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33 min
SEMIFINAL Duelo "Arte"
Varios |
15.05.16
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Sinopsis

1. En la semifinal, como se estipuló en la convocatoria, el voto de los jueces vale por dos. Los jueces NO saben quién escribió los relatos, solo lo sabe Horacio, el organizador. Se amplió el número de palabras a 3100 y ambos hicieron uso de este nuevo número. 2. La votación cierra en cinco días; 20 de mayo a las 23:59 (horario de Tokio), para darle oportunidad a más votantes. 3. Para votar escribe en un comentario la letra del relato que más te gustó y en otro cualquier opinión.

relato A

 

   Javier leyó una vez más el tarjetón que tenía en la mano: «La Galería Las Gaviotas tiene el placer de invitarle a la inauguración el próximo ocho de marzo de la exposición “Hacia la esperanza”, en la que se presentarán los últimos trabajos de Eduardo Caso». Alzó la mirada hacia la pintura que tenía delante ladeando la cabeza en busca de un ángulo que explicase el significado de lo que estaba viendo.

    Se trataba de un cuadro de pequeñas dimensiones que representaba el paisaje de algún lugar del sur de Europa. En la parte izquierda del lienzo, el pintor se había recreado con el pincel para mostrar con minucioso detalle unos campos de trigo. A Javier le parecía sentir la brisa que mecía las espigas inclinándolas hasta casi besar la tierra. Al otro lado, un huerto en el que se podían contar los frutos que maduraban en las ramas de los árboles. El esmero que el autor había puesto al pintar el paisaje contrastaba con la apenas esbozada figura central del cuadro: una niña arrodillada sobre una alfombrilla con las palmas de las manos unidas sobre el pecho en actitud de recogida oración. La niña iba ataviada con un vestido gris plomo que le colgaba de todas partes como si no fuese suyo sino de alguien mucho mayor que ella. Pese a apenas distinguirse los rasgos, su rostro transmitía una extraña emoción en la que se confundía la tristeza con la esperanza. Javier no podía apartar la mirada de los labios, que parecían implorar socorro. Hacía mucho tiempo que no había visto nada que lo emocionase tanto. Y, sin embargo, no podía decir si aquel rostro le hacía sentir dolor y angustia o dejaba entrever una promesa. En cada mirada, descubría un matiz nuevo; no podía sino reconocer la maestría del pintor.
 
    Volvió a leer, incrédulo, el nombre del autor en el caballete que había junto a la puerta que daba acceso a la sala: Eduardo Caso. Le parecía imposible que el amigo de su primera juventud hubiera pintado aquel cuadro. Pasó al siguiente, que mostraba un pueblo devastado por la guerra. Aunque carecía de la fuerza del primero, le hizo sentir la desolación de las batallas perdidas. Otro más allá representaba un paisaje sin vegetación por el que vagaba una fila de caminantes. De nuevo siluetas apenas delineadas pero capaces de transmitir la fatiga y la incertidumbre del viaje. Cuanto más veía, más asombrado estaba. ¿Cómo era posible que Eduardo hubiera pintado aquello?, ¿tanto había cambiado? Debía de tratarse de otro pintor del mismo nombre: su amigo no era capaz de expresar una sensibilidad que no tenía. Miró a su alrededor buscando al autor y, al no verlo entre los corrillos de invitados, salió a la calle sin detenerse a saludar a nadie.
 

 


    Javier supo de la fama de Eduardo mucho antes de conocerlo. Estudiaban los dos en la Facultad de Bellas Artes de la Complutense, aunque pertenecían a clases diferentes. Al poco de iniciarse el segundo curso, empezó a correrse la voz: Había un chico que pintaba mejor que los profesores. Cada dos o tres semanas, sorprendía a sus compañeros con una copia exacta de algún cuadro del Museo del Prado. Se atrevía con todo y alardeaba de su dominio de la técnica. Antes de que empezase su disertación el profesor de turno, sacaba de una especie de enorme cartapacio su versión de “Hipómenes y Atlanta”, “El vado” o “Baco”: Reni, Claude de Lorena y Annibale Carraci eran sus favoritos. Otras veces mostraba el retrato de algún alumno o profesor provocando el asombro y la admiración por su parecido con el original. No ocultaba su enorme satisfacción ante los elogios de sus compañeros, mientras parecía que le dejaban indiferente las críticas de los profesores de la Facultad.
 
    Se conocieron en una cervecería que frecuentaban los alumnos de Bellas Artes. A diferencia de la mayoría de sus condiscípulos, a Javier no le impresionaron ni su carismática personalidad ni su destreza con el pincel. No veía por ninguna parte el supuesto talento de Eduardo del que todos hablaban. Para él no era sino un copista conocedor de unas cuantas técnicas; un fanfarrón frívolo y presuntuoso, sin nada dentro, incapaz de una idea original. No entendía cómo, siendo así, despertaba la admiración de toda la clase.
 
    Tal vez por ser el único que no halagaba su vanidad, Eduardo empezó a buscar su aprobación y no descansó hasta ganarse una amistad que se extendería durante años. Cuando salían de clase, recorrían la Gran Vía en acaloradas discusiones que continuaban durante horas en una mesa del Café Comercial.
 
    —El arte —empezaba diciendo Javier— es saber sacar a la superficie el mundo interior del artista.
 
