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8 min
Sueños de conciliación
Reflexiones |
12.06.14
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Sinopsis

Un poco de fantasía, calidad de vida y de política, El cómo deseo ver a mi ciudad y mi andar con ella.

Sueños de conciliación

 

Tengo un sueño. Y digo sueño porque es grande, enorme y difícil o imposible para mí llevarlo a cabo. Es un sueño que viene de la sorpresa y asombro de caminar-viajar-andar-conocer y recorrer las calles de mi bella ciudad y encontrarme con lo mismo una y otra vez; dándome cuenta de la coincidencia y de lo inverosímil que son nuestras decisiones y deseos y de lo fácil que nos dejamos llevar por el marketing y los intereses y deseos de terceros. ¿Alguna vez alguien se ha percatado de la gran cantidad de lotes baldíos, en renta o en venta, abandonados o simplemente propiedad de quién sabe quién que abundan dentro de zonas habitacionales repletas de servicios básicos y no tan básicos pero así los queremos creer? Sumemos a ello casas abandonadas, edificios de antiguas oficinas-bodegas o comercios. Y en el centro histórico y zonas aledañas, casas; casas y más casas abandonadas, dejadas al olvido porque las creemos poco aptas para la vida moderna, viejas, costosas, propias para el derrumbe o para el turista con sus euros o dólares de a miles. A cambio de ello me mudo a las afueras de la ciudad, en una casa perfectamente nueva, perfectamente aislada en medio de la nada de vecinos de domingo, en medio de la lenta y a veces explosiva proliferación de servicios básicos, de los de a de verás y de los creados por la vida moderna o más bien la mercadotecnia. Y no hablemos ya de la perfección de lo inperfectamente inacabado en esas casas nuevas carentes de protección, de privacidad y de identidad o de algo tan básico como un piso y losetas según dicen por ahí, en Cancún. Eso sí, nueva y lejana, muy lejana. Tan lejana e incompleta que prefiero seguir viviendo donde siempre, con los suegros o los padres, o en casa de la abuela o de la tía ausente y a la espera. A la espera de poner protectores, pisos y muro; que llegue el transporte o mejoren las condiciones viales y no tarde más de media hora en transporte privado porque el público se tarda una hora y eso cuando quiere, si llega hasta donde vivo. O cuando menos cuando abran el supermercado cerca, una plaza y un Oxxo. Total, me consuelo con darla en renta a un incauto necesitado que me paga la deuda y me estrena la casa, o me la deja casi en ruinas y a mí en ruina con las deudas de luz y tv por cable que deja y no paga. Y ahora me pregunto, ¿por qué la necesidad de alejarme, de irme a una zona de casas que no es habitacional y mucho menos de confort; pero eso sí, mía hasta que pasen 15, 20 ó más años pagando al Infonavit o al banco, similares y sus conexos? ¿Alguna vez he pensado en ello antes de comprar la ilusión y el sueño de casa nueva propia? Y me pregunto si alguna vez recordé antes de firmar que esa zona de hoy “casas-habitación” era el hogar de alguien más: de ocelotes y venados, chinchimbacales y cardenales, de ceibas y chakás. Que era un espacio donde transitaba el límite entre lo urbano y lo natural, lo verde. Pero hay que decir que las hoy casas existentes, disponibles y abandonadas son caras, insultantemente caras y accesibles más bien para el extranjero que las aprecia y las paga. Y que sabe que no depende del transporte privado para moverse en la ciudad, o que eso cree y se lleva la sorpresa de lo inoperante-ilógico-y mal diseñado de nuestras rutas de transporte público. Paraderos en el Centro,  ¿existe otra ciudad, no ya fuera de México, sino dentro de éste en la que aún fantaseen con paraderos en el Centro-ombligo de su ciudad? Sacadme de mi ignorancia y etnocentrismo porque aún no sé cuál, a no ser la muy noble y leal pero ex-blanca Mérida.  