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11 min
Sicario con alas
Humor |
30.11.10
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  • 10
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Sinopsis

"Yo, Judas (no sé si el destino tiene que ver conmigo), me lo bajé y estoy esperando a que resucite."

Sicario con alas

Vivo al lado de la Estrella de Siloé, el pesebre de Khali. Aquí Jesús es un joven sicario, y en el pesebre celebran su venida cada diciembre, iluminándolo como en ningún otro lugar. Les juro que Jesús nació acá para ser un asesino aclamado y temido en esta populosa y hambrienta montaña, además de tener el don de mover las fronteras, para que su business de armas y de cocaína circulara plácidamente.

Yo, Judas (no sé si el destino tiene que ver conmigo), me lo bajé y estoy esperando a que resucite.
No me lo esperaba. Jamás me lo había cruzado. Jesús tenía algo de fantasma, que no se dejaba ver casi por nadie, incluso en estos lares.

Me cogió saliendo de una depresión, como dicen los ricos, salvo que en mi caso era por verdaderas razones.

Fue un domingo, hace un tiempo que aún me cuesta rememorar. Salí de la casa para ir a la misa del mediodía. Me acababa de levantar media hora antes. Mi mamá me había mirado con rabia, aunque con miedo (el día anterior había tenido que pegarle una muenda). Temblorosa, alternaba su mirada entre el reloj de la salita y yo. Yo, simplemente le propiné un empujoncito diciéndole que no jodiera tanto, que se me adelantara para la iglesia.

Estoy seguro de que si ella me hubiese acompañado, no me hubiera pasado nada. Fueron los pelados de la cancha los culpables de todo, aunque sería especialmente complicado reconocerlos, ya que en ésta montaña la gente nace casi que instantáneamente y crece todavía más rápido. Como les impiden jugar fútbol cuando comienza la misa, y les impiden también entrar (no por espantar a la gente, según dicen, sino por sudorosos) no tenían nada más para ocuparse que hacer sus negocitos conmigo, de modo que me persiguieron con cauteloso silencio.

Estaba caminando, cuando de repente el sol se puso en frente mío, y, con sus rayos soberbios e insufribles, atravesó toda mi senda, obligándome a tomar un camino alternativo y oscuro (a mi tío Ezequiel lo acababan de matar por ahí). Cuando iba por la mitad, quedé maravillado al notar que en Siloé hasta asomándose a través de una pequeña ranura entre favela y favela, se puede obtener tremenda vista de la tres veces hermosa Khali, allá donde el verde es de todos los colores, como dice Aurelio Arturo, mi primo. Fue en ese momento de contemplación que un costal fue a dar sobre mi cabeza, y no volví a ver la luz quién sabe hasta cuándo.

Me desperté en una especie de laboratorio donde habían manchas rojizas por todas partes y un tráfico de olores nauseabundos. Los doctores (cuya fisonomía no pude examinar, pues, cientos de bombillos en el techo me tenían encandelillado y paralizado como a una chucha) hablaban en inglés. Sí, y no es por ser chimbo con los gringos. Era un inglés gringo, me hicieron pensar en Titanic.

Una gringa echó una carcajadita que despertó al de abajo, y luego, con una pinza, abrió mi boca para examinarme los dientes. En seguida, todos los médicos procedieron al tiempo a chuzarme primero la cara y luego hasta los espacios más recónditos de mi cuerpo.

Lo menos malo de todo fue que no hubo anestesia. Lo peor, que, contrario a cómo proceden los ladrones, no me quitaron sino que me pusieron y me pusieron órganos, acrecentando, de paso, mi dolor mucho más allá de los limites escrutables.

Al menos mi escape fue de película. Apenas escuché que uno de ellos medía su jeringa, entre risa y risa, repitiéndole a todos “Aquí va la del Sida, aquí va la del Sida”, una de mis piernas se soltó zampándole una patadota que le tumbó la cabeza como a una bola de golf cuando salta del taco (sé de qué hablo, puesto que trabajé en los campos del club Los Farallones). Como comencé a botar extraños líquidos viscosos por la boca, todos en el laboratorio quedaron inmovilizados, de manera que solamente precisé liberarme por completo para lanzarme sobre ellos. Lo curioso es que entre mis seiscientos sesenta y seis colmillos sobresalía uno que servía para chupar la sangre. Casi que instintivamente se la absorbí toda a la más cercana, la gringa de la risa desatada, que se encontraba sobre la pared, con los brazos extendidos como Kate Winslet en la punta del malhadado crucero.