    —¡Tonterías! —replicaba Eduardo—. Eso de los sentimientos que expresa una pintura, su mensaje, no son más que chorradas que se inventan los inútiles sin talento. Una obra tiene mayor valor artístico cuanto más se parece a la realidad.
 
    Cada uno sostenía su opinión en discusiones más y más apasionadas e intentaba ponerla en práctica cuando cogía los pinceles. Mientras Javier se afanaba por crear la obra que expresara el vaivén de emociones que asediaban su juventud, Eduardo se saltaba las clases para ir al Parque del Retiro a retratar a los que iba encontrando a su paso. Después, lleno de vanidad, le enseñaba pinturas que parecían fotografías: niñas saltando a la comba, un violinista junto al lago, una joven deleitándose con unas nubes de algodón de azúcar... Javier miraba aquellas figuras que parecían iban a saltar del lienzo y le causaban una extraña inquietud. Como si fueran retratos de seres sin alma, en sus ojos no había vida, sus sonrisas carecían de alegría y sus lágrimas de tristeza.
 
    —Le faltan sentimiento —le decía—. Tienes que sentir lo que pintas, no limitarte a copiar lo que ves.

    Antes de terminar el curso, Eduardo ya había vendido su primera obra. Una señora le encargó un retrato de su hijo para su Primera Comunión. Con una fanfarronería casi insultante, invitó a Javier a una opípara cena con las diez mil pesetas que le dieron por su trabajo. Pasaron la noche comiendo y bebiendo ginebra mientras disertaban de arte y mujeres. Acabaron en un garito de Malasaña hasta que, a las tres de la mañana, Javier lo dejó con un par de chicas sobre sus rodillas y un gin tónic en la mano.
 
    Ambos abandonaron sus estudios al finalizar el tercer curso. Javier, decepcionado por su falta de talento, desistió en su empeño de convertirse en artista y se matriculó en la facultad de historia. Eduardo abrió un estudio de pintura y, en menos de cinco años, se hizo célebre con sus retratos.
 
    Con el tiempo, la amistad se fue enfriando hasta que sus vidas se separaron. Él cogió gusto a la historia y conoció a una chica que le robó los pocos momentos libres que le dejaban los estudios. Eduardo, mientras tanto, fue aumentando su fama de retratista. En alguna ocasión, Javier oía hablar de orgías que se prolongaban días en las que derrochaba el mucho dinero que ganaba con sus pinturas.
 
    Durante años, apenas supo nada de Eduardo, hasta que un día recibió una invitación a la exposición: “Hacia la esperanza”.
 
    Unas semanas después de clausurarse la exposición, Javier encontró un mensaje en su móvil: “Te espero este sábado a las cinco en el Café Comercial”. Por un momento pensó que se trataba de la broma de algún amigo que conocía las tertulias de antaño: Si hubiese sido Eduardo no le hubiera citado en un café que llevaba meses cerrado. Borró el mensaje decidido a ignorarlo pero, cuando llegó el momento, pudo más la curiosidad y a las cuatro y media ya estaba esperando en un banco de la Glorieta de Bilbao.
 
    Le costó reconocerlo cuando lo vio llegar por la calle Fuencarral. Los años habían sido severos con él. Se le había caído casi todo el pelo y su delgadez le hacía parecer mayor. Le extrañó su atuendo desaliñado. Eduardo, que de joven solía gastarse buena parte de lo que ganaba en ropa de marcas exclusivas, llevaba unos tejanos y un niki verde botella que vivieron tiempos mejores. Sin embargo, sus ojos parecían más jóvenes. Desprendían una serenidad que Javier no recordaba de sus años estudiantiles.
 
    Fue Eduardo quien rompió el hielo que doce años de distancia había fraguado. Le tendió la mano y después miró extrañado la puerta clausurada del Café Comercial.
 
    —Hace tres meses que regresé a Madrid —dijo como disculpándose—. He estado un año fuera y no he seguido mucho lo que ha pasado por aquí.
 
    Fueron caminando hasta la cervecería San Julián, donde pasaron la primera hora recordando sus tiempos de estudiantes de Bellas Artes. Escuchándolo, a Javier le parecía estar ante un desconocido. Eduardo había dejado por el camino sus maneras arrogantes y su conversación superficial.
 
    —¿Qué te ha pasado en estos años? —no pudo evitar preguntarle Javier— Te encuentro muy cambiado. Lo cierto es que ni siquiera te reconocí en los cuadros que vi en la exposición.
 
    —¿Lo notaste? Ha sido la primera vez que me he dejado llevar, la primera vez que he pintado para mí, sin pensar en el dinero que voy a ganar. Tuve mucho miedo antes de exponer los cuadros. Me sentía inseguro. Eran cuadros tan personales que dudaba que fuesen buenos.
 
    Hizo una pausa.
 
    —¿Te gustaron? —preguntó con ansiedad.
 
    —Muchísimo. Ya sabes que nunca me llegó a convencer tu pintura. ¿Cómo te diría? Me parecía que no tenía vida. Era fría. No decía nada. Sin embargo, los cuadros del otro día… ¡Madre mía! No tengo palabras.
 
    —Me temo que era yo el que no tenía vida; el que era frío y no tenía nada que decir porque estaba vacío. Tú siempre me lo decías pero no lo entendía. Hasta hace un año, cuando me fui a un campo de refugiados y mi vida dio un vuelco.
 
    —¿Te fuiste a un campo de refugiados? —su asombro iba en aumento— Eres increíble.
 
    —No. No me mires con esa cara de admiración, que no hay nada admirable en mí. Al contrario. En los últimos años, he vivido sin freno alguno gracias al dinero fácil que he ganado con mis pinturas. Hacía retratos como churros. A mis clientes sólo les importaba que les sacara favorecidos. Y lo conseguía. Me hice un nombre y me llovían los clientes. Aproveché esta fama flacucha para conseguir mujeres que dejaba por otras con la misma facilidad con que cambiaba el agua con la que limpiaba los pinceles. Era más fiel a mi coche que a esas pobres incautas que se arrimaban a mí sin saber que no era sino un saco de serrín.
 
    »Hace dos veranos conocí a Paula, una mujer en la que nunca me hubiese fijado de no ser porque no me hacía ningún caso. Me la presentó su hermana, la chica con la que estaba saliendo entonces. No puedes imaginarte dos mujeres más diferentes. La mía era todo lo que un hombre puede desear. Como una modelo de pasarela, pasaba del metro setenta y su cuerpo perfecto hubiese enamorado al mismo Policleto. Pero su hermana era la Jeanne Hebuterne de Modigliani. La misma sosería y antipatía, los mismos ojos diminutos y nariz larga. Ni siquiera una agradable conversación compensaba su fealdad. Y, pese a ello, no me prestaba ninguna atención.
 
    »Probé con ella todas las técnicas de seducción que conocía, pero fue inútil. Su rechazo hería mi orgullo tanto más porque no me gustaba. No era digna de las mujeres que habían estado conmigo. Quería que se me rindiera sólo para dejarla tirada después. Conseguirla se convirtió para mí en un reto, casi en una obsesión. Pero Paula sólo tenía una cosa en la cabeza: marcharse a Grecia a ayudar a los refugiados que llegaban a sus islas.  
 
    »Fui detrás de ella para demostrarle que, si ella podía, yo también. Llegar allí fue... ¡Puff! ¡Menudo impacto! No creas que por las horribles condiciones en las que llegaban los que venían de Siria e Irak o porque me conmoviesen las historias que oía a los cooperantes. No. Lo que me impresionaba, me irritaba, era tener que dormir en sucias tiendas de campaña, aguantar el inclemente sol de julio, malcomer en medio de tanta porquería y el olor a muchedumbre, del que no me desprendía ni cuando me escapaba a la ciudad. Ni siquiera me compensaba el ligoteo con Paula. Podían transcurrir días sin verla, tan ocupada estaba en acoger a los recién llegados. Así que pasaba las horas haciendo bocetos de un cuadro que me rondaba la cabeza, algo grandioso, muy distinto de mis retratos: “Encuentro de León I y Atila”. Me había propuesto hacer algo bueno de verdad.
 
    »Cada mañana, me alejaba del campamento y, sentado en el suelo, me dejaba llevar por mi escasa imaginación mientras con el lápiz llenaba las hojas de un cuaderno. Era la primera vez en muchos años que intentaba una cosa así, por lo que mis dedos se mostraban torpes y, aunque no desistía en mi empeño, me desesperaba al comprobar que dominaba la técnica pero no era capaz de crear nada original.
 
    »Un día vi a una niña de unos diez años a pocos metros de donde me encontraba. No me quitaba los ojos de encima y distraía mi débil concentración. Agité la mano para que se marchara pero no me hizo ningún caso. Le grité en inglés mas no pareció entenderme. Visto mi poco éxito, recogí mis cosas y volví al campamento enfurecido.
 
    »Los días siguientes, sucedió lo mismo. Mis gritos más y más amenazantes no hacían mella en ella. Permanecía de pie, a pocos metros de mí, observándome mientras dibujaba. Opté por ignorar su fastidiosa presencia, como si de una mosca se tratase, y conseguí garabatear algunas figuras. Poco a poco me acostumbré a tenerla cerca. Con las hojas de papel que yo desechaba y un lapicero corroído que no sé de dónde sacó, hacía sus propios dibujos. Mientras llegaban cada día al campamento decenas de hombres, mujeres y niños de Irak, Siria y del corazón de África, mientras Paula escuchaba historias terribles y se afanaba por avivar la esperanza de almas desesperanzadas, yo pretendía emular a Madrazo y la niña me seguía en mi camino. No nos hablábamos, ni siquiera por medio de gestos, pero nos acostumbramos el uno al otro. Sin ella, me faltaba la inspiración.
 
    »Una noche en la que el calor estival me impedía dormir, salí de la tienda que compartía con tres cooperantes franceses para dar un paseo y refrescarme un poco. Encontré a Paula que venía de los servicios de señoras. Por primera vez desde que la conocía me dedicó una sonrisa. Quizás el lugar le hizo bajar la guardia, quizás fuese su gesto amistoso el que me desarmó. Lo cierto es que olvidamos nuestra absurda contienda y estuvimos hablando hasta que vino el día. Me estuvo contando cómo la invadía el desaliento por su incapacidad para ayudar a los que llegaban diariamente al campamento. Yo, para animarla, fui a mi tienda en busca de mi cuaderno. Mientras los ojeaba, veía esbozarse en sus labios una sonrisa. En un momento, su rostro se ensombreció y sus ojos me devolvieron una mirada angustiosa que no comprendí. Me tendió un dibujo que mostraba con ingenuo realismo el bombardeo de una ciudad. Miré la hoja de papel sin comprender: aquel dibujo no era mío. Entonces, recordé. Debía de haber cogido sin darme cuenta uno de la niña.
 
