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3 min
Silencio ante José Tomás
Fantasía |
12.04.08
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Sinopsis

La plaza de Las Ventas, aquella que se concluyó bajo la monarquía alfonsiana y que se inauguró ya con la república de la mujer que enseñaba el pecho, guarda un expectante silencio. Frente a frente, Islero, el toro de 495 kilos que mató al genio Manolete y José Tomás, el arte hecho tauromaquia.

Despacio, como flotando, avanza un asceta que se llama José Tomás. Él lo sabe. Ha vuelto para morir en la plaza. Sólo así entrará en el firmamento de los dioses con muleta. Sus ojos reflejan concentración, pero también melancolía y trascendencia.

Llegado al centro del albero, el único espacio posible para la verdad, José Tomás enseña la muleta al toro deicida. Es en ese momento cuando empieza la sintonía celestial, siempre en silencio, que desarrolla una sucesión armónica y eterna de pases imposibles. Islero, aquel toro que un 28 de agosto de 1947 mató a Manolete en Linares, no podía hacer nada ante el nuevo genio que se ponía ante él, no ofreciéndole otro paso sino su propio cuerpo, pero al que no lograba alcanzar.

El público, ahogado en su propia congoja, era incapaz de articular un mínimo gesto ante la faena más grande de todos los tiempos. Los pases perfectos ligados en su justa medida, las pausas exactas, el misticismo de cada gesto, la inmortalidad de cada instante... el silencio. Cuando Islero cayó definitivamente vencido, José Tomás salió por la Puerta Grande en silencio. Nadie era capaz de gesticular, de gritar. Pero el éxtasis era tan palpable, tan evidente, que todos sabían que el mito había culminado en esa hora su arte. Por ello, sin pañuelos ni vítores, el artista salió por la puerta victoriosa acompañado únicamente de su soledad.

Las 22.000 personas que abarrotaban el coso miraban levitando y sin pestañear al torero. El silencio era absoluto. José Tomás caminaba triunfante, pero si alguien hubiera mirado de cerca sus ojos habría podido ver en ellos un poso de tristeza. Tal vez sea porque los genios siempre han de estar instalados en la melancolía, pero lo cierto es que él sabía que la mayor gesta vivida en una plaza de toros sólo podía concluir en épica y mito con su muerte. Tal vez nadie lo entienda, pero estos son asuntos de poetas. Como Manolete.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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Conquense y madrileño, licenciado en Historia y Periodismo, ejerzo este último. Libertario y comunitarista, voto al @Partido_Decente. Mi pasión es escribir.

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