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5 min
¡Socorro, me he convertido en crítico!
Reflexiones |
13.06.16
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Sinopsis

Una reflexión acerca de los tics del reseñador.

Hará unos cinco años que empezó todo. Salía yo por entonces con una sofisticadísima diseñadora que durante unos meses albergó la esperanza ―a todas luces vana― de hacer de mí un tipo humano mucho más aceptable, socialmente hablando, que el mero profesor de idiomas que a la postre he seguido siendo. A tal altura rayaban sus expectativas para conmigo que llegamos incluso a pintar a cuatro manos. Y no, no se trata de ninguna metáfora tras la que ocultar procacidad conyugal alguna, sino de un enorme óleo sobre lienzo presidido por una menina deconstruida. La cruda realidad de mis exiguos talentos no tardó en imponerse. Sin embargo, la porfía de aquella chica ―ella sí― genial no iba a admitir la derrota con facilidad; de modo que, con motivo de mi cumpleaños, o la Navidad ―ambas fechas próximas en el calendario―, me regaló una libretita de crítico cinematográfico. No tardé en ponerme a garabatearla, curiosamente poco más o menos lo mismo que tardó su obsequiadora en ponerme de patitas en la calle —quiero creer que una cosa no tuvo que ver con la otra—. Como ven, no tengo empacho en vocear mis opiniones, de modo que, además, busqué un par de páginas web donde publicar mi reciente prurito reseñador. 

Partidario, por entonces, de que lo bueno, si breve, dos veces bueno —o el refrán o frase hecha o quiasmo que al respecto prefieran—, mis primeras críticas apenas si sobrepasaban las cinco líneas, prodigio de concisión que aun a día de hoy me sorprende, e incluso conmueve. Pero poco a poco fui envalentonándome —me vine arriba, como reza la expresión taurina generalizada, masificada de un tiempo a esta parte—, con el alargamiento y alambicamiento consiguientes, no por progresivos menos indeseables. En el ínterin, y a causa de una nueva onomástica, me fue regalada, por mis amigos esta vez, la antología Películas que nunca deberías ver, donde se recogen los dardos, tan envenenados como hilarantes, que el mordaz Roger Ebert dedicara en su momento a cada una de los cientos de obras —la mayoría, en efecto, nefandas— que integran el heteróclito florilegio.

A resultas de su lectura, mis críticas, que bordeaban ya un riesgo serio de infumabilidad, vieron rebajadas sus severas y cada vez más intelectualizantes aristas merced al sentido del humor con que Ebert las había contagiado. Durante un tiempo, al menos. Porque el tan saludable anhelo de chocarrería quedó pronto arrumbado por una pulsión, la de la citación desmedida, por desgracia bastante de uso en el mundillo. Reconociéndome el primero en incurrir en dicha costumbre, jamás negaré lo engorrosa que resulta. Sin embargo, no faltan los críticos, a sueldo o por amor al arte, para quienes la película —o el libro o la exposición o el hotel rural con fangoterapia y cata de aguarrás a ciegas— constituye un mero pretexto para la infinitamente más estimulante competición por ver quién la tiene más larga. La erudición, digo. Pareciera que, como sucede en el mercado (de carne) laboral, sin referencias una reseña lo sea menos. Al final, lo que debería servir como orientación al espectador —o lector o consumidor de lo que sea que merezca ser reseñado— se vuelve artilugio masturbatorio para el ego mórbido del presunto crítico. E insisto en mi contumaz participación en tales prácticas, ya se imaginarán porqué. Al menos yo lo vi venir —de ahí este artículo por cuyas motivaciones estarán preguntándose, si cometieron la imprudencia de seguir leyendo, pongamos que pasadas las tres primeras líneas—, conque estoy todavía a tiempo de enmendarme.

De hecho, la gravedad del asunto es tanta que, hace pocos días, en el transcurso de un multitudinario festival con profusión de bandas nacionales e internacionales, en lugar de emborracharme y berrear y bailar como las decenas de miles de asistentes, me emborraché y berreé y bailé… y me engolfé en sesudas consideraciones sobre organización, acústica y estética que, es evidente, no interesaban a nadie. Sin embargo, emergido de la resaca y dolor de pies consustanciales a eventos de aquel pelaje, me metí de lleno a escribir un artículo donde despellejaba a casi todos los grupos participantes —hubiera presenciado su actuación o no— y cuya única razón de ser estribaba, por supuesto, en gloriarme de una ironía y una brillantez que no acostumbran a parar mientes en la crueldad o, como decía, el escaso interés de que se acompañan. Pero no teman, no se trata de éste. Éste es sólo un grito de socorro. Porque, en efecto, me he convertido en crítico. Dicen que el primer paso es reconocerlo

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