    »Miré de nuevo el dibujo y vi en él las emociones de las que siempre hablabas cuando discutíamos sobre arte. En él se podía tocar la barbarie de la guerra y sentir el miedo de una niña que no entendía lo que estaba sucediendo. Revolví entre los demás papeles que guardaba en el cartapacio y encontré otro dibujo: una familia huyendo de un pueblo en llamas que dejaba atrás a su hijita. Seguramente, dijo Paula, mi pequeña dibujante formaba parte de los niños que viajaban solos porque sus familias los habían perdido. Más y más fascinado, no podía apartar la mirada de los dibujos. Fueron aquellos trazos infantiles, aún vacilantes, y no el contacto con los refugiados los que me abrieron los ojos a la tragedia de los que huían de la guerra.
 
    »Al día siguiente, esperé a mi niña refugiada durante horas en el sitio donde solíamos ir a dibujar, pero no acudió a nuestra cita no concertada. La busqué por el campamento, sin encontrar rastro de ella. Cuando ya iba a darme por vencido, le pregunté a una anciana con la que la había visto alguna vez. Me dijo que había partido con un grupo de refugiados sirios que habían dejado el campamento aquella mañana.
 
    »Los días siguientes, me sentí perdido. La echaba de menos y me reprochaba no haberme molestado en conocerla mejor. Pensé regresar a España y olvidarme de mi loca aventura pero lo fui posponiendo y acabé quedándome, implicado más y más en la vida del campamento. Allí encontré lo mejor y lo peor del ser humano. Gente que compartía lo que no tenía; gente capaz de matar por un mendrugo de pan. Gente que andaba siempre mirando para atrás con miedo… Recuerdo cómo me impresionó un padre con dos hijos que buscaba desesperado a su mujer y al que no pude ayudar. Todavía oigo sus gritos de angustia en mis sueños. Cuando volví a Madrid, supe que nunca volvería a ser el mismo. No podía quitarme de la cabeza las historias que había oído y, acompañado del recuerdo de mi pequeña artista, no descansé hasta que las plasmé en el lienzo.

***

    Pasadas las diez de la noche, los dos amigos se despidieron después de agotar mil conversaciones. Durante horas Javier vagó entre el sueño y la vigilia mecido por las palabras de Eduardo. Lo despertó el timbre de la puerta; pero en el descansillo, sólo encontró un paquete sobre el felpudo. Al desenvolverlo, sus ojos tropezaron con una niña en actitud de recogida oración.

 

 

relato B

 

Mi nombre es Saturnino García y soy un monstruo.
La libertad es una quimera. No somos más que marionetas desarrollando un delirante guion concebido por alguna mente maquiavélica.
Estaba escrito que un día me convertiría en un monstruo. Nada podía hacer para evitarlo. Y ese día ha llegado.
Todo comenzó en una jornada como hoy,  sábado, hace cinco semanas. Hoy es el sexto sábado, en el sexto mes del año. Iban a ser siete pero al final fueron seis. Y al séptimo descansó. No es éste mi caso. Dudo que pueda volver a descansar jamás.
Disculpadme…creo que estoy divagando…de un tiempo a esta parte, me ocurre con cierta frecuencia. Se me va la cabeza…me cuesta centrarme.
Retomo de nuevo el hilo de mi narración y, a partir de ahora, prometo no desviarme, al menos, no demasiado, del cauce de mi historia.
Imagino que habréis oído hablar de una serie de divulgación cultural que han venido echando últimamente por la 2 de TVE.
El programa en cuestión se llama “Mirar un cuadro” y se ha venido emitiendo con periodicidad semanal los sábados por la tarde.
De siempre, he sido un apasionado de las obras de los grandes pintores, los clásicos de toda la vida, no las mamarrachadas modernas que perpetran ahora.
Pues, como os cuento, un sábado por la tarde, hace hoy exactamente cinco semanas, me topé por pura casualidad con el primer episodio de la serie.
 El Arte imita a la Vida. Pero, a veces, ocurre lo contrario. Entonces, es la Vida la que recrea el Arte.

El primer cuadro elegido fue “El Nacimiento de Venus” de Botticelli.
La realización era magnífica, y la comentarista realmente extraordinaria. Oyéndola describir el célebre lienzo, cualquier ciego de nacimiento podía imaginárselo casi a la perfección.
“La Diosa desnuda, de armoniosa silueta y un rostro perfecto de inocente belleza enmarcado por una melena tan larga que le permite ocultar lo prohibido, arriba a la orilla navegando la mar turquesa sobre una descomunal concha de peregrino, empujada por el soplo de los dioses alados, entre una lluvia de florecillas. Enarbolando un florido manto, la ninfa Primavera acude rauda a cubrir el cuerpo de la deidad del Amor.”
La perfecta dicción de la presentadora y  su voz cálida y arrulladora consiguieron captar mi atención desde el primer segundo. Fueron los mejores 30 minutos en mucho tiempo.
 Después de cenar, me asomé al ventanal del salón. El crepúsculo de mayo teñía el cielo de rojo hacia las lejanas montañas del oeste. Una estrella, extraordinariamente brillante, destacaba por encima del resplandor celeste. Entonces, caí en la cuenta de que, en realidad, se trataba de un planeta. El lucero vespertino caminaba lentamente hacia el ocaso.
En unas pocas horas había contemplado el ficticio Nacimiento y la alegórica Muerte de Venus. El periplo vital  de la Diosa Astral  había sido efímero, pero muy intenso, y yo me sentí  como un idólatra  y afortunado mortal.


