol y de lo que tú hagas para protegerlo. Venga, vamos allá, amigo Félix, a por tu seguro de vida.

   Las últimas palabras se retorcían en la mente de Félix como un nido de víboras enroscándose e inyectando su veneno, mientras descendían colina abajo al encuentro de la masa forestal. Lo de “amigo Félix” le había llegado al alma y seguramente en otras circunstancias menos traumáticas hasta hubiera llorado de emoción. En ese momento recordó los extraños pensamientos  sobre los árboles que le habían asaltado en el bar mientras contemplaba la empinada ladera boscosa. Aquello no podía tratarse de una simple casualidad. Aquel tipo era el mismísimo demonio. Sabía todo sobre él y además era capaz de leer su pensamiento.  Si aquello era una pesadilla, esperaba despertar pronto.

El bosque surgió de improviso tras una curva pronunciada a la izquierda. A Félix Castroviejo los gigantescos especímenes arbóreos se le antojaron ogros descomunales y hambrientos que tras devorar el cielo y el sol se disponían a apresarlo entre sus retorcidos y ciclópeos brazos y a engullirlo sin remisión.

La jubilosa voz de Romeo lo arrancó de sus penosas cavilaciones. El hombre se había bajado del coche, Félix no supo muy bien cuando, y les hablaba a los árboles.

-Ah, mis hermosos pequeñines…ya…ya lo sé…os alegráis de ver a papá. Yo también estoy muy contento de estar de nuevo con todos vosotros. Os he traído un regalo. Se llama Félix y quiere ser vuestro amigo. Venga, quiero oír cómo le dais la bienvenida.

El aludido contemplaba aturdido las portentosas dimensiones de los “amigos” de Romeo. Los imponentes montículos de las raíces, los nudosos troncos, anchos como kioscos de prensa, y el abanico de monstruosas ramas desplegándose varias decenas de metros y elevándose hasta alturas vertiginosas.

Mientras Félix los observaba alucinado y, a su pesar, admirado ante tanta grandiosidad, las formidables ramas comenzaron a bracear cada vez con mayor brío e intensidad. Crujía la madera, silbaba la hojarasca y pronto el atronador zumbido pareció llenar el mundo entero y elevarse hasta los confines del Universo. Al menos, así lo sintió un amedrentado Félix. Sólo fue una veloz sucesión de violentas y repentinas ráfagas de aire pero nuestro amigo tuvo la impresión de que los árboles susurraban alborozados, como dándoles la bienvenida, obedientes a la voz de su amo. Y una vez que cesó el viento, silencio absoluto, como antes de que empezara. No había pájaros en este bosque o eran mudos de nacimiento. Ni el más leve trino rompía la inquietante afonía del lugar.

Romeo Robles sacó de nuevo el pergamino y lo extendió sobre la superficie de un tronco caído. A continuación, miró fijamente a Félix durante unos interminables segundos y con el brazo extendido hizo un gesto rotatorio abarcando el círculo de árboles.

   -Elige un roble. – Espetó el hombrecillo. El tono perentorio no admitía réplica. A Félix le pareció que el singular personaje había aumentado de tamaño. Su barbilla se había afilado aún más, tornándose rojiza y sus ojos ahora eran del mismo color: dos pequeños soles negros en un espantoso cielo amarillo, ojos de ave rapaz. El aspecto del individuo era más terrible y siniestro que nunca y Félix se apresuró a obedecer. Rápidamente, señaló el árbol que tenía más cerca. Romeo extrajo una navaja de dos palmos y practicó una incisión en la corteza. A continuación apresó la muñeca de Félix y le rajó la yema del pulgar. Finalmente, mezcló la savia del árbol con la sangre del hombre e hizo que éste firmara el pergamino después de recitar el anunciado conjuro, pretendidamente enigmático. Al premiado Castroviejo le pareció, sin embargo, una burda tomadura de pelo y una broma de mal gusto, como el resto del insólito ritual, pero se cuidó muy mucho de decirlo. Si Romeo le pidiera que regresara a Cangas haciendo el pino, obedecería sin rechistar, con tal de perderle de vista de una vez.

Hallábase Félix sumido en estas aventuradas reflexiones, cuando el bosque comenzó a girar a su alrededor, como un tiovivo mastodóntico y silencioso, y el suelo se aproximó veloz. El antiguo operario textil se desplomó como un árbol abatido por el hacha.

Cuando despertó del fulminante mareo se encontraba solo en el bosque. No había rastro de Romeo Robles por ninguna parte.

Félix Castroviejo se reafirmó en la idea de que todo había sido una ridícula pesadilla. Se pellizcó, y meneó la cabeza como diciendo “demonios, últimamente no dejan de ocurrirme cosas”. A continuación, subió al coche y tras comprobar que Romeo no se había llevado nada se largó de allí cagando leches.

