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13 min
SECRETOS CASTRENSES
Drama |
03.12.17
  • 5
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Sinopsis

Nacer en un determinado momento de la historia, y en un país en guerra, puede conducir a lo que le ocurrió al protagonista de este relato...

Diciembre de 1939

El arresto se había producido hacía tan solo una semana, pero para Andrés parecían haber pasado meses, incluso años. Aquel cuartucho inmundo, desvencijado y cochambroso, comenzaba a marcar sus piernas y espalda con el duro y sucio yeso de sus paredes y suelo. Le habían dicho que aquello fue un hospital que quedó abandonado hacía más de una década, y que podía considerarse afortunado por no tener que compartir celda. Sabía que en algunos casos se hacinaban diez reclusos en un espacio como el suyo. Y el verdadero motivo por el cual él estaba solo, no era otro que evitar el contagio a los demás de su ignominiosa enfermedad.

Ya no debía de quedar mucho para la sesión de la tarde, no tardarían en abrir la puerta y conducirlo a la odiosa y maloliente sala de interrogatorios. Había tratado de evadirse durante las sesiones, pues leyó en alguna obra que la mente era tan poderosa que podía irse de un lugar, en el cual mientras tanto alguien torturaba tu cuerpo despiadamente. Pero era pura teoría, en la práctica había experimentado que lo único efectivo era desmayarse. La obra, de la cual no recordaba su título ni autor, decía también que el camino para evadirse consistía en trasladarse a momentos muy agradables, sublimes, a ser posible de auténtico éxtasis.

Con estas instrucciones había intentado rememorar lo más fielmente posible los momentos pasados con su amante, algunos muy recientes y placenteros. Pero solamente consiguió olvidar por unos instantes los dolores supérfluos, de inmediato, en el golpe siguiente volvía a la realidad de forma atróz. No obstante tenía que aguantar, de ninguna manera íba a delatar a su amor, además, si lo hiciera los matarían a los dos. Apenas ganaría unas horas de tortura, o unos días. Nada comparado con aquellos instantes de amor tan sublime que ni la peor de las torturas podría jamás borrar.

Miró por todos los rincones, no había nada con qué quitarse la vida, quedó mirando el plato de hojalata que hacía dos días que no le llenaban. Tal vez si pudiera romperlo y sacarle algún filo podría seccionar las venas de sus muñecas, pero el desangrado tardaría más tiempo de lo que le dejaban solo, estaba sometido a una vigilancia tal, que cada dos horas a lo sumo acudía un guardia a echarle un vistazo. No para llevarle agua, eso no, solamente echarle un vistazo y comprobar que seguía con vida, solo eso.

Por el ventanuco enrejado situado a tres metros de altura penentraba el sonido de multiples e ininteligibles conversaciones, solo podía entender algún que otro saludo, nada más. Lo que sí escuchaba claramente eran los gritos de las mujeres que a esas horas, como cada día, eran violadas dos celdas más allá. ¡Aquellos recios machotes, de cerebros empalmados!

Andrés volvió a fijarse en el plato y su imaginación se puso a trabajar. Si lo doblaba y afilaba en la pared, quizá pudiera apuñalarse con el arma resultante. No, no tendría filo suficiente y sería como tratar de clavarse un tarugo de madera, imposible. Miró el yeso de las paredes desconchadas y escritas como si de un pergamino se tratara. Tal vez pudiera reunir un montón de yeso, suficiente para tragarlo y ahogarse. Esta opción parecía más plausible que la utilización del plato.

No había hecho más que comenzar a rascar la pared cuando se abrió la puerta.

El sargento Silva estaba trajinando detrás de él, en el bahúl donde guardaba sus aperos de tortura.

Andrés acababa de ser atado desnudo a la vieja silla, que como todos los días, le esperaba impaciente para ver cuánto tardaba en desmayarse. Siguiendo el protocolo habitual, Silva preguntó a su espalda:

–Soldado Carmena, ¿va a decir el nombre de la persona que estaba con usted?

 

Andrés no abrió la boca, cerró los ojos esperando que le encapucharan y se dispuso resignado a recibir el castigo de la tarde. Pasados unos segundos le extrañó que el sargento no cogiera la capucha de verdugo que estaba colgada a su derecha y podía ver de reojo, aún con la cabeza agachada como la tenía ahora. Fueron los pies de Silva los que vio que pasaban y se detenían frente a él. Poco a poco fue levantando la cabeza, lo que enarbolaba Silva en su mano derecha le aterrorizó.

Era un pedazo de nogal de unos ochenta centímetros de largo por unos diez de grueso. Uno de los extremos había sido adelgazado para facilitar su manejo, el otro tenía cuatro clavos atravesando la madera y sobresaliendo unos cinco centímetros, las brillantes y afiladas puntas parecían poder penetrar cualquier material.

Silva disfrutaba haciendo sufrir a los prisioneros que le encomendaban, bien para enderezarles, o como en este caso, para sacarles información. Y uno de sus sistemas favoritos era el que estaba ahora empleando: Presentar al reo la herramienta que le iba a hacer papilla, pero no empezar de inmediato, dejar pasar el tiempo sin mover un músculo, con el instrumento de tortura muy cerca de los ojos de su víctima.

Durante los minutos que permanecía así, Silva recordaba algún episodio de su infancia, todos terminaban igual, tumbado en su cama boca abajo y recibiendo una tremenda somanta de palos, como si fuese un animal. Al recordarlo iba acumulando una rabia tal que arremetía contra el reo como si se hubiera vuelto loco de repente. A menudo tenían que entrar y sujetarle los centinelas de la puerta para que no matara al prisionero.

Ahora seguía esperando, pero no recordaba ninguna de las palizas propinadas por su progenitor, estaba calculando cuánto tiempo quedaba para que le dieran el permiso que tenía solicitado. Era el mismo que le quedaba de vida a su padre. Pensando en cómo le iba a matar, bajó la estaca con todas sus fuerzas clavándola en el muslo izquierdo de Andrés.

El alarido recorrió todo el cuartel. Una de las chicas republicanas que estaba siendo violada pudo respirar un poco al detener las embestidas su agresor. Todos quedaron un momento quietos, pero enseguida reanudaron sus quehaceres. Carmena continuaba sin hablar, –pensaron.

Al extraer el madero se desgarró piel y músculo de su pierna, Andrés sintió más dolor cuando salieron los clavos que cuando habían entrado. Había oído que morir de gangrena era horrible, miró los clavos y le parecieron lo suficientemente brillantes, la sangre resbalaba por su limpia superficie. Se obligaba a seguir pensamientos de ese tipo con el fin de no concentrarse en el dolor. Pero Silva no pensaba darle tregua, la segunda clavada se prodoujo sin esperas y fue detras de su hombro derecho, sintió un dolor tan agudo que estuvo a punto de desmayarse, una de las puntas había pinchado el omoplato.

Silva no había hecho más que empezar, ahora se iría calentando. Extrajo la madera con el consiguiente grito y esperó manteniéndola en alto, dispuesta para clavarla en cualqueir parte del cuerpo. Dejó pensar a Andrés dónde sería esta vez, no sin antes recordarle que solo tenía que decir “Hablaré” y el suplicio terminaría de inmediato.

Como el reo no abrió la boca, y tras dos minutos largos de tortura psicológica, la preferida de Silva, la que él llamaba “los preliminares”, descargó la estaca de nogal en la tibia izquierda. Esta vez sí debió de haber fractura, o al menos una fisura. Dos de los clavos penetraron en el hueso. La silla se tambaleó por la fuerza sobrehumana que hizo el reo para poder soportar el dolor, sobre todo cuando casi de inmediato los clavos fueron retirados. Silva torció a propósito el madero al extraerlo, las esquirlas de hueso pasaron a pinchar el nervio safeno produciendo un grado de dolor dificil de soportar, Andrés perdió el conocimiento.

Silva aprovechó para ir a las letrinas a hacer sus necesidades, tanta rabia le había revuelto el estómago. Sonrió al percibir en su mente que se avecinaba la habitual imagen que desde hacía años veía al descargar su vientre: La boca abierta de su padre tragando sus deposiciones.

El coronel Castro le vio pasar desde su ventana, por la expresión de su cara supo que todo seguía igual, el prisionero no había hablado. Conocía la saña que Silva empleaba con los reos, pero en este caso no parecía obtener resultados. Y estaba seguro de que al saber lo que se le imputaba, estaría empleándose a fondo para que dijera el nombre del que estaba con él aquella noche, en la que fueron vistos por el cabo y varios soldados. Lástima que solo pudieron reconocer a Carmena, el otro salió huyendo muy oportunamente. Solo tenían una pista, llevaba la chaqueta a medio poner, y era de un oficial.

Castro dejó de mirar al sargento y recorrió la vista por todo el entorno, todo aquello estaba bajo su responsabilidad, desde luego no dejaría que semejante escándalo trascendiera, los protagonistas no tenían... ninguna oportunidad. ¿Sería el propio Silva? En el cuartel todo el mundo sabía que estaba como una regadera. Pero no, no encajaba. Enumeró mentalmente a todos sus oficiales, ninguno encajaba.

De pronto quedó perplejo y con la boca abierta, a unos cien metros de su ventana en dirección oeste, justo en la zona de talleres, se desarrollaba una singular escena. Estaban desmantelando un camión y uno de los soldados recogía el chorro de aceite del motor agachado bajo el vehículo en posición mahometana. El sargento Satrústegui miraba el trasero con deleite y se acercaba de forma sigilosa, de pronto puso sus manos en las nalgas del soldado –del cual no recordaba ahora su nombre. Todos alrededor se tiraron al suelo sujetándose las tripas. Al percibir las manos en su culo, el soldado se había enderezado como un resorte, tal debió ser el golpe en su cabeza que se lo llevaron a la enfermería. Castro volvió a su mesa sacudiendo la cabeza, debería amonestar al gracioso de Satrústegui, pero estaba a punto de soltar la carcajada, imposible echarle una bronca, al menos en ese momento.

A Silva no se la pegaba aquella escoria, ya lo había intentado otras veces, estaba tan despierto como él. Y el método de comprobación le encantaba. Fue al baúl y volvió con un martillo pequeño y una afilada astilla de madera la cual apuntaló entre la uña y el dedo corazón de Carmena.

 

El reo fingió despertar, pero no le sirvió para librarse, Silva dió el martillazo a la astilla. Andrés torció la cara en una mueca inverosimil. Comenzaban a sumarse los focos de dolor y aquello no había hecho nada más que empezar. Silva dejó el martillo y volvió con la estaca de nogal, de nuevo ejecutó su juego favorito, la dejó levantada a la vista del prisionero, con los clavos ensangrentados a unos pocos centímetros de su entrecejo.

En su corta pero intensa trayectoria como torturador, Silva había aprendido que, si pasado un rato, golpeabas por segunda vez en el mismo lugar el dolor se multiplicaba hasta límites insospechados, lo veía en los ojos y las reacciones de los reos.

Para llevar a cabo este expeirmento eligió el muslo, pues consideró que aún era pronto para dejarle cojo.

Andrés no llegó a desmayarse, desgraciadamente. Aguantó con desesperación la interminable espera del madero levantado intentando no pensar dónde lo estrellaría esta vez aquel maníaco.

Casi se le salieron los ojos de las órbitas cuando sintió los clavos, esta vez sí se desmayó, y ya no despertaría hasta el día siguiente.

Silva llegó a pensar que lo había castrado por completo cuando los testículos opusieron resistencia al intentar retirar los clavos.

 

–Descanse, teniente, siéntese. ¿Para qué quería verme?

–Es por el caso del soldado Carmena, me han informado de que Silva casi lo castró ayer. Creo que debemos terminar con la tortura, si no ha hablado ya, después de una semana con ese maníaco, no lo va a hacer. Creo que debemos acabar con este asunto, los gritos se oyen en todo el cuartel.

–¿Y eso le duele, teniente?

–Mi coronel, por supuesto que no, debemos hacer saber que aplicamos castigos ejemplares, pero en este caso creo que lo único que estamos consiguiendo es que todos recuerden esas prácticas pervertidas día sí, y día también. Yo opino, si me permite, que deberíamos acabar ya y pasar página cuanto antes.

–¿Y dejamos al otro implicado que se vaya de rositas?

–No obtendremos su nombre.

–Es un oficial.

El semblante de Gerardo Baladíez se tensó.

–Permítame que insista, mi coronel.

-Muy bien, Baladíez, tiene mi permiso para organizarlo todo.

 

El teniente se levantó, saludó y salió de allí.  Por el camino paró a un cabo y le ordenó que buscara a Silva para que acudiera a su despacho.

–A sus órdenes, mi teniente. –El sargento fué a sentarse.

–No será necesario, sargento, seré muy breve, le concedo el permiso que tenía solicitado, aquí tiene el documento firmado por mí.

 

Silva salió de allí pensatvo, ahora que ya lo tenía no sentía el apremio ni la rabia que lo perseguía desde tiempo atrás. No obstante, mientras se quitaba el uniforme sentando en su litera, la cara de su padre volvió a azotarle. “Ya, ya voy, papá”

 

El teniente Baladíez observó cómo Andrés rechazaba el capuchón negro, alzó la voz para decir: “Preparen... Armas”, no hizo pausa para dar la siguiente órden: Apunten. Una lágrima brotó resbalando por su mejilla. “Adiós, amor” –dijo sin mover los labios. Cerró los ojos y exclamó: ¡Fuego!

 

 

 

 

©Eduardo Aecevedo

Registrado en Safe Creative

con nº 1703201190196

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  • Muy buen relato
  • Nacer en un determinado momento de la historia, y en un país en guerra, puede conducir a lo que le ocurrió al protagonista de este relato...

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Me gusta escribir, escuchar y leer. Vivir sin prisa y sobre todo observar el amor para aprender de él.

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