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8 min
Sueño y condena
Amor |
04.01.21
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Sinopsis

SUEÑO Y CONDENA

           La misma cafetería de siempre, la misma hora, ocho y media de la mañana, el mismo lugar, el mismo aroma a café y a prisas…, y, por supuesto, ella, también ella se encuentra ya allí, puntual a su cita matutina con el café con leche y la tostada embebida de aceite y tomate. Sentada a pocas mesas de donde yo me encuentro, la observo en silencio, con la seguridad que en mi naturaleza introvertida suscita el hecho de saber que, pese a que apenas nos separan un par de metros, ella es de todo punto ajena a mi escrutinio. Generalmente desayuna sola, sin dejar de mirar cada poco tiempo el reloj, lo que delata una incómoda premura; aunque esta mañana la acompaña otra mujer, una oronda señora de pelo rojo teñido con la que parece enfrascada en una animosa charla. Su ubicación a la mesa hace que sea el rostro de esta última el que se ofrezca de frente a mis ojos, mientras que de ella sólo puedo en esta ocasión admirar su espalda, su larga cabellera jalde, el contorno de su figura sentada sobre la silla, nada más. Ni que decir tiene que habría preferido disponer de una perspectiva visual más amplia desde la que, como en otras ocasiones, sumergirme en el profundo abismo de sus ojos vulpinos, contemplar la frente ancha, apenas invadida por algún mechón rebelde de cabello, la nariz afilada, los labios cárdenos, esos labios suyos frente a los que los míos deprecan en su delirante fantasía por fundirse en un beso; aunque en realidad todos esos rasgos están ya con todo detalle grabados en mi cerebro desde hace meses, de tal modo que el papel de mis ojos se ha vuelto secundario en lo que a delinearlos se refiere, me basta en ese sentido percibir su presencia cercana, saber que está allí, a escasos metros de donde yo me encuentro, eso es suficiente.    

           Los camareros cruzan la sala a paso vivaz, algunos sostienen bandejas en precario equilibrio y sirven cafés, infusiones, tostadas, bollería; otros dejan notas con la cuenta, devuelven cambios y pasan trapos sobre las deslustradas mesas; un trasiego enloquecedor del que, sin embargo, no me resulta difícil abstraerme. En la televisión están dando un resumen de los partidos de fútbol jugados el día anterior; ciertos clientes tienen la mirada fija en la pantalla, como hipnotizados por ese esférico que va dando tumbos al ritmo de puntapiés. No obstante, la principal fuente de hipnosis proviene, sin duda, de los teléfonos móviles, sobre cuyas pantallas sin alma los dedos de la gran mayoría de parroquianos se afanan con insistencia a veces lunática; no parecen sino hoscas extensiones de sus propias manos a las que rindieran una pleitesía sacramental. Ella no, ella charla con su acompañante y, pese a la distancia, capto de vez en cuando alguna palabra suelta, jefe, horario, oficina. Deben estar hablando de trabajo.

           Las dos mujeres se levantan y salen de la cafetería. Parecen llevar prisa. Mi cuerpo vibra sobre la silla antes de dejar sobre el platillo el importe exacto de mi consumición y ponerme en movimiento detrás de ellas; tan apremiado voy por no perderlas que choco con algunas mesas y, sonrojándome, pido disculpas a sus ocupantes. Detecto lástima en algunas miradas, aunque hace ya mucho tiempo que eso no me afecta en absoluto. 

           En la calle hace frío y viento, algunas gotas, muy pocas, caen desde las nubes color pizarra que ocultan el cielo. Me abrazo en un gesto automático y al instante pienso en cómo sería un abrazo de ella, el roce de su piel sobre mía, su aliento envolviendo mi boca; seguro que en tal caso la temperatura de mi cuerpo subiría hasta la sublimación. Luego del breve placer que me provoca esta imagen dibujada en mi mente, comprender que no se trata más que de una entelequia hace que sobre mí se precipite una cascada de tristeza, consciente de que jamás podría suceder algo así, ¡cómo iba un ángel como ella a fijarse en alguien tan disminuido como yo, en alguien con un futuro tan irrevocable como el propio pasado! Mi tristeza se torna entonces ira y percibo una emoción que podría definirse como odio, aunque un odio ambiguo, no dirigido contra nadie en particular, sino más bien hacia todo el mundo como conjunto. Quisiera ser todos los hombres a la vez, encarnados todos ellos en mi defectuosa morfología para que de ese modo fuesen partícipes y sintieran mi sufrimiento, mi angustia imperecedera, mi lancinante soledad.

           Miro el reloj y me doy cuenta que voy a llegar tarde al trabajo, pero aun así decido seguir de lejos a las dos mujeres (en realidad sólo la sigo a ella, la otra me es tan indiferente como pueda serlo un guijarro hundido en el légamo) durante al menos un trecho más. Tenerla dentro de mi campo de visión, aunque sea de espaldas y a cierta distancia, alivia mis cuitas; tanto es así que noto cómo la reciente sensación de odio se va poco a poco difuminando y de nuevo mi alma se inunda con la invisible esencia que brota de la suya; pensar en sus adorables ojos acrecienta todavía más la sensación balsámica, clarificado el pensamiento por esa luz que, como fanales en un bullicioso puerto, de su mirada brota.

           Hablando de miradas, me pregunto si ella se dará cuenta del examen al que la someto cada mañana. No lo creo, ya que procuro ser muy discreto, difuminar en la medida de lo posible ese camino que conduce de mis pupilas a las suyas, a todo su ser, pero quizá alguna vez que otra sí que haya podido sorprenderme en mi puntual observación. Qué más da en cualquier caso, imagino que ella debe estar de sobra acostumbrada a recibir miradas a hurtadillas de secretos admiradores, de modo que poco pueden en ese sentido preocuparle, mucho menos importarle, las mías. Para mí, no obstante, son fuente de vida, daría de hecho cualquier cosa por poder estar todo el día contemplándola, solo eso, contemplarla en silencio, sin decir nada, porque las palabras pudren a menudo el silencio, estropean su belleza, una belleza que vendría además en este caso realzada por toda la que ella atesora.

           Con frecuencia suelo preguntarme asimismo si esto que me está sucediendo es un sueño o más bien una condena. Probablemente sea ambas cosas. Sueño lo es, ya que me transporta más allá de los umbríos muros de la cotidianidad; condena también, pues la impotencia generada por mis limitaciones se traduce a la postre en sufrimiento. Esa doble naturaleza de sueño y condena diverge, en cambio, con el unilateral alcance de sus efectos, que sólo yo percibo, dado que ella jamás se fijará en mí, salvo si acaso para mirarme con lástima. Yo no quiero, sin embargo, su lástima, me horroriza hasta pensarlo, la de los otros me es indiferente, pero la de ella me resultaría insoportable; lo que yo querría es su amor, su palabra, su boca. Sueño y condena, feliz y atormentado al propio tiempo, ese es mi compromiso con ella.

           Mañana volveré a verla. Cuento ya las horas para admirar su entrada por la puerta de la cafetería. Allí dentro estaré yo, expectante, ansioso como un corredor a la espera del pistoletazo de salida. Confío en tener más suerte y que se siente de manera que pueda contemplar su rostro, no como hoy, que sólo vi su espalda. Pero da igual, su presencia lo llena todo y a mí especialmente me llena de paz… Pero mañana será mañana y hoy es todavía hoy, un hoy de cuyo cielo color de tinta está comenzando a desgranarse una lluvia gélida que se hinca en la carne como alfileres líquidos. Es hora de abandonar el sueño, dar media vuelta con mi silla de ruedas, de la que cuelgan estas inútiles piernas mías, y poner rumbo a la oficina. Sí, mañana volveré a verla.

                                

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  • Una narrativa excelente, cargada de emociones e intensidad, cuyo personaje muestra la realidad de su vida, siente y ama y en esa búsqueda sus frustraciones le harán más fuerte. Lo importante es sentir y encontrar la felicidad cada un@. Desde luego como escritor provocas sensaciones dispares, y ahí aflora tu gran talento. Enhorabuena Mario. Un saludo afectuoso.
    Excelente querido Mario, me encantò
    Mario, a veces solo con la mirada es suficiente para ser feliz cuando no se puede alcanzar lo que uno quiere, Pienso que si yo estuviese en la situación del personaje no dejaría de visitar el cafetin para verla. Excelente relato. Tienes muchos recursos para ser un buen escritor. Te felicito
    Muchas gracias, Dirac. Tu comentario me halaga y me anima a seguir escribiendo. Un abrazo
    Por unos poquitos merece la pena que este sitio siga existiendo. Frases larga, muy largas, pero impecables. Así sí merece la pena dedicar tiempo a leer.
    Gracias por leer y comentar, Agnes. Estoy contigo en que el ser humano tiene esa capacidad única de crear, al menos dentro de su mente, todo cuanto se le antoje. Aunque no estaría mal, por otro lado, buscar el modo de traspasar esas fronteras para ajustar la realidad a nuestra fantasía.
    Hermosa fantasía que se apodera de nuestro ser y todos los sentidos. Podemos crear lo que queramos, es un mundo nuestro con vida propia.
    Gracias, Ana y Seren, por comentar. Un fuerte abrazo a ambas. Sobre la posibilidad que comentas, Seren, estoy de acuerdo contigo, habría sido un final más esperanzador, sin duda, pero quise dotar a mi personaje de ese absurdo complejo que a veces se apodera de todos nosotros y nos lleva a sentirnos indignos de mayor aspiración, ya sea por taras físicas, psíquicas, de carácter, etcétera. Pero sí, mi protagonista debería echarle huevos y buscar su oportunidad por sí mismo. A fin de cuentas, torres más altas han caído.
    No se, me encanta tu prosa, me encantan las descripciones de los sentimientos, me encanta la forma de guardar el secreto hasta el final... pero por qué tiene que quedar en una simple entelequia? Por qué no se puede dar la realidad? Por qué no darle una oportunidad? Quizá me hubiera gustado ver que al final aparecía una pequeña luz de esperanza en el aire. Te envío un abrazo, querido Mario.
    Un relato con una narrativa intachable, que describe sentimientos de frustración, distancia, negación frente a la imposibilidad de un amor y un final, sorprendente, de medida existencial, Saludos Mario.
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