cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

8 min
Sueño augurio de un apocalipsis sangriento
Terror |
08.01.22
  • 5
  • 0
  • 1159
Sinopsis

"Cómo Leonard consiguió trabajo y renunció el primer día". Otro relato inspirado en un sueño que tuve hace un mes, bastante enigmático, más no una pesadilla; a pesar de las connotaciones del título. Aquí, le di sus toques finales para que se convirtiera en un auténtico cuento de terror.

-¡Mamá, de verdad, tenemos que meternos a la casa!- le decía preocupado mientras ella y todos los vecinos admiraban con fascinación las costras sobre sus trajes. 

Habrían transcurrido unos diez minutos desde que había sido expuesto, y mi obsesión ya era notoria. No quería dejar allí a mamá, pero dadas las circunstancias, tuve que hacerlo. 

Probablemente tenía la peor suerte del mundo ese día, pero mi horóscopo debió haberlo advertido. Falló, como era de esperar. Finalmente, después de haber pasado días en confinamiento, me animé a dar un pequeño paseo solo por diversión, alrededor de la manzana, para así calmar mis agitados nervios que estaban permanentemente dilatados por culpa de una demandante carrera en biología. Pero ahora era momento de celebrar, y de decir adiós a todo ese estrés por cerca de dos semanas. La tarde era una particularmente tranquila, y no se respiraba nada más que el jugueteo y risas de los pequeñuelos en sábado. 

Sin embargo, tan sólo un minuto después de haber pisado la acera, me percaté de las miradas deslumbradas por un espectáculo en el cielo, en donde una estela roja, de color casi sangre, recorría el cielo augurando algo no muy bueno. A pesar de la tintura nada agradable del rastro sobre el azul celeste, los vecinos demostraban una actitud benigna en todo momento, lo cual me sorprendió en demasía. 

Como si fueran niños contemplando la formación de un grupo de aves en “V”, o la exhibición de una noche bellamente estrellada, las personas murmuraban y señalaban con el dedo unos con otros y para con sus hijos, comentando acerca del inusual fenómeno. “Esto no es ningún prodigio meteorológico” decía para mis adentros, al escuchar los comentarios de algunos conocidos, y al mirar bien ese rastrillo de polvo sangriento. Su aspecto me trajo a la mente, por segundos, a la conocida teoría de conspiración de las estelas químicas, que supuestamente se pueden apreciar algunas tardes y que no tienen otro propósito que el de dañarnos de distintas maneras. Esto parecía, en efecto, aquello: una alargada nube con apariencia de cirro, o una estela típica de condensación, dejada por un avión, pero, de color rojo. 

Pasados cinco minutos, todo mundo se dió cuenta de que el polvo parecía bajar, desde las altitudes del cielo, hasta donde estábamos. Y entonces todo el vecindario se encontró bajo una tranquila lluvia de polvo rojo, que descendía como fina nieve, y a todos esto se les hizo muy agradable, e incluso hermoso. Pero empecé a llenarme de ansias, cuando miré a las señoras y a los niños rascándose comunitaria y compulsivamente sin que siquiera se dieran cuenta. 

Como perros echando afuera el picor de las pulgas, lo asocié rápidamente a… Un señor me tocó el hombro para quitarme una partícula de tamaño considerable del hombro, que había caído como un gran copo sobre mi ropa. No quise tocarlo en absoluto, pero sobre las manos del vecino tenía el físico de una delgada hojuela irregular de color rojo seco alrededor, con el interior tirando a negro, y que se deshacía casi al más minimo tacto. No le dirigí la palabra a mi cercano, porque ya estaba asustado, y él me insultó, aunque no escuché lo que me soltó.     

Luego salió mi mamá, porque se había alarmado de ver a tantos vecinos fuera de sus casas desde la ventana de la casa. Le dije lo que había estado sucediendo, aunque también hice énfasis en mi desconfianza. Ella se quedó igualmente embobada, mientras que yo vaticinaba cosas muy pavorosas, mirando las escaras cayendo numerosas y sin concierto desde arriba. Al final, yo empecé a rascarme también. Volví a tener miedo. 

El ocaso estaba en su punto, y, resistiendo la picazón, me metí a la casa. Pero había retenido uno de esos corpúsculos caídos de las alturas sobre mi dedo índice de la mano derecha, cuidadosamente hasta llegar a mi habitación. Mamá había dejado encendido la televisión, pero el sonido no fue motivo de distracción. 

De uno de los estantes, tomé la caja de portaobjetos y cubreobjetos, y coloqué, esmeradamente,. una gotita de agua sobre el pedacito de vidrio. Luego puse sobre ella la miga atmosférica, macerándola delicadamente bajo el cubreobjetos. En menos de un minuto, tenía lista una preparación para observar bajo el microscopio barato que tenía resguardado bajo mi cama. 

Conectando el aparato, decidí echar un vistazo hacia afuera. No sabía si era debido al próximo anochecer, o si en verdad la polvareda sangrienta lo había cubierto todo, pero la calle lucía en verdad sombría. Y las personas seguían saliendo, y los autos se detenían sobre la avenida. El microscopio óptico ya se había calentado. 

Ajustando la preparación entre la platina, y ayudándome con los tornillos macro y micrométrico, hasta el objetivo 40x, me fue posible evidenciar lo que tenía por sospecha. Allí, medio aplastado entre los restos de hemoglobina, me sonreía un animalillo estático con una fisonomía propia de un crustáceo, pero también la de un culícido. A decir verdad, tenía todo el cuerpo y rostro de un anostráceo, aunque mucho más minúsculo y con lo que juzgué, eran unas mandíbulas bastante potentes. Alejé la vista del ocular para acoplar mi propia vista.

Agarré el frasco de aceite que estaba justo al lado del de agua. Iba a poder observar los detalles a una resolución 100 veces mayor. Cubriendo el lente con precaución, me dispuse para lo que fuera que iba a captar. La vista me ofreció el detalle de un cuerpo efectivamente característico de un camarón hada: una cabeza bien distinguida del tórax, dos ojos oscuros que relucían compuestos, varios pares de antenas pequeñas, y lo más obvio, el par de mandíbulas agrandadas entre las que surgía un conducto o aguijón como el de los mosquitos, medio lleno de sangre. 

Llegado a este confirmé lo peor. Pero todavía me hacía falta descubrir cómo es que… ¿se transportaban? Quizás no hacía falta que se movieran por sí solos, porque ya eran movilizados por el viento en aquella nube del terror. Además, no había ningún indicio de alas o algo parecido en el tórax dividido en somitas del animal. Se me vinieron a la cabeza aquellas historias de lluvias de alimañas como arañas y sapos, y más específicamente, la lluvia roja que cayó sobre Kerala en el año 2001. Esto tenía toda la fachada de tratarse de lo mismo, ¿o no?...

Se barajó la hipótesis de organismos venidos de otro mundo, inclusive, para tratar de explicar la proveniencia de aquellas algas. Sin embargo, no era probable que este animalillo fuera un extremófilo. A decir verdad, lo había matado con bastante facilidad, pero la manera en que se escabullían ocultos entre los pedazos de sangre transportados por el cielo me decía que ya habían recorrido otras partes del globo, succionando la sangre de otros animales… y de las personas. Todas las demás preguntas me importaron un comino en ese momento. 

Busqué en mi teléfono para asegurarme, pero ya sabía que no iba a encontrar nada. Esta forma de vida no era nada parecido a lo que teníamos clasificado, ni se comportaba o alimentaba de esta manera. Organismos procedentes de otros espacios, venidos del espacio exterior. Había escuchado sobre teorías a medio desarrollar sobre vientos estelares que venían de zonas frías e ignotas, trayendo a su paso fauna desconocida a nuestro planeta, de la misma manera que la capa de aire del Sahara llegaba por el Océano Atlántico hasta América. Y esos extraterrestres no tenían que ser necesariamente impresionantes o amenazadores. Rasgando la piel de la gente de manera invisible, y a continuación, chupando con el riesgo de traspasar peligrosos patógenos definitivamente forasteros. Mi mente ya comenzaba a divagar, mientras enviaba las fotos del microscopio al grupo de Whatsapp de mis amigos, para comentarles lo que había descubierto. 

En el noticiero sobre la pantalla del televisor, el presentador ya comenzaba a hablar del extraño suceso, y me sorprendió porque se trataba de las noticias nacionales, no de las locales. El terror ya se había extendido probablemente al resto del mundo. Mi madre me asustó de pronto a su paso violento por la puerta del cuarto, diciéndome que cerrara todas las ventanas, y que metiera toda la ropa que se secaba en la azotea. Mi estómago e intestinos reaccionaron con feas palpitaciones, mientras me comentaba que algunos niños y adultos habían empezado a toser y vomitar a mitad de la calle. Mis manos temblaron, mientras me asomaba por las cortinas y veía como todos ahora tomaban la ropa de sus terrazas, corrían, chillaban y se escondían con desesperación dentro de sus casas. ¡Oh no, Dios! ¿Acaso se están metiendo dentro de sus pulmones también? 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Soy el escritor transparente. Tengo 23 años de edad. Me gusta escribir relatos extraños y psicodélicos. Tengo un gusto particular por objetos translucidos. Creo que puede encontrarse la misma inspiración en la música para escribir que en otros autores y sus libros.

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta