2 min
Secretos
Varios |
30.04.13
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Sinopsis

Que difícil se hace a veces guardar un secreto

Ya duele frio en la noche y caliente a la luz del día. Cada instante endurece mis sentidos, ya solo soy capaz de oír tus latidos, nada fuera de mis pensamientos llama a mi puerta, ya solo tú me importas. Que duro se me hace mantenerte muerto, inerte, y que fácil es para ti absorber mi energía y revivir a cada puñalada de mi consciencia. Tu intensidad crece a cada momento en la soledad, en el aburrimiento. En mi almohada duermes eterno sobreviviendo a mis intentos inocuos para olvidarte. Eres punzante, incisivo y ni si quiera puedo recordar quien te creó, quien te abandonó en mis oídos para hacerme sentir débil, humano, solo ante tu superioridad.

Acabaré por liberarte en otro guardián y te compartiré para reducir mi sufrimiento, pero antes debo curarme por completo, debo reflexionar sobre tu esencia, sobre cuándo llegaste a mí y porqué. No soy de los que escuchan y ni mucho menos de los que oyen. No tengo porque aguantar tu peso sobre mi conciencia. No eres mío, ya no eres de nadie. Tu dueño te dejó libre. Así que pronto intentaré desatarte de mis recuerdos, pronto maduraré cada parte, cada pieza tuya y te compondré como eres, tal cómo entraste en mi vida y exactamente así te regalaré a oídos desprevenidos, indefensos. Después de eso, después de apagar tu fuego en mi interior, quedarán tus rescoldos que los años se encargarán de sofocar.

Siento no haber podido protegerte, custodiarte durante más tiempo, pero ¿Por qué he de guardarte si no eres mío? ¿Por qué he de padecerte si no pedí tu compañía dolorosa?

Cuando algún día seas desvelado, ya nada importará, dejaras de existir, morirás.

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  • Supongo que dependerá de quien sea el guardían y de su carácter, los hay que nunca son desvelados.
  • Desde hacía semanas entraron en un juego de miradas que no llevaba a ninguna parte. Ninguno de los dos se decidía a dar el paso, a acercarse para entablar una conversación.

    Tradiciones que nunca entenderé.

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    Mi mujer se encontraba junto a la encimera hablando con alguien que desde esa posición no conseguía ver. Su voz era totalmente desconocida para mí. Así que me acerqué para mirar quien hablaba con ella y lo vi, me vi. Era yo mismo el que la besaba apasionadamente.

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