Con una soberbia aún no descubierta en mí, me dio por catar despaciosamente a cada uno de mis prisioneros, puesto que la habilidad del chupacabras me había dejado absorto de placer, además de que mi apetito se había acrecentado en demasía una vez comenzaron a funcionar cada uno de mis órganos a la velocidad del relámpago.

Me reprocharán ser anti yanqui hasta mis médulas, pero no puedo negar que la sangre de estos es de una buena cosecha, por lo que saqué una predilección increíble por ellos. De ahí a que, en mis tiempos libres, me la pase sobre los techos de las multinacionales esperando a que una empleada bien mamasita (la cuestión estética me llama mucho la atención) se deje ver desamparada, para atacarle y no soltarle hasta que se le acabe su positivo o su negativo, y hasta que no me venga.

Salí por la puerta grande de aquel prestigioso laboratorio. Me fui subiendo directo para la casa en un Papagayo ruta 3 (aún no sabía que era plecóptero), preocupado porque mi mamá me estaba esperando para que llegara con la comida que me tocó comprar al fiado una vez más, en la merca tienda de siempre.

Mi mamá no reconoció al hijo de sus entrañas, a pesar de que mi perro trató de hacerle entender que quien estaba al frente suyo no era otro.

“¡Gregor Samsa! ¡Gregor Samsa!”, exclamó antes de soltar un grito inhumano. “¿Quién es ese hijueputa? ¿Dónde está que lo mato?”, le dije alzando mi voz, convulsionado. Ella nunca paró de gritar. Entonces me enchiché y le dije “Si no me decís, me piso, gran malparida”, y al darle la espalda, sin querer, le solté un coletazo que mandó su cabeza a volar por la ventana. Más adelante supe que tengo cierta debilidad por las cabezas, y que el Samso ese pertenecía a una obra de teatro al aire libre, en San Antonio, en donde ella tenía su puestico ambulante de gelatina blanca.

Había matado a mi mamá, si bien ella continuaba gritando cuesta abajo. Lloré tanto que casi ahogo a todos en Siloé, el cual esa noche pareció un tsunami quieto. Con el tiempo mis lágrimas se fueron secando y lo que quedó de ellas le hizo mucho bien a la gente que gustaba de los paseos de olla en el río (dicen que allí, donde antes se habían ahogado miles de negritos, un día se ahogó una niña de pelo mono, y por eso lo comenzaron a llamar “El charco de la monita”).

Cuando uno es triste le da por querer ser rico. Continué mi vida, pero esta vez con un proyecto ambicioso: En la ciudad habían prohibido las motos; prohibieron dos hombres en una moto, luego hombre y mujer, luego mujer y mujer, luego apareció en las noticias que una guacamaya en moto había acribillado a los principales representantes del partido neo fascista, que iban de paseo al Darién, y terminaron por prohibir a todo lo que anduviera sobre dos ruedas, condenando a cadena perpetua a quien transgrediera tal dictamen. No había que ser muy avispado para saber que un sicario con alas era lo que todo el mundo necesitaba.
Obtuve harto billete gracias a mi new job, y fui aprendiendo inglés, pues por cosas de la vida, ese era el idioma que dominaban mis clientes. Sueño con vivir algún día en Estados Unidos. Estudiar allá, tal vez.

Mis primeras adquisiciones fueron un lanzagranadas y un panhispánico de dudas. La una para tomar distancia cuando ataco a la gente poderosa, la otra, para escribir mi autobiografía y proponérsela a los productores de las excelentes telenovelas que pasan en la noche.

A pesar de todo, como mi melancolía era más fuerte que mi felicidad, un domingo en la mañana, fui a buscar la cabeza de mi madre en el barranco donde se encontraba. Su chillido apenas se confundía con el de los grillos, así que me quedé buscándola hasta el mediodía. Una vez la miré a los ojos le pedí perdón. Fue un alivio inexpresable hacer eso, pues, es pleonasmo decir que un sicario que mata a su mamá es la persona más desgraciada del mundo.