A medida que se acercaba al hogar, el espléndido día de Primavera serenó su ánimo y fue borrando poco a poco el esperpéntico episodio hasta reducirlo a un recuerdo vago y nebuloso.

Pero a lo largo de la semana siguiente, a Félix Castroviejo continuaron ocurriéndole cosas y algunas ciertamente muy extrañas.

A las 3 de la madrugada del Miércoles, dos días después de haberse desmayado en medio del bosque de centenarios robles, nuestro amigo se despertó sudando a mares, como si se encontrara dentro de una sauna, y percibiendo un intenso olor a humo. De un brinco, saltó de la cama y corrió a abrir las ventanas. Penetró una ráfaga de aire fresco que apenas si alivió la opresiva sensación de un calor sofocante y abrasador.

Allá a lo lejos, fuera de los límites de la villa, distinguió el resplandor anaranjado de un incendio de grandes dimensiones. Una densa columna de humo se elevaba hacia el cielo. Cada vez sentía más calor. De pequeño, allá en la aldea natal, su madre cocía pan en el horno de leña. A Félix le encantaba ayudarla, sobre todo cuando ponía el horno al rojo vivo quemando arbustos de brezo. En esos momentos, el horno era la cabeza de un dragón escupiendo rojas llamaradas. Cuando éstas se apagaban, quedaban las brasas incandescentes y el poderoso aliento del monstruo, candente y abrasador. Pues bien, ahora mismo, nuestro hombre tenía la vívida sensación de estar asomado al horno de su infancia o, aún más, le parecía encontrarse dentro de las fauces de la bestia, calcinándose en aquel infierno de juguete.

El olor a humo crecía más y más y la atmósfera se tornaba por momentos asfixiante e irrespirable.

Félix comenzó a toser. En sus piernas y brazos surgieron manchas rojas y pequeñas ampollas. Su pelo comenzó a arder.

Gritando y manoteando frenéticamente se metió en la ducha y abrió los grifos a tope. Justo en ese momento, afuera comenzó a llover torrencialmente.

Al día siguiente leyó la noticia mientras desayunaba:

“Un pavoroso incendio destruyó en la pasada madrugada más de 100 hectáreas de la Reserva Natural de Muniellos, que alberga uno de los robledales más antiguos y mejor conservados de toda Europa. Una oportuna tormenta evitó que los daños fueran aún mayores. Se cree que el siniestro, como los anteriores del pasado verano, pudo ser provocado”

Félix Castroviejo continuó informándose sobre el trágico suceso en la RPA del Principado de Asturias mientras conducía hacia el bosque exprimiendo al máximo la potencia del ZX.

Arriba, desde la cima de la colina, contempló la magnitud del desastre. Una ominosa mancha negra se extendía como un cáncer entre la verde floresta. Entre la masa de prodigiosa vitalidad latía, horrenda sombra funesta, la fea herida de la Muerte.

Cuando, al fin, se adentró en el bosque, descubrió lo que ya sabía. Su roble había resultado afectado por el fuego. Afortunadamente los daños eran mínimos. Algunas de las ramas orientadas hacia el Sur lucían penachos de hojas secas y agarrotadas, no quemadas totalmente. La lluvia salvadora había llegado justo en el momento en que comenzaban a arder.

Félix se tocó distraídamente los mechones de pelo quemados. Escuchó un ruido a su espalda y se giró sobresaltado temiéndose lo peor. Pero no, no se trataba de Romeo Robles. Sólo era una ardilla, vagando errática, sin duda dolida y desconcertada por la destrucción de su hogar.

Dos días más tarde tuvo lugar el segundo suceso extraño y a la postre el definitivo.

Encontrábase nuestro héroe, a la hora de la siesta, hojeando un catálogo de coches de alta cilindrada, con vistas a ir invirtiendo las sustanciosas ganancias loteras, cuando comenzó a dolerle horriblemente el brazo izquierdo.

“Mierda, un infarto”, fue su primer pensamiento, pero lo descartó enseguida. El destino no podía ser tan cruel, y además no se trataba del típico dolor irradiante, síntoma de una fatal cardiopatía, sino más bien de una insoportable sensación punzante, perfectamente localizada en un punto equidistante entre el hombro y el codo.

Félix se levantó atropelladamente agarrándose la torturada extremidad y se dirigió al botiquín en busca del milagroso Voltarén. El aire olía raro. De pronto, se detuvo en seco y comenzó a olisquear moviendo espasmódicamente la cabeza, como una bestia salvaje. En el ambiente flotaba un intenso aroma a aceite de motor y gasolina quemada.

El brazo le dolía como si se lo estuvieran cortando…aserrando lentamente…

Félix gritó. Su aullido de rabia, dolor y miedo sacudió la calma del pueblo y hasta el más sordo de los vecinos de Cangas del Narcea supo que algo grave estaba sucediendo.

Ya desde lo alto de la colina oyó el aterrador zumbido de la motosierra. Conduciendo con una sola mano voló carretera abajo. Nunca se creyó capaz de resistir tanto dolor sin perder el sentido. Su brazo izquierdo era un pequeño volcán rugiente. Una rata, con dientes como navajas, lo masticaba ferozmente. Comenzó mordiendo el músculo y ahora roía el hueso.

   -Hijo de la gran puta, baja de ahí ahora mismo o te mato – Así se presentó Félix ante el infausto leñador que, encaramado a su roble, procedía, con encomiable ahínco y absoluta concentración, a cortar una rama del grosor de un buzón de Correos, armado con una descomunal sierra mecánica.  Mientras hablaba, encañonaba al intruso homicida con un imponente Colt 45 rescatado apresuradamente de un baúl en el desván.

El ensordecedor bramido del mecánico artefacto impidió que la contundente amenaza surtiera el efecto deseado y el cabrón arboricida continuó con la tarea, como si nada.

Visto lo cual, Félix Castroviejo, afamado políglota, decidió probar suerte con otro tipo de lenguaje, más rotundo y eficaz. Por desgracia, entre sus muchas virtudes, no se encontraba la de ser un experto tirador, por lo que necesitó hasta tres disparos para derribar a su enemigo y otros dos, ésta fue la peor parte, para rematarlo en el suelo. La sexta bala la utilizó para reventar el condenado chisme del demonio y silenciar, de una vez por todas, su enloquecedor ronquido.

A continuación, el hombre que había ganado un millón de euros y a este paso no iba a gastarlos en su puta vida, arrojó lejos el arma, se plantó con los brazos en jarras e interpeló al roble herido.

   -Joder, tío, si es que no se te puede dejar solo ni un momento. Acerté al elegir el décimo, pero contigo la cagué bien cagada. Entre los centenares de carbayos de Muniellos voy a escoger al más gafe de todos. Pero esto se acabó. No quiero más sustos. A partir de ahora vendré por aquí a menudo para vigilarte más de cerca… y ya de paso, y en otro orden de cosas…¡ Me cago en la puta madre que parió al hijo de perra del Romeo de los cojones! ¡ Si lo vuelvo a encontrar le voy a arrancar la ridícula perilla y a metérsela por el culo junto con el sombrero y la pajarita de los huevos.

Así terminó Félix su inspirada alocución, recordando con gratitud a su benefactor, con los brazos alzados hacia el cielo, mirando más allá de las altísimas copas.

Y entonces, comenzó a ocurrir.

Todo empezó con un leve cosquilleo en las plantas de los pies; no, para ser más exactos, el insólito hormigueo se manifestó desde dentro de los miembros. Félix percibió como una especie de gusanos monstruosos que bullían en su interior y pugnaban por salir.

Luego, antes de que fuera capaz de intuir siquiera lo que le estaba ocurriendo, sus oídos fueron asaltados por los  chasquidos producidos por múltiples desgarros simultáneos de carne, piel y tela. Estupefacto, miró hacia abajo e inmediatamente se arrepintió de haberlo hecho. Sus flamantes zapatillas deportivas Adidas, recién compradas, aparecían reventadas por una veintena de sitios y a través de los irregulares agujeros surgían oscuras raíces que tras olisquear un momento el aire, como serpientes ciegas, se hundían rápidamente en la tierra.

A Félix le recordaron de nuevo, otro flashback de su infancia, los días de la  matanza, los más agradables tras el trauma inicial de la sangrienta ejecución del marrano, cuando manejaba la manivela de la máquina de hacer los chorizos y estos emergían sin cesar a través del delgado tubo. La famosa escena de la película “The Wall” de Pink Floyd destelló en su mente como un breve fogonazo.

Sintió lástima por las zapatillas que tanto le había costado elegir. Recordó el increíble montón de modelos expuestos y el placer de poder escoger sin tener que mirar el precio. Este fue, por cierto, uno de sus últimos recuerdos. Notó como su pensamiento racional se esfumaba a pasos agigantados.

Sus brazos y piernas, su rostro y su pecho adquirieron una textura coriácea, como escamas de reptil, que rápidamente aumentó de grosor, acentuándose los pliegues. La ropa estalló y quedó colgando en jirones. Aquello le trajo algo a la memoria, de un tipo que se ponía verde cuando se cabreaba, o algo así. No fue capaz de fijar y concretar el recuerdo, pequeña llama oscilante en medio de la negrura, cada vez más espesa, y a merced del vendaval que finalmente la mató.

