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13 min
Sucedió en Navidad
Drama |
06.02.08
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Sinopsis

-      Sólo una más. Pon esta roja, mamá.
-      Vale, sólo una más, o se caerá todo al suelo. Ya le hemos puesto muchas bolas.

Les había quedado un árbol de navidad estupendo, el mejor que Damián había visto en su corta vida. Sólo faltaba colocar la estrella dorada que culminaría aquel impresionante abeto. La que habían usado en años anteriores estaba definitivamente rota y ya ni pegándola una vez más habían conseguido darle la majestuosidad que requería un árbol de aquellas características. Además, no brillaba como al principio y Damián ya no podía usarla como espejo para reflejar sobre la pared los rayos que se filtraban por las cortinas. Era una pena no poder utilizarla este año, pero viendo la que su padre había comprado, estaba claro que el árbol iba a resultar mucho más espléndido que otras veces. Fue él el encargado de colocarla en lo más alto, ayudado por su padre que le sujetaba en brazos. Siempre había sido labor de mamá poner la estrella, pero últimamente estaba muy gorda y parecía del todo imposible que pudiese hacerlo en esta ocasión.

Era Nochebuena, la noche más mágica del año para un niño de siete años como Damián. Esta vez se habían retrasado mucho en la decoración del árbol. Su padre había estado varios días de viaje y era del todo impensable poder hacerlo sin él. Significaba un ritual y siempre adornaban el árbol los tres juntos, nadie más, no podía ser de otro modo. Pero aun sin la decoración típica de las fechas, Damián llevaba ya más de una semana muy nervioso y exaltado; se despertaba muchas veces por la noche seguro de haber oído a su padre colarse en su cuarto para dejar los regalos bajo su cama. Siempre había sabido que no había ni reyes, ni papá Noel ni ningún otro personaje colándose en su casa y dejándole los regalos; sus padres le enseñaron desde pequeño que los juguetes los compran los papás. Cada año su padre los escondía en un lugar diferente. Recordaba cómo en las navidades pasadas le llevó horas dar con las numerosos paquetes que contenían todos los regalos que había pedido. Había buscado en todos los rincones de su cuarto, escudriñado palmo a palmo la cocina, la habitación de sus padres, la sala de estar y la terracita anexa… Todo, lo había revuelto todo y nada, hasta que, derrotado, enfadado pero no resignado, le había pedido a su madre que le acompañase al garaje y sí, allí estaban los regalos, dispuestos en una pirámide que le daba a Damián por encima de la cabeza. ¡Qué suerte tenía!, sus padres siempre le compraban todo lo que les pedía. Y a eso había que sumar los juguetes que el resto de sus familiares le traían. Era el único niño de la familia y eso le otorgaba ciertos privilegios. Tenía la mejor familia del mundo, perfecta.

Y por fin esa noche tan especial se acercaba de nuevo. Faltaban solamente diez horas y unos minutos. Mamá tenía que salir al mercado a por las cosas de la cena para todos. Sus abuelos venían a casa, y también el tío Alberto desde que muriese la tía Isabel. Damián no se acordaba de ella, aunque había muerto hacía sólo tres años. Una fotografía de la pareja el día de su boda sobre el aparador de la sala y que Damián solía mirar con cierta asiduidad le recordaba que el tío Alberto no siempre había sido tan taciturno como Damián le veía. Mamá decía que era una auténtica pena lo que le había pasado a la tía Isabel y que su hermano jamás se recuperaría del golpe.

Damián no solía acompañar a su madre. Cuando en alguna ocasión no le había quedado otra más que ir con ella, recordaba haberse aburrido soberanamente mientras su madre aguardaba pacientemente largas colas hasta que llegaba su turno; además, no soportaba el olor de los puestos de pescado y marisco, que incluso le provocaba náuseas. ¿Cómo los mayores podían después comerse aquellos bichos que olían tan mal? Para él mamá ponía siempre macarrones con tomate y albóndigas de pollo, su plato preferido. Damián prefería quedarse en casa de la vecina, aunque tuviese que aguantar a las tontas de Marta y Laurita y su insistencia para que jugase con sus muñecas. A Damián no le gustaban los juegos de niñas, le parecían una soberana estupidez: muñecos que lloran, cocinitas, maquillajes y abalorios… ¿A quién podía gustarle jugar a aquellas cosas? Además, las dos estaban siempre peleándose por cualquier tontería, hasta que finalmente una, casi siempre Marta, terminaba llorando porque, siendo la mayor, le correspondía ceder a todos los caprichos de su hermana pequeña. A Damián aquello le resultaba una terrible injusticia, pero era algo que a él no le ocurriría nunca y eso le daba mucha tranquilidad. No hubiese podido soportar ver cómo otro niño tocaba sus cosas, decoraba el árbol con sus padres, comía macarrones con albóndigas…

