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9 min
Suerte vs Teoría del caos
Humor |
23.05.11
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  • 2509
Sinopsis

Una historia sobre el poder de la ley de atracción. O no.

Juan Antonio Ramírez Campos era un joven afortunado. Estaba convencido de que él podía atraer a su suerte. Había leído varios libros y visto algunos documentales que hablaban sobre la ley de atracción, y él creía a pies juntillas en dicha ley. Para bien, o para mal.

Con un pensamiento positivo, únicamente puedes atraer hechos de la misma índole. Por el contrario, un constante pesimismo  va a atraer sin duda,  energías negativas, y estas traen siempre consigo, nefastas consecuencias.

Juan Antonio no rezaba, no creía en dios. Siempre le enfureció que en los dictados del colegio le obligaran a escribirlo en mayúsculas. Ahora ya era mayor, y de tener que escribirlo, lo haría en minúsculas. Como dinosaurio. El tampoco conoció a los dinosaurios, así que por lo que a él respecta, ambos le merecen el mismo respeto.

 -Dios va con mayúsculas, señor Ramírez

-No para mí señorita Blanca, ni siquiera es un nombre propio.

-Señor Ramírez, su escepticismo me trae al fresco. En la oración: “Dios es el creador de todas las cosas”. Estando el sujeto al principio de la frase, no tiene otra opción.

 En fin, Juan Antonio creía que él era el único responsable de su mala o buena suerte. Por eso no se extrañó en absoluto cuando le ofrecieron un puesto fijo en su empresa. Llevaba días visualizándolo. En su cabeza ya tenía amueblada la cocina, el salón, los dormitorios,…ya había visto las cejas de Nuria arquearse con la noticia una docena de veces; y doce veces lo había besado apasionadamente, orgullosa de su chico, que siempre conseguía lo que se proponía. Juan Antonio estaba exhausto después de los doce polvos que le había echado a Nuria mentalmente.

Esa mañana despertó un minuto antes de que sonara la alarma de su teléfono móvil, y entonces lo supo. Ese iba a ser el día.

Fue a la cafetería de siempre a desayunar, al ir a pagar, el camarero le dijo que le invitaba al café. Juan Antonio marchó sonriendo, y al salir, su bus le esperaba en la puerta. Al entrar habían varias personas en pie, sin embargo, su asiento favorito estaba libre. No había ninguna duda, hoy sería un gran día.

Por eso al salir del trabajo, Juan Antonio sonreía orgulloso de si mismo, por la manera en la que conseguía moldear su mundo. No hacía trampas, sólo provocaba como por arte de magia, que las cartas siempre salieran a su favor.

 De camino a casa, siempre atravesaba un descampado con hierba sin cuidar que cubría sus pasos. Ese día pisó algo, y casi cae al suelo. Al agacharse para comprobar el motivo de su tropiezo, descubre un revolver a sus pies.

Coge el arma con las dos manos, y pone el dedo en el gatillo, cierra un ojo, y gira unos segundos buscando un objetivo al que disparar, en el caso de estar cargada, claro. Por un segundo piensa que talvez el arma haya sido utilizada en un asesinato, y el suelo que está pisando, sea quizás el escenario de un crimen.

Bah, no puede ser. Quizás otro día, pero no hoy.

A unos metrosde donde se encuentra, hay un cartel del mediamarkt. Donde, con un chándal rojo, está el actor que imita a Sylvester Stallone en Rambo. "A los precios altos, ni agua". Tiene entonces la brillante idea de atravesar su frente. Piensa rapido en dos motivos,  porque no le cae bien ese actor, y porque una vez su cámara de fotos de doce megapíxeles, estuvo tres meses en el servicio técnico de aquella tienda.

Apunta,…y dispara.

De súbito, Juan Antonio siente una punzada en el pecho y sus piernas pierden la fuerza que le hacía mantenerse en pie.

Es de locos-piensa-. ¿Qué ha pasado?

Empieza a toser y a escupir sangre. Acerca su mano temblorosa al pecho, y nota como su polo rojo del trabajo ha empezado a empaparse de sangre. La bala ha debido rebotar en alguna parte. Juan Antonio está tumbado sobre la hierba de un descampado de más de doscientos metros cuadrados. Y la bala ha rebotado y le ha dado a él.

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Unas horas antes, Antonio Jiménez ha llegado a casa de muy mal humor. Es como si hubiera visto a un gato negro tuerto rompiendo un espejo. Ha ido a desayunar a su cafetería de siempre, pero al estar cerrada ha ido a esa otra que huele tanto a aceite quemado. Al pagar, el camarero se ha quedado con la vuelta. Y cuando salía por la puerta, ha visto a su autobús largarse sin él. Antonio Jimenez ha ido a comprarse un teléfono móvil, y cansado de esperar al dependiente, se ha vuelto sin él.

 -¡He tenido un puto día de perros!- grita al entrar mientras deja las llaves en el aparador. Pero nadie responde.- ¿Olivia?

 Olivia ríe a lo lejos en su cuarto.

-¿Oli?

Antonio abre la puerta de su habitación y  ve como Olivia se descojona mientras cuelga sus camisas en las perchas, que a su vez, cuelgan de la polla de Enrique, hermano de Antonio.

 -Joder no -dice Olivia sin dejar de reír del todo-.

-Hijísimo de puta –se equivoca Antonio al intentar decir “hijo de la grandísima puta”-. De haberlo dicho bien, todo habría acabado en una pelea a puñetazos. Pero el haberse equivocado en una palabra, hace que no logre vencer la humillación, y se dirija corriendo al armario donde guarda su pistola. Enrique, su hermano, huye con alguna que otra percha aun colgando, adivinando los pensamientos de su Antonio.

Ambos corren por el barrio hasta llegar al descampado.

Al darle alcance, Enrique implora desnudo por su vida. Antonio al ver aquella patetica escena, siente pena de su hermano, se calma un poco, y baja el arma. En un descuido, Enrique agarra una rama del suelo e intenta golpear a Antonio. Este, por audacia, o mera casualidad,  lo esquiva echándose hacia atrás.  La inercia del intento, hace que Enrique no solo no golpeé nada, sino que además, gire dos veces sobre si mismo para caer finalmente sobre su hermano.

 -¡Quita!, ¡levántate coño! –Grita Antonio indignado mientras su hermano, en un intento de arrebatarle el arma, no deja de restregarle la polla por el muslo. Se golpean dos o tres veces, se muerden la cara, forcejean, se tiran de los pelos, y en consecuencia de esta ridícula escena, pierden el arma.

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Horas después, Juan Antonio Ramírez Campos, lo maldice todo. Hoy es mi día de buena suerte- se dice-, no puedo morir de esta forma -piensa-, saldré de esta –se miente-.

 Si, si, estoy muy positivo, eso me salvará. Voy a visualizar una ambulancia llegando hasta aquí. Ajam, si, ya oigo la sirena, ya veo a los sanitarios con una camilla. “Esto no es nada campeón”, me dirá uno de los sanitarios. ¡¡Jodeeeerrrr, cómo odio que me llamen campeón!! Me recuerda al tontorculo del Ramón, siempre acababa llevando la razón el hijoputa, te acariciaba el pelo, y te lo decía: “campeón”. Lo oigo, aun me parece oírlo al muy cabrón, con eco y en cámara lenta. No mierda, no. Pensamientos negativos no. Fuera Ramón. A la mierda Ramón. Pensaré en Nuria. Me verá aquí y me abrazará, me mirará dulcemente a los ojos, y pensará que soy un idiota, que el día que me hacen fijo, cojo un arma y voy, y me inmolo indirectamente.

 Juan Antonio era de natural optimista, pero la dificultad para respirar debido a la sangre que encharcaba sus pulmones, no me pregunten por qué, pero le ponía de muuuy mal humor.

´-¡A la mierda dios y sus dinosaurios. A la mierda el optimismo. A la mierda las leyes de atracción, a la mierda Rhonda Byrne, joder, a la mierda las leyes de Murphy, y la ley de la gravedad del puto Newton!

Juan Antonio llega a la terrible conclusión de que la suerte es aleatoria, inconstante, y muy cabrona. Pasa los últimos minutos mandando a la mierda a todos cuantos se le pasan por la cabeza. Finalmente, se dispone a mandar a la mierda a la propia muerte. La esperaría ahí tumbado,en silencio, y al verla llegar le echaría una bronca del quince. Empezó a visualizarla, al principio con nítidas imágenes que evocaban a la clásica muerte de oscuro crespón y afilada guadaña. Luego se la imaginó de un modo mucho más natural, una joven normal y corriente y una mirada de lo más inquietante, o incluso, como el actor que hacía de rambo en el anuncio de mediamarkt.  Al final, basa todos sus esfuerzos en imaginar, simplemente, el momento en sí. Imagina hasta el mas nimio detalle de lo que será la experiencia de fallecer.

Pero ya está cansado de morir, ha muerto una docena de veces desde que recibió el disparo, y para cuando llega la muerte, él está tan agotado, que esta no tiene ninguna dificultad para cerrarle la boca.

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Unas horas antes.

 -Bueno, ¿es que aquí no atiende nadie o qué?

-¿disculpe?- preguntó acercandose la chica de movistar.

-Llevo aquí más de treinta minutos, y el chico de vodafone que no viene.

-Ah sí, perdón. Vuelve en unos minutos. Es que lo han llamado los jefes, creo que van a hacerle fijo.

-Vaya hombre- respondió Antonio Jiménez-, hay cabrones con suerte. Me voy a casa, volveré más tarde.

 

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