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17 min
SONIA-- TEATRO ÓPERA-- BUCAREST (Sonia 2)
Terror |
13.03.14
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Sinopsis

Los entre-telones de una artista.

         Transcurría una noche de gala en el Teatro Ópera de la bella Bucarest, cerca del río Dimbovita, en la república de Rumania, país de los Cárpatos.

         Junto a la Orquesta Sinfónica nacional, una grande y ultraterrena violinista, exprimía al extremo la fantástica velada.

         La pirotecnia musical conmovía al absorto público-muchedumbre. El exhaustivo recital se prolongó casi hasta el amanecer, a instancias de la incansable solista los excelsos integrantes de la sinfónica llegaron cerca del agotamiento; la concertista saludó e inclinó su larga, sinuosa y espléndida figura; alzó su instrumento, en sacra ofrenda a la audiencia extasiada; la multitud ovacionaba de pie, fascinada y ebria por las exquisitas destilaciones sonoras.

         Cuando la gran masa de gente, con las manos inflamadas de tanto aplaudir y las gargantas ardiendo por tanta ovación, regresó al fin de las altas esferas, pisó suelo terreno y salió del teatro, ya el sol inundaba la ordenada Bucarest.                                                        . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

         La plaza de la universidad se hallaba bañada por el mediodía primaveral.

         En un restaurante de primera línea frente al paseo público, bajo las sombrillas de la vereda, la virtuosa violinista del Teatro Ópera almorzaba en compañía de un distinguido caballero.

         La dama alisó su deslumbrante traje blanco, de anchos pantalones. --Miklos... Miklos Lupescu, antes  de mis recitales en el Palacio de la República, y después en Budapest, deberíamos reunirnos y pasar dos semanas placenteras, ¿no es así?

         --¿En tu casa, Sonia Lombardo, --dijo Miklos, bajo el sol de la mañana.

         --No me parece. Nunca falta algún periodista o paparazzi para fastidiar. Más conveniente sería ese hotel, cerca del lago Fundeni.

         Miklos se movió incómodo, dentro de su casaca de cuero, en tanto un oscuro latido subía desde el umbral de su conciencia.

         --No dispongo de mucho tiempo. Tengo que hacer una investigación para la Sociedad Arqueológica de la ciudad, en los restos de un cementerio de la parte más antigua, del lado oeste del río.

         Las palomas de la plaza se espejearon en las sombras de los ojos de Sonia, enredándose en su mirada, y gozaron al ser observadas. --Como descendiente de la aristocracia deberías tomarte un descanso de vez en cuando, mi tierno Miklos.

         --Hablando de descanso --atajó éste --podrías distanciar un poco los recitales entre uno y otro. Pude ver lo que fue la otra noche el Teatro Ópera.

         La boca ancha y carnosa. La caricia en tono de contralto. No podía ser de otra manera.

         --El pueblo de Rumania me ama, y yo voy a darle todo lo que pueda. La gente de Cultura hasta me pidió que me haga ciudadana de su país.

         --¿Y tú? ¿Quieres volver a América, a la Argentina?

         --No pasará mucho tiempo antes de volver a Buenos Aires--, los oscuros ojos espejeantes se nublaron --y tú podrías aprovechar y venir conmigo a conocerla.

          Miklos contempló a Sonia. No podía dejar de imaginársela en torneos de esgrima, derrochando energía en canchas de tenis, o arrasando pistas en los doscientos metros llanos, con el azabache de su mata de pelo al viento. Pensó... ¿cómo podía ser tan hermosa? Siempre continuaba asombrándolo ese parecido increíble con aquella famosa actriz italiana en su juventud... Sofía...

          --Pero... volvamos a tu trabajo, Miklos. Esa investigación tuya... ¿es oficial o tiene algo de personal?

          --Tiene las dos cosas --el rostro de Miklos se oscureció.

          --Se me ocurre que estás caminando al borde de algo muy peligroso-- sentenció Sonia muy seria--, ¿No es así, Miklos "Van Helsing"?

          --¿Van Helsing? ¡Vamos, Sonia!  ¡Los cazadores de vampiros se quedaron en el siglo diecinueve!

          --Los cazadores de vampiros se quedaron allá --replicó Sonia--, y los vampiros continuaron hasta acá. De todas maneras, si vas a cometer algún desatino podrías avisarme. De esa forma te haría compañía en ese... cementerio...

          La charla fluyó en trivialidades. Miklos olvidó por el momento la oscura compulsión en el fondo de su mente. 

          Montado a horcajadas en la fresca brisa llegando desde el Mar Negro, el mediodía transcurría hacia las primeras horas de la tarde.                                                                 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

          Dos día después, el distinguido caballero de la antigua nobleza rumana no pudo hacer otra cosa que obedecer el tenebroso impulso que lo atormentaba desde tiempo atrás.

          Sobre el filo de la medianoche, Miklos ya se encontraba en los restos del ruinoso cementerio, dentro de una antiquísima cripta gótica. Habiendo asegurado la puerta  de bronce a sus espaldas, protagonizaba un macabro ritual, frente a un ominoso sarcófago de piedra.

          La blanca figura de una mujer esculpida se recostaba somnolienta, formando una pieza con la piedra cubriendo el sepúlcro. En un costado del pedestal, desconchado por el tiempo, apenas podía leerse: BRUNILLA DOBRESCU -- 1690 -- 1715.

          Frente al deprimente lecho funerario, arrodillado entre dos cirios negros, Miklos empuñó una navaja, infiriéndose una herida superficial en el antebrazo izquierdo. La sangre goteó, formando una mancha oscura en el centenario pavimento de mármol. El hombre comenzó a recitar una sombría invocación.

          --¡Por el rojo poder de la sangre...!  ¡Por el negro poder de las tinieblas!  ¡Brunilla Dobrescu, ven a mí, te ofrezco toda mi sangre...!  ¡Levántate de tu frío lecho y ven a regocijarme con el fuego de tu deliciosa boca infernal!

          Poco a poco, la vibración del conjuro, de las pesadas palabras, fueron invadiendo con su resonancia la tétrica y pavorosa masa del túmulo de piedra.

          De súbito, hubo un estrépito en el panteón y las velas se apagaron.

          --¡Miklos Lupescu! --llamó una voz enronquecida.

          El hombre fue embestido por una sombra rampante. Sintió manos duras arrancando su vestimenta, mientras era aprisionado por unos muslos de tenaza.

          Una larga serie de jadeos y gemidos se sucedieron. Al cabo de ésto, en la oscuridad, dos poderosas manos inexorables fueron cerrándose como un cepo de acero en torno al cuello de Miklos.

          Hubo una confusión de caóticas convulsiones, rematadas por un sordo crujido. Los brazos y piernas de Miklos restallaron con furia en el aire, en un postrer espasmo de nervios amputados, como una rana atravesada por una corriente galvánica.                                       . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

          Temprano en la mañana, el personal municipal descubrió el cuerpo aniquilado del joven arqueólogo, junto al pétreo sarcófago con la losa algo desplazada.

          Ante la denuncia de los operarios, una comisión policial se presentó de inmediato.

          --Es evidente que fue asfixia por estrangulamiento y, enseguida, fractura cervical --comentó el médico forense al capitán de la policía--, hay un leve corte por navaja en un brazo que no explica nada. Se puede afirmar que falleció entre las tres y las cuatro de la madrugada. Tal vez no sufrió nada --añadió estudiando el cuerpo--, parece que tuvo sexo a mansalva, largo y tendido y más que desesperado, diría yo.

           --Pero... ¿con quién pudo haber tenido sexo aquí, en este sitio horrendo...? --gruñó el capitán, desconcertado--, hay restos de cirios negros, como si hubiera habido una ceremonia satánica.

           --Tuvo sexo con la mujer que lo estranguló --concluyó categórico el galeno--, está claro para mí.

           --¿Qué clase de mujer pudo haberlo estrangulado? Miklos Lupescu era un hombre fuerte--. El capitán dejó caer la pregunta, como si le hablara al vetusto sepulcro con la losa entreabierta.

           El discípulo de Hipócrates no dijo nada y, junto con los otros dos oficiales y los tiesos empleados municipales, dirigió la mirada hacia el mismo lugar que el capitán.

           --La puerta de la cripta muestra una reciente rotura de cerrojo --musitó el capitán, pensativo--, no creo que sea obra del arqueólogo; por allí pudo haber entrado alguien más, o bien alguien pudo haber salido y después vuelto.

            --Ya revisamos minuciosamente y no hay huellas dactilares --informó uno de los guardias--, y el resto del recinto está lleno de polvo y telas de araña, exceptuando parte del lecho funerario; allí la suciedad parece haber sido removida.

             El jefe de policía escuchó esto y se decidió, dirigiéndose a los dos trabajadores del cementerio.

             --Consíganme dos estacas gruesas de madera, bien afiladas, de medio metro de largo, junto con una maza. Ustedes, oficiales, quiten la tapa de ese ataúd.

             Los dos agentes forcejearon, como nadando en melaza, y el hueco quedó al descubierto.

             El horrendo cadáver de Brunilla Dobrescu, aunque correoso y de color ocre, se encontraba en extremo conservado. Entre la mortaja abierta podía verse un antíguo vestido largo, que Brunilla usara hacía ya incontables años.

             --Ésto es una locura --masculló el forense, meneando la cabeza con ojos muy habiertos--, ésto es algo obsceno. No se puede profanar así una tumba... torturar a los muertos... a una vieja momia. Debemos ampararnos en una orden judicial.

             --Las circunstancias lo exijen --atajó el Capitán--, y ésto deberá quedar como estricto secreto entre nosotros, incluyendo a los dos municipales. Por las dudas, no vamos a hacer nada hasta el mediodía, con el sol bien alto. Y la comprobación que hagamos, tal vez nos ahorre una larga e inútil serie de investigaciones.                                                   . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .              Con el sol ya casi llegando al cenit, el facultativo comenzó a pasearse despavorido.

             --Todo esto pertenece a las leyendas folklóricas, al mundo del cine --farfulló moviendo los brazos --¡Bela Lugosi!  ¡John Carradine!  ¡Las películas de la Hammer!  ¡Christopher Lee!  ¡Peter Cushing!  ¡Klaus Kinski!  ¡Frank Languela!  ¡Jack Phalance!  

              --¡No sabía que era un conocedor del cine, doctor! --comentó el capitán, apenas conteniendo la risa--, pero olvidó mencionar a los directores de las películas, y a Gary Oldman... de la mano de Francis Ford Coppola...

              Viendo que hacía el ridículo, el médico cerro la boca y se quedó quieto.

              Mientras el sol de primavera inundaba los alrededores, en la mortecina luz del interior de la cripta el capitán impartió rápidas instrucciones.

              Acomodaron el cuerpo de Miklos y con un golpe de maza lo clavaron a la estaca. Los restos apenas temblaron un milímetro por el martillazo.

              El capitán miró las caras cenicientas de los presentes e hizo un gesto a los hombres.

              --Ahora le toca a Brunilla. Procedan, oficiales.

              La afilada punta tocó el pecho marchito. Ante el terrible mazazo que lo empaló en la estaca, el despojo humano lanzó un alarido tan espeluznante que los hombres se sintieron electrocutados con la sacudida de un escalofrío infernal, abrió los ojos y la boca en el correoso y desencajado rostro, exhibió horrendos colmillos amarillentos, vomitando un chorro de sangre negra y salpicando a todos los presentes. Los pájaros de la zona levantaron vuelo y hasta el mismo sol pareció oscurecerse.                                                . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

               La alegre terraza de la mansión de Sonia era entibiada por el mediodía. Varias personas, músicos y periodistas, almorzaban amparados por coloridas sombrillas, charlando y riendo distendidos en compañía de la anfitriona.

               Sonia, radiante de hermosura, sonreía en medio de sus amistades, luciendo los firmes cachetes de sus mejillas.

                En un instante irreal, la terraza pareció tambalearse. Un lejano chillido inhumano desgarró el aire desde el otro lado del río, como si una monstruosa uña se atreviera a rasgar el cielo azul de Bucarest; todos vieron cómo los pájaros se alzaban despavoridos desde el oeste; en el mismo momento una nube sombría pareció pasar flotando entre el sol y los atónitos comensales, aún cuando en el cielo no había nube alguna.

                --¡Qué fue éso!  ¡Pero... qué fue éso! --exclamaron los amigos de Sonia. Varios se levantaron para escudriñar el recortado horizonte citadino, hacia occidente.

                Desde su silla Sonia observó pensativa. Permaneció quieta bajo las sombrillas.

                --¿Miklos? --su mente llamó susurrando hacia adentro--, ¿Miklos? --preguntó muy leve.

                Una presencia recóndita se movió dentro de su pecho. Un ave nocturna aleteó detrás de su entrecejo.

                --¿No es mejor así, Miklos, vivir juntos y amándonos para siempre? ¿No es mejor ésto, en lugar de ser condenado por una vampiresa a una noche eterna de tumbas,   merodeos y sed infernal? ¿No sientes el sol en nuestra piel... Miklos?

                --Sonia... --cliqueteó la secreta presencia dentro de su cuerpo--, cómo te amo Sonia... juntos... como nadie puede estar...--. Y las palabras silenciosas fueron cayendo, intermitentes, como partículas del sol de mediodía en los ocultos pasadizos de su mente.

                --¿Miklos? --susurró, suave-- ¿Serás feliz conmigo, Miklos? ¿Cuando vayamos a Buenos Aires, y yo te muestre la ciudad y el país, y yo sabré que estás ahí? ¿Y sabré que me quieres?  ¿Y tu sabrás que yo te quiero, como no te quiso nadie, y para siempre...?

                 El huesped secreto respondió, desperezándose y extendiéndose ya placentero, como una corriente cálida y un casi imperceptible cosquilleo, como un abrazo de adentro hacia afuera por todo su cuerpo.

                 Sonia dejó su asiento y se reunió con sus amigos, en la balaustrada, charlando bajo el sol, riendo y bebiendo vino añejo en prolongada sobremesa. Y aunque cualquiera hubiese podido contar diez personas, había más... en realidad había más de diez personas.

                                                 .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .

                 

                    

 

        

 

 

 

 

                    

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nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

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