cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

8 min
SINGULAR CATARSIS
Amor |
13.02.17
  • 0
  • 0
  • 105
Sinopsis

"Y no se muere quien se va, solo se muere quien se olvida..." (el Can)

Solcito…
La osada sonrisa: en su desnudez recién bañada
Y un río purpúreo corriendo a sus pies.
Una sonrisa que parecía una mueca de dolor
O viceversa…
Un río
Brotando de las heridas en sus brazos.
Se extinguió de rodillas, poco antes que yo la viese,
Como un ángel en suma plegaria.
Solcito…
La muerte fue incapaz de arrebatar su belleza.
Eterna y fresca en mi memoria, e imposible de perder en el vicio, aquella tétrica secuencia me acompaña desde mi adolescencia.
Desde el balcón de mi apartamento el cielo se jacta de un millón de estrellas, pero la luna no se ve. Firmes en el barandal: mis pies descalzos soportan los setenta kilos de mi cuerpo y no pierden equilibrio; aun hoy, luego de tantos años sin experimentar esta adrenalina. Diez pisos abajo: es fin de semana. La avenida con sus alborotos de artificio y gente binaria: son un mundo aparte, lejano al mío. Un mundo que podría impactar con mi presencia, tan solo de un salto. De pronto una melodía vuela desde adentro, proveniente del sillón donde deje mi teléfono. La vista fija en la calle no parpadea, como si no oyera la llamada que espero hace días, pero la escuché. Finalmente salto (escogiendo el interior como siempre) y a la vez que enciendo un puro descubro la llamada perdida: efectivamente es Hartigan, uno de mis informantes.
Solcito amaba la poesía romántica, las puntas de su cabello rozaban las páginas de los libros y su sombra era de colores. Su voz franca y melancólica me recitaba fragmentos de Bécquer y Neruda en las siestas que solía escaparme del colegio para aprender con ella. Trepado al árbol que daba a su ventana, con las uñas mugrosas golpeaba el vidrio hasta que abriera. Me parecía una ecléctica soberana, sentada en un cojín con su espalda contra la pared, hablándome de la vida. A su palacio pintado de arco iris lo saturaban posters de los Beatles, los Doors e incontables selfies, en algunas aparecía yo con esas muecas que le divertían. Llamadores de ángeles con sus mantras colgaban del cielo raso a la espera de cualquier brisa y el aroma de un sahumerio delicioso me sumergía en su mundo de ensueño. Charlábamos horas sobre música y cine, ella fan de Stanley Kubrick y yo de Tarantino, aceptábamos la muerte como único destino. Recién regresaba a mi casa de noche (cuando sus padres volvían de trabajar) ya planeando mi próxima escapada.
Pasé noches desvelado, soñando que me quería. Una vez me preguntó si sabía besar, y por el silencio y la timidez donde quedé estancado, se aclaró la garganta: preparando la voz para decir algo importante. Solcito era dos años mayor. Será por eso que siempre me vio como un niño, una especie de hermanito que jamás la contradijo, llevándome de la mano por todo aquello que yo ignoraba. Me ordenó que cerrara los ojos y ni se me ocurra mirar. Nunca olvidaré la fiebre de sus labios apretados a los míos y el sabor a chicle de su lengua refrescando mi garganta. Dijo que por ser mi mejor amiga tenía el deber de iniciarme, así de hermosa era.
No sé cuándo, de un momento para otro, la veía llorar. Casi todos los días. Con cualquier frase bonita, con cualquier canción. Yo preguntaba sin obtener respuestas que despejasen mis dudas. Hasta que una tarde cuando no me esperaba, trepado al árbol y antes de golpear el vidrio, oí discutir en su habitación. Desconocía la voz grave increpándola, por eso golpeé con fuerza. Las cortinas se inquietaron y del otro lado surgió un rostro diabólico, al que odie al instante. Solcito me hizo pasar y ahora el demonio nos atacaba a los dos, violentándonos verbalmente y empujándome contra una pila de libros. Intentando defenderme: recibió un golpe en el brazo que la tiró contra la cama. El demonio blasfemó contra la reina y antes de saltar por la ventana me miró fijo a los ojos, yo estaba inmóvil del pánico, y me escupió la cara como a un enemigo abatido. Recuerdo a Solcito disculpándose en su nombre, hablando de su parte buena y sobándose el brazo amoratado. El demonio tenía nombre de hombre y nunca lo olvidé.