El sábado siguiente le tocó el turno a “Los Borrachos” de Velázquez.
A las siete en punto, la familiar imagen acaparó en su totalidad las 40 pulgadas del SONY extraplano.
La voz hechicera, que ya había comenzado a extrañar, dio comienzo al subyugante discurso.
“El Dios Baco, Dionisos para los griegos, protector de las Vides, unge a su rendido acólito, que se postra sumiso. Sus camaradas brindan, eufóricos, celebrando el venturoso acontecimiento. El Dios del Vino resplandece, pletórico de luz, atrayendo las miradas y oscureciendo el resto de las figuras, hábilmente dispuestas en una estudiada distribución espacial. “
Terminada la emisión, comenzaron a desfilar los títulos de crédito, y yo sentí la imperiosa necesidad de salir a tomar una copa.
De camino a la taberna, crucé  una pequeña plaza con una fuente de hierro y varios bancos de madera. En uno de ellos había una media docena de jóvenes celebrando un botellón. El que parecía llevar la voz cantante se hallaba sentado, sin camisa, luciendo sin ningún pudor un torso pálido y rollizo. Arrodillado a sus pies, uno de sus colegas de juerga parecía rendirle pleitesía. El resto del festivo corrillo, empuñando grandes jarras de cristal llenas a rebosar,  bebía y gritaba jaleando a los dos camaradas.
Un momento después, el tipo que estaba echado de bruces se levantó con desmañada torpeza exhibiendo con gesto triunfal, en su diestra, un reluciente billete de 20 euros que, sin duda, alguien había extraviado recientemente. El afortunado hallazgo fue celebrado con estruendoso júbilo por sus achispados amigos quienes, ni cortos ni perezosos, se pusieron a entonar el “Asturias, patria querida”.
La Vida imita al Arte, pensé mientras entraba en el bar; aunque, en este caso esa imitación era bastante burda, algo así como el tosco boceto de un borrador apresurado.


La didáctica sesión audiovisual de los sábados por la tarde terminó por convertirse en una placentera rutina.
El tercer capítulo estuvo consagrado, nunca mejor dicho, a “La Última Cena”, la archiconocida obra de Leonardo da Vinci.
En este caso, la sugerente voz amiga, a la que mi exacerbada imaginación ya le había asociado un rostro de sensual belleza, comenzó su hipnótica charla haciendo referencia a la fascinante vida del genial artista florentino, prototipo por excelencia del polifacético Hombre Renacentista.
“Leonardo era un apasionado de las Matemáticas, un orfebre minucioso y perfeccionista a la búsqueda incansable de la Medida Exacta, de la Proporción Armónica y Universal como símbolo del Orden Esencial de las cosas.
El cuadro de Cristo y sus Apóstoles refleja muy bien la atracción que da Vinci sentía hacia el fabuloso Universo de los Números. La obra constituye un prodigio de composición simétrica.
La figura de Cristo se recorta, majestuosa, enmarcada contra el gran ventanal del centro. A ambos lados, a la mesa, los Apóstoles aparecen dispuestos en grupos de tres, estableciendo una equidistancia casi perfecta respecto al poderoso eje vertebrador encarnado por el Divino Maestro.”

Esa noche, mi esposa y yo dejamos a los niños con una canguro de confianza y salimos a comer con unos amigos.
Al llegar al restaurante descubrí que éramos trece a la mesa. La sorpresa fue sólo relativa. En cierto modo, ya me estaba empezando a acostumbrar. Aunque no soy demasiado supersticioso, disfruté poco de la cena. No dejé de mirar a mi alrededor, con cierta inquietud, temiendo que de un momento a otro apareciese un Judas traidor para hacerme la puñeta.


