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6 min
Sin Respuesta
Suspense |
01.01.17
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Sinopsis

Miro el reloj. 10:15 AM. Debo de mandar un mail con mis cuentas bancarias y sus contraseñas para que mi hija no muera. La tiene un psicópata, un demente. Se trata de un  secuestro. Que oportuno, aquella tarde íbamos a ir al cine. Se lo había prometido a Esther. Me levanto de mi viejo sillón rojo granate. Estaba atacado de los nervios, no tenía garantía de recuperar a mi hija.

Pero, ¿qué debía hacer?

El secuestrador me había mandado un mensaje de texto. En él, me decía que no debía de contactar con nadie, y mucho menos, hacer una llamada a la policía. Si se enteraba de algo que no fuese de su agrado, la mataría. Me puso como la iba a matar si no cumplía sus deseos, pero era demasiado fuerte para recordarlo. Estoy delante del ordenador las manos me tiemblan, los dedos me flaquean, los brazos no me responden.

«Vamos David, es por tu hija. Concéntrate»

Así lo hice, cerré los ojos y pensé en ella. En su dulce sonrisa. Después los abrí. Estaba decidido, sabía lo que tenía que hacer. Di doble click en Google Chrome, mi navegador predeterminado. Que extraño. Me aparece una ventana emergente, SIN CONEXIÓN A INTERNET. Lo que me faltaba, desde que me cambié de compañía todo era problemas. Unas veces el Internet, que iba y venía cuando quería. Otras veces la emisión de los canales de televisión que se paraba. No podía ser, ahora no me podía fallar.

Intento hacer todo lo que puedo. Miro el mensaje de nuevo, debía de mandar el mail sobre las once de la mañana, me quedaba poco tiempo. Removí todos los cables, resetee el router que me daba conectividad a Internet, pero nada. No era informático, era un ingeniero. Después de toquetear todo y desordenar el salón han pasado unos diez minutos.

«Que deprisa pasa el tiempo»

Entonces me decidí, iba a llamar a la compañía telefónica para que me solucionaran el problema. Vaya lío, las compañías eran la salvación de mi hija. Que irónico. Marco el 1004. Una voz de mujer, mecanizada aparece y me dice el motivo de la llamada.

—No tengo Internet—dije vocalizando todo lo que pude.

—Por favor, no le he entendido correctamente. Repita el motivo de su llamada.

Como de costumbre iba a tener problemas. Cuatro minutos, venga vamos. El tiempo es oro.

—No tengo Internet—aumenté el timbre de voz para ver si ese era el problema.

—De acuerdo, en unos minutos le atenderá nuestro Servicio Técnico.

Que alivio era la primera vez que me atendían después de unos pocos intentos. Me ponen la típica música de espera de un hospital, era pegadiza y era una mezcla entre pop y rock. Solo instrumental, me relajaba. Mi visión marca un nuevo objetivo. El reloj, había pasado siete minutos desde la jodida voz robotizada. Me quedaba poco. Cuelgo y vuelvo a marcar. Repito la misma operación con la máquina y me vuelve a poner la música. Espero, espero y espero. Dos minutos, una voz de hombre se pone al teléfono.

—Hola, buenos días ¿qué desea?

—No tengo Internet, y necesito una solución ya—dije enojado.

—Tranquilícese, ¿es una conexión WiFi?—preguntó conciliador.

—Sí.

Después de unos segundos me cuelga. ¿Qué es esto? Empiezo a dar vueltas por la casa con el teléfono fijo en la mano y rascándome la cabeza. Me dirijo a la cocina y me tomo un ibuprofeno, que uno ya tiene sus cincuenta tacos y esto alarma. La vida de mi hija está en peligro. Posiblemente muera. En vez de una pastilla me tomo dos. Mi estado de ansiedad era muy alto. Las compañías telefónicas no tenían respeto por nada. Nosotros somos los que les pagamos. Cada persona en el mundo tenía por lo menos un móvil, una red fija y un ADSL contratado. Y, ¿ese es el Servicio al Cliente que ofrecían?

Miro el reloj de mesa de mi dormitorio. Faltaban quince minutos para las once y ahí acabaría la vida de mi hija, que triste, con tan solo veinte años… Vuelvo a repetir la operación.

—¿Cuál es el motivo de su llamada?

—No tengo Internet, estúpida.

Me pone la música, esta vez otra diferente. Un estilo más oscuro. La de antes era a lo Beatles y esta era a sus rebeldes Los Rolling Stones. Tras cuatro minutos de eterna agonía y comprobar una y otra vez si me llega el WiFi, pero nada, sigo sin el Internet de los cojones. Diez minutos para que todo acabase y mi hija muriese degollada, en el mejor de los casos.

—Sí, ¿qué desea?—una voz afeminada, era de hombre. Perfecto, un homosexual.

—Verás. Llevo más de media hora al teléfono y nadie me ha solucionado el problema. Empiezo a estar hasta las narices de que se pase del cliente. La verdad tengo prisa si puedes solucionarlo—dije comprensivo.

—De acuerdo.

Oigo teclear desde el otro lado, por fin estaban arreglándolo. Perfecto y aún tenía cuatro minutos para enviar el mensaje y que volviese mi hija.

—Ya está Señor, ya debería tener conexión—dijo triunfal, después colgó.

Estaba alegre me senté delante del ordenador y pulsé en mi navegador. Pronto mi alegría cambió a disgusto. SIN CONEXIÓN A INTERNET. Miré el reloj las once en punto, todo había acabado. Fui a la cocina y cogí el frasco de ibuprofeno y cogí diez pastillas. No quería vivir en un mundo donde no estuviese mi hija. Me las bebo acompañado de un poco de whisky, para despedirnos sin duda, tiene que haber un poco de alcohol. Cerré los ojos.

«Ya voy contigo Esther»

Se abre la puerta y la figura de una joven aparece. Era Esther.

—!Inocente!—dijo mientras cerraba la puerta.

Deja las llaves sobre el cenicero de la entrada. Entra ilusionada a la cocina cuando ve la faena. Su padre muerto y las medicinas desparramadas por el suelo. Se arrodilló ante él y le acaricia la cara. Llora.

—Papá era un broma. ¿No recuerdas? Hoy era el día de los Santos Inocentes—nunca fue buena bromista.

    FIN

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