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4 min
Seré lo que tu prefieras
Varios |
07.06.05
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Sinopsis

Los indigentes tienen millones de historias interesantes para explicar, y es que la calle es la mejor escuela para estos cuenta cuentos aventajados. Pero, Tomás Braulio Antúnez era muy diferente a todos los otros que vivían vagabundeando en las sucias calles del gótico barcelonés. Sus amigos lo llamaban Tobías, y lo respetan porque nunca hablaba más de la cuenta; la verdad es que no decía ni pío, y eso en la calle se sabe agradecer.
Tobías era un guapo descuidado que aún conservaba su atractivo de esos ojos azules brillantes aunque cansados. Debía tener alrededor de los cuarenta años, y por lo menos llevaba cinco viviendo en la calle. Antes trabajó de camarero, policía nacional, guardia jurado, y agente inmobiliario para una franquicia italiana. Lo acusaron de haber cobrado unas comisiones altísimas, que nunca declaró, por la venta de unos terrenos en Sant Cugat del Vallés.
Acabó arruinado después de hacer frente a los gastos del juicio y pagarle a la Administración la multa exigida. Tuvo que hipotecar su lujoso chalet de Vallcarca por segunda vez, y su mujer e hijos lo abandonaron. El banco, por recibos impagados, lo echó de su propia casa.
Pasó de la cima de la montaña a una minúscula ladera cerca de un lago de agua sucia, es decir en la puta calle rodeado de gérmenes y cloacas con olor profundo a heces.
Empeñó su anillo de casado para pegarse su última gran comida en el conocido restaurante Botafumeiro. Su mujer lo había denunciado, sin piedad, por no pagar la pensión de sus hijos Pancho y Estibaliz.
En la actualidad, Tobías, disfrutaba sólo de la compañía de un pulgoso bullterrier que encontró medio muerto en un cruce de dos famosas calles del Ensanche. Le puso de nombre Consuelo, en honor a su mujer.
Tobías y Consuelo (la perra, para distinguirla de la persona)mantenían largas charlas sin sentido sobre la incapacidad de aceptar los fracasos que tienen los hombres. Nunca llegaban a ninguna conclusión, y Tobías acababa dándole a su can un mendrugo de pan. Ese padecimiento vital se volvía divertido cuando Tobías se encontraba con otros mendigos de la comunidad catalana, se saludaban efusivamente para luego compartir botellas de tinto barato comprado a granel en una bodega del barrio del Born.
En una de las reuniones surgió la idea de ocupar una casa, se trataba de un antiguo cine situado en Horta y que siempre había proyectado interesantes sesiones dobles a quinientas cincuenta pesetas. Muchos viejos asistían con la única finalidad de dormir cuatro horas seguidas en una de esas mugrientas, pero cómodas, butacas granates.
El Eulogio hablaba del mítico día que proyectaban Los cañones de Navarone y Dos mulas y una mujer. Fue una tarde que asistió con una mulatita que se trajo en uno de sus innumerables viajes a Cuba, la chica se llamaba Arausi; se trata del nombre de una princesa inca.
El Eulogio y la Arausi no se perdían ni una sola sesión. Por aquel entonces, él tenía una buena posición económica debido a un próspero comercio de embutidos importados de Gijón, su patria natal.
Le pasó lo típico que le puede ocurrir a cualquier hombre baboso. Enseguida metió a Arausi de dependienta de la tienda, y las clientas más antiguas se asustaban al ver a ese cacho de follable hembra negra y se marchaban a todo gas. Poco a poco fueron perdieron clientes, sólo se sustentaban de vender panceta a unos albañiles que trabajaban en la obra de al lado y q
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