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7 min
Somos peces de colores
Drama |
06.03.13
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Sinopsis

Un poco liado con esto del lanzamiento de los ebooks, pero la web es adictiva. Un poco de tiempo para la lectura,que tengo retrasada, espero ponerme al día, aunque la velocidad actual complica el leerlo todo.

Julián era un castellano recio de la sierra abulense, emigrado a Suiza para juntar unos ahorros cuando la emigración apenas se daba ya. De criterio recto y carácter tesonero regresó a España allá por los noventa, casado con una española y con dos hijos pequeños. Un hombre sencillo, de las buenas gentes de Machado. Con un pequeño capital ahorrado se compró un piso en una ciudad del cinturón sur de Madrid y adquirió un negocio arruinado de hostelería, un infame bar de reducidas dimensiones que por una causa o por otra ninguno de sus anteriores propietarios fue capaz de sacar adelante. Una modesta reforma lavó la cara al negocio, sin pretensiones, espartana como lo era él, pero efectiva a la vez, quedó un barcito limpio y presentable. En el barrio no se le auguraba buen porvenir, como iba a salir adelante si en el bar apenas cabían clientes, una inversión desacertada, pensaban los hosteleros de los alrededores.

    El barcito quedaba frente a mi casa, una plaza de por medio que incluía un  remedo de jardín escaleno. Le veía entrar o salir, el gesto adusto, mientras lo reformaba. Creo que yo también pensaba lo que el resto, que difícil lo tenía. Pero no se arrendó ante las dificultades, ni trato de impresionar a la posible clientela con un derroche de aperitivos. Tortilla, aceitunas, boquerones en vinagre y poca cosa más. Quien quería comer, tortilla, sopa que solía tener siempre, cinta de lomo y pepitos de ternera, total,  solo cabían dos mesitas. Los domingos hacia una excepción y preparaba paella y migas de aperitivo. Alguna lata por si llegaba algún caprichoso, pero por lo general su clientela era de gustos sencillos y no excesivos, tampoco quedaba otra, ni él lo pretendía. Abría a las ocho de la mañana y cerraba a las nueve de la noche, los siete días de la semana menos el domingo, que echaba el cierre tras la hora del aperitivo, sobre las tres. Él solo se apañaba con todo, no tenía empleados, su mujer aparecía sobre las doce para que él pudiera ir a los recados y después de comer regresaba a casa. Dos tragaperras alimentadas por cuatro o cinco clientes viciosos de esos que gastaban más que ganaban le complementaban las ganancias del negocio y con eso iba tirando y hasta generando sus pequeños ahorros. Julián no era enemigo del futbol ni de los toros, pero le daba igual que los echaran por televisión, su hora de cerrar era sagrada.

    No pasé por primera vez al barcito hasta mucho después de abrirlo, quizás pasara algún año, y lo que me atrajo hasta allí no fue su carácter serio ni las viandas escasas de las que disponía, sino su tranquilidad. Tenía yo mis propios diablos, pesadas cargas sobre los hombros que el destino me había deparado, sin solución posible, y no me apetecían charlas intrascendentes con el vecino de turno al que solo conocía de cruzarnos en el portal. Prefería el silencio. No fue necesario intimar con él para enterarme de sus dos aficiones, estaba orgulloso de ellas. La una era el juego en la bolsa, la otra correr. A veces me dejaba caer por allí  al mediodía, para tomar una cerveza antes de subir a comer, y algún viernes por la tarde, si terminaba la semana pronto, me tomaba una copa de bourbon. Al mediodía él estaba pendiente de la bolsa, la seguía con atención y jugaba sin arriesgar demasiado, se conformaba con ganar pequeñas cantidades, podía presumir de sensatez y no de avaricia, y estaba ufano de sus pequeñas conquistas. Pero a  media tarde se acercaba su hora mágica y el tema de conversación era su afición a la carrera de fondo. Lunes, jueves y viernes salía a trotar por los campos de los alrededores cuando cerraba el negocio, una hora o algo más, dependía de lo cansado que estuviera, pero sin faltar a una sola de las citas. Los domingos por la tarde, que no trabajaba y después de una pequeña siesta, salía a correr un par de horas. Martes y jueves practicaba bicicleta estática en su casa.

    Perseverante y disciplinado fue incrementando los tiempos de carrera hasta que decidió que bien podía presentarse a la maratón de Madrid. Y lo hizo, en dos ocasiones. No pretendía ganar, era consciente de sus limitaciones, se conformó con terminarlas. Teniendo en cuenta su horario de trabajo y que solo descansaba los domingos por la tarde por fuerza había que admirarse de su esfuerzo, así como de su tesón. Y ni corto ni perezoso se empezó a preparar para la tercera. Recuerdo que por entonces estaba en ebullición la Guerra del Congo, Internet despegaba con fuerza y las noticias llegaban desde muchos cauces. Me interesé por aquella guerra, tan cruel, tan desproporcionada, tan absurda, tan sanguinaria y tan insensata, con niños soldados y violaciones masivas, con el mayor número de víctimas registrado en un conflicto tras la segunda guerra mundial, también tan desconocida. Acaso para alejar mis propios terrores, para darles viso de normalidad, tan absurda la existencia. Comparaba, mientras acá las familias cenaban tranquilas al término de la jornada, a unos miles de kilómetros, no muchos, la vida valía lo que un suspiro y ninguno era capaz de cenar relajado, muchos no regresaban para la cena. Y, con más cercanía, me asombraba de lo diferente que podía ser la vida de mi vecino, separada de la mía tan solo por un tabique.

    Me quedé de piedra cuando me comunicó su enfermedad, degenerativa, irreversible, mortal. Sin inmutarse, aceptando con gravedad los malos hados del destino. Pues claro que le afectaba, era imposible que no, pero se negaba a doblegarse, a tener que admitir la derrota. Aquella tarde, cuando me lo dijo, brillaba el sol y frente al portal de enfrente había un contenedor, estaban haciendo reforma, reformando la pecera, me dije. Nos imaginé frágiles como peces de colores protegidos del exterior tan solo por un cristal, ignorando la realidad. Supuse que ese empeño que ponemos en las cosas que hacemos, la misma obra para poner suelos y muebles nuevos, el plan de estudios, cualquier proyecto que emprendemos, atrapa nuestra atención para alejarnos de la consciencia de nuestra vulnerabilidad. Aquel buen hombre, corredor de maratones, iba a tener que presenciar como su cuerpo se iba encogiendo como un papel arrugado hasta consumirse, cruel paradoja para un deportista, quizás le quedaran dos años para extinguirse partiendo de la plenitud. Que no le fuera nadie a cantar bajo la lluvia ni a ensalzarle la calidez de los rayos de sol.

    Lo soportó estoicamente, al menos la parte del proceso que yo contemplé, primero la cojera, la muleta después, negándose a abandonar su trabajo, el hilo que de alguna manera le ataba a la vida. La silla de ruedas terminó recluyéndolo en casa y su familia cerró el bar, no volvería a verlo, aunque si supe de su muerte año y medio después. También puedo imaginar la tragedia de sus últimos meses, sin otra opción que hincar la rodilla, humillado, vencido, hasta puedo suponer que recibió con alivio la muerte.

    Y sí, concluí después que debemos aferrarnos a cantar bajo la lluvia y a ensalzar los rayos del sol, a ignorar nuestra fragilidad y vivir cierta mentira, a nadar en la pecera con la esperanza de que el agua difumine la horrible verdad que aguarda fuera. Concluí que es necesario sonreír...para no tener que llorar.

Registro de la propiedad intelectual en safecreative

en Twitter @enderJLduran

http://www.facebook.com/JoseLuisDuran.ENDER

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  • ¿que es barito?
    Bonita historia de narración ágil y sencilla pero muy real. Casi todos conocemos hoy en día a un Julian, personas admirables por su fuerza y tesón que pasan por la vida como una suave brisa, casi imperceptible hasta que en ella nos fijamos. Lecciones de vida. Un saludo Ender...
    Una historia cruda que además es real, acompañada de una narrativa excelente que envuelve al lector nada más empezar a leer y lo acompaña de la mano, no vaya a perderse, hasta el punto final. Muy bueno, Ender.
    Me ha encantado, Ender, como de una historia de cualquier hijo de vecino la has transformado en un crudo relato que refleja lo que es la vida. En cuanto a tu estilo, aún no he aprendido adjetivos suficientes para describirlo. Sublime?
    Muy bueno, Ender. Hacer que un escrito se lea fácil es de lo más difícil que un escritor tiene que afrontar. Tomar una historia real y hacer con ella un relato ágil e interesante también es algo complejo. No importa si está basada en la realidad, siempre hay recreación, punto de vista, enfoque. Se ven al barrio, los vecinos, la época. Coincido con otro comentario respecto a que la referencia a la guerra del Congo es una derivación que podría haberse omitido. Aleja de lo principal, distrae sin agregar nada a la historia. Pero esto es algo que suele mal de casi todos en este oficio.
    Narrado con fluidez y ritmo, conocimientos históricos y de psicología, con el saber contar la historia de un hombre hasta el punto de conmovernos y sentir (no sólo estar de acuerdo) la última reflexión. Un abrazo al escritor que siempre pasa fijándose.
    Perdona, Rafa, pero no entiendo eso de que esgrime la mentira como el mecanismo que le lleva a paricipar en las maratones. ¿Dónde pone eso? Por otra parte no es ninguna creación, el relato es real, conocí a Julian y relato los hechos como pasaron, lo de la guerra del Congo un tema que yo hablé con él, las carreras y la bolsa lo que él me contaba a mi. Participó en las maratones y murió de esa enfermedad, me limité a contarlo como pasó. Ya comenté aquí mismo que era un relato real.
    La descripción del principio tiene esa claridad y sencilez expresiva que tanto me gustan. El ritmo de la narración es bueno, no se hace largo. En cuanto al tema, sólo la alusión a la Guerra del Congo supone una ruptura en la trama que no me convence del todo. Lo mejor, desde mi ounto de vista, es la creación de ese corredor de fondo condenado a muerte; éste es un tema, Ender, que yo lo trataría en un relato o nela corta específicos, focalizados en ese punto. Sin embargo, no esgrimiría la mentira como el mecanismo que lo lleva a participar en las maratones de Madrid, esgrimiría la conciencia plena de la muerte y la decisión inapelable de seguir sorbiendo la vida, hasta donde dure. Un saludo
    Empece y no pude parar de leerlo, que decir que no se haya dicho, felicidades!
    ¡Wow! De verdad quedé impresionado. Logras escojer las palabras precisas y las unes de una forma única. Siento algo de verguenza ahora, después de que leíste mi intento de relato, pero me inspiras para mejorar =)... ¡Saludos!
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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