No intento huir. Sabía que sería inútil. Apenas si sintió dolor, tan sólo una leve quemazón y posterior entumecimiento que, finalmente, también desaparecieron.

Su postrer alarido de agonía, justo antes de que la débil llama sucumbiera y su conciencia se perdiera para siempre, fue ahogado por el canto gozoso de los robles. En el mundo de los árboles, al igual que en el de los hombres, la llegada de un nuevo retoño es motivo de especial celebración. La feliz noticia voló, cual ardilla saltando de rama en rama, hasta los confines del milenario bosque.

Y si alguien sobrevolara Muniellos en ese instante, sería privilegiado testigo de un espectáculo asombroso. Un murmullo de júbilo elevándose como una cúpula gozosa e invisible y un torbellino de sangre verde ascendiendo, más veloz que el pensamiento, al encuentro de los cielos infinitos.

                                                           FIN

                                              

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Me encantó, muy bueno
    Leyendo este relato, aprecio aún más tus críticas. De las mejores historias que he degustado en esta página. No solo está bien escrito..., tiene ritmo, estructura, buenos diálogos y personajes, está bien construido y muy bien cerrado..., ninguna pega, salvo que se me quedó corto, churas de novela. Mis felicitaciones y admiración Paco...
    Qué voy a decir que no hayan dicho ya. No he leído los comentarios, pero seguro que repetiría lo que ya se ha dicho. Con razón están en el ranking y lleva ahí muuucho tiempo. Para mí este relato ha sido una sorpresa. Siempre que leía el título, y siendo un relato tuyo, pensaba que trataría sobre alienígenas, pero no, empiezo a leer y me voy percatando de que esto no era lo que me esperaba, y de que me da igual, porque me está encantando de todos modos. Un relato con un personaje y unos diálogos bien construidos, con unas descripciones bellas y maravillosas que nos introduce en la atmósfera. Una historia muy imaginativa, y un final estremecedor. Saludos, Paco.
    Tu forma de escribir me encantó, muy buen relato sigue así.
    Por motivos personales me atrajo el título, y después me dejé sorprender por el relato, el repentino y salvador ascenso del protagonista y su repentino y brutal descenso. Muy bueno.
    Una historia que atrapa desde el principio y mantiene el interés todo el tiempo en pequeños capítulos no marcados pero bien definidos. Desde la pelicular suerte de tu héroe en la lotería, la entrevista con ese interesante personaje, el extraño ritual en el bosque, los curiosos sucesos y finalmente ese desenlace inesperado. Francamente pensé que terminaría invirtiendo su fortuna en salvar al bosque, pero el final fue infinitamente más fantástico y acaso perturbador.
    Muy bueno Paco. Tu dominio del lenguaje es excepcional. Y tu presentacion de personajes no se queda atrás. Enhorabuena compañero.
    Excelente relato acerca de un destino inesperado y fatalista.
    Muy interesante, Paco. Sabes a la perfección como atrapar al lector. ¿Será que Félix fue víctima de ese acertado refrán que dice "la avaricia rompe el saco"? ¿O más bien habrá sido, simplemente, un golpe de mala suerte? Sin duda, te digo de nuevo, atrapante. Sigue así Paco. Con tu punto costumbrista consigues hechizar y mostrarme imágenes de tu tierra; sin duda ese bosque debe de ser todo un lugar mágico. Un saludo, compañero
    Ya sabes que tu estilo cautiva. Respira una melancolía , un misterio, casi magia que por ello te obliga a seguir leyendo y llega a fascinar. Un lucha justa esta historia, relato naturalista, ecologista, con un final, genial, grandioso, que leí varias veces. No es tan duro ese final, sino una transformación, como incluso es la muerte, ya que la energía, también nosotros, jamás se pierde, sólo se transforma. No me extraña que este cuento sea uno de los mejores de la página. Me parece muy justo. Te sigo leyendo. Un abrazo Paco.
  • 42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

    El pueblo de Castropol, con el histórico palacio de Valledor como protagonista estelar, es el singular y pintoresco escenario donde dos antiguos compañeros de estudios en la Escuela Hogar de Castropol se encuentran 40 años más tarde para revivir la emocionante "Búsqueda del Tesoro" en la que compitieron a finales de los años 70. Los enigmas y acertijos se suceden sin respiro en una lucha trepidante y sin cuartel contra el ingenio del retador y el tiempo límite para superar la prueba. José Villamañe dispone de 777 minutos para resolver 7 endiablados enigmas y encontrar el cofre con 7 lingotes de oro.

  • 119
  • 4.59
  • 17

Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

Tienda

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta