12 min
Sólo una (sobre la leyenda de Sapahaqui)
Históricos |
18.04.13
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Sinopsis

Visión personal de la leyenda sobre la destrucción de Sapahaqui, Provincia Loayza, Departamento de La Paz, en Bolivia.

Todavía lo recuerda Doña Celestina Farfán de Villaverde.  Dice que esa tarde oscura de septiembre, cuando regresaba a su casa con la canasta llena de las manzanas que apenas había recogido en el huerto del otro lado de la acequia, vio un perfil muy extraño en el borde de la peña en las afueras del pueblo.

Desde la peña se veía todo el pueblo, las casas esparcidas por el valle y el curso del imponente río Sapahaqui.

Muchas parejas de jóvenes escogían la peña para  contemplar el horizonte mientras los dedos de sus manos se tocaban  sin animarse a ir más lejos en las movidas previas al amor autorizado por los padres de cada uno y además, por el cura párroco.

Esa tarde, el cielo estaba teñido de un gris profundo y el viento doblaba las ramas de los perales levantando polvo fino acumulado en el borde del camino principal que partía al pueblo en dos. El viento también hacía revolotear hojas secas indefensas ante los embates de ráfagas potentes que descendían de las montañas.

Ante el presagio de tormenta, doña Celestina decidió no cosechar los tiernos damascos que se amontonaban a lo largo de las ramas de los árboles que su abuelo mismo había plantado hace más de cincuenta años; Don Fulgencio Farfán los plantó en los primeros años de la República casi como un homenaje de un simple agricultor a las fuerzas del ejército bolivariano que nunca supo de los homenajes que se le hacía por doquier ante el advenimiento de la independencia.

Con la canasta pesada de manzanas, apresuró el paso y contra el viento consiguió llegar a la hacienda donde los gansos le daban la bienvenido con graznidos roncos. Cerró el macizo portón de madera y aliviada, descargó la cesta delante de la ayudanta que al sentirla entrar, se le acercó para ayudar.

- Se viene una gran tormenta, Claudina.

- Eso parece señora Celestina.

- ¿Recogiste los manteles de lino que al sol dejé?

- Sí señora Celestina. Además como tenía suficiente carbón encendido aproveché para plancharlos también. Están en la segunda gaveta del mueble del comedor, en su sitio, como a usted le gusta.

- Bien hecho Claudina. Luego te pones con cuchillo filoso a mondar estas manzanas que para la noche quiero una compota de postre. Apura que también quiero que revises todas las ventanas que esta lluvia parece que nos va a descomponer todo: lo viejo y lo que ya está a punto de caerse.

Ambas mujeres se pusieron atentas a los detalles necesarios para hacer frente a lo que pensaban sería un chubasco más.

Cuando comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia, se oyeron unos golpes secos en el portón de entrada. Como era el deber de Claudina atender a la puerta, ésta apartó la cesta de manzanas con la que ya estaba ocupada y con prisa de quien está del otro lado mojándose se dirigió a la entrada de la casona.

Allí afuera estaba un desconocido. Al ver al hombre, sus ojos parecieron agrandarse.

Era un hombre muy blanco como los que no habitaban ni en el pueblo ni más allá en la capital. Era tan blanco que la harina más fina, molida en el pueblo vecino, se comparaba con la piel de esta persona que del otro lado de la puerta pedía algo de comer. Además, parecía vestido con telas de distintos puntos, unos a cuadros, otros a rayas, con bordes dorados y hasta con flecos.

Era un individuo de mediana estatura, apenas un poco más alto que la sirvienta. Llevaba un sombrero de fieltro donde el sol y la lluvia eran visitantes frecuentes y por eso su forma y color habían desaparecido de lo que originalmente fue.

La barba se confundía con los largos cabellos, las manos también tenían pelos y sus dientes mostraban la coloración siempre verde de quien mastica hoja de coca para alimentarse y para soportar la dureza de la vida sea en una mina, en el campo o incluso en una construcción en la ciudad.

La primera reacción de Claudina fue retroceder un paso.

El hombre pidió de comer.

Claudina le dijo que no había nada y cuando se disponía a cerrar la puerta el hombre le explicó que nadie en el pueblo le había dado ni siquiera un mendrugo de pan y que ya llevaba como una hora deambulando en busca de algo que aplacara su hambre de días. Añadió que apenas había llegado a ese pueblo y que hasta ese momento no era su destino final.