Por fin llegó la noche. Entre mamá y él habían decorado la mesa, poniendo el mantel que sólo usaban para Navidad y que a Damián le encantaba, con campanitas doradas y velas rojas. Serían seis personas, como siempre, y él mismo se había encargado de colocar los platos y los cubiertos como su madre le había enseñado. Sólo faltaban las copas para el vino y un vaso de limonada para él. Esta vez mamá le dijo que también bebería limonada, como él. Su padre, mientras tanto, se entretenía buscando los discos de villancicos que amenizaban siempre aquellas cenas y que su madre guardaba tan a conciencia de un año para otro que siempre le llevaba horas encontrarlos. Iba a ser una noche perfecta, de eso no le cabía ninguna duda a Damián.

Habían terminado ya de cenar. Papá sacó la tarta que mamá había comprado a la mañana, abrió una botella de champán (a Damián le encantaba el ruido que hacía el corcho al extraerlo… ¡Pum!, como un petardo). Le sirvieron otro vaso de limonada, mamá también se sirvió un poco más y papá propuso un brindis. Todos se levantaron de la mesa, excepto mamá, que se quedó sentada, sujetando su vaso. Damián no entendió muy bien lo que su padre acababa de decir y que provocó el aplauso de todos y felicitaciones a sus padres y a él.

-      No entiendo lo que acabas de decir, papá.
-      Pues eso Damián, que mamá está embarazada y que para primavera tendrás una hermanita. ¿Qué te parece? Alguien con quien jugar sin salir de casa, ¡qué bien!, ¿no?

Le llevó un rato procesar aquella información. ¿Qué significaba exactamente? ¿Que su madre, al igual que la madre de Marta y su hermana, tenía un bebé en su barriga? Sus padres le habían explicado hacía dos años, cuando nació Laurita, todo el proceso de cómo venían los niños al mundo. Pero no se le había ocurrido pensar que la tripa de su madre significaba que dentro había un niño, bueno, una niña, lo que aún era más desagradable. Todos le miraban esperando oír una respuesta de sus labios.

-      Una hermanita, Damián. Podrás cuidarla, darle el biberón, empujar el carrito cuando salgáis a la calle. Podrás dejarle todas tus cosas, jugar con ella… Ya no estarás solo. ¿No estás contento?

¿Contento? ¿Cómo podía su abuelo pensar que semejante noticia podía contentarle? ¿Acaso tenía él pinta de querer cuidar de un bebé como hacía Marta con sus muñecas? Él era un niño; le gustaban los balones, los coches, los juegos de construcción… Además, a él le encantaba estar solo con sus padres, y ya tenía otros niños para jugar en el colegio: Raúl, Pablo, Mario…

Llegó la hora de abrir los regalos. Esta vez su padre los había colocado debajo del árbol, sin más. Sólo había dos paquetes.

-      Este año, Damián, no hemos podido traerte todo lo que has pedido. Eran muchas cosas y tenemos que empezar a pensar en los gastos que va a suponer Amanda, tu hermanita. Ya sabes que los bebés gastan mucho.

Aún no había nacido y aquella niña ya estaba complicándole la vida. Damián protestó al ver que no estaba el avión teledirigido que había encargado. En su lugar, su padre le había comprado una avioneta diminuta a la que había que girarle el aspa como si fuese una rosca para que volase. Al primer intento, se estrelló estrepitosamente con la estrella dorada del árbol, haciéndola caer y rompiéndose en mil añicos.

-      Este regalo no me gusta, es un asco. Yo quiero el avión que vimos en el centro.
-      Damián – le recriminó su madre – no seas caprichoso. Vas a tener que acostumbrarte a que no va a ser siempre lo que tú quieras. Ahora tendrás que aprender a compartir tus cosas y renunciar a otras.

