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3 min
Seis años.
Reflexiones |
27.05.19
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Sinopsis

Una pequeña e inexistente visión.

Durante una tarde de julio, Julián jugaba en el jardín de su hogar; había juguetes desperdigados por todo el césped.

El sol, al estar en su máximo apogeo de temporada, levitaba en el cielo. El astro era opacado por unas nubes, dándole ese tono anaranjado que a algunos los deja melancólicos.

El pequeño levantaba su inocente rostro hacia el Sol, con la esperanza de encontrar algo. O, tal vez, ese algo no se encontraba en el cielo.

La tranquilidad, que era la que reinaba durante ese momento de reflexión para el pequeño, le daba una apariencia a Julián un poco monótona. La casa de los Hernández, que se ubicaba frente a su hogar, estaba silenciosa. Quizás abandonada.

(¿Realmente está abandonada? El pequeño no lo sabía).

El niño, desconcentrado por un pensamiento pasajero, se levantó y se sacudió el césped de su ropa. Su vestimenta consistía de un suéter verde con una franja vertical negra y unos vaqueros. Tenía el pelo quebrado y un poco empolvado. Sus ojos color café se posaron en la ventana de los Hernández.

Notó el rostro de una pequeña. Era su amiga, Gabriela. Los ojos de la pequeña estaban dirigidos al jardín de Julián.

(¿Cómo es posible que la sienta tan lejos, estando a unos centímetros de él?)

Cuando el pequeño levantó su mano y la saludó, la niña, pasados unos segundos, dejó caer lágrimas de sus rosadas mejillas. Acto seguido, la cortina se deslizó hasta regresar a su estado original.

(¿Por qué lloras, pequeña?, No hay razón para hacerlo. Quisiera saber por qué).

De inmediato, el clima anaranjado desapareció. Un rayo rompió la concentración de Julián, dando lugar al motivo de las lágrimas de Gabriela.

Había sillas en el jardín. Muchos adultos sollozaban. Había niños y niñas que, por sus rostros, se mostraban desanimados y llorando.

(¿Por qué?, no lo entiendo).

Cuervos se sentaban en el tejado de su hogar. Aquellas aves miraban a Julián, inmutados.

Cuando el pequeño quitó su atención de los cuervos, escuchó una voz conocida.

Su madre, lloraba junto a su padre.

“Es evidente que algo ocurre”, pensó el pequeño.

Había una pequeña caja de color blanca, con una fotografía de Julián.

“La muerte llegó a nuestro pequeño. Y sin que pudiéramos hacer algo”, escuchó a sus padres murmurar.

Pero, su muerte no era la única razón por la que Julián seguía confundido. Él tenía seis años. La cajita blanca, que estaba situada en una mesita de verano, eran utilizadas para bebés.

Julián jamás vivió seis años.

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