Con mi alma de nuevo en el cuerpo, y luego de enterrar a mi madre al pie de la casa de mi infancia, me dio por unírmele a los pelados del futbol que, pese a que los de la iglesia les gruñían que pararan, seguían jugando. Era un partido muy importante. Los perdedores tendrían que ponerle la bomba a la estación de policía de la Simón Bolívar esa misma tarde, es decir, un día donde no se trabajaba porque era festivo. Por solidaridad, me metí en el equipo de los que iban perdiendo.

Jesús era el arquero. Lo supe porque, cuando de un balonazo, desde el otro lado de la cancha, le volé la cabeza, y el resto de su cuerpo quedó encaramado, como títere, en su portería, todos los jugadores en unísono exclamaron: “¡Mató a Jesús, mira ve! ¡Lo muñequeó!”.

Iracundos, me asecharon en montonera. En ese preciso instante tomé conciencia de que los doctores me habían proporcionado una lanza que camuflaron en mi cuello. La saqué, entonces, cortándolos a todos por la mitad.

Su venganza no terminó ahí. Fueron apareciendo, como si brotaran de la tierra, los llamados baby sicarios. Unos se treparon a mis piernas, como el “carranchín” o “siete luchas”, otros me disparaban a distancia, con sus pistolas hechizas, pero sensiblemente más eficaces que las originales. Los agarré a todos por la cogolla, y mis garras atravesaron sus blandas carnes como si fueran pinchos. No me los comí, porque despedían un olor entre cadáver y pañal. Y, al mejor estilo de Fujimori, hubiera ido a ligarle las trompas a sus probreduchas madres, si todos mis cerebros no hubiesen estado atareados en la metodología a seguir para mi épico exterminio.

Terminada la batalla, aquellos párvulos del infierno me invalidaron siete ojos, todas mis alas, y me rasparon la punta de mi preciosa naricilla. Tuve que pedirle a un conductor de guala (Willys modificados por los nativos para transportar a la mayor cantidad de gente posible) que me bajara gratiniano al centro médico, que estaba llenísimo, como cosa rara.

Desde ese día San Mateo, San Marcos, San Lucas, una mano de pirobos me andan buscando para acabar conmigo. Nos quedan pocos familiares. Mis peones han tenido incontables problemas protegiendo a mi mejor caballo, en la finca de Potrerito. Y por eso es que los tengo que tener escondidos a ustedes, mis hijos, en este aburrido batallón que nos ofreció nuestro Señor Presidente.

Ya no me apenan los errores debidos a mi fuerza monumental. Y no me arrepiento de haberme bajado a Jesús. De hecho, estaba cansado de que su gente de mierda le hiciera la sucia a mi hermana. ¡Aquí los espero, gonorreas!

Bueno, gigantones, a dormir que mañana será un nuevo día. A su mamá me la levanté en un rumbeadero. Muchos envidiosos creen que es pura paja por lo de mi aspecto físico. Lo que pasa es que no hemos ido a la misma discoteca.