Eran novios a escondidas, lo supuse: Solcito hacía todo en secreto. Ahora que yo conocía uno de ellos, necesitaba saber más. Se cruzaron en el colegio y tenían la misma edad, él destacaba en la actuación, el canto y todo lo que se le ocurriera. La sedujo con frases robadas de canciones escritas en papelitos autoadhesivos, que ella iba encontrando en lugares insólitos, enamorándose a fuego lento. Pero algo que siempre atrajo a Solcito fue el destino. Hallar una coincidencia con alguien le auguraba señales que Solcito iba acomodando a sus caprichos, conmigo compartía el signo zodiacal y el gusto por las harmónicas. Sin embargo, mientras más trataba al demonio mayores coincidencias ataban sus almas.
Primero y principal cumplían años el mismo día, como gemelos astrales me dijo, un veintinueve de febrero. Él nació en París, ciudad donde ella soñaba vivir, y su melena crespa le recordaba a Jim Morrison. Una vez me confesó que recaudaba evidencias para probar que, aquel demonio en realidad, era el rey lagarto encarnado. ¡Suficiente! pensé ahí mismo y los celos cegaron mis ojos de la amistad, abandonándola a su suerte para estacionar en la melancolía de mi amor adolescente. Dejé de escaparme del colegio por un mes, que parecieron años sin ella. Estaba negado, impotente, sin sol. Y hubiera seguido así, tan orgulloso como siempre fui, si algo no me hubiese despertado. Un sexto sentido quizás.
Un sexto sentido tardío, un vano sexto sentido. Un alerta que me haría simple espectador, inmanente al sentido de mi vida. Intrascendente. Lo supe todo. Luego de abrir sus venas de modo eficaz Solcito entró a bañarse, yéndose con el agua sus fuerzas. Sin nada que roce su piel más que el agua, en algún momento salió y caminó hasta la ventana, a la radiante luz del sol de aquella tarde. Ya débil se desplomó y anduvo de rodillas hasta apagarse. El primero en hallarla fui yo: paje de su destino. Hice lo que cualquier testigo haría y el tiempo dejó en el camino toda esta historia, inconclusa hasta ver la llamada perdida de Hartigan.
No es fácil hallar a una persona después de tantos años. El buen Hartigan, su jodido trabajo es siempre una inversión y esta vez no ha sido la excepción. Aun con el peso de mi nombre y tantos datos como poseía, tardé más de cuarenta en tener frente a mí al demonio. Más de cuarenta años en levantarme del piso en donde me dejó, en limpiarme su saliva. Atado a una silla en la más remota oscuridad, no parece tan malo. Será el arduo trabajo como inspector de tránsito lo que ha apagado el fuego en sus ojos. O será esa mujer dulce que lo ha acompañado por tanto tiempo. Sin duda los hijos amansan a cualquiera, cuatro ni dudarlo y un nieto en pañales es el colmo de la abundancia. Ha sido feliz dice. Todavía no le pregunte por Solcito.
Cuando hablemos de ella me va a confesar todo… quiero hablar largo rato de ella. Hablaremos tanto que hasta le abriré mi corazón y hasta yo mismo le confesaré todo. Conocerá mi alma instruida en el amor por los versos de su boca. Sabrá que ella era una reina. Sufrirá mi destino de paje ciertamente. Pero le haré sentir que lo despide un amigo, que lo he perdonado y puede estar tranquilo que la historia termina con él y su familia no tendrá que temer. Cuando termine con él, Solcito desaparecerá… y yo seré tan solo un hombre de negocios.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 27
  • 4.55
  • 306

Cantante de una banda de rock que jamás existió, frustrado director de cine, actor porno desocupado, gigoló en quiebra, le gusta escribir... Fan ocasional de Tarantino, Borges, García Marquez, Estopa, Foyone, Rock argento, Beethoven, Mozart, José Larralde, Cancerbero, Dragon Ball,Saint Seyia y tantos otros

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta