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6 min
Siempre hay Buenas Razones para Morir
Drama |
14.10.16
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Sinopsis

Fernando, no podía comprender el significado de aquellas palabras que daban vueltas en su mente: “No me gustan los putos maricones que parecen buena gente…” ¿De dónde salieron esas malditas palabras? ¿Por qué le parecían estar clavadas a fuego en su cerebro como si las hubiera llevado consigo durante toda su vida?

 

Fernando, revisó por última vez los datos en la pantalla, le dio a “guardar” y luego sin más trámites pulsó directamente el botón del encendido y apagó el computador. Miró a su alrededor y descubrió que era el último y el único que seguía trabajando entre los diez cubículos vacíos. Sintió un escalofrío en la espalda, se puso la chaqueta, tomó su celular y abandonó la sala. A la salida, el guardia lo miró sonriente

Que pase buenas noches, maestro

Igual –respondió mostrándole un pulgar levantado

La tarde noche estaba fría y la ciudad bullía de gente apresurada saliendo de sus trabajos. Cruzó la calle y tuvo que correr para esquivar los coches que pujaban por avanzar en medio de la congestión y los bocinazos.

¡Se cruza en la esquina! –le gritó un conductor

¡Vete a comer caca! –replicó enrabiado mostrándole su dedo del medio

¡Imbécil!

¡Idiota!

¿¡Porqué no se casan!? –gritó otro

Fernando, ya no oía las burlas y los otros improperios que se sumaron a la algarabía de gritos. Entró raudo al bar y buscó un espacio libre en la barra que a esa hora estaba siempre atestada de oficinistas ansiosos por ahogar la experiencia de un nuevo día de mierda en medio de la misma rutina de siempre. Tenía en mente pedir una caipiriña doble. Le gustaba ir a ese bar porque ahí hacían las mejores, con limón de pica y el Espirito de Minas que era, según él, la mejor cachaza del Brasil para hacer una verdadera caipiriña.

Sin embargo, lo pensó mejor y se pidió un vodka tónica. Tenía tanta sed como ganas urgentes de cambiar el switch de las ideas cargantes y el recuerdo permanente de una vida sin sentido y esas malditas palabras que resonaban en su mente sin cesar. Como siempre, necesitaba imperiosamente pasarse al planeta de la inconsciencia. Para eso, nada mejor que un trago largo que se bebe de un golpe y que lo pone a uno en punto de “crucero”; un lugar perfecto donde las voces odiosas del cerebro se callan, la vida se vuelve amable, nada casi molesta y a uno le da por liberar su lado idiota y divertido, con ganas de sonreírle a los otros en la barra y empezar con los brindis y esas palabras que se resbalan por la garganta y salen por la boca con la misma lógica del sin sentido.

Fernando, era un tipo denso. Aunque, con trago nunca se ponía pesado ni violento. Lo suyo era una metamorfosis hacia lo cariñoso y comunicativo. A los pocos minutos ya estaba instalado en una mesa bulliciosa entre puros desconocidos y en la que todos hablan al mismo tiempo y donde cualquiera que estuviera sobrio no podría seguir el hilo ni comprender jamás de qué mierda se trataba la conversación.

De pronto, uno que parecía estar obcecado en una idea que nadie oía, hizo sonar las palmas de sus manos al centro de la mesa. Los cinco contertulios se lo quedaron viendo con cara de sorprendidos

¿Qué te pasa, compadre? –soltó uno de ellos

Tranquilo el perro -dijo el hombre- y luego metió su mano derecha en el interior de su chaqueta, sacó un punzón oculto bajo la manga, y antes que nadie se alcanzara a dar cuenta de lo que se venía, con un movimiento experto, invisible a la turbia vista de los bebedores, lo clavó y desclavó del pecho del que había preguntado.  Acto seguido, acercó su boca al oído del hombre…

No me gustan los putos maricones que parecen buena gente –dijo, al tiempo que arrojó un billete sobre la mesa, y antes que nadie alcanzara a decir una palabra, ya había alcanzado la puerta hacia la calle.

Los demás, se quedaron perplejos mirándose entre sí.

¡Puta madres, qué cabrón tan raro! –dijo uno de los bebedores empinándose un trago

¡Sí, qué hijo de perra tan extraño…hasta me pareció que estaba emputecido! –dijo otro y luego le habló al que tenía a su lado

¿Y qué mierdas fue lo que te dijo el cabrón ese?

Fernando, se sentía extraño. Quiso contestarle, pero por alguna razón que no comprendía, no era capaz de llevar las palabras desde su mente hasta su boca. La puntada que sintió en el pecho, ese ardor que le quemó en el corazón, parecían haberlo adormecido por completo.

Por un instante se acordó de su tata Manuel cuando él le contó del dolor que sintió en el pecho con el ataque cardíaco.

Es como si te clavaran un puñal –le había dicho el abuelo

Bueno, muchachos, vamos a hacer un brindis por todos nosotros –el hombre alzó su vaso y los demás le imitaron, menos Fernando.

¡No, a él no le traiga nada…ya está más muerto que vivo…jajajá!

El mesero miró a Fernando y se sonrió

Ok, uno menos entonces –dijo y todos rieron

Fernando, no podía comprender el significado de aquellas palabras que daban vueltas en su mente: “No me gustan los putos maricones que parecen buena gente…” ¿De dónde salieron esas malditas palabras? ¿Por qué le parecían estar clavadas a fuego en su cerebro como si las hubiera llevado consigo durante toda su vida?

De pronto, lo invadió la imagen de aquel niño jugando en el parque, su cara angelical, sus hermosos ojos azules, su exquisita piel blanca, la forma preciosa de su cuerpo fresco y oloroso…

Sintió una oleada de calor en el bajo vientre

“No me gustan los putos maricones que parecen buena gente” –repitió la voz en su mente

Miró hacia el frente y vio que el camino era un sendero que se adentraba en un bosque cubierto de bruma. Los árboles se mecían rítmicamente con el viento. Al dar el primer paso se topó de frente con la enorme boca de un túnel.  Al fondo, brillaba una luz que lo irradiaba todo.

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    Fernando, no podía comprender el significado de aquellas palabras que daban vueltas en su mente: “No me gustan los putos maricones que parecen buena gente…” ¿De dónde salieron esas malditas palabras? ¿Por qué le parecían estar clavadas a fuego en su cerebro como si las hubiera llevado consigo durante toda su vida?

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Sobre mí, no sé qué pensar. Tengo más dudas que certezas, aunque no tomarme demasiado en serio es mi certidumbre favorita

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