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6 min
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Varios |
10.06.18
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Sinopsis

Sí.

Cuando mi mano toca mi cara, la que parece pertenecer a otro cuerpo, es mi mano. No así mi cara, a la que siento parte del todo. Pero a mi mano no. Es como si fuese la mano de otro. Cualquiera de mis manos me genera extrañeza al tocar mi cara.

Hoy, 5.23 a.m. desperté. Siempre, para entrar en calor, agarro mis bidones con arena y hago distintos ejercicios. Los ejercicios los hago mezclados. Un brazo puede estar haciendo ejercicios de hombros y mi otro brazo ejercicios de bíceps. Funciona. Me veo mejor cuando me miro al espejo, desnudo. Me sirven estos ejercicios para superar el frío matinal de mi hogar, ya que la calefacción depende de mis movimientos. Es tan notable, que cuando estoy sentado en mi única silla, o en el piso, mi cuerpo se entumece de frío. Le respondo con contínuos movimientos. Con bailes, que improviso mientras la música suena en mi cabeza.

Trato de que la música tampoco suene fuerte en mi cabeza. Porque el consorcio, me prohibió tener artefactos que reproduzcan música. Nada de ruido me dijeron. Intenté preguntarles el por qué, pero me quedé en un “pero...”, inútil. Tampoco me preocupó demasiado. Puse el equipo en la calle, y apenas lo hice, desapareció. De alguna manera, también, cuidé el espacio de mi hogar.

Vivo en un departamento de diecisiete baldosas de ancho por diez baldosas de largo. Parece ínfimo, pero no lo es tanto. Para qué más. Un hombre solo no precisa tanto lugar. Lo bueno, es que está lleno de tomas de enchufe. Algunas las saqué, porque al sentarme en el piso, contra la pared, me incomodaban en la espalda. Pero los saqué para tener un lugar fijo donde sentarme. Es bueno mantener un orden. Y mi idea es no cometer errores que sí cometí en otros lugares donde viví.

Teniendo todos estos enchufes, puedo usar mi horno eléctrico al que el otro día limpié con Músculo.

Sí, mi horno eléctrico. Ahí hago todo. Pan tostado, pan con queso, pan con aceite, pan con cebolla y pan con huevo. Leche no tomo, el único lácteo es el queso. La leche me afloja, me provoca gases. Gases horribles con olor a huevo. Pero a huevo podrido. Es increíble que ese olor me persiga. Tantos años trabajé en esa huevería. ¡Huevos, huevos y huevos por todos lados! En esa época fue cuando comencé a desconocer a mis manos al tocar mi cara. Del cansancio me sentaba sobre las torres de maple, y me pasaba las manos por mi cara, tratando de respirar, porque para respirar, tenía que taparme la nariz, tomar aire rápido y volver a taparme. Y al principio funcionaba, pero con el tiempo, ya nada servía. No, nada. Y el olor, me provocaba náuseas y me quería ir y no podía, porque ese depósito era tan grande que si uno salía era para no volver. ¡Muchas cuadras! Me había hecho un cuarto con los mismos maples. Ahí me vestía, pero era lo mismo porque ensuciaba mi ropa de trabajo o la de vestir, con la yema de huevo que estaba por todas partes. Y el baño también lo hice con maple. Alejado de donde me vestía, a unos doscientos, trescientos metros. Porque lo que hiciera en el baño, tenía el mismo olor fétido del huevo podrido. Ese baño lo construí con mis propias manos. Mis manos cavaron el pozo en la misma tierra de ese depósito que era todo tierra, barro, de color amarillo, de la yema de los huevos, que caían y caían. Y en el techo, inmenso, ¡alto, alto!, las palomas. Me miraban. Yo las miraba. Pero absoluto respeto. Hasta que me iba. Apenas cruzaba la puerta, las escuchaba con ese sonido atormentador, nacido de su pecho inflado, y estoy seguro, se hacían una panzada de huevos. Eso sí, nunca encontré en ese galpón, ni un solo resto de mierda de paloma. Ahí sí renunciaba. Pero no señor, nada para decir. Lo considero un bicho limpio. Así me lo demostró.

Lo único que me obsesiona de mi hogar, es que el baño está afuera. Es una puerta de chapa que siempre queda abierta. Veo a cada uno de los vecinos que entra a usar el baño. Y sé quién es el que deja todo abierto o el que no tira la cadena. La cadena la escucho porque el agua del inodoro pasa por mi pared. Sí, la escucho, me encanta, es como una catarata. Apoyo la oreja, esperando que el vecino que haya entrado tiré de la cadena. Y cuando lo hace, aaaaaaayyyyy, ¡placer! ¡Las cataratas! Si me acordaré de las cataratas. El agua que explotaba sobre esas rocas oscuras. Apenas se las veía, pero estaban ahí, presentes, inamovibles, y me salpicaban. Y ponía la cara por encima de la baranda y me acercaba, y me dejaba mojar. Tanto me acercaba que siempre alguien me tomaba del cuello de la ropa y me tiraba para atrás. “¡Es peligroso!”, me decían. Enojados. Colorados, como la misma tierra donde vivían. Y me iba, buscando un lugar solitario para contemplar. Así estaba todo el día hasta que me dormía, ahí mismo, sobre el puente. ¡Qué importaba! Hubiese sido feliz viviendo en las cataratas. Comida no me faltaba. Estaban esos bichos confianzudos. ¡Qué ricos eran! Me metía en ese pedacito de selva que había ahí, y prendía un fueguito, y rico me los comía.

Pero de un día para el otro, me volvieron. Sí, porque yo no me quería volver, fueron todos esos tipos vestidos de trajecito caqui. Con esos sombreros. ¡Cómo me reía de ellos! ¡Eran muy graciosos! Pero ellos no se reían. Y me subieron a un camión, en la parte de atrás, mientras dormía, y me volví acostado sobre un montón de sandías. ¡Encima que la sandía es dura! Esa forma ovalada que no te deja acomodar bien.

Pero acá estoy. Con nuevo hogar. Es hora de descansar. Suena en mi cabeza una música tranquila. Mezclada con un ronroneo. Un silbido lejano. Una sirena continua.  

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