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5 min
Sueño
Varios |
26.11.15
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Sinopsis

Posiblemente sea difícil de describir, ya que un sueño tiene muchos saltos temporales, cambios de lugar sin explicación... Pero en fin. Quería dejarlo por escrito.

Me entretenía en mirar los granos de arena del suelo. Para ser granos de arena, podía distinguir perfectamente cada uno de ellos estando de pie. Una piedrecita blanca, otra negra, otra beige, otra marrón un poco más oscuro que la que quedaba a su lado... Todas juntas, había millones de ellas y yo las estaba pisando a cada zancada que daba.

La noche se cernía sobre aquel extraño pueblo. Una casa negra y roja delante mio y a un lado una farola antigua brillaba con su bombilla redonda en mitad de la calle árida. Mientras la miraba, metí mis manos en los bolsillos y encontré monedas en ellas. Saqué los puños llenos de moneditas, ¿de dónde habrían salido? Las guardé de nuevo y a continuación saqué solo una para mirarla con más detenimiento. Parecía una moneda de cinco pesetas de las antiguas, pero era de oro, o eso parecía. 

De pronto tres personas a mi alrededor miraban detenidamente la moneda junto a mi.

- Tenemos que encontrarlas, tienen muchísimo valor - comenté a esas tres figuras -. He perdido las otras, ayudadme por favor.

En un abrir y cerrar de ojos, estaba corriendo a través de un bosque frondoso y mis pies resbalaron, haciéndome caer por un pequeño desnivel de arena y hierbas hasta llegar a otro camino. Ahí justo donde caí, tumbada en el suelo, levanté la mirada y encuentré una moneda. La cojí y sonreí. Miré a mi izquierda y entre dos árboles vi un escaparate de madera. Me acerqué a verlo, contenía una revista vieja y rota, una mochila azul, una llave, nada me resultaba familiar, pero llegaron un grupo de siluetas oscuras y cogieron la mochila y otros muchos objetos que ahí habían, excepto la revista. Y yo, quieta por el pánico, empecé a gritar que aquello era mío, que me lo devolvieran.

Salí corriendo en busca de esas extrañas siluetas que jamás alcancé, hasta llegar a un almacen. No tenía techo, ni siquiera era un almacén, eran muros de piedra que dentro de ellos contenían una pequeña casa y el resto del terreno, había palés de madera amontonados, puertas expuestas y pequeñas grúas para transportarlo todo.

Un hombre estaba colocando cajas en una esquina del lugar. Sin que se diera cuenta entre en la casa. Dentro, todo era oscuro, pero no daba miedo. Parecía un bar, un pequeño antro que por alguna razón me hacía sentir protegida. Pequeñas luces a la altura del sueño iluminaban parte de la pared pero no llegaba la luz más allá de la mitad de ésta, la cual era roja. Lo que daba a ese lugar una tonalidad rojiza y negra, muy familiar a la casa que vi al principio de todo. 

Había mucha gente ahí dentro, parecía que estaban todos de fiesta, pero no había música ni vasos con bebida, nadie fumaba, todos hablaban y hablaban sin parar. Me di la vuelta y ahí estaba Él. Hacía muchísimo que no le veía pero a pesar del tiempo, Él estaba igual que siempre. Me sonrió y me saludó con entusiasmo, me abrazó y le devolví el abrazo. Fuerte y con nostalgia, no quería separarme de Él. Pero dentro de mí, mi cabeza me repetía "¿Por qué haces esto? Nunca fuisteis nada. Él nunca supo nada, ni siquiera Él habrá sentido lo mismo ni nada parecido". Pero en aquel lugar, el pasado no era igual y Él sí que había sentido lo mismo que yo. Él se dedicaba a hablar con alguien más detrás de mí, así que me separé y miré a ver quién estaba también en aquel lugar.

Una pequeña niña de pelo largo y castaño me miraba desde abajo con un jersey rosa muy adorable.

- Hola - le dije con una sonrisa.

La pequeña sonrió tímida y saludó con la mano.

- Es mi hija - comentó Él.

Sus palabras me dejaron helada. Su hija. Él ya había formado una familia, yo ya estaba fuera de juego en su vida.

- ¿Cómo se llama? - pregunté intrigada.

- Celeste.

El silencio envolvió el lugar y las palabras se me atragantaron y me anudaron el estómago. ¿Le había puesto mi nombre a su hija? 

- ¿Se lo ha puesto su madre? - pregunté, queriendo que la respuesta fuera que sí y que no al mismo tiempo.

Él sonrió y negó con la cabeza.

- Se lo puse yo - me respondió. Mi corazón explotó -. Era una bonita forma de recordarte y así tenerte en mi vida.

De pronto me encontraba jugando con la niña, cuidándola a pesar de que a mi nunca me gustaron los críos. 

La pequeña sacó de su bolsillo un montón de monedas, eran las mías, las que había perdido por el bosque. 

- Parecen importantes - dijo ella.

- Lo son - le respondí yo, agradecida de que esa niña me las hubiera traído de vuelta.

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