La sirvienta negó la ayuda. Tomando impulso cerró el portón haciendo coincidir el portazo con un poderoso rayo que en ese momento caía en una montaña vecina. Al unísono todo parecía retumbar en la casona hecha de adobes y madera.

La lluvia arreciaba y a las 3 de la tarde, sin luz, todo parecía como si fuera medianoche y sin luna ni estrellas.

La señora Celestina ya tenía una vela encendida, sus manos se enroscaban en un rosario de plata que le regaló la señora más rica del pueblo; llevaba un pañuelo negro con encaje en la cabeza y sus rezos se percibían fuera de la salita donde había mandado acomodar varias imágenes de San Silvestre, San Pancracio, Nuestra Señora de los Ángeles y de Teresita del Niño Jesús que siempre la acompañaba cuando se iba del pueblo a la ciudad.

- ¿Quién era Claudina?

- Un hombre muy extraño. Me asusté apenas al verlo.

- ¿Qué quería?

- Me pidió comida. Me dijo que nadie en el pueblo lo quiso ayudar pero es que el hombre espanta y no le cuesta alejar a las personas de su presencia.  Su ropa, su piel, su aspecto eran muy extraños.

- Pero Claudina, ¿Cómo es posible que le niegues un pedazo de pan a un mendigo? Al final, si no era pan al menos pudo ser una de esas manzanas que he traído ahora.

- Debo admitir señora Celestina que por miedo no atiné a pensar. Disculpe.

- Nada que disculpar, sólo que  no debes juzgar a las personas por su apariencia.  ¿Te imaginas en su situación? Peor aún, ahora que esta tormenta empieza y sin llevarse nada a la boca. Anda, mira haber si aún está cerca y podemos remediar el problema.

Claudina con la miraba baja, saliendo de la reta de doña Celestina, apuró el paso y antes de abrir la puerta, se puso una mantilla sobre sus hombros porque la tormenta ya dejaba caer goterones que no se podían disimular.

Abrió la puerta y nuevamente quedó impactada con la sorpresa. La cantidad de agua que caía hacía imposible mirar la casa  del frente,  sus pies se mojaban con el torrente de agua gris que corría por la calle apenas empedrada, el ruido era ensordecedor. Miró a ambos lados y ni señas del hombre de piel color de papel. Sin embargo, entre la cortina de agua una sombra menuda se acercaba en carrera haciendo salpicar mucha agua en cada tranco que daba.

Era Salustiana. La niña de largas trenzas que cuidaba el rebaño de cabras. Se había puesto un poncho rojo de su abuelo ya fallecido, para enfrentarse a la lluvia.

- ¿Qué haces Salustiana? Deberías estar bajo techo. El cielo se cae.

- Tía Claudina. Creo que falta una cabra. Yo las conté todas pero mi madre dice que falta una. Voy a buscar cerca de la peña.

- Salustiana, no me gusta esto. Nunca había visto una lluvia como esta. ¿Por qué no entras y esperas  a que pase?

- No tía Claudina. Si la cabra se pierde mi madre me pega con el chicote y eso duele mucho. Mejor me apuro y con suerte encuentro la cabra que falta.

- Oye Salustiana, ¿De casualidad viste a un hombre bajar por la calle hace apenas unos cinco minutos?

- Sí, vi a alguien muy raro. Me dio miedo. Tenía la cara blanca como de calavera.

- ¡No hables así, chiquilla! Bueno, debo admitir que yo también habría dicho eso pero la señora Celestina se hubiera enojado mucho más si me refería de esa manera sobre ese hombre.

- Me asusté mucho tía Claudina. Lo peor es que alcancé a escuchar que profería una maldición contra el pueblo. Decía que éramos gente de mal corazón, que no éramos solidarios y que esas cosas se pagan. Iba como bufando hasta perderse en una nube de humo.

- ¿Qué dices Salustiana? ¿Una nube de humo? Si está lloviendo. No hay fuego, ni humo cuando llueve.

- Me pareció que era como humo. ¿Crees que algo malo nos pase?

- No, no creo. Mejor quédate conmigo, más tarde tendremos una compota de ricas manzanas.

- No tía Claudina, mejor voy a buscar a la cabra.