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  • Felicidades, este relato forma parte de la ANTOLOGÍA de tusrelatos.com este es el link: http://www.tusrelatos.com/relatos/antologia-de-tusrelatos-dot-com-tienes-un-buen-relato-que-mas-gente-deberia-leer
    Un relato con mucha fuerza, que no había tenido la ocasión de leerlo todavía... somos tantos autores que el tiempo no da para más. Ya he leído tu relato del humo y la bombera, precioso homenaje a tu abuelo... pero ahora te lo valoraré más tarde. Te prodigas poco por aquí... pero se que nos lees... porque a mí personalmente me valoras y sobre todo y agradeciéndote que me corrijas. Como se diría lo de los ojos empañados de lagrimas... porque esa frase me he dado cuenta al releer mi relato que lo he repetido incluso dos veces, ay...ay... que me pongo a escribir pero lo de corregir lo llevo fatal. Que me gusta mucho como escribes, lo haces a un nivel superior y eso se nota y sobre todo se agradece, porque somos muchos los que aprendemos de vosotros. Mil gracias.
    No se porqué se me habia pasado este relato- pensé que habia leido todo lo tuyo. Una maravillosa joya. Por supuesto te entiendo totalmente. ¿Sabes que frase me dejó perplejo y me gustaría preguntarte donde la conseguiste o porque la inventaste?, la de " cuando eres triste te dar por ser rico". Bien mirada es brutal y esclarecerdora. Seguro. Me alegró tremendamente saber lo de tu publicación. Es la inercia. Como decia mi hermano q.e.p.d, al despedirse afectuosamente: hay fuego en el 23
    Trepidante y original relato. Alicinaciones de un mundo alucinado, desenfrenado, perdido para sí mismo. Terrible narración en la que lo de meterse con las creencias que decía alguien por acá abjo -donde los comentarios habitan- me parece una memez sacada de texto, es decir descontextualizada. Me recuerda tu relato a Loverkraf y a Paul Arp con toda la tropa del surrealismo ".. como el encuentro de un zapato y un paraguas en la mesa de disección", escribió inaugural, sin querer, quizás, ese Paul. Un abrazo, amigo escritor. z.
    Escribe tus comentarios...Te lo has currado, un relato elaborado y lleno de guiños, tuve que tirar del geogle para entender algunos giros colombianos. Pero mereció la pena.
    QUE VERGUENZA DEBERIA DARLE, ESCRIBIR DE ESA FORMA TAN BURLONA SOBRE TEMAS RELIGIOSOS, OFENDIENDO A QUIEN NO LE HA HECHO NADA A USTED.
    ¡joderrr!,... digoooooo ¡qué bueno!
    La impresión que me queda después de leer y releer, este y otros, es de misterio y alguna prisa. No estaría mal saber algo más, porque este material es muy bueno.
    Coincido en lo que dice Stavros, tu prosa es genial y con ese gran estilo social y de denuncia de tu compatriota. En América Latina hay prosistas muy buenos, con una forma de narrar y unos recursos idiomáticos que los enriquecen, sobre todo entre quienes no nos resultan familiares. Me ha resultado revelador la forma de tratar el tema bíblico con una ambientación muy actual; y el guiño de gregor samsa, a una sociedad que resulta bastante kafkiana. Un saludo.
    Entrar un instante en esta web casi hibernada y hallar en ella un relato corto como el tuyo, (pues de libros andamos cargados y sobrados), es para mí un placer inmenso, amigo PRIP. No te haré más homenajes, como tú me pediste -entre otras cosas porque ya me prodigo poco por aquí-), pero tras el gustazo de leer y releer tu escrito, sí voy a permitirme "darte jabón"-como se dice por aquí-, pero de total sinceridad. El relato, que es genial, no es de fácil lectura para los “Íberos apartados de la hermana América Latina” Pero posee un lenguaje prodigioso, con mil matices (giros idiomáticos, palabras fascinantes) que a mí, personalmente (que siempre ando liado buscándole nueva savia a la riquísima lengua castellana) me "hechiza". Como ya te dije una vez: tienes un lugar asegurado en la "gran literatura". Creo que llegarás lejos. Tu calidad literaria es sorprendente, y yo, cada vez que te leo, la celebro más y más. Me encantaría resaltar algunos párrafos magníficos, pero hay tantos, que no sé cuál escoger. Sería estupendo tenerte como compañero de letras y escribir algo contigo "al alimón" Una compañera mexicana, leyendo algo que escribí (en otro lugar) usó esta frase: "Tus palabras son magnánimas" No sé si equivocó el adjetivo, o es que el significado allí es diferente. Pero me pareció muy fraternal. Lo usaré contigo:"Cada frase que usas es magnánima" (entendido por "magistral"). Y perdona si al interpretarlo así, cuando ella lo expresó, pequé de pedante. Registra tus textos. Son demasiado buenos para que naveguen por Internet. ¡Corren peligro! Ha sido fantástico leerte. Un abrazo, gran narrador y amigo de las “buenas letras”. stavros. (¿Has visto la película de Barbet Schroeder "La Virgen de los sicarios". Te encantaría. Está basada en la novela de Fernando Vallejo, un escritor colombiano genial al que tú me recuerdas mucho. La novela también es una maravilla, como la película. Los diálogos y las situaciones impresionantes)
  • Be water, my friend.

    Pequeño homenaje a Ray Bradbury, Stéphane Hessel y mi abuelo.

    "Yo, Judas (no sé si el destino tiene que ver conmigo), me lo bajé y estoy esperando a que resucite."

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RIP Aquí mora Pecador. Sale de su tumba de vez en cuando.

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