El sábado siguiente fue la vez de “Los girasoles” de Van Gogh.
En comparación con las anteriores se trataba de una obra pictórica mucho más sencilla, al menos en apariencia, y sin mayor misterio estructural.
Mi comentarista favorita- ya lo era a estas alturas y con mucha diferencia sobre el resto- habló de “explosión cromática de cálidos amarillos, para el artista símbolo del sol y la felicidad” y también de “pinceladas vigorosas que distorsionan la realidad tratando de penetrar en el alma de las cosas, como fiel reflejo de la personalidad compleja y atormentada del célebre maestro postimpresionista”. La llamó “pintura sicológica” porque “interpreta la realidad según el estado de ánimo”, y remató con una alegoría metafórica que a mí me pareció particularmente acertada.
Argumentó aquella voz, cuajada de deliciosos matices, que “así como Fausto vendió su alma al diablo, Van Gogh partió la suya en varios trozos, como si fuera una pizza 4 estaciones, y los fue disponiendo, exhibiendo, crudamente expuestos, en cada uno de los cuadros que pintó, sin llegar a imaginar las cantidades astronómicas que un día se pagaría por ellos.”
Al día siguiente, domingo, a eso de media mañana, conducía mi fiel Range Rover por una solitaria carretera comarcal de los alrededores. Mi mujer se había marchado con los críos a visitar a sus padres, residentes en un apartado pueblo de las montañas. Como el lunes era festivo, tenía por delante un día y medio para disfrutarlo a mi antojo.
Marchaba yo, pues, forjando planes en mi cabeza mientras surcaba, raudo, la apacible y casi desierta campiña. De repente, en una curva cerrada a la izquierda, me topé de frente con un gigantesco perro alsaciano, tranquilamente echado en mitad de la calzada.
Tengo el tiempo justo de pegar un volantazo y salirme de la estrecha vía, invadiendo una finca colindante.
Se trataba de un pequeño campo de girasoles.
Después averigüé que era la única plantación existente de la dichosa leguminosa en muchas millas a la redonda. Me hallaba en una parcela de reducidas dimensiones, poco mayor que un huerto, de tal forma que mi mastodonte mecánico la arrasó casi por completo, abatiendo sin piedad la formación marcial de vegetales falangistas, incansables adoradores del astro rey.
¿Insólita casualidad? ¿Simple, aunque inusual, coincidencia? Ni entro ni salgo. Me limito a exponer la cadena de hechos sin saltarme ningún eslabón. Juzgad vosotros mismos.
La semana se me hizo muy larga a la espera del sábado siguiente. En cierto modo, la serie se había convertido en una especie de droga, y yo en un adicto perdido. Traté de combatir el síndrome de abstinencia visionando de nuevo los episodios ya emitidos, que había tenido buen cuidado de grabar. Pero no sabía igual. En cierto sentido, era como tomar la cena recalentada. No tenía la frescura del original, carecía de la emoción del explorador hollando territorios vírgenes.
Así que lo dejé, a riesgo de sucumbir víctima de sobredosis. Recuerdo que de pequeño me gustaba con locura el chocolate. Un día me atiborré de pastelitos hasta el punto de terminar mareado y vomitando las entrañas. Tardé varios meses en volver a probarlo. No quería que con los cuadros me sucediera lo mismo. Eso sería una espantosa desdicha.
 

Al fin llegó el quinto sábado. El lienzo elegido en esta ocasión fue “La jirafa en llamas” de Salvador Dalí.
Si los anteriores eran genios, y alguno medio loco, el maestro de Figueres, abanderado del Surrealismo, no les iba a la zaga en absoluto.
La voz de mis desvelos retornó, pletórica de melodiosa sonoridad, como una vieja amiga a la que se empieza a echar mucho de menos. Presentó el cuadro como “una delirante estampa onírica en la que el excéntrico autor da rienda suelta a su prodigiosa y desbordante imaginación, sustentada en una técnica portentosa, y seguramente no exenta de algún tipo de estímulo externo, más o menos inconfesable”
Luego, tras describir brevemente las dos “esperpénticos y gigantescos especímenes, especialmente el que ocupa el primer plano, fantástico híbrido de humanoide y escritorio de oficina”, hizo especial hincapié en la “insólita figura situada al fondo a la izquierda, precisamente la que da título al cuadro”.
Aquí la voz en off en un tono marcadamente irónico se preguntó, de manera sutil, eso sí, “qué cantidad de opio, o similar sustancia,  habría de fumarse para que el cerebro alcanzara tal estado de ebriedad que fuera capaz de fabricar la alucinante imagen de una estilizada jirafa, recortándose contra el azul del cielo, en actitud de apacible bienestar, mientras todo su cuerpo está siendo devorado por un reguero de llamas que se extiende desde el rabo hasta las orejas.”
El domingo no ocurrió nada. El lunes, tampoco. El martes comencé a impacientarme.
El miércoles, a primeras horas de la mañana, los informativos de la TV regional abrieron con  un trágico suceso que había tenido lugar durante la madrugada pasada.
Un terrible incendio, de origen desconocido, había destruido casi por completo las instalaciones del gran Zoo Municipal, situado en un enclave boscoso a las afueras de la ciudad. Al parecer, y a falta de confirmar los datos, habían perecido abrasados la mayoría de los animales del recinto. El balance provisional de víctimas incluía, entre otros,  tres tigres, dos panteras negras, un elefante, cuatro leones, un número indeterminado de aves exóticas, al menos una docena de monos, y una pareja de jóvenes jirafas, recién llegadas el sábado anterior.
Respiré aliviado al oír los últimos nombres de la larga lista. Por un momento temí que se hubiera roto la cadena de acontecimientos. No estaba rota. Los eslabones continuaban fuertemente enlazados.
Esa noche me acosté temprano y dormí como un lirón. La verdad es que tenía bastante sueño atrasado.
Como les informé al principio de mi recapitulación causal, estaban anunciados un total de siete programas que se emitirían en siete sábados consecutivos, a lo largo de los meses de mayo y junio. Pero hubo un cambio de última hora. Los programadores decidieron terminar  una semana antes emitiendo dos capítulos seguidos. Los motivos de tan abrupta decisión nunca quedaron suficientemente claros. Parece que había prisa por finiquitar la serie, cuanto antes mejor.
Además, la adelantaron una hora. Así que, la última entrega de la serie de divulgación cultural “Mirar un cuadro” fue emitida a las seis de la tarde, del sexto día, del sexto mes.
No podía ser de otra manera. Sospecho que los programadores eran meros instrumentos ejecutores. Poco se puede hacer cuando una fuerza superior impone sus designios.
…Vaya…lo siento…ya vuelvo a divagar…pero no os impacientéis…en cualquier caso, mi historia se acerca  a su fin…como se suele decir, ya está casi todo el pescado vendido…y la mercancía huele a podrido…

