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12 min
Sin identidad.
Suspense |
16.12.16
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Sinopsis

Regresión. Huida del presente a un estado inconsciente como mecanismo de defensa.

Sus ropas deterioradas desprendían un olor nauseabundo, el pantalón sombreaba por la suciedad.

Unos pasos medidos con viejas botas deslustradas por el polvo del camino, en una extensión  árida. Caminaba sin rumbo tambaleado por el azar, sus fuerzas le estaban abandonando y las piernas cansadas de dirigir la marcha perdieron  seguridad desplomándose en el borde de la senda. A la intemperie sin apenas consciencia sus ojos no reaccionaron a pesar del zumbido que emitían las moscas en torno a su hediondo cuerpo. Un hilillo de sangre asomó por la comisura de la boca impregnando las alas vibrantes de estos insectos.

El ruido de una claxon invadió la zona desierta y en la soledad de aquel hombre sin aparente identidad.

La música a todo volumen divertía a la pareja en su escapada sin reparar en el cuerpo que se divisaba a lo lejos.

-Baja el sonido Antonio, mira allá detrás de la curva, fíjate parece una persona. Para, para.- Comentó su novia algo asustada.

-Vale, bueno frenaré pero a mí estas cosas me dan mal rollo.-Explicó algo temeroso.

Detuvo el coche, se trataba de un individuo. Con la duda si eran artimañas de vándalos para asaltar en carretera, ojearon a ambos lados por si hubiese algún indicio, suficiente para advertir el estado lamentable del hombre.

- Por su aspecto parece deshidratado, hay que refrescarle-. Expuso ella.

El agua de la botella derramada en su cara produjo reacción en su faz ensangrentada. Sus pestañas adheridas por la secreción fueron despegándose diferenciando las siluetas. Las voces le llegaban como un eco lejano repetitivo: levanta, levanta ¿Cómo te llamas, cómo te llamas? Su cabeza giraba y la sensación de mareo aumentó cuando sus ojos vieron la luz. Con  voz entrecortada dijo: - No me hagas daño, no he hecho nada, no me hagas daño. –Redundó en tono apagado.

–Tranquilo no vamos a dañarte sólo queremos aliviar tu sed - Contestaron.

Humedeció la nuca y su frente. Con ansia de quien lleva horas sin ingerir bebidas, quiso dar pequeños sorbos pese a la dificultad por el temblor de su mandíbula. Algo más repuesto observó a los dos jóvenes con el convencimiento de no saber.

-¿Cómo has llegado aquí y en estas condiciones tan sucio? No hay edificaciones  en un radio de veinte kilómetros. ¿De quién huyes?- Antonio no dio respiro al hombre que tenía frente a sí.

-No le avasallemos, está en shock y muy fatigado. Creo que tiene miedo- Opinaron ambos.

-¿Quiénes sois, porqué estoy aquí? No os conozco.- Expresó levemente.

-Distinguimos desde lejos un cuerpo sin saber a qué nos enfrentábamos. Eres tú quien tiene las respuestas. Vamos a llevarte a un centro médico. Sería aconsejable que te quitases el pantalón, Antonio te ayudará, debes asearte. Lo único que te puedo ofrecer es una manta vieja que tenemos en el coche, al menos con ella te puedes tapar, y la garrafa de agua para uso del vehículo, por lo tanto con estas bayetas tendrás que frotarte-.Expuso ella dominando la situación.

-No recuerdo nada, sólo este terrible dolor de cabeza que me atormenta. ¿Cómo he llegado aquí, qué le pasa a mis ropas? ¿Por qué he defecado y estoy tan sucio?- Dijo el hombre.

-¿Cómo te llamas y dónde vives? ¿Cuánto tiempo llevas andando?- Inquirió Antonio.

-No lo sé tenía que seguir, pero no recuerdo hacia dónde y el por qué -. Contestó el vagabundo.

Más limpio se acomodó como pudo en el coche tapado con la colcha de cuadros, el único abrigo cálido para su aislamiento e incertidumbre.

Las copas de los árboles se movían aireadas por el viento abrasador, observando de lejos la velocidad alcanzada por el coche, dentro sus ocupantes sufrían las inclemencias del calor. El climatizador no funcionaba bien y empezó a ser agobiante el espacio compartido.

-¿Te encuentras mejor?- Preguntó María.

-Gracias por vuestra ayuda, pero no puedo daros más detalles porque los desconozco. No tuve sed hasta sentir el frescor del agua en mi cara. Después percibiendo el olor y el aspecto de mis ropas es cuando advertí mi situación, y hasta aquí puedo contar- Contestó.

El hombre desde el asiento trasero se incorporó poniendo sus manos sobre los hombros de María, sentada al lado del conductor, acariciándolos instintivamente, sobresaltada al contacto giró su cuerpo a modo de reproche, con mirada inquisitiva exigiendo explicaciones por el gesto. Ante las disculpas por la torpeza de semejante reacción, algo era vagamente familiar para el desconocido.

-Lo siento por la ofensa, fue un impulso absurdo sin intención de daño, una caricia que en alguna ocasión he repetido-. Declaró nervioso el auxiliado.

Incómoda vacilaba si había sido un acierto el socorrerle.  Viró del todo observando con descaro su fisonomía, fijándose en sus manos alargadas que a pesar de mostrar uñas renegridas resultaban seductoras, y un rostro iluminado por el añil traslúcido de sus ojos. Su correcto lenguaje la confundía.

Una bandolera  desapercibida colgaba de sus hombros.

-¿Qué llevas ahí? Eh dime -Interrogó a la defensiva.

Acercó la bolsa a petición de ella para darle confianza, tampoco era conocedor de su interior, María quiso que fuese él quien mostrara sus pertenencias, la cremallera se atascó.

Pararon en un área de descanso con  el hombre cuyas vestimentas eran irrisorias envuelto en aquella ruana.

Con recelo la pareja pensó llamar a la policía, su descaro e intimidación rozando a María estaba fuera de lógica.

-Era extraña su amnesia contrastaba con la lucidez de la locución-. Se dijo a sí misma.

Aún tenía en las muñecas la soga desgarrándole la piel. Tumbado boca abajo, escupía espuma blanca y la fetidez de su aliento a ron barato peinaba su pelo grasiento abriéndose en dos en cuya raya presentaba un hematoma. Los cristales en el suelo dejaban indicios de la  brutal pelea. La mesilla con el cajón abierto enseñaba una cartera de cuero con fotografías antiguas, la goma elástica que la sujetaba estaba rota. Cerillas sueltas y un paquete de tabaco de pipa ocupando un sitio en ese cajón, a falta de más enseres arrebatados por alguna malvada acción. Las cortinas rasgadas con muestras de una escena violenta tenían salpicaduras rojizas. Los cajones del armario revueltos avistando camisas despojadas a doquier. Calcetines hechos una bola rodaban por la alfombra.

Borracho y con flojedad, al resguardo del matiz de su colcha. Tropezó con unos zapatos abotinados cuyos cordones estaban atados de forma singular y en la lazada de los mismos una extraña nota agujereada en el extremo, sujeta a la cinta negra la próxima vez serás tú quien colgarás de una de ellas.

Asustado acudió al baño vomitando todo el líquido ingerido, en su derrama  la viscosidad y flujos ensangrentados  por el suelo provocaron el resbalón, ante la capa rojiza por el esfuerzo realizado. Su aspecto era espantoso, cesaron las náuseas apareciendo temblores en sus articulaciones.

Con la vista nublada patinó en la tarima del pasillo alcanzando una melena cobriza cuyos bucles se enredaron en su cara. Estaba pálida, su jadeo se agarraba a la vida como un soplo amargo. La blusa con los ojales forzados en su abertura, dejaban al descubierto unos pechos blanquecinos. La falda recta era un pliegue en forma de acordeón asomando  unos muslos amoratados por la fuerza ejercida. Su ropa interior de lencería fina rasgada por sus encajes, una feminidad pidiendo clemencia ante espeluznante escenario. Sollozó como un niño, comprobando el débil pulso de unos labios casi fríos sin el calor de la savia que circulaba. Pudo al menos darle dignidad bajando lentamente su saya y juntar los extremos de lo que fue una camisa.

-¿Qué había sucedido, cómo habían acabado así?- Se preguntó-.

No recordaba nada, ni siquiera haber bebido, sólo un fuerte dolor de cabeza. Las venas de sus sienes rítmicamente en contraste con la respiración de la débil mujer. Sus lamentos desgarradores ni siquiera pudieron despertarla.

Cogió la bandolera cerrando la puerta, salteando los escalones en busca de aire fresco. La noche estrellada presagiaba un caluroso día. Atravesó calles, atrás quedaron las farolas, aturdido anduvo sin reparar en nada ni en nadie.

Horas interminables sin consuelo, alejado del horror de un suceso que ni él era consciente de lo acometido…

Se lavó la cara y mirándose en el espejo imágenes violentas pasaron como ráfagas, acuchillando sus pensamientos, el espanto borraba toda reflexión. Abrazado a su cintura gimió amargamente, cesando su pesadumbre en el exterior.

-Tenemos que continuar, ya queda menos para llegar al hospital-. Afirmo la pareja.

Al acomodarse de nuevo en el auto sus frases brotaron.

-Estaba sentado, la claridad  molestaba, quise bajar la persiana, en la mano llevaba un vaso, cayó al suelo, se oían gritos, golpes, no recuerdo más.- Relató el hombre.

-Haz un esfuerzo, tienes que activar la mente, relaja los pensamientos y las ideas se ordenarán, sigue hablando será una forma de recordar poco a poco qué te ocurrió- Dijo María.

-Discutimos, ella no quería yo…-

-Continúa, ¿Por qué no deseaba y quién era ella?- Antonio con calma le animó a que no titubease.

-Solíamos pasear, ya no me daba la mano, apenas reía. Era contraria a mis opiniones, poniéndome nervioso- Se frotó las manos mirando fijamente a María.

-¿Por qué te ponías nervioso, sólo porque ella pensaba de otra manera  teniendo otra visión diferente a la tuya?- Antonio quiso interrogar en función de sus comentarios para poder esclarecer algo.

-Discutíamos, yo buscaba su placer y ella me esquivaba, nunca quise hacerla daño- Expuso azorado el errante.

-¿Estás sugiriendo algún perjuicio provocado por la falta de sexo? Es un acto voluntario no impositivo desde el amor y respeto, si una mujer dice que no es no. ¿Te has preguntado el porqué de su distancia?- María intentaba calmarse ante la sospecha y no le gustaba nada el giro que estaba tomando todo. Intercambió miradas con Antonio, sobraban las  palabras, ambos tomaron una decisión telepática.

El silencio se apoderó de los tres sumidos en sus pensamientos. La pareja rumbo a la comisaría sin nada claro, aquellas pequeñas declaraciones alteraron de forma considerable la situación. Por humanidad le atendieron, no le conocían de nada y tenían dudas al respecto. La frase: “nunca quise hacerla daño”, caló de lleno, hubiese sido diferente escuchar: “sería incapaz de hacerla daño”. Saltaron las alarmas y su intuición femenina la puso tensa.

-Metí la llave, la cerradura sobrepuesta cayó al suelo, me quedé estupefacto, todo estaba revuelto. El desorden era propio de un robo, en la habitación de al lado se escuchaban llantos.  El ambiente era denso con olor a perfume caro. - Salió del mutismo intrigando de nuevo a los pretendientes.

-Continúa y cuenta de una vez lo que ocurrió- Antonio se estaba impacientando con tanto dosificar la historia.

Llegaron a la comisaría ante la sorpresa de él. Un edificio con paredes gruesas y cristales opacos dotados de seguridad, sin renunciar a la luz aludiendo a la sensación de ver sin ser visto.

–DGP, Cuerpo Nacional de Policía, ¿Por qué venimos aquí? Si dijisteis de llevarme a un hospital  no hice nada-. Respondió el indocumentado.

Antonio al salir del coche dejó las llaves puestas, intervalo que el ocupante de atrás aprovechó en unas milésimas de segundo para abrir su bandolera sacar una soga manchada y con rapidez pasarla por el cuello de María obligándola a sentarse en el asiento contrario. Sin habla por la presión acató órdenes, rugiendo el motor ante la mirada atónita de su novio, su melena cobriza brillaba por la traspiración de sus rizos…

Fustigada por el miedo y por la amenaza de sus manos, con el esparadrapo en sus labios, se vio así misma tumbada en la tarima del pasillo, la cabellera extendida ensortijada en sus dedos  aferrándose para no desfallecer. El horror del empuje, forzada una y otra vez, su vida no tenía escapatoria. La mano debilitada adornada con el brillante anillo, en un impulso arañó la cara del sujeto ante las salvajes embestidas cesando todo esfuerzo de defensa.

Exhausto se retiró del cuerpo de ella, con embriaguez, no percibiendo el hilillo de vida que aun latía.

La mujer escuchó el portazo.

Serpenteó por la alfombra arañando su delicado cuerpo por la aspereza del tapiz. Al lado unos zapatos atados de forma extraña con una nota de letra reconocible. Obtuvo el pomo de la puerta  con mucha dificultad, y su anillo resplandeció como nunca…

-Y dime ¿Cuántas veces le viste en la cuneta esta semana María? Hoy en la terapia quiero que destaques situaciones placenteras de tu niñez, aquellas de mayor felicidad…

 

Y.M.G.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Soy extrovertida. Me gusta la naturaleza, leer, escribir. A través de los relatos expreso mis emociones.

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