Ruinosos, ruidosos, viejos, caros, ilógicos e ineficientes las innumerables rutas de transporte urbano que hay en la ciudad. Alguna vez tuve la ociosidad de contar cuántas rutas distintas siguen, llenas al tope de un máximo del 10% de su capacidad de carga, el mismo camino hasta bifurcarse en Plaza Oriente y resulta que fueron 10. Diez rutas distintas, pesadas-lentas y semivacías a todas horas del día, excepto los sábados al mediodía cuando la gente de esos rumbos decide que hay que ir al Centro; todas ellas rutas que se separan cuando se han ido más de la mitad del recorrido. ¿Acaso no le resulta absurdo e inoperante a alguien de control de tráfico vehicular? Pero bueno, hay que decir que con toda probabilidad cada ruta de esas diez distintas le pertenece a diferentes socios, como así se hacen llamar los dueños de los autobuses de las alianzas y uniones o conglomerados de camioneros. ¿Y cómo ponerlos de acuerdo si son diferentes dueños, diferentes intereses y deseos económicos? Cualquiera que haya utilizado o haga uso del transporte público sabe lo increíble que es subirse a una ruta, bajarse en algún punto de la ciudad y caminar algunas calles en el atestado centro de la ciudad o alguna avenida sólo para abordar otro autobús que seguirá la misma calle que recorría el anterior camión, pero más al norte, más al sur, más al oriente o más al poniente de la ciudad. A veces me asombro de que no haya una ruta que siga toda la avenida Itzáes, de inicio a fin con sus innumerables cambios de nombre conocidos sólo para los que la recorren a diario pero que para todos los demás es simplemente una misma e importante avenida que te enlaza a relevantes sitios de la ciudad y a otros puntos vitales para intercambio de vialidad (Paseo Montejo, Colón y Canek).  Pero por supuesto que no, no existe. Si por ejemplo alguien deseara ir de Ciudad Industrial a Prolongación Montejo por toda la Itzáes deberá abordar un camión que le lleve hasta dos esquinas antes del Centenario, llegar a éste caminando y abordar ahora Circuito Poniente hasta el Hospital Juárez, caminar unas cuantas calles más y abordar Circuito Confort que al fin le llevará al mentado entronque deseado. ¿Impráctico no? Además de caro en tiempo y recursos financieros. Y así por el estilo, los ejemplos abundan. Hasta llegar a zonas en donde lo irónico no es la abundancia de transporte vacío hacia una misma zona sino lo opuesto, la ausencia o de plano carencia de transporte y las largas caminatas de los que por ahí viven. Y el Centro, ombligo de la ciudad, cuna de paraderos-venteros-y tráfico infernal. Sitio en donde decir “eliminaremos paraderos” es casi como decir excomunión para los creyentes en ese rito o como decir el Carnaval se va a la sede de la Feria X´matkuil como si no fueran hasta ahí cada noviembre cual si hubieran firmado un pacto sagrado. Y claro, los argumentos razonables de los comerciantes que pagan derecho de piso, legalmente o por fuera del papel, aduciendo que sin paraderos la gente no va al Centro y luego entonces por simple y obvia lógica no hay venta. Lógica contundente ¿o no? Por ello digo que es un sueño, una fantasía. Donde vislumbro una ciudad sin paraderos en el Centro, con carriles especiales para el transporte público muy al estilo chilango, y con rutas recorriendo la ciudad de cado a rabo, de punta a punta en sitios relevantes que ayuden a agilizar y volver eficiente el transporte.  Imagino vendedores ambulantes reubicados a los cientos de espacios vacíos en la ciudad, a aquellos sitios donde el comercio formal no se interesa en llegar y en donde el comprador tiene que trasladarse grandes distancias por hacer un “poco del mercado”. Me imagino espacios de convivencia y vivencia reubicados, reaprovechados; lugares de antaño vueltos de hoy. Espacios perdidos para el espacio natural de la selva antigua, en donde se recupera lo que antes otros han perdido sin esperanza. Y a cambio de ello, se respetan los espacios vivos que aún subsisten pero que agonizan.

Lourdes Ventura García. Junio/14.

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Francamente media loca, diría bipolar, amante de la buena vida, de las experiencias y de las aventuras (y de los gatos). Que intento hallarme a través de mis relatos, o quizá perderme en ellos. Fantasiosa, demasiado fantasiosa quizá. En donde todo puede ser un punto de encuentro y desencuentro pero nunca un punto final. O quizá sea sólo parte de mi obsesividad.

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