El programa final abrió con la pintura “El grito” de Edvard Munch.
La cosa comenzaba fuerte, como un funesto presagio de lo que vendría después…el segundo cuadro del día…el último de la serie…la traca final…
Mi idolatrada voz, -¿cómo iba a vivir sin ella a partir de ahora?- echó el resto, explayándose a gusto en el análisis de la icónica imagen, todo un símbolo universal del espanto.
Habló, o eso creí entender, del “infierno de la locura, el mayor tormento imaginable, que emerge, arrollador, como un bramido de horror infinito, convulsionando, distorsionando el cuerpo de la demente y todo el paisaje alrededor.
Grita el espectro, todo él boca abierta, poco más que un sinuoso manchón negro y unas manos imposibles aferrando la deformada cabeza. Grita el mar, grita el cielo y, casi, casi, hasta la tela y el marco del lienzo".

A continuación, casi sin transición, hizo su aparición el segundo cuadro, el último de la serie, y entonces fue mi cerebro, todo entero, el que comenzó a gritar, justo en ese preciso momento.

Si el maldito reloj de pared sigue marchando bien, ya va para cuatro horas que ha ocurrido…cuatro horas han transcurrido desde que la pantalla de mi SONY extraplano fue invadida, infectada, por la imagen del endemoniado lienzo…
…Cuatro horas ya, y continúo envuelto en sudor frío…y mis cabellos han encanecido de forma súbita…y mis ojos siguen extraviados, mirando sin ver…contemplando el infierno…y mi cerebro sigue gritando…y creo que ya no volverá a callarse en mucho tiempo…
…Y la casa sigue en completo silencio…todos los sonidos vienen de dentro…de mi cabeza. El último cuadro se zampó el ruido, lo engulló todo, hasta el murmullo del viento…
Ahora llega mi mujer. Es curioso…hace un momento, ya no recordaba que estuviera casado.
Aparca el coche fuera. Abre la puerta de la entrada. Se detiene, vacilando, con la mano en el picaporte, seguramente extrañada por la profunda calma que envuelve la casa.
Pronuncia mi nombre…una…dos…hasta tres veces…el tono se va elevando…peligrosamente, pienso…y su inquietud va in crescendo…
Yo no respondo…permanezco silencioso y muy, muy quieto…Quisiera desaparecer…mas, no puedo.
Comienza a subir las escaleras del desván. Se aproxima a mi refugio secreto. La muy zorra ha escuchado los gritos de mi cerebro.
Abre la puerta con cautela.
Se sobresalta al verme. Yo no digo nada. Me limito a mirarla en silencio.
- Satur, ¿qué demonios te pasa? ¿Estás tonto o qué?        --hace grandes aspavientos- ¿Es que no me has oído llamarte? ¿Dormías, acaso?
Niego lentamente con la cabeza.
- ¿Y los niños?...no los oigo… ¿Cómo es que no han salido a recibirme?... ¿Dónde están?...
- En su habitación –respondo-
- ¿En completo silencio? –se extraña- entonces, seguro que están haciendo alguna travesura de las suyas.
- ¿Una travesura? – por alguna extraña razón lo encuentro gracioso -¿Una travesura? –repetí, y estallé en carcajadas.
Mi mujer me mira asombrada. Instintivamente se echa hacia atrás.
- ¿Una travesura? – volví a insistir, sin dejar de reír – no, no lo creo… pero, de todas formas, será mejor que vayas a mirar.
No era eso lo que quería decir, pero lo dije, de todos modos. Estábamos buenos. Mi cerebro no sólo gritaba, y a ratos reía, sino que también tomaba decisiones por su cuenta.
- ¿Has  estado bebiendo otra vez, no? –mi mujer me apuñaló con el índice mientras echaba chispas por los ojos – no se te puede dejar solo.
A continuación, giró bruscamente y salió de estampida pegando un portazo.
Baja las escaleras y atraviesa el salón sin dejar de vocear los nombres de sus hijos. La escucho apresurarse a lo largo del pasillo y abrir la puerta de la habitación de los niños.
No por esperado resultó menos escalofriante. Creedme, uno nunca está preparado para una cosa así.
Cómo un tsunami invisible pero devastador, el grito de mi esposa llenó, arrasó, hasta el último rincón de la casa.
Imaginé su rostro en la distancia, mientras su berrido seguía y seguía… y toda la casa, todas las cosas gritaban con ella.
Belinda era todo boca, formando una O gigantesca, y ojos desorbitados, y manos deformes estrujándose las sienes…Y pronto, toda la ciudad…y el mundo…y el Universo entero…fueron una mueca de espanto y un grito de horror infinito…
Y arriba, en el desván, Saturnino García miraba sin ver a lo lejos. Sus ojos vacuos y turbios eran como las ventanas sin cristales de una casa vacía y abandonada, con el tejado ruinoso, invadida por la hiedra y la maleza.
Permanecía quieto, sentado e inmóvil. En la mesa, delante suyo, veíase un ejemplar de la revista TP (TelePrograma) abierto por las páginas correspondientes al día en curso, sábado 14 de junio. En la franja horaria de la tarde podía leerse lo siguiente:
 MIRAR UN CUADRO: HOY, SESIÓN DOBLE.
 18.00: “El grito” de Munch.
 18.30: “Saturno devorando a sus hijos” de Goya.

La Vida imita al Arte, pero a veces, sólo a veces, hay que ayudarle un poquito…

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  • 1. Conocemos a los cuatro semifinalistas, son autores estimados y de gran calidad literaria. Es un juego donde cualquiera puede ganar y no significa que sea mejor que el otro. Los que participamos lo hacemos con honestidad, por tanto, lo que nos queda es votar por el mejor de acuerdo a nuestros criterios. Dicho lo anterior justifico mi voto. Hago la glosa de los cuatro elementos del cuento: inicio, desarrollo, nudo y desenlace.
    2. El mejor inicio es cuando el protagonista está en conflicto con el entorno. Al revisar los dos inicios vemos que el B cumple con esa premisa. Tan es así que cautiva, queremos saber por qué es un monstruo y nos mete desde la primera línea a la trama. A= 0, B=1. Desarrollo los dos cuentos tiene un hilo conductor, sustentan bien la trama y justifican la historia. Los dos presentan fallas en los guiones. La estructura cojea en ambos relatos. El A hace un flasback y continúa el desarrollo sin presentar el regreso del tiempo (no quiero decir que se queda en el pasado) y el B no justifica, con recursos literarios el cambio de narrador, lo hace de forma burda (sé que los cuatro en otras condiciones lo matizarían. Yo, si tuviera esa imaginación, lo hubiera presentado así: "...grito de horror infinito…" Intenté evitarlo, apagué el televisor pero el título del último cuadro presentado, “Saturno devorando a sus hijos” de Goya ya me había afectado. Y ahí lo terminaba). Le doy el punto al A. Por tanto A=1 y B=1.
    3. Nudo: en el cuento A es muy difícil identificar el nudo, tal vez cuando encuentra el primer dibujo de la niña entre los del protagonista y la busca y ya no está, pero no hay tensión narrativa qué lo haga sentir. En tanto en el B es muy claro, es desde el momento en que la esposa llega hasta un " un grito de horror infinito". El B con mucho. A=1 y B=2. El desenlace del B es brutal, con un derroche de imaginación y terrible por el significado que le da congruencia al inicio de que es un monstruo. Final. A=1 y B=3.
    Y no estoy de acuerdo con nadie. Ya me explicaré.
    B
    De acuerdo con los dos. Los relatos son muy buenos y la victoria dependerá de las filias de cada votante más que de la calidad. Pero bueno, supongo que en una semifinal es normal que estén tan igualados, por lo que siempre será injusto...
    Escojo el primero porque está más revisado, cuidado, pensado y completo. El problema que se comparan ambos relatos y distan tanto que es injusto. A nivel de calidad supera al segundo, lo que sucede que la historia es más básica, pero más cercana. Del segundo el final es lo mejor, así como el concepto y el desarrollo, que te obliga a estar pendiente por querer saber de cada cuadro y sus posibilidades. La caña. Sin embargo me ha dolido frases, estructuras y relleno para alcanzar el número de palabras requeridas. Pero hay potencial, es innegable, y creo que corregido y abreviado (sólo detalles, lo puntual) sería un relato para recopilatorio, digno de publicar al igual que el primero, donde cumple de sobra en su género. Diferencias de estilo y género, esa es la cuestión en estos dos relatos dignos de semifinal. Enhorabuena a ambos.
    A
    Es más, opino que no puedes contar determinadas cosas en un relato corto. ¿Cómo vas a desarrollar un personaje en 10 líneas? Creo que en esta página, por desgracia, no se valoran suficiente los relatos duramente trabajados (y algunos logrados) y se alaban muchos micros que, sin estar mal, no se pueden comparar con grandes obras como, por ejemplo, varias que nos han dado los cuatro finalistas de este torneo. Pero, vamos, es mi opinión/pataleta, que nadie se ofenda. Y enhorabuena a los dos autores de este duelo por sus magníficos textos.
    ... varios compañeros en que la primera frase es espectacular, porque ya te gana, te mete. También opino que la última frase sobra. El caso es que la imagen del grito de Munch y la de Saturno, se quedan grabadas mucho tiempo después de leer el texto. Crea el autor un relato de los que se recuerdan, que para mi es el mejor piropo que te pueden hacer. Mira que el texto es imperfecto, pero dudo si habrá otro mejor en el torneo, al menos de los que he leído. // Por otro lado, quiero mostrar mi opinión sobre lo que dice el compañero Dante, que detesta los relatos largos. Sinceramente no lo entiendo. Si estamos en esta página es para descubrir historias de calidad no importa su duración.
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    relato A por Javier Guerra, relato B por Sacha Marisco. Ganador relato A.

    Escribe la letra A o la letra B para votar por el relato que te guste.

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