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10 min
Sociopatía I (primera parte)
Terror |
10.02.19
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Sinopsis

Si os ha gustado y queréis leer más, no olvidéis decirme qué os ha parecido el relato. :)

El centro comercial en sí no es muy grande pero, de todos los pueblos de mierda que hay por alrededor, es el único con un complejo de tiendas y un gran supermercado, así que muchos visitantes de lugares vecinos  vienen cada día en familia para ir al cine, comprar o mirar ropa que sólo queda vistosa en los cuerpos jóvenes de las mozuelitas de la gran ciudad.  

Preferiría comerme la pequeña polla frita de un niño llorica antes que hacerme una paja viendo lo bien que se lo pasan.

Odio a los niños.  

En cambio sí que me gustaba ver a la gente borracha cuando venían de comer o del cine. Sobretodo me gustaba mirar a los hombres. Me reía de esos capullos. A veces me quedaba embobado y tenía visiones. En algunas yo les metía dentro del coche y les violaba. En las que más me gustaban, les torturaba. Me gustaba tocarme pensando en ello. Al fin y al cabo, en mi trabajo tampoco tenía mucho por hacer más que mirar.  

Me gustaba mi trabajo.  

Desde entonces no he salido de la granja y me muero del asco y, menos mal, la granja me salva de no morir de locura. Me gusta darle de comer a los cerdos, cuidar del huerto y arreglar cosas que se estropean, aunque no sé mucho; Padre no me enseñó a nada.  

A nada.

A nada.  

Él era el borracho del pueblo: bebía desde que se levantaba a las cinco hasta que se ponía el sol. Alguna vez me lo había encontrado tumbado a la sombra del tractor o al lado de algún matorral. Él al borde de una insolación y yo deseando que se lo comiesen los buitres o, con suerte, algún coyote.  

Mejor mi padre que mis cerdos.  

Cada día llegaba borracho del bar o de la granja de algún amigo; se gastaba lo que ganaba trabajando en alcohol y en putas en el pueblo de al lado para que mi madre no fuese al lupanar con una escopeta, pero ella lo sabía igual. A Padre le daba la impresión de que el resto de personas que le rodeaban eran igual de sucias que él. Ni siquiera sabía lo buena que era Madre. Cada día nos pegaba y a ella le obligaba a tener sexo con él después de contraer hongos y algún herpes de una puta cualquiera.

Yo oía sus gritos.  

Una vez le pegó tan fuerte que la derribó y se dio en la cabeza con el canto de uno de los radiadores del pasillo de arriba. Estuvo siete horas inconsciente.

Yo tenía doce años.

Intenté perdonarle.  

Lo intenté.

Lo intenté.  

[...]  

La tercera alarma casi me deja sin tímpanos. He vuelto a tener una visión y he perdido la noción del tiempo.  

El té esta frío.  

Esos desgraciados aún siguen llorando y retorciéndose entre las mordazas. Debería hacer algo o se van a desangrar; aunque siempre prefiero lo segundo. Aunque me encanta mirarles desde aquí, a veces bajo a curarles las heridas y a tocarme delante de ellos. Una de las primeras mujeres a las que secuestré me escupió sangre y mocos a la cara. Me lo saqué de la cara y lo usé como lubricante mientras la tía me maldecía en su idioma materno. Ni siquiera supe de dónde era. Tampoco importa.   

Les encanta llamarte enfermo.  

Me duró menos de lo que le dura un hamster a un infante. Maldita zorra; no se esforzó nada por sobrevivir y se murió a los tres días. No sabría decir si murió por las heridas o si fue por pena. En todo caso, me gustaría haber acabado mi trabajo.  Y no pude.    

No pude.

No pude.  

Qué fastidio.  

Esos dos que tengo ahora han aguantado dos semanas, no como los últimos. Me frustra cuando no aguantan. Randall siempre piensa en liberarlos sólo por el esfuerzo que están haciendo. Realmente se quieren. Pero entonces yo me quedaría con las ganas y no me encuentro en disposición de contentar a nadie. Ni tan sólo a nosotros.  

Ni siquiera había pensado en traer a la mujer, pero no tuve otra opción. Me enamoré del hombre. Era grande y fuerte, como mi padre antes del alcoholismo. Seguro que aguanta vivo mucho más que el resto.  

Vivir en una granja de segunda sin poder salir es lo más humillante que me ha pasado en toda mi vida. Hace tres días que no como y lo único que queda a parte de manteca de cerdo es un melón podrido y restos verdes en unos platos que no creo que friegue nunca. Esta pocilga debería tener servicio. Un fiel servicio. Así podrían limpiar la mierda del sótano mientras yo prosigo con mi obra sin distracción alguna.  

Y sólo pararía para comer cerdo relleno de cerditos diminutos vivos que chillarían mientras me los como, arrancándoles medio cuerpo empezando por el rabo.  

Me gustaba cuando Madre preparaba comida para todos. Banquetes sin igual, platos combinados del tamaño de bandejas... sobretodo el día de Acción de Gracias. Recuerdo su pato a la naranja. A Randall y a Tomie nunca les gustó ese plato. Tienen el paladar más muerto que el de un cadáver tras dos semanas de descomposición. Greg cazaba los patos colina abajo. Pero desde que murieron, me mira raro. Él y todos en el pueblo. Por eso no bajamos desde hace unos meses. Por eso sólo como cerdo.  