La niña siguió su carrera cuesta arriba mientras los rayos se sucedían alumbrando todo y mostrando sombras tenebrosas en cada relampagueo.

La lluvia no paraba. El agua que corría por la calle ya se había metido al patio principal de la casona; las macetas del patio ya se habían mojado  hasta sus copas. El charco era como una piscina.

Al encender la quinta vela, doña Celestina sabía que las consecuencias del temporal serían graves. En sus sesenta años de vida, nunca experimentó nada parecido. Era como si los cielos se hubieran abierto para descargar hasta la última gota de agua que allí se encontrara. Varias tejas cayeron al patio cargadas de agua lo que aumentaba su peso y los muros empapados de adobe destilaban barro que salía de las extrañas mismas de su ser.

Claudina ya había terminado de quemar una palma reseca y bendita de la Semana Santa anterior, dicen que para alejar a la tromba.  Ni rezos, ni velas, ni palma parecían funcionar.

Seis horas se sucedieron en la zozobra y en el juego de lo que parecía ser la imaginación de ambas mujeres al oír gritos desesperados y lamentos.

Los oídos también les hacían creer que muros caían y que el ganado era arrastrado por las aguas.

Como a las diez de la noche la lluvia amainó pero el agua seguía inundándolo todo. Las mujeres estaban en un piso alto donde se guardaba harina, trigo, semillas y algunos muebles viejos.

Afuera había silencio sepulcral y como a las diez en todo pueblo es hora de dormir, dona Celestina y Claudina compartieron una frazada de lana de oveja que pudieron subir cuando moverse a ese piso alto era una sabia decisión.

El sueño no fue reparador.  Varias pesadillas surgieron en la noche y cuando se oyó un distante canto de gallo madrugador, ambas abrieron los ojos al mismo tiempo.

El patio no era más una piscina. El lodo había devorado muchas tejas y adobes que cayeron al interior de la casa; costaba distinguir las macetas y en la superficie se veían muy bien los tallos, las hojas y las flores embarradas de todas las plantas que una vez estuvieron vivas.

Con mucho miedo quisieron enfrentar la realidad detrás de la puerta de la calle. Se miraron a los ojos como presintiendo lo peor y fueron pocos segundos los que necesitaron para ver el horror de lo sucedido.

Abrieron la puerta con mucha dificultad haciendo fuerza las dos y sin invitarlo a pasar, mas el lodo cruzó el umbral de la puerta adueñándose del pequeño corredor que daba acceso a la casona.

Chapoteando en el lodo pudieron ver lo que la cortina de agua había dejado en ese macabro escenario: casas destruidas, muro derribados, muebles esparcidos, cuerpos hinchados de perros, cabras, vacas, gallinas y de gente que con expresiones horrendas de pánico se distinguían por sus formas envueltas en barro.

Por primera vez desde el inicio de la lluvia, podían ver desde el portal, la torre de la iglesia y parte de sus muros. Antes la casa vecina y todas las casas detrás impedían aquella vista. Ahora no había nada ni nadie que impidiera ver la devastación en el pueblo.

Claudina, sin salir de su asombró, intentaba reconocer el panorama de calles borradas, de casas antes en pie y hasta de gente que a esa hora estaría caminando, vendiendo sus productos y llevando sus animales a pastar.

No había quedado nada más que la casona,  la torre de la iglesia y las paredes del altar. Todo había sido arrastrado por la aguas, esparcido y destrozado.

Las palabras de Salustiana resonaban en la cabeza de Claudina: “… una maldición sobre el pueblo. Decía que éramos gente de mal corazón, que no éramos solidarios y que esas cosas se pagan.”

No era una lección, era más como un designio para un pueblo que nunca más se levantaría en el mismo lugar.

Doña Celestina decidió llevar su sexta vela al altar de lo que antes fue la iglesia del pueblo. Caminó entre escombros y con dificultad se acercó a la mesa de mármol  que había quedado firme sobre su base. Encendió la vela y se arrodilló sobre el barro para dar gracias por conservar la vida. Cerca de ella un poncho rojo lleno de barro, le recordaba a viejos y niños que tuvieron que pagar la falta de caridad con un hombre que no se sabe de dónde salió y a dónde se fue pero que si toca a tu puerta al menos un pedazo de pan le tendrás que dar.

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