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3 min
Sólo eso
Reales |
01.10.07
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Sinopsis

      Cadaverina, putrescina, miembros que se van consumiendo, corrompidos por dentro. Estoy en el coche. No recuerdo desde hace cuánto tiempo. Sé que estoy en el coche. Al menos estoy, pero eso es lo único. Afuera se escuchan voces; son como un reflejo. Como una bocanada de viento. Como ondas sinuosas aprestándose sobre un mar calmo. Después se marchitan y no queda nada. Como pasa con tantas otras cosas. Con la vida, por ejemplo.


      Con la vida.


      El coche volcó. Eso sí lo sé. Ha quedado quebrado sobre la autopista. Hace frío y es de noche. Hacia el exterior sólo se proyectan sombras oscuras, crujidos sibilantes como susurros demudados y, de cuando en cuando, fogonazos. Son los faros de los coches. Aminoran a nuestro encuentro pero no se detienen. Nuestros problemas no son de nadie, sólo nuestros. Estoy consciente. Definitivamente consciente, aunque preferiría no estarlo. Mi cuerpo yace apresado, víctima de los caprichos orográficos del hierro, la chapa y el cristal molido. Siento un gran dolor a lo largo de toda la columna y el amasijo dentro del cual me encuentro, me impide moverme. Pienso que si tuviera alguna hemorragia intensa manando de cualquier parte de mi cuerpo, me vería incapaz de hacer nada para interrumpirla. Pero si eso ocurriera, probablemente perdería el conocimiento al disminuir la presión en el torrente sanguíneo. Tal vez, ahora debería intentar reconstruir los hechos para saber a qué me enfrento, pero no quiero hacerlo. No me siento capaz. Sé que en el coche viajaban más personas. Personas a las que quiero. Sé que probablemente en estos momentos mi vida corre peligro, pero tal vez no quiera seguir viviendo. Es el olor. Es ése olor que se está desprendiendo a mi alrededor lo que me aterra. Es un olor que no conozco y sin embargo lo estoy reconociendo; Cadaverina, putrescina, miembros que se van consumiendo, corrompidos por dentro.


      No somos las películas que hemos visto. No somos los libros que hemos leído. No somos los lugares donde hemos estado. Tampoco se trata de lo que nos ocurra. No somos los instantes de desesperación que hemos sufrido en el pasado. No somos los recuerdos hermosos que hemos guardado en la memoria. Porque no somos memoria. Apenas sí somos. En su lugar deberíamos hablar de materia orgánica, de tejidos del presente, de la putrefacción del mañana. Eso es lo único que somos.


xxxxxxxxxx




      Mi amigo F me contó que durante un tiempo trabajó como repartidor en una floristería. Era un trabajo sencillo. Cargar la furgoneta. Llevar encargos de un lado a otro. Sobre todo Fiestas. Comuniones. Bodas. Hospitales. Tanatorios. Cementerios. Momentos importantes de la vida. Todos ellos adornados con flores. Esos cambiantes capullos que se marchitan en apenas días, elegidos inopinadamente como símbolo del imparable ascenso hacia la vida y posterior descenso hacia la nada, símil del nacimiento y la posterior defenestración de la especie humana. Cubrimos de rosas, claveles y orquídeas los recintos donde nos casamos, donde enfermamos, donde somos postrados frente a nuestra implacable vejez, donde somos depositados cuando ya no existimos. Esas flores significan belleza, exhuberancia, inmediatez desnuda, pero también futilidad, evanescencia, fragilidad, inconsistencia. El complemento ideal para los grandes acontecimientos de la existencia. Un paradójico aderezo de recepción y despedida.


      F trabajó una tempor
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