Esos dos llevan un par de horas gritando más de lo normal. Joder, me frustra tanto cuando compruebo que hemos dejado la puerta del búnker abierta... Sólo espero que el idiota de Randall no lo hiciese a propósito; es un inútil blando.

— ¡Es la hora de comer, criaturillas desgraciados! — No suele contestar nadie —. He dicho que es la ho...

— Eres un desgraciado hijo de puta — me interrumpe mujer —. ¿Por qué no nos matas ya de una vez y acabas con esto?

— Oh, cielos — me acerco a ellos dejando la bandeja ahí al lado —. Si fuese por mí, tú ya estarías muerta, pero no quiero que Jay se deprima. ¿Verdad, Jay? — siempre hacía caso omiso mientras nos miraba—. Todos preguntáis lo mismo. En serio piensas que el objetivo de esta reunión es mataros? Si tanto te gusta pensar en ello, ¿no te has preguntado por qué secuestro a personas? ¿Para pedir un rescate? —una carcajada inocente se me escapa y ella empieza a llorar otra vez. Sólo espero que no se me mueran de pena otra vez—. Estoy solo y vosotros me brindáis una gran compañía en tiempos de angustia. En momentos así es cuando más agradezco tener amigos cerca. No tengo ganas de discutir, cielo. Venga — le meto un mendrugo de pan hongado en la boca — es hora de comer.  

No me gustan las mujeres, pero el llanto humano es tan sincero que da igual el sexo del que se desborda de emociones. Todos lloran igual;parecen niños pequeños a los que no les dejan comer postre.  

Me gustan las mujeres cuando lloran.  

Las mesas de herramientas de Padre son de lo más sofisticado. Sólo con una palanca y poquísimo esfuerzo, la mesa se inclina hasta la verticalidad. Puede usarse para lo que quisieses y, bueno, le damos un uso más útil que el que le dio él en cuarenta años. Arreglar sillas que no tenían futuro alguno más que reposar en el desván esperando a que alguna acabase en la hoguera no era nada divertido. Sacar costillas con un serrucho a personas a las que arrebatas el futuro, si.  

— No me gusta el cerdo... No me gusta eso —, balbucea mientras intento meterle en la boca algo de seso —. Por favor, prefiero no...

— Calla y cómete esto. Vamos, hay gente que pagaría por una experiencia así. ¿Eres vegana? — exclamé realmente sorprendido. Me empecé a reír cosa mala. La tía luchando entre la vida y la muerte y anteponiendo su dieta a su experiencia. una experiencia la cual - no me gusta presumir de ello - le brindó un servidor —. Me gustaría ofrecerte un poco de quinoa, pero se nos acabó ayer — bromeé elevando mi risa bromista al éxtasis —. Vamos... El pan hongado que te acabas de comer tiene extractos vegetales.  

Siempre se resistía, pero finalmente cedía.  El otro comía sin rechistar. Me excitaba mucho observar su silencio. Un silencio tan sexual que parecía que estuviese planeando arrancarme la yugular con su propia boca.

— Hoy te la voy a volver a chupar, ¿sabes? Esta vez no me enfadaré por haberme manchado el traje. — ¿¡Se puede saber de qué hablas!? ¿¡ Estás enfermo!? ¡Puto gordo enfermo!

— Cariño, ¿qué dice? Si no se la has... Joder. — Tú también te tienes que limpiar. Haré que te corras en mi boca mientras tu mujer llora. Te sorprendería cuanta gente se muestra reacia hasta que ya no puede más y cede.

Siempre acaban cediendo.  

Me gustaba limpiarle más que chupársela. Le bajaba los pantalones mientras su mujer gritaba y yo siempre acababa poniendo música en la radio vieja de Madre para poner un poco de ambiente. La música popular del país. El futuro y el arte de matar juntos en un rico bocadillo de magra cecina de cerdo.  

Amordacé a aquella mal parida que no hacía más que molestar y retorcerse entre sus propias heces. De verdad que me molestaba; sólo le estaba haciendo un favor a Jay. A él, le bajé los pantalones mientras le tocaba por encima de los calzoncillos. Apestaba a orina. Todos los hombres decían que yo les daba asco hasta que empezaba a chupársela y lo mejor de todo es que se corrían protestando. Le vendé los ojos para que  no pudiese ver llorar a su mujer. Los sonidos a oscuras siempre son mejores: taladran el cerebro sin mostrar la realidad. Claro que, ella si que pudo verlo todo.  

Tenía la polla muy flácida, pero no me importó. Le lamí la punta y su mujer empezó a chillar.  Noté un impulso nervioso. Le agarré los huevos y me los metí en la boca; ella no podía parar de gritar y eso parece que surgió algún efecto en la mente pervertida de su querido y apreciado esposo.   

Cinco minutos.

Cinco minutos para hacer que se le levantase y que no tuviese remordimientos de ver como alguien se la chupa en una situación tan aleatoria.

— ¿Es que nunca te la chupa? — no esperaba respuesta alguna; tampoco hizo falta—. Estaba de mala hostia, sudando y cachondo a más no poder. Mirándome por debajo de aquella venda mal puesta y con cara de querer matarme por ser el único que se la chupa en su miserable vida.  

En algún momento del punto mantenido de nuestra cita, su mujer dejó de llorar y de gritar y eso hizo que me concentrase más. Hasta que noté un golpe en la cabeza.  

Recuerdo un sonido agudo. Y oscuridad.

 

[...]

NOTA DE LA AUTORA: Si os ha gustado este principio de historia, no dudéis en dejar un comentario y seguiré publicando el resto!

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