Llorando a mares, subió las escaleras sin abrir el resto de paquetes que le habían traído sus abuelos y su tío, y se encerró en su cuarto. Tenía que analizar la situación que se le presentaba. Trató de imaginar cómo iba a ser su vida a partir de ahora. Papá ya no le llevaría sobre sus hombros cuando saliesen a pasear porque tendría que coger a su hermana; mamá ya no le ayudaría a dibujar las fichas para el colegio porque iba a estar muy ocupada dándole de comer, cambiándole los pañales, haciendo que se durmiese… Sabía perfectamente cómo funcionaba todo aquello porque lo había visto en Marta, quien había pasado de ser la niña mimada de casa a convertirse en un estorbo que no hacía más que molestar y hacer rabiar a Laurita. ¿Le pasaría a él lo mismo? Seguro que sí, ¿por qué iba a ser diferente? Muchos días no podría salir a jugar porque tendría que quedarse en casa cuidando de su hermana mientras mamá salía a algún recado, se acabó el dormir en la cama de sus padres cuando la tormenta le asustaba, adiós a las caminatas de los fines de semana por el bosque: un cochecito de niños no podía ir por aquellos caminos embarrados, ni saltar las piedras del río…

Estuvo despierto muchas horas, hasta que oyó cómo mamá se despedía de todos y cerraba la puerta de la calle. Papá llevaría a los abuelos a casa en coche. El tío Alberto se había marchado hacía ya un buen rato. Damián se levantó y se asomó a las escaleras. Su madre estaba en la cocina recogiendo los restos de la cena. Damián le llamó y le pidió que le subiese un vaso de leche fría.

-      ¿Pero aún estás despierto? Es muy tarde ya, Damián. Ya se han ido todos. Papá volverá enseguida.
-      Tráeme la leche. Tengo sed y no quiero agua.

Su madre subió lentamente las escaleras. Amanda pesaba ya bastante. Damián se había sentado en el último peldaño y aguardaba a que llegase su madre con la leche.

-      Damián, has llorado, tienes los ojos rojos. No tienes que preocuparte por lo de tu hermana, hijo, a ti te vamos a seguir queriendo igual, no vas a notar la diferencia. Sólo que tendremos que acostumbrarnos todos a ella y a repartir nuestro tiempo de otra manera. Ya verás cómo todo va a salir bien. Anda, tómate la leche y vete a dormir.

Damián cogió el vaso y se lo acercó a los labios. Su madre le acarició cariñosamente el pelo y se dio media vuelta para bajar de nuevo las escaleras. Sitió cómo la niña se agitaba en su interior. Intentó agarrase a la barandilla pero no pudo y continuó rodando por las escaleras hasta llegar hasta el último peldaño. Un golpe seco, ¡paf! y la oscuridad se adueñó de todo. Ya no sentía al bebé moverse dentro. Ya no sentía nada…

Damián cogió el vaso y se lo acercó a los labios. Su madre le acarició cariñosamente el pelo y se dio media vuelta para bajar de nuevo las escaleras. Tal y como había planeado esa misma noche, se acercó a su madre y la empujó fuertemente con las dos manos. Rodó pesadamente por las escaleras y al final se produjo un golpe seco, ¡paf! y su cabeza quedó apoyada contra el bode del último peldaño. No se movía. Damián bajó las escaleras y se sentó junto a ella. No le parecía que el golpe había sido tan fuerte como para hacerle daño a mamá, él mismo se había caído una vez por las escaleras y sólo se produjo un fuerte chichón en la cabeza y una herida en la rodilla. Y mamá era mucho más fuerte que él. Pero sí que el golpe era suficiente como para acabar con un bebé. Llamó suavemente a su madre pero no hubo respuesta. Se quedaría allí sentado hasta que volviese papá y él la despertaría. Estaba seguro de que se alegraría de que Amanda ya no fuese a nacer, siempre había oído decir a su padre cuando alguien le preguntaba sobre la posibilidad de darle un hermanito a Damián que un niño en casa era suficiente. Estaba convencido de que tener otro era algo que mamá había decidido sin consultarlo con nadie. Pero el disgusto se le pasaría pronto, en cuanto papá le comprase las flores que tanto el gustaban y él le diese muchos besos, como ella siempre le pedía y él se negaba a hacer. Al final la noche no iba a resultar tan mal como antes había pensado. Todo se iba a arreglar, seguro.
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