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15 min
Secretos del océano
Infantiles |
03.10.18
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Sinopsis

Un joven pescador, una cala paradisíaca, un encuentro inesperado...

Samuel había salido con su pequeña barca, como casi todas las mañanas, a pescar algo para la cena. También hoy iba a ser un día muy caluroso. Era todavía muy temprano pero ya se adivinaba que el sol, dentro de poco, apretaría de firme. Después había pensado visitar una de sus calas preferidas, la cala de los corales blancos, donde nunca acudía ningún otro pescador. Allí, con toda la playa para él, levantaba los brazos al cielo y se sentía el rey de los mares. Se pegaría un buen chapuzón en las transparentes aguas, bucearía pegado al fondo siguiendo a los peces multicolores y disfrutaría de la belleza de los espléndidos arrecifes de coral que escondía aquella cala.   

Pero ese día los peces no parecían muy dispuestos para convertirse en la cena de Samuel. Por más que éste lanzaba una y otra vez la caña, el cebo siempre se mantenía intacto. Cambió de lugar varias veces pero no picó ni uno. Así que en vista del nulo éxito, el joven pescador optó por dejar en paz a los peces y puso la pequeña embarcación rumbo a su apreciada caleta.

Había estado allí en muchas ocasiones y nunca se había encontrado con nadie. Era un privilegio poder contemplar el espectáculo que ofrecía el mar intentando escalar las brillantes rocas de la cala sin conseguirlo. En pleno centro de la rada, como si fuera el guardián de aquel pequeño paraíso, se alzaba un agudo peñasco que desafiaba a quien osara conquistarlo.

 Pero esa mañana, al dejar atrás el recodo que señalaba el comienzo de la ensenada, se llevó una sorpresa. Porque allí, en el peñasco, había alguien. Todavía la barca estaba lejos, pero ya se podía distinguir con claridad el perfil de una figura sentada sobre la roca. Una figura femenina cuyos cabellos, por efecto del viento, parecían querer tirar de ella hacia el mar.

La barca fue acercándose lentamente y cuando Samuel pudo ver a la mujer con precisión quedó fascinado.

Porque no era una joven como las que había conocido hasta ahora. Era físicamente distinta. Su piel tenía un tono ligeramente violáceo y sus larguísimos cabellos eran del color del oro. Estaba completamente quieta, como dejándose admirar por las criaturas de la cala, sin prestar ninguna atención a cuanto la rodeaba. Su dorada melena seguía agitándose, la cabeza se apoyaba en un brazo y sus ojos miraban hacia abajo. Parecía que ni siquiera hubiese advertido la llegada de Samuel. Era bellísima, la criatura más bella que el pescador había visto en toda su vida. Pero, sin duda, estaba triste. Dos lágrimas descendieron por sus mejillas hasta que el viento se las arrebató.

La barca había quedado pegada al peñasco, de modo que sólo unos pocos metros separaban a la muchacha de Samuel. Este siguió contemplándola en silencio, embobado, durante un buen rato. Ella no hacía ningún gesto, ningún movimiento que indicara que hubiera notado la presencia del recién llegado. Continuaba inmóvil, como una escultura divina, pero de sus ojos seguían manando lágrimas.

Por fin, el pescador logró articular algunas palabras.

—¿Qué te ocurre? ¿Por qué lloras?

Ella levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos no expresaron ningún sobresalto. Después, bajó la mirada y volvió a descansar su rostro sobre el brazo.

—Dime qué te pasa, muchacha —insistió Samuel—. Si puedo ayudarte…

La joven titubeó unos instantes y respondió con amargura.

—El tiempo se acaba para mí. Ya me queda muy poco. Y después, ya nunca podré ser feliz.

Samuel se quedó unos momentos sin saber qué decir. Por lo manifestado por la bella joven, tampoco podía comprender muy bien qué le ocurría.

—¡Mujer, seguro que hay alguna solución! —intentó animarla—. Si me explicas mejor lo que te pasa, igual puedo ayudarte.

Samuel notó que un fugaz rayo de esperanza cruzaba por los ojos de la muchacha. Cuanto más la miraba, más atractiva le parecía. Era imposible que la naturaleza hubiera hecho algo más bello que lo que tenía enfrente.

—No estoy segura de que me comprendas. Vuestro mundo es distinto del nuestro. Tenéis otra forma de vivir, otras creencias. Si te cuento lo que me pasa pensarás que estoy loca o que se trata de una tontería sin importancia.

—No. Te puedo asegurar que no va a ser así. Si algo te hace llorar y te pone en el estado de tristeza en el que te veo, ese algo tiene que ser importante. No sé si podré ayudarte, pero si está en mis manos el que tu problema se resuelva, al menos lo intentaré.

La joven se quedó pensativa unos momentos y después respondió.

—Me queda muy poco tiempo para encontrar mi carta del destino. Sin ella, mi vida futura será una búsqueda sin sentido. En nuestro mundo, todos tenemos nuestra carta del destino, pero yo la he perdido. Cuando llega el día indicado, esa carta nos muestra la persona que debemos buscar para encontrar la felicidad. Pero si en ese momento no la tenemos, nuestra vida se convierte en una peregrinación sin rumbo. Y ese instante está a punto de llegar. Cuando el sol alcance el centro de su viaje, justamente a mediodía, el plazo se cumplirá.

Samuel miró el sol. Quedaba poco tiempo para que fuese mediodía. Algo en su interior le decía que aquel relato era cierto. Volvió a mirarla, sintió una gran tristeza y una extraña sensación que no sabía explicarse. La belleza de la joven le tenía cautivo y le hurtaba el control sobre sí mismo. Las palabras salieron impetuosas de su boca.

—Si en tu mundo no vas a ser feliz, vente conmigo. Te prometo que te haré feliz. Te colmaré de todo lo que desees. Todo mi cariño y todo mi trabajo serán sólo para ti.

Ella sonrió, y su rostro expresó una dulzura que hizo al joven pescador estar seguro que él también tenía una carta del destino: ella. Sin ella, nunca sería realmente feliz.

—Te lo agradezco —dijo la muchacha—. Pero ya te he dicho que nuestros mundos son diferentes. Nuestra vida está escrita en esa carta. Y si no la tenemos para poder elegir el camino correcto, no podemos alcanzar la felicidad.

Samuel comprendió lo que quería decir. Por muchos esfuerzos que él pudiera realizar, si el destino no lo quería, jamás conseguiría hacerla dichosa. Aunque sus intenciones fueran buenas, el resultado sería perjudicial para la bella muchacha. Ella tenía que encontrar su destino marcado.

—¿Cómo es esa carta? —preguntó el pescador.

—Es una gran concha de color azul. Un azul muy intenso. Y sus bordes están recubiertos de coral blanco. Tiene grabada mi imagen. No hay otra igual.

—¿Dónde la perdiste?

—Aquí, en esta cala, jugando con mis amigas. Después la estuvimos buscando, pero no la pudimos encontrar. Desde entonces, vengo todos los días, pero por más que busco y busco, no la hallo.

El mismo sentimiento de tristeza y desesperanza que tenía ella se apoderó de Samuel. No la podía ayudar. Se sentía completamente inútil y no se le ocurría ninguna idea que pudiera darle ánimos. Miró al mar infinito. La concha podría estar ya muy lejos de allí.

Entonces vio una estela blanca sobre las aguas que se dirigía en línea recta hacia el peñasco. Se quedó observándola y poco después pudo apreciar que se trataba de un delfín. Y el delfín parecía llevar algo sobre su morro. Algo azul, que destellaba al recibir los rayos del sol. Al llegar a unos metros de donde se encontraban los dos jóvenes, el delfín soltó su carga y se sumergió en el agua.

Samuel tuvo una corazonada y de inmediato se zambulló en el mar, buscando el fondo. Allí abajo, tumbado sobre la arena, como esperándole, se encontraba el delfín. Junto a él, una gran concha azul con bordes blancos. Cuando el pescador llegó hasta ella, vio la imagen de la joven grabada en el exterior. Era su carta del destino. Ya casi no le quedaba aire en los pulmones, así que se dio un fuerte impulso con los pies y logró salir a la superficie. El delfín asomó poco después, hizo un par de cabriolas por encima de la cabeza de Samuel, y aleteando elegante pareció despedirse complacido.

