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4 min
Sin palabras
Fantasía |
11.04.09
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Sinopsis

Una tarde curiosa en la vida de una camarera y un mimo callejero.

Sin palabras



El cielo parecía que iba a arrancar a llorar en cualquier momento. Las nubes estaban de lo más gris que se había visto desde hacía meses y, como siempre, Lucy se dirigió al pequeño café en el que trabajaba.

Como era habitual, pasó por el puente que unía la ciudad separada por el río y observó con una sonrisa divertida al mimo con el semblante serio, la mano a modo de visera, divisando el horizonte. Por un instante, Lucy pensó que en un día como aquel, el muchacho que representaba con su atuendo todas las dimensiones de la expresión “teatro callejero” no debía estar pasándolo bien ya que nadie le prestaba atención. Se quedó absorta contemplando su delgada figura subida sobre un pequeño cajón que hacía las veces de escenario y durante unos breves instantes sus miradas se encontraron.

Una gélida bocanada de aire glacial le recordó que llegaba tarde. Sin más dilación, embozada en su capa, se fue rumbo al trabajo.

Afortunadamente para ella y también para el mimo callejero, la tarde mejoró y el sol decidió asomarse un rato tras las nubes.

Muchos niños y sus padres observaban al mimo, lanzando monedas para que hiciese alguna acción y luego volvía a quedarse completamente estático, cosa que hacía que los niños rompiesen a reír muy divertidos.

Una mujer, sintiéndose generosa, arrojó un billete de diez euros en el sombrero-taquilla y entonces el mimo sonrió. A continuación guiñó un ojo y luego comenzó a gesticular la siguiente situación: anudó un pequeño anzuelo imaginario a una dura cuerda de nylon ficticia de su caña de pescar inexistente, comprobó el aire, despejó la zona y con un fuerte impulso lanzó la caña en busca de su presa.

A unas manzanas de allí, Lucy recogía unas tazas de café de las mesas de la terraza cuando, sin motivo aparente, notó que algo le atravesaba el pecho y tiraba de ella con una fuerza colosal. Trató de resistirse pero aquello era superior a sus fuerzas y se vio obligada a salir corriendo en la dirección que tiraba de ella.

En el puente, el mimo había pescado algo y estaba recogiendo el carrete de su caña imaginaria con gran expectación por los niños. Había pescado algo grande que se resistía a ratos, pero no pensaba parar.

Mientras, Lucy, con expresión horrorizada se veía arrastrada en dirección lejana a su trabajo, calle arriba. Trataba de agarrarse a las farolas y señales de tráfico que encontraba a su paso e incluso le pidió ayuda a algunos transeúntes que se apartaron de ella buscando la cámara oculta.

El mimo tiró más fuerte de la caña, recogiendo más carrete.

Lucy había perdido un zapato y corría obligada por aquella fuerza que la asía del pecho, muerta de miedo, recorriendo las calles.

El mimo hizo un último esfuerzo, tiró muy fuerte y pidió a los niños que le ayudasen a tirar un poco más. Cuatro niños tiraron de él muy fuerte, el mimo puso cara de esforzarse mucho y entonces, Lucy, completamente despeinada, con un solo tacón, apareció corriendo por el puente y fue a parar de bruces a los brazos del mimo, que se cayó con ella al suelo.

Lucy y el mimo se miraron y compartieron una enigmática sonrisa. El público asistente rompió en aplausos y llovieron monedas sobre el sombrero para conmemorar la curiosa peripecia.

Aquella tarde, el mimo acompañó a Lucy a casa. Se despidió con una rosa imaginaria y entonces, sin decir una sola palabra, ella le besó.

Fin

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