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5 min
⚜️ II Sin retorno, Nina
Drama |
12.02.20
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Sinopsis

Nina. Capítulo II

 

Thump thump, thump thump... thump.

No ha habido viaje extracorpóreo. No ha habido dolor. Ninguna sensación. Los órganos internos han detenido su funcionamiento en el instante del último thump, la última vez que le se ha cerrado la válvula cardíaca.

El cuerpo ha quedado congelado en el tiempo. 

Pasan horas, la luz en la habitación se intensifica y disminuye al atardecer. El cuerpo de Nina continúa en la misma posición, reclinado en el sofá de piel, el brazo colgando muestra el pequeño tatuaje, el cuello de la camisa abierto y dos minúsculos orificios en la piel. 

Su rostro plácido, mientras el veneno inoculado hace su trabajo de regeneración de las neuronas en el cerebro, única parte de su cuerpo que continua... podríamos decir, viva.

Un imperceptible signo de actividad se muestra en forma de movimiento en los párpados. Transcurre otra noche más sin ninguna otra señal.

Al atardecer del siguiente día, Nina abre los ojos. Lo único que siente es una intensa molestia por la luz que reciben.

Se incorpora en su asiento e intenta comprender lo sucedido.  Lo hace. Buscó la única salida que en su ofuscación le pareció plausible, aceptable.

Se dirige al baño donde sabe que encontrará un espejo. Todo sigue igual. Hay unas gotas de sangre manchando sus labios, que se limpia con una toalla de papel. Quizá, se dice, un punto acerado en su mirada, nada más. Sus pecas siguen ahí, su piel es cálida y suave, respira... deja de hacerlo y comprueba que no necesita respirar. Supone que es un acto reflejo de su vida anterior.

Abandona la sala donde ha perdido su humanidad y se dirige al pequeño despacho donde sabe que encontrará al hombre que la transformó.

—¡Nina!

Con ancha sonrisa se levanta de su sillón y le tiende los brazos. Ella se acerca y es envuelta por ellos. Permanecen así unos instantes hasta que él pregunta por encima de su cabeza:

—¿Cómo sientes la nueva vida?

—No siento nada especial, maestro —responde Nina.

—¿No tienes... sed?

En ese momento se le hace presente en su conciencia el despertar en ella de una nueva sensación. Es un profundo anhelo que se vuelve agudo por momentos, junto con un dolor en sus encías. Un par de pinchazos las atraviesan y surgen de ambos agujeros un par de colmillos afilados que se le instalan entre caninos y premolares. Gotas de sangre circulan por su boca, gotas que relame con su lengua.

En su abrazo, Nina aspira el aroma del hombre, no de su piel, sino de su sangre, metálica, férrea. Acerca su boca al cuello latente y desliza su lengua por él, luego posa sus labios en un suave y absorbente beso.

—Hazlo —escucha la voz del hombre. —Hazlo, Nina.

La voz la incita, pero aunque no lo hubiera hecho, ella sabía por instinto lo que tenía que hacer.

Inaugura sus afilados colmillos en ese cuello firme. La sensación del trasvase del fluido sangriento es tan placentera que siente su cuerpo enervarse hasta la última fibra.

El abrazo se intensifica y el hombre empieza a excitarse y a mostrar su excitación a Nina. 

—Basta. Ya basta, o me dejarás sin sangre... —consigue murmurar.

Ella retrae por fin sus colmillos y se concentra en el calor que arde entre sus piernas. Echa la cabeza hacia atrás y le ofrece su garganta desnuda. Unos segundos después que se le hacen eternos, siente el aliento cálido que precede a la mordida, mordida breve pero que la lleva de nuevo al éxtasis, tan intenso que nada se le ocurre para compararlo.

Entre ambos se transmite una corriente eléctrica, un subidón de adrenalina. Sus caricias son salvajes, dos seres inmortales entregados al placer excesivo que sus desarrollados sentidos les ofrecen... Se sonríen cuando terminan el intenso juego.

—Controla siempre la absorción, es muy importante que lo hagas si no quieres agotar el fluido vital de tu víctima. Lo has hecho bien. Podemos repetirlo cuando te apetezca saciar tu "sed", o puedo presentarte a otros como nosotros. Si se lo haces a un mortal... recuerda no excederte y podrás disfrutarlo por mucho tiempo —termina su explicación con un guiño y una sonrisa inclinada.

—Gracias por todo, maestro. Ahora debo irme.

El hombre asiente con la cabeza y la acompaña hasta la salida secreta.

Se adentra en la noche, en la luz amarillenta y el gris de las baldosas de panot de flor de la calle. Al contrario que al llegar a la biblioteca, ahora no siente nada que turbe su inmóvil corazón.

A manzana y media se encuentra el Arco del Triunfo. Piensa que es un buen momento para pasar bajo él.

 

 

Continuará...

 

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