Ella seguía sentada sobre el peñasco, con la cabeza agachada, cubriendo de lágrimas la áspera roca.

Samuel se acercó y depositó la concha en las manos de la muchacha.

—¡Mi carta del destino! —exclamó ella radiante.

Se abalanzó sobre el joven pescador y le abrazó con fuerza.

—¡Gracias… gracias… mil gracias… por haber encontrado mi carta! Eres maravilloso.

Deslumbraba. Todo en ella había cambiado. Incluso su belleza era aún mayor. Samuel permaneció callado, se sentía tan satisfecho al verla tan feliz… ¡Cómo disfrutaría si pudiera estar toda la vida al lado de la muchacha! Sin ella al lado, en cambio, su vida no tendría mucho sentido.

—Nunca podré pagarte lo que has hecho por mí —continuó la joven—. Me has dado la vida; y yo, en cambio, es posible que te haya perjudicado porque presiento que te has enamorado de mí. Yo también siento por ti algo muy especial, pero tengo que seguir mi camino. De todos modos nunca podré olvidarte. Siempre estarás presente en mi memoria. Espero que lo comprendas y que no me guardes rencor.  

Samuel lo entendía perfectamente. Sus sentimientos por ella nunca cambiarían. La adoraba ahora y la adoraría toda su vida. Sabía que su destino estaba escrito, pero se resistía a perderla para siempre.

—Quiero ir a tu mundo —dijo el pescador—. Quiero conocerlo y estar a tu lado durante un rato más. Por favor, déjame ir contigo.

Ella se quedó unos momentos sin saber qué hacer. Parecía que dudaba si aquello sería bueno o malo.

—Si quieres venir conmigo, vendrás. Pero ten en cuenta que es un mundo distinto al que perteneces. Debes tratar de que mi recuerdo no se convierta en una obsesión. Debes intentar olvidarme; conocerás otras personas, algún día encontrarás el amor y tu vida se llenará de alegría.

—Quiero ir. Sé que no puedo quedarme allí, contigo, pero quiero ir. Después volveré a mi casa y me apartaré para siempre de ti.

Ella le miró con dulzura y musitó:

—De acuerdo, vamos.

—Espera. Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Marina —respondió risueña.

Cogió de la mano a Samuel y juntos se zambulleron en las cristalinas aguas. Se alejaron del peñasco buceando hasta llegar justo enfrente de un tupido arrecife coralino de color blanco. Ella puso su mano sobre un saliente del arrecife y, al instante, la estructura se movió y apareció una pequeña abertura por la que ambos se introdujeron.

Tras bucear unos metros más, emergieron en una cueva natural de impresionante belleza. Bajo un manto de silencio, sólo alterado por el murmullo del agua, Samuel contemplaba asombrado las caprichosas formas de las rocas, sin duda moldeadas por la acción del agua durante largo tiempo. A ambos lados del lago subterráneo surgían multitud de estalactitas y estalagmitas que le daban un aspecto fascinante. La galería acababa en una gran superficie de cristal azulado.

Apoyó la muchacha su mano en el espejo y éste se abrió, franqueándoles el paso. Ante el joven pescador apareció un no menos extraordinario paisaje; una ancha llanura cubierta de flores de los más diversos colores y aromas. A la derecha un enorme bosque, de árboles altísimos y frondosos, que finalizaba bruscamente ante un grandioso palacio de cristal.

—En ese palacio es donde nos reunimos para celebrar nuestras fiestas y acontecimientos más importantes. También las bodas y los nacimientos —explicó Marina.

A la izquierda se extendía un amplio recinto rodeado de árboles de poca altura que impedían no obstante ver lo que había al otro lado de ellos.

—¿Qué hay allí?

—Ese lugar está destinado para los más pequeños de nuestro mundo. Allí pueden disfrutar de los más variados y divertidos juegos. Mis hermanos pequeños se pasan buena parte del día aquí; cuando retornan a casa, llegan exhaustos pero felices a más no poder.

Su mundo era muy hermoso. A Samuel le hubiera gustado quedarse a vivir en aquel paraíso. Si ella pudiera amarle, se quedaría allí para siempre. Estaba seguro que sería el hombre más feliz del mundo el resto de su vida.

