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5 min
¡Siempre tan caliente!
Amor |
09.01.21
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Sinopsis

Dos amantes mexicanos disfrutando del sexo sin tapujos en alguna playa caribeña... hasta que llegan los gringos.

Siempre tan caliente — Azel Highwind

Al igual que el sol, allá en el cielo, el cuerpo del chavo arde de pasión destructora. Por su torso perlado se derrama una gota salada. Dibuja meandros claros en su bruñida piel, y casi crea una leve erupción al caer sobre la chispeante arena de esa playa de Cancún.

Sus músculos se realzan cuando se acaricia el abdomen. En sus manos nervudas la dulzura del Caribe es algo salvaje.

Duro como una roca se contrae al ver emerger del agua la chava con la que un rato antes se la había pasado cogiendo. Las bolas están en su sitio y levanta el cañón.

—Ven acá, mamasita —un susurro casi diabólico.

—Qué locochón eres… pero si lo pides así… —la última palabra parece fundirse en sus labios.

Toda mojada y de un reluciente mermelada, como si su cuerpo fuese una compota comestible, la chichona se desliza fuera del agua con gestos pausados, gozando de las frescas caricias.

Al chavo no le hace falta tirar el anzuelo, el mango de su caña de pescar es objeto de reverencia, y la chaparrita se desliza entre sus piernas agarrándose fuerte a los voluminosos muslos.

Se clava encima de él y empieza a cabalgarlo.

No le importa secarse con el contacto abrasador del cuerpo de su cuate. Lo cabalga primero trazando círculos en un baile de perfectas sincronías, luego en saltos de extasiado placer mientras, por la vereda de atrás, los camiones turísticos, repletos de parasoles que asoman cuales lanzas; liberan casi a punto de explotar a gringos sonrojados que corren por la banqueta decididos a invadir las vírgenes playas.

La chichona sigue cabalgando, cual moderna cowgirl en busca de aventuras. Lanza un gemido, su cabeza se echa para atrás, el agua salpica los testículos del chavo, que rebotan contra los glúteos de su amante sin cesar. Da un respingo, sus pechos saltan, parecen encabritarse en una danza cada vez más salvaje. Se arquea y clava sus uñas en el pecho hercúleo e hinchado. Las curvas perfectamente delimitadas trazan senderos de placer, que suben desde la espina dorsal entre los dos hoyuelos de Venus y electrifican el sistema límbico, explotando en un cóctel de dopamina, oxitocina y otros fluidos que las glándulas chorrean llenas de euforia.

De pronto hay gritos. Una gringa de circunferencia generosa señala a los dos amantes tapándose con una mano el dónut en el que se ha convertido su boca.

¡Schurken! ¡Wie schrecklich! —escupe las palabras con grandes dosis de saliva, pero eso no es culpa del idioma alemán.

La chava abre los ojos después de llegar al éxtasis, ve esa mujer de mofletes tumefactos y el ejército tras ella.

—¡Chale, qué es eso!

—¡Híjole la chingada! Ya han llegado los pinches gringos. ¡Ándale, chaparrita, vámonos!

Los dos amantes se levantan divertidos, exhibiendo uno el bamboleo de su miembro aún abultado, la otra, la panocha al aire goteando libidinosas sustancias.

—¡Sécate con la toalla!

—No hay tiempo, agarra la ropa, las tenis y salgamos de aquí.

Divertidos con las reacciones a su lascivia, huyen exhibiendo su desnudez cuales pioneros de un mundo primigenio, y dejan atrás a los gringos platicando pendejadas

Ya en casa, el chavo checa el armario. Saca unas papas fritas para picar y luego agarra unas chelas bien frías del refrigerador. Toman una, toman dos, toman tres… y se preparan a hacer la comida.

La sartén arde y el aceite se pone a chisporrotear, el cuerpo del chavo se calienta otra vez. El horno, encendido a una temperatura demasiado alta para que lo manipulen dos güeyes tan distraídos.

A la tercera chela la chichona ha cogido un pedo. Y ahorita el cuate se relame los labios ante la visión de las dos nalgas en pompa. Se le hace agua la canoa mientras se da cuenta que, con la cuarta chela, su chava está desprotegida, como cuando el arquero se adelanta; y ve la oportunidad de marcar gol con vaselina. Se quita la ropa disimuladamente, y se acaricia la piel de la verga, surcada de venas remarcadas.

Se acerca por atrás y la empotra contra la pared que da al vecino. Entre los dos labios vaginales la erecta chota se abre paso cual taladro en una madera dulce. La jala del pelo con una mano y, con la otra, le masajea la nunca. Y mientras cogen, durante un rato bien largo, la luz del horno se pone a parpadear inquieta. Gotas de aceite saltan encabritadas fuera de la sartén. El humo negro esconde las llamas que se propagan rápido, y los dos amantes, demasiado encabritados por la lujuria y ebrios por la cerveza barata, no se dan cuenta que el fuego lo envuelve todo.

Entonces el horno estalla, él tiene un orgasmo y se corre en la panocha, ella un coitus interruptus y lo manda a la chingada. Salen corriendo de la vivienda dando trompicones.

Los senos de la chava dan saltitos mirando hacia ambos lados, el sudor que empapa su cuerpo converge en la pelvis, donde la panocha se muestra muy roja después de tanta batalla.

Y mientras un tartamudo discute con un militar: “¡Aparte la metratratratratralleta!” y las mangueras de los bomberos riegan la vivienda tratando de controlar las mangueras de sus pantalones al ver la chaparrita desnuda, ésta se encabrita, se enoja y le grita a su cuate: ”¡Ándale a la chingada! ¡Por tu culpa! ¡Siempre tan caliente!”

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Todos somos islas en medio de infinitos océanos negros. Pero entre esta vasta soledad, siempre es posible encontrar almas gemelas a través de la literatura. Escribo terror lovecraftiano, misterio, erótico con tintes paranormales, fantasía y ciencia ficción.

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