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8 min
SOLEDAD
Drama |
10.05.12
  • 4
  • 10
  • 2135
Sinopsis

La presión de la imagen y la necesidad de estar delgada en el mundo que vivimos.

    Tres días desde que se fue. Soledad abrió los ojos, contando el tiempo desde la marcha de su marido. Justo tres días desde que Sergio abandonó el hogar conyugal. Y ella tenía que levantarse, como cada día, deseando no haber despertado. Se acostaba cada noche, rezando para no despertar al día siguiente. Morir durante el sueño, y descansar, dejar de sufrir, ¡por fin!

Hoy tampoco iría a trabajar, ya lo tenía decidido. Llamó diciendo que no se encontraba bien y su jefe lo entendió; le dijo que descansara. ¡Ja! Descansar.

Logró reunir fuerzas para levantarse. Se sentó en la cama y se puso en pie como si llevara a cuestas un peso de cien kilos. Se dirigió al vestidor y se miró al espejo de cuerpo entero: "Sigo estando gorda y el pijama me queda estrecho". Durante el día sólo pensaba en comer. Comer para llenar el vacío, para neutralizar el dolor. Pero su estómago se negaba a recibir alimento. Imaginó unas deliciosas tostadas con mantequilla y un café con leche, seguro que si pudiera comer algo se sentiría  mejor. Su vientre se revolvió, protestando ante esa idea. Se tomó un yogur desnatado.

Estaba gorda, como siempre.  Ya no recordaba cuando era delgada, hacía ya mucho tiempo que estaba gorda . Sergio la abandonó porque estaba gorda y no era capaz de bajar unos kilos. Resultaba irónico, ahora que se había ido, no podía comer. Tendría que estar adelgazando,  pero seguía pareciendo una foca. Aquellos brazos, las caderas y la panza; un amasijo de grasa mal dispuesta. Durante años se hartó de comer y fue incapaz de dejarlo hasta que había llegado a esto: una vaca obesa de cuerpo flácido, nada deseable, y él la había abandonado. Años de intentar una dieta tras otra. Para nada. Para nada, porque no conseguía adelgazar.

Y él se había largado con aquella zorra famélica de Nadia. Nadia, su amiga. Su mejor amiga le había robado el marido. Aquella puta escuálida, con sus jerseys ajustados y sus jeans de la talla 38, se paseaba delante de él, contoneándose, meneando las caderas como una perra en celo; mientras ella tenía que ir con aquellas camisolas que disimulaban su horrible figura.

La estúpida cancioncilla de llamada del móvil la sacó de sus pensamientos. Miró la pantalla, era Nadia. ¡Joder! ¿Qué quería ahora? ¿Regodearse? "No voy a contestar". El teléfono dejó de sonar, pero , en apenas un instante, la jodida musiquita empezó de nuevo. Otra vez ella. ¡Qué se joda! El teléfono siguió sonando hasta que lo lanzó contra la pared. La batería salió despedida y el aparato calló por fin.

Pensó vestirse y dar un paseo por la calle, claro que eso suponía arreglarse, y, ¡Dios!, se le hacía cuesta arriba,¡ muuuuy cuesta arriba!. Los días que conseguía ir a trabajar, eso era lo peor, vestirse, buscar un vestido o un pantalón que ponerse. Todo le quedaba estrecho y, además, aquellas horribles blusas largas, que parecían todas la misma. Al final se tumbó en la cama de nuevo.

La despertó el timbre del portero automático. Era Nadia, estaba en el portal.

-¡Abre, Soledad! ¡Por favor!

-¡Lárgate! ¡Puta!

-Pero...¿Por qué no quieres verme?

-¡Lárgate, te digo!

-¡Ábreme, por Dios!

Soledad colgó el auricular del portero. Volvió a sonar de inmediato, pero no contestó. ¿Qué coño quería?, ¿volverla loca? ¿Por qué no se quedaba de una vez con el cerdo de Sergio y la dejaba en paz?

Tocaron a la puerta. Pero...¡por favor! Otra vez esa flaca incombustible de Nadia. Se acercó a la puerta.

-Soledad, abre. Anda, por favor. Te lo ruego. ¡Abre!, o volveré con la policía, con los loqueros, los bomberos o quien haga falta. ¡Abre de una vez! -Aporreó la puerta.

Abrió la puerta y se alejó hacia el salón. Nadia entró y cerró la puerta lentamente. Dio unos pasos cautelosos detrás de ella. Soledad se volvió y la miró. Vio la expresión de repugnancia y horror de Nadia. Y vio lo que temía. Bajo el horror captó la conmiseración y la lástima en sus ojos. Una oleada de calor, una llama, nació en su vientre y pugnó por subir hasta su pecho; daba vueltas por su estómago hasta llegar al corazón y de ahí a la cabeza. Sintió latir las sienes y la ola de rabia se apoderó de ella; saltó sobre Nadia, arañándola y agarrándola del pelo. Las dos rodaron por el suelo en una confusión de gritos y gemidos. Finalmente, Nadia logró quitársela de encima y la empujó con todas sus fuerzas, poniéndose en pie. Fue a parar contra la pared y allí, medio incorporándose, apoyó la cabeza y se quedó quieta, llorando y gimiendo.

-¿Estás loca? ¿Qué te pasa?

-¿Cómo te atreves a venir aquí, después de lo que me has hecho?

-Lo único que he hecho es intentar ayudarte. Pero...¿tú te has visto? ¿Has comido algo?

-¿Y a ti que te importa? Lárgate con ese cerdo de mi marido de una vez.

-¿Con Sergio? Está loco llamándote, dice que no le coges el teléfono. Me dijo que le habías echado.

-Estaba deseando irse detrás de tu culo talla 36.

-¿Me estás diciendo...qué crees que Sergio está conmigo? ¿De dónde sacas ese disparate?

-¿Crees qué no os he visto babear el uno por el otro? He visto como te mira.

A Nadia se le llenaron los ojos de lágrimas. Se dejó caer en el sofá del salón emitiendo un suspiro de pena y cansancio.

-¡Dios mío! Estás muy mal. Te vuelvo a preguntar: ¿has comido algo?

-Un yogur desnatado.

-¿Y ayer?

Soledad no respondió.

-Ya veo. Voy a llamar a Sergio.

Soledad se levantó del suelo, tambaleándose. Había permanecido allí tirada, en una postura imposible,  con la cabeza apoyada en la pared y los brazos quietos a lo largo del cuerpo; con las piernas estiradas, parecía una muñeca de trapo. Nadia intentaba llamar a Sergio, pero él no respondía. Se levantó del sofá al ver que Soledad se ponía en movimiento, pero ella le impidió acercarse con un gesto de la mano.

Se dirigió a la habitación. Al pasar por el comedor, enfrente de la vitrina, le pareció ver algo en el cristal y se detuvo. Era una imagen borrosa, semitransparente. Durante unos segundos le pareció ver una figura cadavérica, extremadamente delgada, mirándola desde el cristal. La observaba desde la calavera que tenía por rostro: los ojos encuevados, rodeados de sombras oscuras y la boca grande, una cortada en la cara macilenta. La mujer iba vestida como ella, pero parecía llevar un pijama de talla infantil de mangas demasiado cortas y  pantalón que apenas le llegaba a los tobillos. ¿Esa era ella? No, no podía ser. Ese cristal deformaba las imágenes.

Corrió a la habitación y allí se miró en su espejo, el de verdad, el de cuerpo entero del vestidor. Y  vio su auténtico reflejo: gorda, con un pijama que cada vez le quedaba más estrecho.

Oyó a Nadia hablar por el móvil en el salón, por fin había localizado a Sergio: "Sí, estoy con ella...sí, está muy mal...es verdad, no debiste dejar que te echara, no debiste irte...Creo que no ha comido nada en estos tres días; sigue igual...Es mejor que vengas enseguida."

Soledad seguía plantada frente al espejo, inmóvil. La imagen reflejada le había hecho recuperar cierta tranquilidad. Se tumbó en la cama y miró la mesilla. Allí, en el cajón de la mesilla, estaba su salvación. Esta noche reuniría el valor suficiente y se tomaría los somníferos. Con un poco de suerte, no volvería a despertar.

 

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Comentarios
Valoraciones
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  • Bien narrado. Nos olvidamos a menudo de que el deterioro y trastorno físico de quienes sufren esta enfermedad viene acompañado de uno mental aún más nocivo
    Un magnífico relato, muy bien escrito, que revela grandes dotes de observacion y una buena dosis de inteligencia. Me quedo con ganas de leer más.
    ¡Oh ciencia del "estar como un tren"!, "belleza", en especial, hoy, la del cuerpo, esa ilusión que provoca tal palabra, ciencia de estos tiempos, tan tan peligrosa para la sociedad. ¿Dónde andará esa habilidad que hace deslizar todas las vendas, para que nos aceptemos como somos, y no nos transformemos en miasmas escuálidos?... Bueno, son cosas que se me ocurren, amiga Cimbellina, no me hagas mucho caso. Tu relato es duro, preciso, "con magníficas observaciones en el diario de esta sociedad en la que vivimos". Un buen texto, muy logrado, y que me encantó leer. Así que no me tengas envidia, aunque sea sana, porque tus textos son muy buenos, y desde que entraste en TR, creo que vale la pena no perdérselos. Yo no pude leerte hasta hoy. También hoy he visto tu valoración a mis Vísperas, una valoración muy generosa que te agradezco inmensamente. Un saludo muy cordial, y hasta un besote de amigo virtual, si me lo permites.
    Cimbellina, me ha parecido un relato extraordinario. De lo mejor que he leído en tiempo. Has sabido definir claramente mediante esta historia, una terrible enfermedad como es la anorexia y lo has hecho desde el punto de vista de la protagonista que está ciega y no ve la realidad. En cualquier caso como lo que valoro es la literatura tengo que decir que me ha atrapado y me ha sobrecogido. Enhorabuena .
    Me gustó mucho pero yo también me esperaba un final un poco más sobrecogedor ,pero en fin yo sólo puedo admirarte, a mi corta edad sólo me queda aprender.
    Que terrible son los juegos que la mente puede tendernos...La realidad distorcionada y engañosa.
    Escribe tus comentarios... Muy interesante. Saludios
    Excelente- un gran placer leerte! Gracias por escribir!
    Bien narrado y emotivo. Saludos!!
    genial
  • La presión de la imagen y la necesidad de estar delgada en el mundo que vivimos.

    Más que reflexión, me salió una proclama, pero ahí va.

    Hoy Viernes Santo, 6 de abril de 2012, se cumplen 20 años de la muerte de Isaac Asimov. He escrito este relato a modo de pequeño homenaje. Está basado en uno de sus relatos cortos: "La Última Pregunta". Espero que su espíritu no venga a pedirmen cuentas, perturbando mis sueños.

    PODEROSO CABALLERO...

    El pasado siempre nos alcanza.

    Una reflexión sobre la crisis actual

    Una cena..."romántica".

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