Llegaron a un puentecillo de piedra, bajo el cual discurría un pequeño río de aguas claras repleto de peces saltarines. Tras él nacía un sendero que iba a dar a un sobrio edificio presidido en su fachada delantera por cuatro columnas de color blanco y coronado por una cúpula plateada.

—Ahí tejemos nuestros vestidos, pulimos el coral y elaboramos nuestros alimentos. Es nuestro gran centro de trabajo.

Continuaron andando. El joven pescador se quedaba fascinado con cada cosa que veía. Sí, era un mundo diferente al suyo. Pero era maravilloso. Hubiera podido quedarse allí sin añorar nada de su vida anterior. Pero él sabía que no podía ser. No podría soportar tenerla a ella tan cerca y saber que no le amaba; que amaba a otra persona. No, no lo podría soportar.

De pronto, la muchacha se detuvo.

—Esta es mi casa. Ahora debo entrar y descubrir el contenido de mi carta. Si quieres puedes quedarte.

—No. Es mejor que me vaya. Creo que ha llegado el momento de despedirnos.

—Como quieras. Te recordaré siempre. Si no fuera por ti, mi vida hubiera sido desgraciada. Espero que tú también puedas ser feliz, porque eres bueno y te mereces lo mejor.

—Aunque me va a doler mucho separarme de ti, estoy contento de haberte conocido y haber visto tu mundo. Estoy seguro de que serás muy feliz y me alegro muchísimo por ello.

Samuel se inclinó sobre ella y la besó en la frente.

—Adiós.

—Buena suerte —respondió Marina, mirando con dulzura al joven pescador.

Samuel se dio la vuelta y emprendió el camino de regreso a su mundo. No giró la cabeza ni una sola vez. No quería que ella viera las lágrimas que surcaban sus mejillas. Cruzó en sentido opuesto el espejo azulado y franqueó sin dificultad el arrecife coralino. Allí seguía su barca. Subió en ella y puso rumbo a casa.

Durante todo el día y toda la noche no pudo apartar la imagen de Marina de su pensamiento. Por más que lo intentaba, no podía. Era superior a él. No pegó ojo en toda la noche. A pesar del poco tiempo que habían estado juntos, sabía que la amaba con locura. Ella ahora sería muy feliz. Su carta le habría mostrado dónde encontrar el amor y el destino se habría cumplido. Samuel, por el contrario, había perdido su carta. La había perdido sin ninguna esperanza de recuperarla. La había perdido para siempre.

Cuando se levantó a la mañana siguiente, el joven sintió su cuerpo fatigado; no había descansado nada durante la noche, pero un impulso irresistible le empujaba hacia su barca, le empujaba a volver a la cala de los corales blancos. Necesitaba estar allí y recordar los momentos que había pasado con Marina. Nunca más la volvería a ver, pero en aquella playa siempre permanecería vivo su recuerdo. El cabello dorado azotado por el viento, las lágrimas que brotaban de sus ojos, su tristeza, aquella concha azul, su alegría, el cálido abrazo…

El mar estaba tranquilo, no había prácticamente oleaje y se respiraba una paz infinita. La barca de Samuel se aproximaba despacio a la cala de los corales blancos y el joven pescador seguía ensimismado en sus recuerdos. Tras bordear el pequeño cabo que daba acceso a la playa, Samuel levantó la vista y miró hacia el peñasco.

—¡Marina! —exclamó, con los ojos abiertos como platos. 

Ella estaba allí, sonriente, feliz, esperándole con los brazos abiertos.

Samuel saltó de la barca, abrazó a la joven y cubrió su cara de besos.

—Sabía que volverías —dijo ella.

—Pero, ¿por qué estás aquí? —preguntó ansioso el joven.

Marina mostró la concha azul a Samuel, la abrió y éste se quedó perplejo. Perplejo e inmensamente feliz. Porque allí, dentro de la carta del destino de Marina, estaba el rostro de Samuel grabado.

—Vamos —invitó Marina, cogiendo una mano del pescador.

Y juntos se sumergieron en el agua.

 

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