cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

8 min
Si lo cuentas, nadie te creerá
Suspense |
01.02.19
  • 5
  • 2
  • 480
Sinopsis

Una mujer sufre de amnesia y va recordando paso a paso quién es...

Vestidos de negro todos lloraban a mi alrededor y yo no sabía quién era el muerto.

 Una fina lluvia envolvía el camposanto y una multitud de paraguas se apresuró a cubrirlo  todo.  Busqué con la mirada al que debería de haber sido mi marido pero no lo encontré y una sensación de ahogo me atenazó la garganta. No lograba acordarme de mi nombre pero, minutos antes, había descubierto la foto de un hombre en el bolsillo interno de la chaqueta. Además,  en mi dedo lucía una alianza de oro y nadie me sostenía por un brazo como se suele hacer con las viudas.

 De entre todos los presentes, me di cuenta de que  tan solo reconocía al cura y eso porque vestía sotana y llevaba sombrero negro.

Me sentía como si hubiera venido al mundo en ese cementerio y en ese instante, consciente de lo qué es la vida pero sin haberla vivido en realidad.

Por momentos  llegaban a mi mente  imágenes  oscuras,  iluminadas tan solo por los faros de un coche que yo misma iba conduciendo: pinos retorcidos en una carretera llena de  curvas y mal asfaltada. Llevaba puesto un vestido rojo  tan apretado que me quitaba el aliento, pero, por lo visto, no importaba demasiado porque iba tarareando el estribillo de una  canción que estaba sonando en la emisora de radio. A mi lado, las lentejuelas de un bolso  producían  destellos luminosos que distraían mi atención.  A un cierto punto, la calzada desapareció de la imagen y los faros alumbraron las copas de los árboles. A partir de ese instante, el enfoque  ya no era el mismo y podía ver mi cabeza dar golpes contra el techo, como en una película. Rabia, miedo, soledad e impotencia, lo intuía todo pero no conseguía sentir esas emociones en la piel.

La oscuridad, el silencio y el vacío que siguían a esa escena, más que asustar, me inquietaban.

Noté una mano que tiraba de mi brazo y me giré.

Bajo el amparo de un  paraguas, un hombre  elegante me animaba para que hablara con mi cuñada. Le observé durante unos segundos, pero por mucho que me esforzara no lograba ubicar su cara.

 El desconocido me cedió el paraguas con una inclinación de cabeza. Es curioso, pero hasta ese momento no me había dado cuenta de que la lluvia no me estaba mojando, no había notado que me encontraba bajo el mismo cobijo del hombre que tenía detrás.

 Hubiera querido preguntar  quién era mi cuñada, pero no lo hice.

Me acerqué al féretro despacio, intentando ganar tiempo.  Había una mujer que parecía más apenada que las demás  y me dirigí hacia ella. A su lado, sin saber hacia dónde mirar, tres niños de edades similares se cogían de la mano.

—Te acompaño en el sentimiento… —dije, pero sin pronunciar su nombre.

La mujer se lanzó entre mis brazos y, por lo mucho que parecía sufrir, deduje que en el féretro yacía su marido.

—Era un buen hombre —comenté—, y te quería.

Me quedé ahí, al lado de una desconocida desecha en lágrimas, sin dejar de preguntarme si el muerto podría haber sido mi hermano.

 Si en esos momentos hubiera sospechado lo que iba a suceder  me habría ido de allí en silencio. Pero tampoco lo hice.

 El cura dijo unas palabras y el ataúd quedó cubierto de tierra. Poco a poco la gente  se dirigió hacia  sus coches y solo quedábamos unos pocos allegados.

El hombre elegante se acercó a nosotras y nos cogió  por el  brazo.

Entramos en un coche, ellos dos delante y yo detrás, con los niños que no paraban de subir y bajar  las ventanillas.

—¡Estaros quietos de una vez, en respeto a vuestra madre! —dijo él, y aprovechó el momento para mirarme.

Me sentía perdida porque no sabía si ese hombre era mi marido, mi cuñado, mi hermano o un amigo de familia pero no me atreví a preguntar porque a nadie le extrañaba  mi silencio. Todos me trataban como si yo fuera una niña que no acababa de entender y, en el fondo, no andaban equivocados.

—La verdad es que no me encuentro muy bien —comenté.

—Es normal —contestó él con dulzura— el medico dijo que tardarías en reponerte, que te cansarías fácilmente y que  tendrías vacíos de memoria de vez en cuando. La muerte de Luis no te está ayudando demasiado.

Mi cuñada, al oír las últimas palabras, rompió  a llorar  y el hombre  le susurró que debía de ser fuerte y que él también echaría de menos a su hermano.

 En ese momento descubrí que el muerto se llamaba Luis, que el hombre elegante era mi marido,  y que mi hermano, si es que lo tenía, seguiría vivo en alguna parte.

 

 Enfilamos una carretera de montaña rodeada de bosques tupidos hasta llegar a una casa de campo cuyas puertas se abrían a un hermoso jardín. Había gente charlando por todas partes y al vernos llegar, callaron.

Noté miradas furtivas posarse sobre mi  y bajé la cabeza. Una anciana asomó por la puerta y se echó en los brazos de mi marido llamándole Diego. Le daba golpes en el pecho sin dejar de llorar mientras  mi cuñada y yo  entrabamos en casa. 

Me sentia observada y eso me hervía la sangre. Daba la sensación de que toda esa gente supiese lo mío y que quisiese comprobar si yo era capaz de recomponer el puzle de mi vida.

Al ver abierta la puerta de un  despacho, entré y me senté lejos de todos. Cerré los ojos e intenté dejarme llevar por el inconsciente, olvidar lo poco que sabía sobre mí para empezar de cero. Pero la tranquilidad duró poco tiempo porque una voz lacrimosa me obligó a volver a la realidad. Delante de mí estaba mi cuñada, la pobre me ofrecía una copa de vino que, según sus palabras, me podía reconfortar.

 La mujer no dejaba de acariciar  un objeto que traía apretado contra su pecho  y cuando dejé el vaso vacío sobre la mesa se apresuró a enseñármelo. Era la foto de su boda con Luis.

—Parece mentira —dijo mientras indicaba a su marido— que una caída tan estúpida haya puesto fin a su vida. Le reconoces, ¿verdad? 

Sonreí a mi cuñada  tras acariciarle el pelo y me centré en la imagen: ella, bastante más joven, estaba radiante con su vestido blanco y él… ¡él  era el mismo hombre que sonreía desde la foto que yo llevaba en el bolsillo!

—Me imaginé que no lo recordarías, por lo de tus vacíos de memoria —dijo ella con un tono de voz que me sonó algo frio. Luego se levantó, cerró la puerta y continuó—  ¡normal, efecto colateral de lo que te eché en la bebida  la noche de tu accidente! Me lo dio una buena amiga, está un poco loca pero sabe lo que hace.

Levanté la cabeza y la miré. No podía creer lo que estaba oyendo.

—Sabes, querida —dijo entrecerrando los ojos— decidí que si  iba a perder a Luis, tú tampoco lo tendrías. Lástima que las cosas no salieran bien, tras el accidente estuviste en coma mucho tiempo pero al final despertaste. Un fallo. Decidí entonces evitarle sufrimientos a Luis, ¡pobre, no le reconocías! Eso fue más fácil, un buen golpe a la escalera en la que estaba subido y se acabó.

Todo daba vueltas en mi cabeza. Aquello no podía ser verdad, debía de ser una pesadilla y decidí comprobarlo dándome un pellizco en la pierna. Mi cuñada se echó a reír después de comprobar que la puerta seguía cerrada.

—¿Has matado a tu marido? —logré preguntar mientras notaba que se me nublaba la vista.

— Si lo cuentas, nadie te creerá y, de todas formas, el brebaje de mi amiga, que te acabas de tomar en  el vino, no tardará en hacer efecto.

 

 Ahora todo es blanco a mi alrededor y mi vestido es de ese mismo color. Por la visto, el fatídico brebaje tampoco ha sido letal la segunda vez que lo tomé o a lo mejor es cierto aquello de que hierba mala nunca muere. La realidad es que sigo aquí.

 Cuando despierto, por la ventana del cuarto veo franjas de cielo separadas por barrotes y cuando intento salir, la puerta del cuarto está siempre cerrada. A veces Diego viene a visitarme y me sonríe aunque al irse nunca deja de  preguntarme porqué estrangulé a mi cuñada.

Yo quisiera explicarle. Pero nunca lo hago.

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Me dedico a la restauración y a la pintura decorativa y escribo porque eso es lo que me gusta hacer en el tiempo libre..

Tienda

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta